Entrevista a Julia Navarro

#143 Entrevista a Julia Navarro

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Hola a todos y todas,

 Soy Karen Codner y te doy la bienvenida al programa 143 con la Entrevista Espiral a Julia Navarro.

A Julia Navarro la entrevisté a fines del 2021 cuando recién había lanzado el libro De ninguna parte. Actualmente, ha sumado a su obra tres títulos imprescindibles: Una historia compartida (2023), El niño que perdió la guerra (2024) y Cuando ellos se van (2025).

Hay autores que observan la historia y otros que la descifran. Julia Navarro pertenece al segundo grupo. Nació en Madrid en 1953 y, tras más de treinta años dedicada al análisis político en medios como la Agencia EFE y Televisión Española, dio el salto a la novela. Hoy, sus historias se leen en más de treinta idiomas.

En Espiral recorreremos su fascinante transformación profesional: de periodista a escritora. Un cambio que, según nos cuenta, ocurrió casi por casualidad. Fue durante unas vacaciones y gracias al impulso de su hijo, quien la animó a dar el salto. Así nació su primera gran novela, La Hermandad de la Sábana Santa, publicada en 2004, que fue un éxito inmediato.

Nos movimos por su intimidad, por su mirada sobre el feminismo y el rol de las mujeres en la sociedad. Por ejemplo, hablamos sobre el papel que ha tenido su madre en su vida y en su obra. Para quienes se interesan por los procesos creativos, la conversación se adentra en el oficio de escribir: su metodología, la construcción de personajes y el minucioso trabajo de documentación que hay detrás de cada novela. Además, nos abre las puertas de sus espacios íntimos de creación y comparte sus gustos musicales y las películas que acompañan su escritura.

Me gustaría terminar con una cita destacada. Luego de escuchar la entrevista, cuéntame cuál te gustó a ti:

«El Quijote es muy moderno porque en definitiva trata sobre la esencia del ser humano. Por tanto, no hay siglo que pase por el personaje, es un personaje universal, eterno. No importa que lo leas hoy o que lo puedan leer los hombres del año 3.021, da igual. Es un personaje que no se va a acabar nunca. Es una escuela de enseñanza sobre la condición humana.» (11:04)

 

Recuento personal

Una novedad es que Espiral tiene un leve cambio. Si bien seguirá saliendo el primer viernes de cada mes, el capítulo en profundidad, como este de Julia Navarro, lo lanzaré el tercer viernes del mes. La idea es que tengan más tiempo para escucharlo.

Si cierro los ojos e intento hacer un recuento de lo que ha sido mi vida desde el último episodio en enero, me cuesta comunicarlo. Estoy en Barcelona estudiando, junto a todos mis hijos y mi marido. El ritmo de vida es ajetreado; intenso, creo que es el mejor adjetivo que lo define.

Si en el capítulo anterior les dije que había leído poco, ahora cambié de parecer. He ido aumentando el ritmo y puede ser también porque ha disminuido, en parte, la carga extra del Máster. Descubrí a la escritora danesa Solvej Balle que quería leer hace unos meses y no me podía acordar el título ni su nombre. Tras leer una entrevista en The New York Times decidí leerla y después vi que Hinde Pomeraniec la estaba recomendando también. En El volumen del tiempo, traducido por Victoria Alonso y publicado por Anagrama, la autora relata la vida de Tara Seller, quien está atrapada en un 18 de noviembre. Son siete volúmenes, ya terminé el primero y pronto comenzaré el segundo. Me intriga ver cómo la autora danesa aborda la trama y la limitación misma que se auto impuso: que siempre se repite el mismo día, pero solo Tara tiene conciencia de ello.

También volví a May Sarton y, después de muchos años, a Amos Oz con Mi querido Mijael y otros textos. Estoy disfrutando mis lecturas. Eso es algo que me alegra.

Este domingo que recién pasó corrí por primera vez desde que me lesioné en enero 2025, dieciséis kilómetros. Y todo gracias a que me aventuré a sumarme a una media maratón que había en Barcelona. Yo no estaba inscrita, pero en el kilómetro cinco me puse a correr y así, sin planificación ni estrés por el tiempo, hice dieciséis kilómetros. Para mí es una especie de milagro.

También con mi curso visitamos Blanes, un pueblo costero donde el chileno Roberto Bolaño escribió la mayor parte de su obra. Estuvimos en la exposición donde están sus cuadernos y objetos significativos, como su máquina de escribir o sus anteojos. Aprendí muchísimo y fue una buena oportunidad para convivir con mis compañeros.

 

Entrevista Espiral a Julia Navarro

JN: Gracias. Gracias, Karen, por invitarme a participar de tu podcast, porque eso me va a dar la oportunidad de entrar en contacto con todas esas personas que te siguen y yo te lo quiero agradecer. Y la próxima vez que yo vaya a Chile yo quiero reunirme contigo y con esas seis amigas.

KC: Quizás que seamos capaces de agarrar el avión y nos vamos a Madrid. Dime, Julia, ¿qué estabas haciendo, ¿qué interrumpí cuando te tuviste que conectar al Zoom?

JN: No interrumpiste nada. Estaba hablando con las personas de la editorial.

KC: Dijiste una frase hermosa en febrero, si no me equivoco, en el podcast de Madrid, que te entrevistó una niña encantadora. Dijiste, cito: “«Tengo demasiadas inquietudes para ver la vida a través de un balcón».

JN: Sí, es verdad. Yo sufrí mucho durante el confinamiento. Asomarme a la calle, a las calles vacías, esa sensación de que no hay absolutamente nada, solamente escuchabas el silencio, a mí me resultaba absolutamente doloroso. Yo necesito la vida para poder contarla. Yo no me puedo encerrar para escribir. Yo soy una escritora que toca la realidad, que toca la vida. Yo me nutro de la vida. Mis novelas y mis historias no tendrían ningún sentido sin las historias de los demás. Yo no puedo ver la vida a través de una ventana, Y tampoco puedo ver la vida a través de una pantalla. Las pantallas son muy útiles. Nos están ayudando a que podamos conectarnos. Ahora mismo yo estoy en Madrid, tú estás en Buenos Aires y eso es fantástico. Pero eso no sustituye a mirar a una persona directamente a los ojos. Nada sustituye a la complejidad que se establece cuando estás hablando, tienes a alguien en frente. Eso con la pantalla es muy difícil de conseguir. Así que yo me quiero asomar a la vida real. No me quiero asomar a la vida a través de las pantallas ni a través de las ventanas.

KC: Julia, eres una persona muy rigurosa; me da la sensación, por lo que pude aprender en el pre reporteo. Yo también soy periodista. Si tuviera que hacer un resumen: eres vegetariana, amante del ballet y bailarina frustrada; yoguista de kundalini, perrera; tienes un hijo, tienes un marido y, al parecer, también si esto es cierto. A ver si conoces a quién estoy poniendo, quién está sonando. ¿Quién está cantando?

JN: Sabina.

KC: Te encanta.

JN: Es uno de mis cantantes favoritos. Yo no le conozco; nunca le vi, nunca hablé con él, pero es uno de mis cantantes favoritos. Porque Sabina también es un, yo creo que es un cantante que canta también la vida: canta las emociones, canta los sentimientos, el desgarro. Es uno de mis cantantes favoritos.

KC: ¿Y puedes escribir con música? ¿Con este tipo de música?

JN: No. Yo escribo con Mozart. Escribo acompañada de Mozart la mayor parte de las veces. Pero eso no significa que de repente estoy escribiendo y noto que necesito que me den una sacudida. Y entonces puedo poner a Sabina, o puedo poner a Leonard Cohen, o puedo poner a Paco Ibañez. De vez en cuando, si necesito levantarme de la silla y tener esa sacudida, entonces le digo a Mozart: «vuelvo dentro de un rato», y entonces, pues, escucho a Sabina.

KC: Supe que estuviste releyendo «El Quijote».

JN: «El Quijote» lo tengo siempre cerca; lo tengo encima de mi mesa de trabajo. «El Quijote» es una escuela de vida: es una escuela, es un libro lleno de sabiduría sobre la condición humana. Y no importa por qué página lo abras, siempre aprendes algo. Yo, de vez en cuando, abro el ejemplar de «El Quijote», no importa por qué página, y leo dos o tres páginas, y siempre me sorprende.

KC: KC: Bueno, es que, ¿sabes por qué me reí ahora? Este año, mi hija, que está, no sé cómo se dice en España, en tercero medio en Chile, le queda un año más de colegio, tuvo que hacer un trabajo de «El Quijote». Pero, «¿por qué nos hacen leer esto?, ¿qué tenía en la cabeza este señor?, ¿qué cosas se imaginaba?». Y yo le decía: «¡Pero si es precioso!». Claro, quizás para un adolescente todavía le cuesta entenderlo, pero cuando ve cómo funciona su cabeza en la realidad, y lo que quiere lograr, y cómo está estructurada la sociedad y los procesos, es muy interesante.

JN: «El Quijote» es muy moderno. Porque en definitiva trata sobre la esencia del ser humano. Por tanto «El Quijote», no hay siglo que pase por el personaje, porque es un personaje universal y eterno. Y, por tanto, no importa que lo leas hoy o que lo puedan leer los hombres del tres mil veintiuno, da igual. Es un personaje que no se va a acabar nunca, y que es una escuela de enseñanza sobre la condición humana.

KC: Entonces, es una escuela llena de sabiduría sobre la condición humana. ¿A eso aspiras tú con tu escritura?

JN: Yo creo que el último gran misterio que hay en este planeta, es un planeta en el que el hombre ya lo conoce, no. Ya no queda nada por descubrir, el hombre ha cruzado los mares, se ha adentrado en las selvas, ha corrido peligro atravesando desiertos, los grandes hielos. Ya no queda nada por conocer. Todavía nos queda algo muy importante por conocer y es a nosotros mismos. ¿Quiénes somos?, ¿Qué sentido tiene la vida?, ¿Qué hacemos aquí? Esas son preguntas que el hombre se hace desde el principio de los tiempos, ¿no? Desde que el ser humano tiene conciencia empieza a pensar, desde que se reunía en torno al fuego en aquellas cuevas y estaba sobrecogido por los fenómenos de la naturaleza y no entendía muy bien cuál era el misterio de su vida. Qué sentido tenía su vida. Estamos haciéndonos estas preguntas, ¿no? Entonces para mí, escribir es ese viaje al fondo de la condición humana. Es el viaje a todos los claroscuros, es siempre un viaje interior. A través de los personajes, intento plantear preguntas de quiénes somos y porqué somos lo que somos. Hago preguntas que no significa que tengan respuesta, o que yo sea capaz de encontrar la respuesta. Pero me interesa sobre todo la condición humana. Los porqués.

KC: En ese sentido, claro, en una entrevista dijiste: “Escribo para buscar respuestas a las preguntas que me hago”. Esas preguntas que te haces, ¿han ido evolucionando a través del tiempo, o es una principal?.

JN: Yo creo que sigue siendo la misma pregunta. Se pueden plantear de distintas formas y pueden tener más intensidad. En un momento determinado de la vida de cada uno hay preguntas que se sobreponen a otras, ¿no? Pero al final, es la gran pregunta. El porqué ¿qué sentido tiene la vida? ¿por qué estamos aquí?.

KC: Y ¿la respondiste? ¿Tú la tienes?

JN: No, no la tengo. Me gustaría tenerla. Me gustaría tener fe suficiente para darle una respuesta trascendente. Todo eso es obra de Dios y él sabrá por qué estamos aquí. Pero para mí es una respuesta que evidentemente no es satisfactoria, ¿no? Porque yo intento entender. Entonces, no tengo respuestas. Son preguntas que no dejo de hacerme. Son preguntas que se hace el ser humano a lo largo de toda su vida. Si tiene un segundo para pararse a reflexionar. Porque no tiene que encontrar un sentido a la vida, entender qué narices hago aquí. Qué sentido tiene mi existencia y qué sentido tiene la existencia de otros seres humanos.

KC: Cuando has escrito tanto y tan bien y has llegado más allá del número superventas, eso no dice nada, pero cuando te pasa esto que escuchas que seis mujeres chilenas están emocionadas, ¿no sientes que has encontrado tu rol? ¿Lo que viniste a hacer? ¿A iluminar a través de tus palabras?

JN: No. No. Quizás porque soy muy exigente. Y porque, yo no me creo importante como para que lo que yo diga, lo que yo escriba, lo que yo piense, es una motita de polvo dentro de la inmensidad del universo. Por tanto, no. Lo que sí hago es intentar disfrutar de la vida y buscar que sean los demás los que me iluminen a mí. Pero yo no intento iluminar a los demás, porque no creo que yo tenga esa capacidad. Sí tengo capacidad de compartir, si tengo esa capacidad para discutir, para intentar buscar esos porqués. Pero no tengo respuestas, así que siempre estoy con las orejas muy abiertas a ver si alguien me da alguna respuesta.

KC: Bueno. Uno no conoce a la gente a través de entrevistas, pero cuando estaba haciendo la investigación, dije: ella es una persona tremendamente sensible y humilde y muy empática, me dio la sensación. Una persona que no ha perdido el centro de lo que pueden ser los escritores, que dicen que algunos tienen el ego un poco grande.

JN: A ver, lo que pasa, Karen, tú eres periodista; yo también. Yo creo que el periodismo es una escuela de vida extraordinaria. A lo largo de mi vida, lo mismo que tú, seguro, he conocido gente muy importante, muy importante hoy, que mañana lo dejaba de ser; gente que se creía que estaba en la cima del mundo y, al día siguiente, a ras de suelo. Eso me ha hecho siempre tener muy presente que no podía despegar los pies de la tierra, que no podía despegar los pies del suelo; que hoy la vida te sonríe y mañana te da la espalda; que hoy, los mismos que te lanzan todo tipo de alabanzas, mañana te miran con desprecio; que hoy, a los mismos que muestran un interés enorme por ti, mañana les eres indiferente.

Por tanto, para mí el periodismo ha sido eso: una escuela de vida, y yo nunca despego los pies de la tierra. Sé que todo es efímero, que los lectores me quieren, pero no sé si me van a querer mañana. Y tengo que estar preparada para que, cuando eso pase, el sufrimiento sea estrictamente inevitable, pero ni un gramo más.

KC: ¿Eres creyente?

JN: Sí. Tengo un sentido trascendente de la vida. Porque necesito tenerlo. No me resigno a que el ser humano sea un conjunto de células organizadas para pagar la hipoteca de la casa. Por tanto, intento entender, antes lo decía, el porqué, los porqués, qué sentido tiene la vida. Y supongo que, como tantas personas, pasas por muchas etapas a lo largo de tu existencia. Crees más, crees menos, no crees nada, yo he pasado por todas esas etapas. Y ahora estoy en una etapa que supongo también tiene mucho que ver con la edad. En la que intento racionalizar la idea de Dios, aunque racionalizar a Dios es absolutamente imposible, pero bueno, yo estoy en esa pelea. De quiero creer, no sé si creo, si creo, pero no sé si debo de creer. Es una pelea conmigo misma, pero hay algo que se me escapa, hay algo que sé que no alcanzo a entender, y es ese por qué, el porqué de la vida. Por qué nos hemos organizado: ese conjunto de células para terminar siendo unos seres absolutamente complejos, con un pensamiento complejo, y qué hacemos en este planeta.

Entonces, creo que tiene que haber una respuesta, una respuesta que no sabemos cuál es; y creo que tiene que haber un porqué que no alcanzamos a entender o no alcanzamos a ver. A lo mejor es todo muy sencillo, pero hasta ahora no hay nadie que lo haya explicado.

KC: Julia, desgraciadamente tuvimos el problema de conexión, y yo te pregunté qué religión profesas; y ahí me quedé, y llegué a la mitad de la respuesta.

JN: Perdona. ¿Qué religión se puede profesar en España? España es un país católico, ¿no? Entonces es parte de nuestra cultura. Yo creo que la religión es la manera en que el ser humano ha intentado dar respuestas a esas preguntas, ¿no? Esas respuestas se hacen a través de la filosofía o a través de la religión. Pero el hombre ha intentado la religión como fórmula para intentar ordenar esos porqués e intentar tener respuestas a esos porqués. Entonces, yo soy hija de la religión católica. De la cultura judeocristiana, de Roma, de Grecia. Esa es mi cultura. Esas son las raíces de occidente, y más allá de que uno sea o no sea creyente. Más allá de que uno pueda practicar o no practicar la religión, estas son parte de nuestras raíces. No se puede explicar Europa sin esas raíces, independientemente de que luego, en la vida personal de cada uno, tenga una actividad religiosa o no la tenga; viva de espaldas a la religión, sea ateo, sea lo que quiera. Pero uno no puede olvidar cuál es su ADN.

KC: Julia, me quedé pensando en esto de la crianza, de la religión. De tener unos padres o una madre que te dijo: “No, no quiero que seas bailarina profesional”. Porque así fue y está bien, muchas veces a muchas personas nos ha sucedido eso, ¿qué dirían tus padres al verte hoy, como esta gran escritora que toca el corazón?

JN: Afortunadamente, mis padres, mi madre —que es la persona fundamental en mi vida— me pudo ver. Realmente, ella fue una persona que, si hubiese sido por ella, yo hubiera seguido adelante con mi sueño de ser bailarina. Eran todas las circunstancias que nos rodeaban las que hacían muy difícil que yo lo fuera; por tanto, di ese paso atrás. Pero no se lo puedo achacar a mi madre.

Digamos que las circunstancias que vives, el país en el que vives, el momento en el que toca vivir, es lo que a mí me hizo dar el paso atrás. Pero, bueno, yo siempre encontré a mi madre como mi mejor aliada y como la persona que nunca, nunca me permitió que pusiera barreras a mis sueños. Mi madre siempre me dijo que yo llegaría donde yo quisiera llegar y fue mi apoyo.

Realmente, el día en que perdí a mi madre, ese es el día en que pensé que me había quedado colgando de la nada; me había quedado sin suelo, sin techo. Y así estoy desde que murió hace unos años: sin suelo y sin techo.

KC: ¿Y la maternidad qué significó para ti?

JN: Yo, cada vez que veo a mi hijo, digo: Madre mía, la cantidad de disgustos que yo debí de dar a mi madre porque, cada vez que él hace lo que quiere, como es natural, y yo no estoy de acuerdo, pienso: “mi pobre madre, lo que me tuvo que aguantar”. Pues ahora me toca a mí hacerlo con mi hijo. Bueno, yo creo que la relación madre hijo es una relación rica. Es algo muy especial. Es algo muy importante. Y hay un momento en que es muy complicado siempre. Es cuando ese cordón umbilical se tiene que empezar a romper porque ellos tienen que tener su propia vida. Es un momento doloroso el día en que te das cuenta de que tu hijo se pertenece sólo a sí mismo. Y cuesta, a mí me cuesta. A veces digo “pero si tiene 29 años”, pero yo me sigo preocupando. Si tiene los ojos brillantes, le pongo la mano en la frente a ver si tiene fiebre, porque está constipado. O sea, sigo haciendo cosas que digo, eso ya no te corresponde hacerlo. Yo siempre estoy permanentemente preocupada y yo creo que cuando uno tiene un hijo, por muchos años que tenga, siempre lo vas a ver como tu niña o tu niño. Nunca lo vas a ver como una persona adulta, cuesta mucho.

KC: Para los que nos están escuchando hoy día, seguramente no saben que este hijo es uno de los principales causantes de que Julia se haya lanzado a escribir. Creo que es tan tierna la historia que, por favor, compártela. Es maravillosa.

JN: Bueno, mi hijo me reclama los derechos de autor de la primera novela, porque yo había escrito libros de ensayo, libros de política, pero nunca había escrito una novela. Y un verano, en la playa con mi hijo —que en ese entonces era pequeño—, desesperada porque llegaba la hora de comer y todos los días era lo mismo: «mami, un poquito más; mami, un poquito más». Y yo me bajaba siempre a la playa, me metía debajo de una sombrilla con 10, 15 periódicos, que me leía del derecho, del revés. Y uno de esos días, que mi hijo estaba especialmente pesado, estaba insoportable con el «un poquito más, un poquito más, déjame jugar más, ahora me vuelvo a bañar». «Nos vamos». «Sí, pero me meto otra vez en el mar». Entonces, uno de esos días, ya en mi desesperación, empecé a leer los obituarios —imagínate mi grado de desesperación—. Y entonces encontré un obituario que daba cuenta del fallecimiento de un científico, de un microanalista, Walter McCrone, que había puesto, entre muchas cosas, bajo su microscopio, la sábana santa de Turín. Tenía una pequeña historia sobre si la sábana era auténtica, si era falsa, y aquello encendió mi imaginación; empecé a escribir la que fue mi primera novela: «La hermandad de la sábana santa». Y mi hijo siempre me reclama: «Gracias a mí eres novelista, y el éxito de esa novela me lo debes a mí, así que los derechos de autor los deberías de compartir conmigo». Siempre me lo dice en broma porque, claro, todo lo que yo tengo es de él, pero siempre me hace esa broma.

KC: ¿Y él escribe?

JN: No. Él no escribe. Es abogado.

KC: ¿Y tu marido? ¿Cuál es la clave? Porque me imagino que llevas muchos años casada.

JN: Muchos años, sí. Va a ser cuarenta años el año que viene.

KC: Y tú has abogado por los derechos de las mujeres; hoy en día muchas pueden tener una postura más o menos radical. ¿Cómo se vive un largo matrimonio siendo feminista?

JN: Pues, desde el respeto. Yo tengo la suerte de tener un marido inteligente.

KC: Y él tiene la suerte de tener una mujer inteligente.

JN: No, pero entiendo que, si él decidió estar conmigo y que nos casáramos, era porque le interesaba cómo era yo. A mí me horrorizan esas personas que quieren cambiar a alguien, que quieren amoldar a alguien a lo que ellos quieren. Yo nunca he intentado cambiar nada de mi marido, ni él nunca ha intentado cambiar nada de mí. Yo creo que el único éxito que hay en nuestra relación es que siempre tenemos una conversación ininterrumpida, que llevamos 40 años hablando, que lo que nos une es esa larga conversación que no se acaba nunca, que gira sobre la vida, sobre la literatura, la música, los viajes. No hemos dejado de sentir la necesidad de hablar entre nosotros y yo creo que esa es la clave de que llevemos cuarenta años juntos.

Y luego, mi marido siempre ha sido absolutamente respetuoso con mis ideas feministas y los dos hemos sabido preservar muy bien nuestros espacios, nuestras carreras profesionales. Es decir, de la misma manera que su carrera profesional para él ha sido siempre muy importante, la mía también lo ha sido y, por tanto, aquí nadie se sacrificaba por nadie. Entonces, yo no iba a sacrificar mi carrera profesional por la suya y tampoco nunca esperé que él sacrificara su carrera profesional por la mía.

KC: ¿Él a qué se dedica?

JN: Él es periodista y también escribe. Además, es profesor de la universidad. Se acaba de jubilar. Era profesor de Estructura del lenguaje en una universidad. Entonces, digamos que siempre hemos mantenido una vida en común y una vida en paralelo. La vida en paralelo, yo he tenido mi vida profesional con mis intereses. Él ha tenido su vida profesional con sus intereses. Por eso ha habido una conversación ininterrumpida, porque ninguno ha dejado de ser lo que quería ser, porque yo no entiendo la relación en el que las mujeres siempre han tenido que dar un paso atrás. No es que nunca me lo haya pedido mi marido, no se le habría ocurrido. Por tanto, el haber tenido esa vida en común, pero al mismo tiempo una vida independiente, yo creo que es lo que nos ha ayudado a llegar hasta aquí.

KC: Ahora que estoy uniendo nexos, el año pasado y este año entrevisté a una pareja de escritores, Alejandro Zambra y su señora, Jazmina Barrera, escritora mexicana, y les hice esta misma pregunta que te voy a hacer hoy: el tema de los libros y la biblioteca. ¿Cuáles son?, ¿son todos de todos, los tuyos, los míos, los nuestros?, ¿cómo se organiza esa biblioteca?

JN: Es complicado, eh. Hay libros que son de los dos y hay libros que son de cada uno. Y que tiene que ver mucho con los gustos de cada uno. Nosotros compramos libros, pero continuamente. No todas las semanas compramos libros. Él compra los suyos y yo compro los míos. En función de nuestros intereses de cada momento. Hay libros que son comunes, pero hay libros que son de cada uno. Entonces, yo no tengo ninguna intención de separarme de mi marido, cuarenta años después, porque no tengo ningún motivo. Pero creo que, si lo hiciéramos, la biblioteca estaría bastante clara cuáles son sus libros y cuáles son los míos. Y cuáles son los de los dos.

KC: Bueno, pero ¿tienes un espacio físico, o están todos combinados? ¿hay algún orden en esta biblioteca?

JN: Digamos que, en mi casa, en todos los sitios hay libros. Como Virginia Woolf decía, «el cuarto propio». Tengo el cuarto propio donde yo escribo; está lleno de estantes con libros que son mis libros. Mi marido tiene su propio despacho, que ahí están sus libros y que él los coloca como quiere. Eso sí, no me gusta nada cómo los tiene colocados o distribuidos pero no digo nada. De vez en cuando digo: «oye, pero esto no lo deberías de tener aquí»; entonces me mira y digo: «no he dicho nada». Porque cuando él viene y me dice lo mismo, yo también lo miro y le digo —hace un gesto de “no” con un dedo de su mano—. Y luego, pues ahí en el salón, que también hay otra biblioteca, hay más libros en común; y yo los coloco de una manera, él un día llega y los coloca de otro. Hay ese juego.

KC: ¿Cuántos libros tienen, más o menos? ¿sabes?

JN: No tengo ni idea de cuántos libros. Pero yo creo que unos cuantos miles de libros sí tenemos.

KC: Bueno, es que también me estaba acordando que entrevisté a Mónica Lavín, una escritora mexicana, y ella me contó que durante la pandemia se mudó con su pareja, y tuvo este problema de los libros. Ella tenía sus libros en su departamento y había que llevar los libros del departamento de la otra persona. Y es un tema cómo vuelves a ordenarlos. Cómo organizas y haces que conversen estos dos mundos.

JN: Con una habitación propia. Es decir, yo creo que todas las mujeres tenemos que tener una habitación propia. Que no podemos renunciar a eso. Sé que es fácil decirlo, porque vivimos en una sociedad en la que las casas cada vez son más pequeñas, más prácticas, no hay espacio, todo el mundo tiende a que sea lo más funcional posible, pero yo no renuncio nunca a mi habitación. Y, por tanto, mi habitación propia, es la habitación donde yo trabajo y es la habitación de mis libros. Esa es mi reivindicación. Una habitación propia, como decía Virginia Woolf.  Pero soy consciente que eso no siempre es posible. Porque la gente vive en departamentos pequeños, y tienen que buscar el espacio donde acomodar los libros de ambos. Pues yo creo que una pared para uno y una pared para otro.

KC: Dime una cosa, también tu marido que es ¿Juan?

JN: No. Fermín.

KC: Fermín. Un nombre muy español. Es tu primer lector.

JN: Sí, siempre. Imagínate tener un profesor de estructura del lenguaje en casa y no aprovecharlo. Sería tonta.

KC: ¿Cómo es ese proceso? Ok, “acá está el manuscrito” y ¿tú te escondes? ¿cómo son esos días de espera para ti?

JN: Bueno, yo tengo un enorme respeto intelectual por Fermín; por tanto, su opinión me importa, y me importa mucho, porque sé que va a ser la opinión más sincera y más crítica. Por tanto, cuando él lee un manuscrito, nunca lo lee hasta que yo lo he terminado y lo he corregido. Cuando he terminado la novela, cuando he corregido la novela, cuando he terminado la novela, es cuando se la doy; y se la doy antes de dársela a mi editor. Y en ese momento es en el que él la lee. Y la verdad es que siempre espero con impaciencia la crítica que él vaya a hacer, por ese respeto intelectual que tengo hacia él, porque sé que la suya va a ser una opinión sólida, va a ser una opinión consistente; no va a ser la opinión de «estupendo» o del «si no le gusta no me lo va a decir». Él, en cada novela, siempre me ha dicho: «mira, de esto pienso tal», «de esta que has escrito pienso esto otro», y siempre hay esa conversación sincera y apasionante entre nosotros.

KC: ¿Hay momentos en que te ha dolido, Julia, la crítica? ¿cómo es ese intercambio?

JN: Bueno, es un intercambio. Digamos que, la verdad es que nunca me ha hecho una crítica diciendo: esto es horrible, guárdalo y no se te ocurra enseñárselo a nadie. Hasta ahora todas mis novelas le han gustado. Lógicamente unas le han gustado más y unas menos. Lo mismo que a los lectores. Por ejemplo, con «Historia de un canalla» yo recuerdo que me dijo: «es muy buena, pero vas a tener problemas con los lectores. Esta es una novela que a tus lectores les va a sorprender y a muchos no les va a gustar, entonces es una novela muy dura, y prepárate porque a lo mejor no va a ser el éxito que han sido las anteriores». Y tuvo toda la razón. Yo no me puedo enfadar cuando alguien me dice esa lectura crítica de una novela.

KC: Y en ese sentido, en «De ninguna parte», hay dos aspectos que me llaman muchísimo la atención. Es más breve que las anteriores.

JN: Sí, pero eso fíjate, Karen, yo nunca sé cuántas páginas va a tener una novela mía, porque no pagino. No quiero saber si voy por la página 200 o 400. Eso hace que yo escriba en libertad, por tanto, cuando yo termino es cuando llamo a mi hijo, que es el que sabe manejar las cosas del mundo virtual donde siempre me pierdo, y ahí ya me entero cuántas páginas he escrito. Hasta ese momento, no tengo idea. Yo no sabía cuántas páginas iba a tener este libro. No supe que tenía 418 hasta que la terminé. Y no me preocupa, yo creo que cada historia hay que contarla en el espacio que uno necesita contarla. Que no puedes estar pensando: «uy, a las editoriales les gustan los libros de 300 páginas». Si yo escribiera pensando en eso, no podría escribir.

KC: Julia, pero otro tema que llama la atención es que te metiste en un tema muy complejo. Yo soy judía y es muy contemporáneo; si bien dices que no escribes novelas de ficción histórica, sí hay muchas que tienen un contexto del pasado histórico cercano, pero esta es en donde las papas queman. Yo no sé si en España se dirá así.

JN: No se dice así, pero se entiende perfectamente.

KC:  ¡Aha, guau! Qué apuesta hiciste.

JN: Bueno, es una novela muy actual porque, en las últimas décadas, está sucediendo algo que es muy importante, y es que Europa ha sido víctima del terrorismo de raíz islámica. Eso es una realidad. Políticamente es incorrecto decirlo, pero la realidad es la realidad y yo me niego a edulcorarla; por tanto, ese es un hecho. Las grandes capitales europeas se han visto sacudidas por actos terroristas de individuos que hacen la yihad o lo que sea; por tanto, es un retrato de algo que está pasando. Estos días, por ejemplo, en París se está celebrando el juicio contra los autores de la matanza de la sala de fiestas Bataclán. Yo estoy siguiendo con auténtico interés las crónicas que se están publicando de ese juicio y, a veces, pienso que parece que mis personajes se han escapado de la realidad, que se han escapado de lo que ha pasado hace no tanto; por tanto, yo lo que estoy haciendo es un retrato de la sociedad en la que estoy viviendo.

Estoy haciendo un retrato de algo que está pasando hoy, aquí y ahora. Intento también entender por qué pasa lo que pasa, por qué sucede lo que sucede.

KC: ¿Y llegaste a esa conclusión?

JN: Bueno, yo intento preguntarme qué le lleva a un ser humano a intentar destruir a otro ser humano; qué le lleva a un ser humano a fanatizarse a tal extremo de querer destruir a todos los que no piensan como él, a todos los que no rezan como él, a todos los que no tienen la visión de lo que debe ser el mundo que tiene él. Y a mí eso me interesa; me interesa ese viaje a esas partes, a esos claroscuros del ser humano: el proceso de fanatización, cómo se produce, por qué se produce. Yo, en las últimas décadas como periodista, he tenido el interés, cada vez que se ha producido un atentado, de leer lo que se contaba, ¿no?, quiénes eran los que lo habían cometido, cuáles eran, de dónde venían, si llevaban tiempo viviendo en Europa. Y todo eso es lo que ha ido dejando un sedimento en mí, que es lo que me ha llevado a escribir esta novela.

KC: Pero esa es una novela imposible, en ese sentido, yo pensé, porque justamente el personaje, los que hacen la yihad, nunca vamos a saber lo que siente el que se inmola para Alá. No lo vas a poder entrevistar nunca.

JN: Pero sí intento meterme en la piel. Los seres humanos no somos tan diferentes los unos a los otros; por tanto, yo lo que intento es meterme en la piel de los demás, no para justificarles, sino para intentar entender. Yo no justifico nunca a mis personajes, no les justifico lo que hacen, pero intento entender por qué hay un momento en su vida que toman una decisión como la que toman, y ese es un viaje muy complicado; para mí, escribir esta novela ha sido un viaje interior muy complicado. También intento ponerme en la piel de las personas que viven en desarraigo, que viven esa sensación de sentirse de ninguna parte, porque una cosa son las grandes palabras y otra cosa es la realidad de todos a diario. Entonces, yo muchas veces me pregunto cómo sería si yo tuviese un día que dejar mi casa, que dejar mi familia, que dejar mis costumbres, todos los códigos con los que yo me he manejado, e irme al otro extremo del mundo a vivir en una sociedad distinta, con unos códigos de comportamiento distintos, con unos valores distintos. ¿Cómo sería yo?, ¿qué haría?, ¿qué recorrido vital tendría? Entonces, yo escribo para intentar entender, que no significa que logre entender, pero sí intento siempre ponerme, aunque sea un poquito, en la piel de los demás. ¿Qué le lleva a un joven a convertirse en un monstruo?, ¿qué le lleva a un joven a convertirse en un terrorista?

KC: Pero según tu visión, lo que le lleva es netamente un trauma, una carencia personal.

JN: Son muchas cosas: es la ira, es el resentimiento, es el sentirse rechazado, es el vivir en un ambiente en el que hay unos códigos de conducta y códigos de educación, y unos valores que te llevan en una dirección. Son muchas cosas; no hay una única cosa para que alguien se convierta en un monstruo, salvo que uno sea un psicópata, ¿no?, porque si eres un psicópata eso es otra cosa. Pero son muchas cosas.

En el caso de mi personaje es la frustración, es la desesperación, es el sentirse inferior porque los demás le hacen sentir: «tú no eres de aquí, tú no eres como nosotros», «tú eres un ciudadano de segunda». Yo muchas veces, Karen —no sé si ustedes en Chile o en América Latina, pero aquí en las televisiones europeas sí se ve—, de vez en cuando hay como explosiones de violencia en los barrios periféricos de París, donde tienes un volumen de migración muy grande, y muchas veces he pensado: «Bueno, esos chicos que salen, que empiezan a romper contenedores, a destrozarlo todo, que se enfrentan con violencia a la policía, ¿esto es solo un problema de orden público o hay algo más?». Entonces, la respuesta fácil es decir: bueno, es un problema de orden público, ya está. Pero yo creo que hay algo más; yo creo que detrás de esas explosiones lo que hay es una enorme frustración, un enorme resentimiento, una enorme ira, un grito desesperado de unos jóvenes que sienten que son de ninguna parte, que no terminan de ser de la sociedad en la que viven, pero que tampoco son ya de la sociedad a la que llegaron sus padres. Eso, a veces, es muy complicado de gestionar, de gestionarlo uno mismo. Con eso no justifico los comportamientos.

KC: Los están dando a entender, que es distinto. entender.

JN: Estoy intentando entender, porque yo no quiero simplificar al ser humano. El ser humano es muy complejo. Entonces no hay respuestas simples a situaciones complejas.

KC: Hace poco en el norte de Chile, hubo un evento, al contrario, un grupo de personas chilenas, fueron a un campamento de inmigrantes, hicieron una fogata y empezaron a lanzar coches de bebés, libros, pelotas, todo lo que tenían los inmigrantes que habían llegado con lo puesto a Chile, con una furia que tú decías «en qué nos estamos convirtiendo». Porque claro, cuando tú estás en Santiago y miras esto, ves solamente que esta gente es mala, pero también hay una amenaza de por medio no verbal, que es mucho más complejo. Estamos viendo solo el final del acto, no estamos viendo la historia para atrás.

JN: Hay que preguntar siempre por qué. ¿Qué está pasando? Yo también pienso que estamos viviendo, a veces, procesos, todos los paradigmas de nuestra sociedad han ido cambiando en los últimos años. En los últimos cincuenta años ha cambiado el mundo mucho más que en los veinte siglos anteriores. Los cambios han sido realmente brutales, extraordinarios, y entonces yo creo que todavía estamos desconcertados. Está naciendo una nueva sociedad, está andando una nueva manera de relacionarnos. Una nueva manera de estar en el mundo, y todavía no sabemos lo que nos está pasando, y no sabes a dónde nos encaminamos. Luego la crisis económica del 2008, que afortunadamente en América Latina no la sufrieron tanto, pero nosotros en Europa lo sufrimos mucho, dejó a mucha gente empobrecida. Acabó con la clase media tan potente que había en Europa. Cada lugar, cada continente tiene sus propios problemas, pero todo está pasando tan deprisa que casi no nos da tiempo de analizarlo.

KC: ¿Qué es Haifa para ti en Israel?

JN: ¿Haifa? Haifa es un lugar al que yo le tengo especial cariño, porque ahí vive la familia que son de mis mejores amigos. Ahí vive mi segunda familia.

KC: Si ustedes estuvieran viendo la cara de Julia, se le ilumina el rostro con una sonrisa. Los ojos, qué lindo, porque qué rico tener amigos por todo el mundo, ¿no? Y buenos amigos, casi una segunda familia.

JN: Sí, claro. El tener amigos, yo no me puedo explicar a mí misma sin mis amigos. Son parte de lo que soy, no me puedo explicar sin ellos. Uno con los amigos va haciendo camino a lo largo de la vida, por tanto, explicarme sin las personas con las que he ido caminando a lo largo de la vida, sería imposible.

KC: En un artículo hace un tiempo vi que decías que quitar a Pablo Neruda de las escuelas sería un error garrafal.

JN: Estoy en contra del movimiento woke. A mí me parece un auténtico error. No se puede juzgar el pasado con los ojos del presente. Yo lo que creo es que a los niños hay que educarles dándoles las herramientas para que sean ciudadanos críticos, pero no tratarlos como permanentes menores de edad: «esto no lo lean». No, esto lo tienen que leer; tienen que saber que detrás de un escritor genial había un hombre, con todos sus defectos y con todas sus virtudes, que podía ser un genio de la escritura, pero que a lo mejor su calidad humana podía dejar mucho que desear. Pero hay que explicarlo, hay que contarlo, no hay que ocultarlo; no hay que decir: cojamos sus libros, los metemos debajo de la cama y que nadie los lea. Qué barbaridad es esa. Estamos censurando. Es una censura realmente terrible la que se está produciendo; hay una especie de nuevos inquisidores de la moral. Bueno, «déjeme que yo lea lo que quiera y que me forme mi propio criterio; ¿quién es usted para decirme a mí lo que debo de pensar, para convertirse en el guardián de mi moral, de mi ética y de mis pensamientos? ¿Pero cómo se atreve a tanto?». Y ese es el movimiento woke. Entonces, a mí me parece realmente peligroso, porque eso está significando una merma de libertad; hay un retroceso en las libertades, la gente tiene miedo, la gente quiere ser políticamente correcta, la gente no se atreve a decir en voz alta lo que piensa por miedo a qué van a decir los demás. A mí me parece absolutamente insoportable y que debemos de luchar porque no haya ni un paso atrás en lo que a libertad se refiere. Y, sobre todo, lo que me niego es que a mí me traten como una menor de edad. «Usted no puede ver “Lo que el viento se llevó”». Pero ¿cómo que no puedo ver “Lo que el viento se llevó”? La veo todas las navidades; me tumbo en el sofá de casa, me compro pasteles, un chocolate y me pongo a llorar como una Magdalena cuando Scarlett O’hara dice aquello de «A Dios pongo por testigo» y Rhett Butler —me encanta, qué le voy a hacer—. ¿Eso significa que cuando yo veo “Lo que el viento se llevó” estoy justificando la esclavitud? No. Estoy viendo un retrato de algo que sucedía hace 200 años en Estados Unidos, pero soy lo suficientemente inteligente para saber que eso es un retrato de lo que sucedía; eso no significa «usted no puede ver ese retrato de lo que sucedía». Como el otro día, hallaba el documental sobre la historia de los Beatles; hay unos letreritos en el documental antes de que empiece diciendo: «Se avisa de que en este documental hay personas que fuman». Hombre, pues claro que en la época de los Beatles todo el mundo fumaba. Entonces, tener que poner un cartelito para decir «no quiero herir la sensibilidad» y decir «lo de fumar está muy mal» —pues sí, está fatal—, pero es que ha habido una época en que todo el mundo fumaba; pero vamos, que a mí me salía el humo por todas partes. Sé que fumar es malo, es malísimo; hace muchos años que ya no fumo, pero ha sido una parte de la forma de estar socialmente el fumar; por tanto, ¿cómo vamos a negar la posibilidad de ver una vieja película en la que alguien fuma? Bueno, Humphrey Bogart sin ese cigarrillo en la mano no sería Humphrey Bogart.

KC: Y Julia, ¿qué opinas del lenguaje inclusivo?

JN: Estoy en contra de la ingeniería social. Por tanto, hay una cosa que sí me parece muy importante, y es ese acuerdo que se está logrando entre las distintas academias de la lengua en todos los países de Iberoamérica y España: ese diccionario que recoge la forma de hablar español de los distintos países; eso sí que me parece importante. Ahora, el lenguaje inclusivo a veces tiene sentido en unas ocasiones y en un contexto, y en otras pues no sé. Decir «hay que feminizar las palabras», pues no; no hay que feminizar las palabras ni masculinizarlas, son lo que son. Yo creo que la nueva ola de feminismo tiene que reposar un poco, tienen que sentarse a reposar y ver que las batallas importantes siguen siendo las que tenemos pendientes: la batalla de la igualdad; que no haya ninguna niña en el mundo que no vaya al colegio por el hecho de ser niña; que todavía hay muchas mujeres que mueren en muchos lugares del mundo porque no pueden tener un parto asistidas, con las condiciones higiénicas mínimas; que no haya una mujer en el mundo a la que mutilen genitalmente como forma de posesión y de poder sobre el cuerpo de ella; que no haya ninguna mujer en el mundo que sienta que su dignidad tiene que ver con los metros de tela en que se envuelve, porque se sigue penalizando el cuerpo de la mujer. El cuerpo de la mujer siempre ha pertenecido a los hombres y, como siempre ha pertenecido a los hombres, nos han convencido de que no podemos enseñarlo, porque era de ellos. Entonces, tenemos muchas batallas todavía que dar. El lenguaje inclusivo, pues es que a veces, a mí me parece, en algunos casos, que es un poco disparatado; en otros, hay palabras que se han feminizado, por ejemplo «juez» y «jueza», tiene un sentido; pero hay otras cosas… es que no me gusta la ingeniería social, sobre todo no me gusta la ingeniería social llevada a cabo por los políticos. Una cosa es que los ciudadanos, las personas, vayamos cambiando la forma de hablar, de expresarnos —es evidente que el español de hoy no es el español del siglo de oro—, pero ha ido cambiando porque ha sido la gente la que ha ido evolucionando y la que ha hecho evolucionar el idioma; lo que no me gusta es que un consejo de ministros decida cómo debemos hablar. Contra eso me voy a rebelar.

KC: Julia, te tengo la última parte del podcast que es mucho más dinámica.

Audio: Hola Julia. Somos chilenas y somos parte de tu fan club. Nos encantan tus libros y por lejos mi favorito es «Dispara, yo ya estoy muerto». Mucha suerte y gracias por seguir permitiéndonos disfrutar de tu maravillosa lectura. Un abrazo gigante. Chao.

JN: Bueno, pues sí es una sorpresa y me encanta. Y os mando besos y ganas de conoceros y estar con vosotras.

KC: Ahora te hicieron una pregunta cada una, muy cortita:

Pregunta 1: Hola, Julia, mi nombre es Alejandra y quería preguntarte ¿cómo eliges las temáticas?, ¿cómo te vinculas con los países, las culturas?, cuéntanos un poco de eso.

JN: Mira, Alejandra. Son las historias las que me encuentran a mí. Están ahí. De repente yo tropiezo con ellas y a partir de ahí decido contarlas. Pero yo no voy en busca de las historias, yo las encuentro. Por eso que decía antes, yo necesito la vida y por esto estoy muy atenta a lo que escucho, a lo que veo, a lo que vivo. Y de la vida siempre salen un montón de historias. De la vida de los otros, de lo que sucede a tu alrededor.

KC: Voy con la siguiente.

Pregunta 2: Hola, Julia, soy Carola. También son fan tuya. Me interesa mucho la investigación y quería preguntarte ¿cómo planificas tú la investigación en tus libros? Porque de verdad admiro cómo tú basas tus historias en investigaciones tan concretas y profundas.

JN: Todas mis historias transcurren en el siglo veinte. Solamente «La hermandad de la sábana santa» tiene una mirada un poco retrospectiva a lo que fue, bueno, la sábana, ¿no? O en «La sangre de los inocentes», que hay una mirada, que son veinte páginas de ese libro, sobre el movimiento cátaro en la Europa medieval, pero todas mis novelas transcurren en el siglo veinte, y yo el siglo veinte me lo sé porque es mi siglo, por tanto, me lo sé. No obstante, siempre que busco un escenario para contar una historia, lógicamente procuro buscar documentación. Pero, Karen, que es periodista sabe que para un periodista, la documentación es el «a, b, c» y que por tanto no es nada complicado. A mí me gustaría poder decir «no sabes la cantidad de meses que paso buscando documentación». No. Yo voy escribiendo, voy contando la historia, voy comprobando datos, procuro siempre contextualizar, que no haya acrónimos, pero realmente es que me sabe mal decirlo así, pero tampoco me cuesta tanto. Quizás la novela en la que más cuidado tuve que tener fue en «Dispara, yo ya estoy muerto». Porque ahí sí, esa sí es una novela histórica. Porque empiezo a finales del siglo diecinueve y todo lo que es la inmigración de las comunidades judías del centro de Europa hacia lo que entonces era Palestina, que era parte del imperio Otomano. Entonces, la primera guerra mundial y la segunda. Ahí sí que hubo un trabajo de documentación más exhaustivo, porque no quería evidentemente cometer errores, pero en el resto de los libros no ha sido tan difícil la documentación. En ese sí tuve que trabajar mucho. 

KC: Vamos con la siguiente.

Pregunta 3: Hola, Julia, soy Marjorie y quería preguntarte cómo comenzaste a escribir.

JN: Pues la primera vez que escribí fue un cuento. Yo creo que tenía como seis o siete años, mi madre lo guardó siempre, en el que contaba la historia de un perrito y una farola. Eso fue lo primero que escribí en mi vida, y no sé. Yo creo que escribir para mí es una pulsión, una necesidad. Seguramente escribo por lo mucho que me gusta leer. Siempre fui una lectora empedernida. Me enseñó a leer mi abuela y leía siempre con ella. Y yo creo que me gustaba tanto, tanto, tanto leer, que eso es lo que a mí me llevó a escribir. A también intentar contar yo mis historias.

KC: La siguiente.

Pregunta 4: Julia, me encantaría saber si ¿el protagonista de «¿Dispara, yo ya estoy muerto», tuviste alguna inspiración en alguien en particular o es sólo creación tuya?

JN: Vamos a ver. En «Dispara, yo ya estoy muerto», como en todas mis novelas, los personajes no existen. No son reales. Pero qué duda cabe que todos son fruto de todo lo vivido. De las muchas conversaciones que he ido teniendo a lo largo de mi vida con distintas personas. En este caso yo he viajado por Oriente medio, quien sabe si uno de los personajes tienen un pedacito de este, u otro trocito del otro, seguro que sin yo darme cuenta, pues, todo lo que uno vive, todo lo que uno conoce, todo lo que uno lee, va dejando un sedimento, y a la hora de construir tus personajes, pues los construyes con ese sedimento, sin ser consciente de que pertenecen a alguien en concreto. Pero Samuel no existe. Samuel es fruto de mi imaginación.

KC: Aquí voy con la última pregunta.

Pregunta 5: Hola, Julia, soy Carolina. Uno de mis libros favoritos tuyos es «Dime quién soy» y me encantaría saber si ¿tiene algún vínculo con tu vida familiar?, porque realmente lo encuentro extraordinario cómo se narra toda esta familia y toda esta historia tan relacionada con España.

JN: Bueno, «Dime quién soy» es una novela para mí muy especial. Es fruto de mi imaginación, pero, qué duda cabe, la primera parte de la novela, en que describe cómo era una familia madrileña de la burguesía en la época en que está a punto ya de caer la Segunda República y de empezar la guerra civil, está basada un poco en las historias que yo escuchaba en casa, en mi propia familia, en las cosas que me contaba mi abuela. Es decir, quizás esa primera parte es un retrato de cómo era mi familia, sin que signifique que los personajes se correspondan con los de mi propia familia, pero sí existe ese retrato. Luego todo lo demás, Amelia no existe y nada de lo que cuento de la historia de Amelia Garayoa es real; es fruto de la imaginación. Pero sí existe eso: cuando yo estoy describiendo cómo se vivía en Madrid, cómo era ese Madrid de la Segunda República, el Madrid en el que iba a comenzar la guerra civil, estoy haciendo un retrato de lo que he escuchado en casa; es un retrato de cómo era mi familia.

KC: Julia, la última parte es más lúdica, y con preguntas y respuestas concisas.

KC: ¿Cuál es tu mayor miedo?

JN: Morirme.

KC: ¿Cuál es tu idea de la felicidad?

JN: Estar con mi familia y mis amigos sin que me duela nada. Ni el cuerpo ni el alma.

KC: Lo que más te molesta de ti misma.

JN: Mi exagerado sentido de la autoexigencia.

KC: ¿Y en los demás?

JN: Con los demás soy benevolente.

KC: ¿A qué escritor vivo admiras?

JN: Javier Marías

KC: ¿Y uno que haya fallecido?

JN: Pues imagínate, coge a todos los clásicos y ponlos por orden alfabético y ahí están. A todos les admiro.

KC: ¿Y a qué escritora viva admiras?

JN: Bueno, para mí ha sido siempre muy importante Doris Lessing. Yo creo que empecé a ser feminista leyendo a Doris Lessing de una forma racional. Porque a mí me educaron para ser feminista, porque yo tenía una madre que lo era. Pero de alguna manera cuando yo intelectualizo lo que es el feminismo, lo hago con Doris Lessing. Su «Cuaderno dorado» fue mi libro de cabecera durante muchos años.

KC: ¿Y que haya fallecido?

JN: Virginia Woolf.

KC: Y ahora una pregunta que tenía anotada, pero necesito que la respondas. ¿Cuál era tu vínculo con Almudena Grandes?

JN: Yo no tenía ningún vínculo con Almudena Grandes, pero quizás sí había un vínculo muy importante, y es el que yo siempre he sido lectora de Almudena Grandes. Y yo creo que no hay vínculo más importante para un escritor que el que te lean, y yo he sido una lectora absolutamente fiel a Almudena Grandes. Yo con Almudena Grandes coincidimos en un bar, de repente nos saludábamos, pero no éramos amigas. No puedo presumir de haber sido amiga de Almudena, porque no es así. Pero sí he sido una lectora apasionada de toda la obra de Almudena Grandes.

KC: Hoy en la mañana ¿qué desayunaste?

JN: Siempre desayuno lo mismo. Siempre desayuno un zumo de naranja y arándanos.

KC: Qué frugal. ¿Agenda de papel, electrónica o ninguna?

JN: Agenda de papel siempre, y voy apuntando cosas en el móvil. Pero la verdad es que me llevo bastante regular con la tecnología, por eso las cosas importantes las apunto en la agenda de papel.

KC: ¿Cuál es tu mayor vicio?

JN: Viajar, leer, pero eso no es un vicio. Hace unos años te habría dicho que fumar, porque fumaba compulsivamente. Pero bueno, lo superé, con gran dolor de mi corazón, eh. Porque de vez en cuando pienso: “con lo que me gustaba a mí fumar”.

KC: ¿Cuándo mientes?

JN: Procuro no mentir nunca, pero lo que también procuro es no hacer daño a los demás. A mí nunca me ha gustado eso de que cuando alguien te dice: “permítame que le diga la verdad”. Siempre que alguien te dice eso, te va a decir algo que no te va a gustar nada. Pues yo procuro no hacerlo. Entonces, si alguien te está enseñando algo y a ti no te gusta, para qué le vas a dar el disgusto de decirle: “esto no me gusta o esto no merece la pena”. Yo procuro decir “qué interesante”. No mentir, pero decir qué interesante. Está bien. No me gusta ofender ni hacer daño a las personas. A veces la extremada sinceridad hace daño.

KC: ¿Quién fue o ha sido la mayor influencia en tu vida?

JN: Mi madre y mi abuela.

KC: ¿Ayer te sentiste feliz cuando…?

JN: Ayer me sentí feliz cuando estaba por la noche con un libro en la mano y estaba pensando qué bien estoy en estos momentos aquí tranquila, en silencio, leyendo.

KC: ¿Y qué libro era?

JT: Pues estoy en estos momentos leyendo un libro de Manuel Vilas, que se llama «Los besos».

KC: ¿Antes de escribir necesitas…?

JN: Antes de escribir necesito cerrar la puerta de la habitación propia y ver que todo está como yo quiero que esté. Miro a ver si está Argos, porque Argos entra y sale. Argos es mi perro, es un pastor alemán, y a mí estar con Argos me encanta cuando estoy escribiendo. Es una compañía prácticamente imprescindible. Así que necesito que esté Argos cerca.

KC: ¿Cuál de todos tus libros es el que más te ha costado escribir?

JN: Todos. Todos son una parte de mí y todos me ha costado escribirlos. Hay algunos en los que he podido trabajar más, pero todos me han costado. Para mí ningún libro ha sido fácil.

KC: ¿Te, café o agua?

JN: Me encanta el té, me encanta el café y bebo continuamente agua. No quiero prescindir de ninguno de los tres.

KC: ¿Azúcar, endulzante o nada?

JN: Nada.

KC: ¿Cerveza, blanco, tinto, champagne o bebida?

JN: Realmente yo no bebo. Soy bastante abstemia, pero bueno, una copa de champagne en determinados momentos es fantástico. Un buen vino de la Ribera del Duero, me encanta. Los vinos chilenos son fantásticos.

KC: Te vamos a llevar.

JN: Los vinos blancos chilenos me encantan. Aunque yo habitualmente no bebo, hay un día en que estás con amigos, con amigas y de repente tomar una copa de vino es muy agradable.

KC: ¿Instagram, Facebook o Twitter?

JN: Ninguna de nada. No tengo redes sociales. La editorial tiene un Facebook de mí, que cuenta cosas profesionales mías, pero yo bastante tengo con la vida real, como para tener una vida virtual.

KC: ¿El Pulitzer, Cervantes, o el PEN?

JN: Pues yo, para mí el premio más importante es que los lectores me sigan leyendo. Que no me abandonen.

KC: ¿Has sentido odio?

JN: Sí. En alguna ocasión, sí.

KC: ¿Qué te hace enojar?

JN: Yo me enojo, eh. Yo me enojo bastante. Que se lo pregunten a mi hijo. Por ejemplo, ahora estoy enojadísima con él, porque en España es invierno, y él el abrigo lo tiente para llevarlo en la mano, con lo cual se ha agarrado un resfriado enorme, y estoy enojadísima con él, porque se ha agarrado el resfriado a conciencia, porque es, bueno, es caluroso y desde pequeño él siempre iba con el Anorak en la mano al colegio. Yo siempre le decía: “‘¡Es que tú lo paseas!”. Es que no se lo ponía nunca. Ahora le pasa igual con los abrigos. A mí qué me enoja, me enoja la mentira, la falta de compasión, me enoja la gente que es soberbia, me enoja sobre todo la pérdida de libertad que en estos momentos está sufriendo todas las sociedades a fuerza de querer ser políticamente correctos. Hay un retroceso en las libertades, pero lo estamos provocando nosotros solos. Por querer ser políticamente correctos, y eso me enoja mucho.

KC: ¿Selfies?

JN: No. Vamos a ver. Cuando estoy firmando libros, si alguien me pide un selfie lo hago, pero yo normalmente no me hago selfies.

KC: Muchas, muchas gracias.

JN: Muchas gracias, Karen, y tenemos esa cita pendiente, o en Santiago o en Buenos Aires.

KC: Chao, muchas gracias. 

 

Cierre

Así finalizamos este ciclo con la gran escritora española, Julia Navarro, a quien recuerdo con mucho cariño y emoción. Esta es una entrevista que no envejece, que nos muestra a la autora en su intimidad y, por eso, es invaluable.

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Chaooooo

 

Lee. Escribe. Crea con Julia Navarro.