Oda a mi papá #236
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Sobre la ausencia, la memoria y el extraño trabajo de aprender a vivir sin los padres.
Queridos odistas,
Hoy se cumplen cuatro semanas desde que falleció mi papá y les prometo que el tiempo ha transcurrido de una manera distinta. Cuando te quedas sin papá ni mamá, incluso a mis cincuenta y tres años, existe un sentimiento de orfandad que cuesta transmitir. Lo sé: estaba viejo, vivió una vida intensa, aportó mucho, se puede ir en paz. No lo discuto, pero los sentimientos se alejan de la razón para entrar en un mar de confusión y de redefiniciones. La escritora y poeta May Sarton escribió en Anhelo de raíces:
“La muerte pone el foco en lo esencial. Lo que se nos hace patente en ese último día es difícil de expresar con palabras, escurridizo. Quizá lo que lloramos sea al hombre completo. Todos los fragmentos de una vida que a veces parece dispersarse entre demasiados dones se unen y lo vemos completo”.
Yo estaba en Madrid cuando él falleció. Adelanté el regreso para esa noche y aterricé tan solo unas horas antes del funeral. Llevaba varias semanas fuera porque había ido a Barcelona a defender mi trabajo de titulación del Máster en Escritura Creativa en la Pompeu Fabra y a participar en la graduación. Entre medio de esos dos eventos viajé con mi marido a la región de Liguria (Italia) para celebrar los treinta años de matrimonio.
Mi papá murió el sábado de madrugada.
Cuando recibimos el llamado grité: “Mi papá” y sentí que el mundo se me hacía pequeño, la ropa estrecha, el labial una exageración. Me tiré a la cama e intenté comprender la noticia. De un momento a otro mis emociones se convirtieron en un mix de altos y bajos.
El año pasado falleció mi suegro y ocho meses más tarde, mi papá. En septiembre se cumplen cuatro años desde que mi mamá murió.
“Se fueron mis referentes, mis anclas y mis pozos de sabiduría. Debo aprender a vivir distinto”
Mi papá venía mal, lo sé, pero él tenía sus instantes de lucidez. Yo sabía que él estaba aquí, que los miércoles almorzaba en su casa, los domingos lo iba a ver y nos sentábamos en la salita a conversar.
El espacio cambió. El tiempo también.
En la tradición judía cuando fallece un padre, una madre, un hijo o el marido, hacemos la shiva que literalmente significa “sentarse”. Durante siete días te sientas a vivir el duelo, tienes prohibido trabajar o te abstienes de cualquier actividad que te aleje del dolor. Rezamos y los amigos te acompañan cada tarde y cada tarde también, en estos rezos, se recuerda lo que hizo la persona que murió.
Escribí algo sobre mi mamá cuando este boletín no se llamaba Oda (creo que no fui capaz de ahondar más), luego de mi suegro y ahora de mi papá.
Tal como lo dijo el escritor Javier Marías
“Los muertos solo tienen la fuerza que los vivos les dan”.
Fue muy potente escuchar a otros, sus recuerdos y sus vivencias porque mi papá fue un hombre como pocos, marcó a generaciones y se la jugó por sus sueños, tanto a nivel personal como profesional, también a nivel comunitario. Supo conjugar su fortaleza y visión con trabajo. Lo vi trabajar de sol a sol, obsesionarse con sus proyectos y también pasar períodos distantes, que solo tenía cabeza para lo que se armaba en sus pensamientos.
Don José o don Pepe, saludaba a todos, se aprendía los nombres, era capaz de reírse y de sentarse a comer con quien fuera. Le gustaba pescar y fue un hombre íntegro que sabía leer muy bien a las personas. Él no tenía temor de decir un no por tal o cual motivo. Corrías peligro si le ibas a pedir un consejo, a veces, su visión de hombre grande, te proponía unos planes que sabías que no eran para ti, sino para él.
Formó a cientos, miles de personas, fue capaz de traspasar su sabiduría y conocimientos, aprendió a ocupar el computador, el Excel y también WhatsApp, leía compulsivamente sobre historia, negocios y religión, quiso con locura a mi mamá y también supo escucharla.
Mi papá era sabiduría.
Por eso cuando en los últimos años su cabeza dejó de funcionar de manera lúcida y se empezó a cansar, costó aceptar que la llama de su alma estaba cansada. Cuando lo ibas a ver y estaba de buena, te daba su opinión sobre el país, sobre la locura de la guerra y también sobre los nietos.
Mi papá fundó junto a mi mamá una farmacia. Después la hicieron crecer. Se preocupó de los químicos farmacéuticos (él estudió Química y Farmacia en la Universidad de Chile) como nadie. Lideró un centro comunitario judío que ha marcado a la comunidad chilena y no concebía las cosas mal hechas. Era una máquina con corazón.
Todavía no conozco otra mejor.
Fue el hombre más generoso que conozco, no solo con dinero, sino dando consejos, compartiendo experiencia y ayudando anónimamente.
Si tuviera el coraje seguiría escribiendo sobre él, sobre lo que contaron sus cercanos y colaboradores, sobre lo que aprendieron sus trabajadores. Pero creo que me siento en paz con lo que hoy escribí aquí. El resto se lo dejo a su imaginación.
Tuve el honor de ser su hija.
Gracias, papi.
Mis momentos:
Feliz: Dictando el taller de lectura de Anna Karenina para la familia de mi hermana Ethel. Fue el regalo de cumpleaños de sus hijos.
Aprendí: Hay diversos mitos fundaciones sobre el origen de la baguette. Me quedo con la de Napoleón que quería un pan fino y largo para que cupiera en el bolsillo de los soldados.
Agradecida: De que pude volver a Chile cuando lo necesité.
¿Escuchaste la entrevista a la escritora mexicana Guadalupe Nettel?
También lo puedes ver en mi canal YouTube.
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