#69 Yo soy adicta ¿tú?

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Hola, hola ¿cómo estás? Soy Karen Codner, periodista y escritora, te doy la bienvenida al programa #69 de Espiral, tu podcast de literatura y creatividad ¿Cuántas horas al día pasas conectado? ¿Te gusta chequear el reporte semanal con las horas que estuviste en línea? ¿O ni siquiera lo miras? Yo sí. Cada lunes me llega una notificación de mi rendimiento en pantalla, esto incluye el teléfono y el computador. Y cada lunes no me gusta lo que leo. Soy adicta y ¿tú? Descúbrelo en el episodio de hoy, en el que reflexiono sobre nuestra dependencia con Internet, las redes sociales y las compras.

Recuento personal

Hace unas horas recibí la llamada de la coordinadora de los talleres en la municipalidad de Lo Barnechea, para decirme que se cancelaba el taller de escritura para jóvenes, que supuestamente daría en mayo. Se habían inscrito cinco personas y de los cuales, solo tres confirmaron su asistencia. Al parecer, me contó la coordinadora, que luego del Covid el comportamiento de los jóvenes cambió muchísimo y no quieren salir de sus casas, ni necesitan otra actividad que la pantalla. Qué te puedo decir, otro motivo para reflexionar sobre mi adicción.

Hice sopaipillas esta semana y cuando las iba a freír, plop, se cortó la luz. Nos quedamos en las tinieblas, toda la casa oscura y mi hija menor me preguntó “¿qué puedo hacer?” su teléfono no tenía batería. Acá también podemos hacer una reflexión de otro punto de nuestras adicciones a la tecnología y su transversalidad.

El miércoles tuve la tercera clase de “Los rusos”, el taller de lectura que estoy impartiendo. Y fue la primera sesión con “La guerra y la paz” de León Tolstói ¿Sabes cuántas semanas me tomó preparar esa clase? Por lo menos unas tres. Porque es tal el nivel de interpretaciones y de libros y de artículos que se han publicado sobre el libro que fue muy difícil elegir con qué me quedaría. Además que los talleristas tienen que leer 600 páginas. Yo, claro, ya leí “La guerra y la paz”, pero hace un buen par de años, por lo tanto, al igual que ellas tuve que volver a hacerlo. Me llevé el tremendo libro a mi viaje, si recibes mi boletín sabrás que me fui a Boston a ver a mi hijo y luego pasé por Miami.

En una nueva sesión del taller de lectura “Los rusos”

La dependencia con las redes sociales, con Internet, con WhatsApp, con todo eso me genera un nivel de preocupación mayor. Hace un tiempo comencé con varias medidas de tipo “higiénicas” para disminuir mi adicción. Me da mucha pena cuando me veo y nos veo con el teléfono en la mano, sin conversar, sin leer. Sé que esto no puede ser bueno, pero tampoco hay mucha opción. Lo mismo me sucede cuando compro por Amazon y sé que estoy dañando el comercio local, pero no es tan fácil. O cuando estuve en una librería en Boston, que tradicionalmente era un ícono en la selección de títulos y formalmente, se supone que seguía siendo una librería, encontré que se había convertido en una tienda de ropa y suvenires.

¿Puede ser todo tan malo? ¿Cómo nos afecta? ¿Cuán grande es el impacto? Este episodio se basa en un podcast que se llama “Honesty”  que escuché mientras corría en la cinta trotadora, un miércoles a las ocho de la mañana. Si entiendes inglés ojalá lo escuches y me cuentes lo que opinas. Acuérdate que en mi página web www.karencodner.com estará la transcripción de este episodio con los links, así que es súper fácil.

Aquí puedes escuchar el capítulo del podcast

Después de escuchar “Honesty” y tomar desayuno leyendo el diario en papel, mientras también chequeaba mi WhatsApp, me vine a mi taller y pasé todo el día sin quitar los ojos de la pantalla. Un logro claro, no miré Instagram ni Twitter, pero no paré  de estar absorta en el aparato, bueno estaba trabajando pero igual ¿Cuántas veces en esas horas revisé el correo y el WhatsApp? ¿Impactó eso mi concentración y productividad?

Yo soy una fanática de leer el diario en papel y me encanta tenerlo cuando estoy en otro país. Antiguamente, antes del Covid, era normal que en los hoteles hubiera periódicos físicos. Ahora ya no. Lo peor, es que yo también me estoy acostumbrando a no tenerlos. En unos años más, estoy segura, habrán desaparecido los diarios en papel. Y nadie lo va a lamentar, no sentirán horror por la pérdida, sino más bien comentarán ¿te acuerdas cuando leíamos en papel? ¡Qué loca era esa época!

En este podcast, entrevistaron a Joahann Hari, un autor que ha escrito varios libros sobre adicción y depresión y hace poco publicó uno que escapó de su área de confort, “Stolen focus” que en español sería como “Cuando te roban la concentración”. ¿Por qué nos cuesta tanto concentrarnos y pensar en profundidad hoy? Él entrevistó a más de doscientos especialistas en el tema. Para mí, lo que más me ha robado esta híper conectividad, es mi incapacidad de estar en paz, sin hacer nada, de conectarme conmigo misma, de pensar y crear. Claro, sí soy una persona creativa, pero la dependencia con Internet y todo lo que ella significa, altera mi esencia. Y al parecer, y no tengo buenas noticias, eso nos sucede a todos.

“Stolen Focus” – Johann Hari

De acuerdo a Johann Hari, en Estados Unidos los alumnos universitarios solo se pueden concentrar en una sola tarea por 65 segundos y las personas que trabajaban en una oficina, cerca de tres minutos. Yo misma me he preguntado por qué me siento tan cansada, por qué ya no concentro tanto. Me respondo: es el estrés, estoy más vieja, mal que mal voy a cumplir cincuenta, digo. Pero luego de escuchar a Johann supe que no es que mi concentración desapareció, sino que literalmente “me la robaron”. La estrategia de las grandes compañías y de sus algoritmos es la de mantenernos co-dependientes. En síntesis, lo mismo que hace una droga. No por nada han aumentado los casos de déficit atencional y a los niños no les interesa salir a jugar sino que prefieren los videos juegos.

Hari tomó una decisión abrupta hace un par de años: vivir desconectado por tres meses. Dejó en Boston el teléfono en la casa de un amigo y se fue a vivir a Provincetown, a la antigua. ¿Qué descubrió con este experimento personal? ¿Qué lo motivó a tomar una decisión así? Él y su hijo eran incapaces de desconectarse, y una tarde en el living de su casa, él tomó conciencia de cómo estaban viviendo. Sin mirarse, sin conversar, sin interesarse al fin por el otro. Entonces hicieron un viaje sin teléfonos a Graceland, la tierra del “rey”, Elvis Presley. El hijo estaba sufriendo por no tener su amado teléfono pero también él también. Para consolar a a su adolescente le dijo una frase tan cierta y sencilla: “Yo sé que estás aproblemado con lo que te estás perdiendo las novedades de Snapchat y de las redes, pero te garantizo que estás perdiendo algo peor: tu vida. No estás viviéndola”. Así comenzó su inquietud de desconectarse del mundo por tres meses.

Claro que fue difícil el experimento y luego, cuando se acabó, al poco tiempo volvió a su adicción, pero con un ochenta por ciento menos de tiempo de uso al día. Solo entendió lo que sucedía cuando un experto de Google en Moscú le hizo abrir los ojos. Le dio un gran ejemplo. Si quieres terminar con el esmog, no podrás hacerlo si sigues haciendo lo mismo, y ocupando mascarilla. Es decir, para poner fin a un problema tenemos que salirnos del sistema, hacer algo distinto. Entonces surge una pregunta importantísima ¿Qué impacto tendrá mi cambio de hábito en un problema global? Interesante ¿no?

Johann Hari opina que es un deber intentar influenciar las políticas públicas y que las grandes compañías como Facebook, Twitter (ahora con Elon Musk, físico, programador y empresario sudafricano que compró esta empresa, se ve más difícil), Tiktok y Amazon, por ejemplo, tengan mayores regulaciones. Porque el negocio de ellos se basa en aumentar nuestra dependencia, que nos quedemos más tiempo en las pantallas. Esto es idéntico a un alcohólico que tomó la decisión de no tomar, pero en su casa todavía hay vodka. 

      Solo podemos pensar una o dos cosas a la vez, eso es una condición del ser humano. Pero el adolescente de hoy, por ejemplo, ve varias cosas al mismo tiempo. El costo de hacer múltiples tareas al mismo tiempo es altísimo, podrás hacer de todo pero con una peor calidad. Te acordarás menos, harás menos y serás menos creativo. Dice Hari que el peor escenario es que interrumpamos varias veces al día lo que uno hace, por ejemplo, si el tiempo que uno pasa en pantalla es de siete horas y cada cinco minutos veo Instagram o mi WhatsApp me demoraré por lo menos 23 minutos en volver a un estado a un estado de concentración óptimo.

      Aquí, él contó a modo de ejemplo, lo que se logró con la pintura con plomo, cuando la vendían y se dieron cuenta que esta estaba haciendo mal, lo que se armó fue un movimiento ciudadano de protesta, las mujeres, las mamás y así las empresas tuvieron que cambiar sus políticas y los componentes que traía la pintura. Cada vez que entramos a una red social las compañías hacen ganancias si hacemos click en un aviso publicitario o bien, cuando comentamos algo. Y justamente cuando lo hacemos, estamos facilitando la tarea a un algoritmo para que me de más publicaciones de acuerdo a mi perfil y por lo tanto yo pase más tiempo conectada. Es así como yo, Karen Codner me convierto en el producto de las compañías. Ellas nos necesitan, pero solo si estamos lo máximo con el teléfono en la mano, el modelo de negocio está estructurado en robar nuestra atención, a mayor cantidad de tiempo, más dinero.

      ¿Cómo esto nos afecta nuestras relaciones interpersonales? La amistad, por ejemplo, requiere atención. Lo mismo que cualquier forma humana el amor es cómo ocupamos el tiempo.

      Otro aspecto que nos debería preocupar y que a mí me importa mucho, es cómo nos afecta el patrón de sueño. Dormir es sinónimo de sanación, el cerebro se recarga mientras uno duerme. Pero necesito desconectarme absolutamente por siete horas, o más, de acuerdo con Johann Hari la única solución es regular esta industria, es difícil ¿cómo lograrlo? ¿cómo cambiar el modelo de negocios? Pasar de que nosotros ya no seamos más el producto, sino que volver a ser los clientes.

      Él dice que hay que crear un movimiento social, como esas madres que combatieron la pintura con plomo, o como el que hubo con la campaña Me too. Para combatir el poder de las compañías y las empresas se verán obligadas a cambiar, pero yo soy incapaz de liderar uno o crear uno. La verdad entiendo lo que él está proponiendo, pero en este minuto lo veo súper difícil, ojalá que no imposible.    

      Entonces ¿me quedo esperando a que alguien sí lo haga? Por ningún motivo. Por eso he ideado seis estrategias para disminuir mi tiempo en pantalla y ser un poco menos adicta, eso sí que siempre me permito fallar, porque debo recordar que el enemigo está siempre aquí, en mi casa, en mi taller, en mi auto.

Entonces veamos cuáles son estas seis estrategias:

  1. Dejar el teléfono más temprano, es decir, desconectarme mucho antes de dormir. Yo intento dejarlo a las 10 de la noche.
  2. Dejarlo fuera de mi pieza ¿Para qué lo necesito mientras duermo? mi teléfono se queda o en mi clóset o en mi escritorio ¿Con qué me despierto? con un simple reloj despertador, es decir, a la antigua.
  3. En la noche si me despierto no lo reviso, no lo veo y como no está junto a mí, la tentación disminuye.
  4. En las mañanas no es lo primero que hago. No lo reviso, intento que sea por lo menos una hora más tarde de que haya despertado.
  5. No hago ninguna comida al día con el teléfono en la mesa, a excepción cuando estoy sola en mi taller.
  6. Lo tengo en silencio y con vibración.

A veces sueño con:

  1. Chequear solo una vez al día Instagram y Twitter.
  2. No tener más Instagram ni Twitter.
  3. Comprar una de esas cajas que habla Hari, que son unas cajas de seguridad donde uno programa cuánto tiempo estará el teléfono encarcelado, pueden ser cinco, diez minutos, ocho o veinticuatro horas, no sé, no la tengo así que no te puedo contar mucho más.
  4. No tener más WhatsApp, eso si que no va a suceder.

Sé que todo esto es difícil, pero solo con tener una mayor conciencia de mi adicción y hacer estos pequeños grandes cambios, creo que estoy avanzando. Cuéntame ¿habías pensado sobre esto?

Lee. Escribe. Crea.

      Karen.