#34 Mi reflexión final 2020

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Los comentarios que tú me das son la base para seguir en este camino y por eso me encantó el de @patyloop y su acotación sobre lo que le ha significado el podcast para ella, comenta que se ha reencontrado con la lectura y que le entretienen las historias de las entrevistas.

Hola, hola ¿cómo estás? Grabo este último episodio del 2020, el número 34 hoy miércoles 23 de diciembre del 2020, emocionada, sí, este es mi estado actual. Son muchas sensaciones las que estoy viviendo en este preciso instante. Me impresiona cerrar un año tan particular con un recuento que será híper personal. A diferencia de otros capítulos voy a abrirme a lo que realmente significó consolidar la carrera como podcaster, la escritura y sobre todo, la lectura y los libros que eran de mi mamá. Si tengo que definir el tema de hoy, así como un banner publicitario, será: hitos y emociones del 2020.

Recuento personal

No celebro navidad, por eso cuando muchos de ustedes estén reunidos con sus familias, aunque sea en modo Covid-19, yo estaré con la mía, pero como cualquier noche del año.

Los judíos recién terminamos de celebrar Janucá, que en español se llama “La fiesta de los milagros” y generalmente cae cerca de Navidad. El judaísmo se guía por calendario lunar. La fiesta de Janucá es la fiesta de la luz, de la inauguración, de conectarnos con los milagros. Dura ocho días y cada noche vamos encendiendo, ya sea una mecha de una vela, o la mecha de un vaso con aceite. Solo los hombres deben encender las janukiot, esto es, el candelabro de ocho brazos más uno auxiliar. En mi boletín (suscríbete acá) envié unas fotos muy lindas, y una del año pasado en que gané un concurso de Jewish Tweets y me regalaron un polerón. Aunque no celebro navidad, me gusta dar regalos y este año hice algo nuevo. Cociné varios panes de masa madre y se los mandé a algunos. Es un riesgo porque nunca se sabe cómo quedará el pan, además que es súper trabajoso, pero creo que valió la pena. Me encantaría que me mandes unas fotos para conocerte celebrando la navidad o Janucá, sería muy lindo.

Todos los fines de año con mis alumnos del taller literario intentamos cerrar el ciclo de una manera especial. En la última sesión armamos una antología con los mejores textos de cada uno. Un alumno es muy bueno dibujando y él fue el encargado de las ilustraciones. Nos juntamos en el jardín de mi casa y fuimos compaginando el libro. Ahora solo nos queda la impresión “por demand”, es decir, uno contrata los servicios de una empresa para imprimir los ejemplares que uno necesite en cualquier lugar del mundo. Si el Covid-19 nos da un receso, tenemos ganas de hacer un pequeño lanzamiento con los papás de cada uno, sería en enero, en el jardín, obvio.

Portada de Sólo su voz, de Samuel Dermer.

Un hito para mí y para Memoria Viva, una organización de memoria sobre el Holocausto y los sobrevivientes que se albergaron en nuestro país, fue la publicación de dos libros increíbles. Uno muy especial se llama “Solo su voz” de Samuel Dermer que fue ilustrado por Marcelo Escobar. Es un texto breve, bien críptico, pero con las ilustraciones de Marcelo ganó mucho. Es una historia difícil, él sobrevivió la Shoá, el genocidio que tuvo lugar en Europa durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, y quedó huérfano, le costó mucho salir a adelante y aquí en Santiago trabajó por años en el Cementerio judío Israelita acompañando a los fallecidos antes que los enterraran. El otro libro del que fui editora general es Yo quiero mi estrella de Tina Pardo. Te lo recomiendo full, porque es la voz de una niña que recuerda sus vivencias cuando debió escapar junto a su familia de Monastir, una pequeña ciudad en Túnez. Dejaron todo y tras una serie de eventos, nombres falsos, escondites, sus padres y ella lograron sobrevivir y emigrar a Chile. Todos estos libros los encuentras en el sitio web de Memoria Viva y un gran hito es que los libros están en tres formatos: físico, ebook y audiolibro.

En otro tema te cuento que hace un par de días fue la graduación del colegio de mi segundo hijo, Simón. ¿Cómo expresar lo que es para una mamá esto? Con el mayor, hace tres años, me tocó dar el discurso de graduación y por ende, tenía un rol activo. Ahora fui completamente espectadora lo que me permitió compenetrarme en cada momento, es el orgullo de saber que has dado lo mejor que pudiste y este ser humano por fin va a volar. Seguramente se caerá a ratos, pero sé que su vuelo será uno significativo y muy, muy valioso. Y altísimo.

Los libros que heredé de mi mamá

Un tema que cautivó a muchos fue cuando conté que heredé cerca de cien libros ¿o más? que eran de mi mamá, una gran lectora. A ella le debo mi pasión por la lectura. Me acuerdo que cuando yo era chica, no sé, quizás tenía diez años, me devoré la serie de Torres de Malory y Santa Clara de Enid Blyton. La memoria no es confiable pero los sentimientos sí, estoy segura de que me los leí todos, pasé dos veranos completos inmersa en estas sagas. Una mejor amiga me contó que en la biblioteca de su suegra encontró la edición completa de Torres de Malory y se la pasó a su hija. Bueno, lo mismo hice yo con mi hija menor, los compré por Amazon y Buscalibre. Una buena manera de incentivar la lectura es armando listas con los niños, dándoles incentivos, de eso te conté en el episodio 23.

Portada de Torres de Malory, de Enid Blyton.

Ahora, si te interesa saber cómo los padres han influenciado a los escritores es muy bueno este artículo en De libros, padres e hijos, ahí se hace una recorrido increíble de autores como Graham Greene, Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa y lo determinante que fueron sus progenitores en la lectura y sobre todo, en la infancia. Pero diría que un entrada de blog que me inspiró mucho para este último episodio del 2020, fue el de Verónica Lorenzo que dice: “Si alguien viera mi pequeña biblioteca verá una juventud que se va abandonado, quizás cediendo al tiempo”. Ella habla sobre el tipo de biblioteca que le dejará a sus hijas, de cómo la ha ido construyendo y cuáles libros han sobrevivido a las mudanzas.

Nunca había pensado que mi biblioteca, la que he ido creando desde que vivía en la casa de mis padres, dice tanto de mí. No solo por los títulos, sino por lo que me niego a regalar, menos a prestar. A momentos me da rabia. ¿Cuál es el sentido de atesorar tantos y tantos libros? ¿Para qué los necesito? Pero no todo en la vida debe ser tan racional, y me puedo permitir este lujo y descubrí que hay una palabra en japonés para esto, así no me siento tan sola, se llama Tsundoku, y significa el arte de acumular libros por placer, muchas veces, sin leerlos.

Lo que logró mi mamá es maravilloso, no sé en realidad los detalles del proceso, cómo se iba preocupando para que yo me maravillara con la lectura. En mi casa habían muchos libros y recuerdo que la biblioteca era maravillosa, como de película. Con estanterías de madera sólida, podías subir a un segundo piso, ay, me duele la guata (estómago en idioma universal y no chileno) al recordarlo. De hecho, muchas de mis amigas se acuerdan de esa biblioteca. Pero a los pocos años nos cambiamos de casa y yo estaba a punto de casarme o quizás que ya casada cuando llegué al estacionamiento y vi una pila de libros en el suelo: “¿Qué pasa?”, pregunté. “Los vamos a regalar”. Casi me da un desmayo, ¿en serio se iban a deshacer de esos textos hermosos y nadie me había preguntado? Ahí creo que fue la primera vez que comencé a desarrollar mi biblioteca personal, sé que me quedé con muchos libros y seguramente, estoy segura, que dejé muchos ahí que luego los donaron y de los que hoy estaría feliz de tener.

Hace siete años le celebré el cumpleaños a mi mamá, fue un almuerzo y vinieron sus mejores amigas y di un discurso. Unos de las temas que abordé fue cómo mi mamá me había incentivado a amar la lectura. Abrí el libro de A. J. Cronin “Las estrellas miran hacia abajo” y leí la dedicatoria que ella me había escrito: “Karencha: Un libro es un amigo, es una compañía, es un consejero, es un alivio y muchas cosas más pero es más aún cuando se entrega con todo nuestro amor. Perla”. Lo más emocionante fue que este libro lo tenía guardado en mi biblioteca y se lo había dado hace un tiempo a mi hijo mayor. Sentí que le estaba legando algo importante, su abuela indirectamente le regalaba este libro.

La historia de los cien libros de este año es un poco más triste. Mi mamá ya no lee, no puede. Y estos libros estaban en una bodega, mi papá me comentó que los quería donar y otra vez, el mismo cuento. ¡Cómo! Yo tengo que ir a verlos. Estuvimos una mañana completa haciendo la selección. Me maravillé porque no solo encontré publicaciones descontinuadas, sino que muchas ediciones mejores de las que yo tenía. No creo que mi mamá haya leído todos los libros. Ella, al igual que yo, le fascinaba ir a las librerías, siempre que íbamos a comprar pasábamos por una y no tenía problemas en regalarme más de un libro. También en esta bodega encontré títulos repetidos. Llené varias cajas y después en mi casa vino la hazaña, un desafío mayor: ordenarlos.

Te sigo contando. Era octubre y habíamos inaugurado una estantería nueva en el segundo piso. Lo que era fantástico, porque de verdad los libros me estaban comiendo y supuse que con más estantes todo estaría solucionado, pero ignoraba que vendría el nuevo cargamento materno. Aproveché de dar de baja varios títulos que ya no me interesaban, pero cuando llegaron las cajas de mi mamá fue mucho peor, sencillamente había que ordenar y catalogar, se volvió caótico y me rendí, tal cual. Los fui poniendo sin ninguna lógica en las estanterías, mezclando a Alejandro Zambra con Stefan Zweig y a Lev Tolstoi con Javier Marías.

¿Qué te quiero decir con esto? Que simplemente estoy superada, por años había llevado un orden y de pronto todo se perdió. Los latinoamericanos los tenía separados del resto, tenían su espacio privilegiado y los otros autores los había ordenado alfabéticamente. Hice un capítulo bien interesante sobre cómo ordenar la biblioteca personal y me acuerdo que hay personas que los ordenan por colores. Me encantaría ser más libre y ordenarlos así, por tamaño, pero no, son mi herramienta de trabajo. Ahora, todos conviven y obvio, es una tarea titánica que tengo muy pendiente.

Es un tremendo “por hacer” para el 2021, este caos atenta contra mi orden mental, una necesidad imperiosa. Tengo ganas de pedir ayuda para catalogar y ordenar, ya contacté a un bibliotecario, pero todavía no estoy segura si lo haré. Hasta podría tener un balance de los libros que tengo, los que he leído y los que quiero leer. El otro tema es que en mi taller también hay libros y aún no puedo definir cuáles tener ahí y cuáles en la casa. ¿Sabías que hay que limpiar los libros? Es decir, suena obvio, pero muchas veces no lo hacemos. Yo tengo una brocha tipo pintor que sirve para quitar el polvo.

Portada de “La soledad de los números primos”, de Paolo Giordano.

Mi mamá era lectora principalmente, más bien fan, de los escritores rusos, ingleses y judíos. Heredé una buena colección de la hermosa editorial Acantilado y que cada vez que subo la escalera de mi casa los veo y me acuerdo de mi mamá. Es una manera distinta de verla, sin imagen y con mucho texto. Hay un montón de títulos de autores que nunca había escuchado y que me interesa leer, así tengo autores que no he leído y estos son algunos que agarré al azar: “La soledad de los números primos” de Paolo Giordano, “Olga” de Chiara Zocchi que mi mamá leyó en 1991, “Las grandes familias” de Maurice Druon, “El profesor del deseo” de Philip Roth, “Sinceramente suyo”, “Shúrik” de Liudmila Ulírskaya y “La línea de la belleza” de Alan Hollinghurst.

¿Cuáles ya he leído? “Primera nieve en el monte Fuji” de Y. Kawabata, “Pequeña Isla” de Andrea Levy y “Lejos de África” de Isak Dinesen. A cada ejemplar que tengo le puse un distintivo, que en lenguaje bibliotecario se llama Exlibris, algunos les pegué una “M” de mamá y a otros les puse un sello de unas flores. ¿Por qué? Porque así sabré que ese libro específicamente era de ella, de mi madre.

En este proceso he vivido sensaciones complejas. Estoy asumiendo la pérdida mi mamá lectora, y que el mundo en común que habíamos ido creando desde que yo tenía diez años llegó a su fin. Ya no me vamos a comprar libros ni voy con ella a talleres de lectura como el que asistimos con Alfonso Calderón, un hombre que de verdad sigue presente en mí. Por otra parte, me siento afortunada de tener un pedazo de ella en mi casa, sigue conmigo y con mis hijos. Sigo pensando en la biblioteca personal, en cómo mi mamá decidía leer tal o cual libro ¿quién le había recomendado Olga por ejemplo? Así como mi biblioteca dice mucho de mí y la de ella, la que era de mi mamá me habla de sus gustos, su forma de conocer.

Portada de “Primera nieve en el monte Fuji”, de Yasunari Kawabata.

Hablando de los hijos y de libros, hay muchos para ellos que están en otro sector de mi casa y no tienen ningún orden. Está Harry Potter, los de Emilio Salgari, Mafalda, libros de biografías, La casa de Mango Street, Mujercitas, Rick Jordan. ¿Cuál es el tema aquí? Que los gustos de cada uno de mis hijos son muy diferentes. Todavía no me atrevo a donar varios porque tengo la secreta ilusión que alguna vez van a tentarse con uno que está allí. Eso fue lo que sucedió a mi tercera hija, Yael cuando se leyó Harry Potter completo el verano pasado.

Crear en tiempos de Covid19

Otro aspecto bien determinante este año marcado por el Covid- 19, fue que encontré un nuevo hobby: hacer pan. No quiero cerrar el año sin analizar lo que ha significado esto en mi vida. Cuando comencé, me acuerdo súper bien, lo hice con una clase por Zoom con Claudia Warnken, que es una gran panadera y vende delicias en @mazzamoma, ella me dijo: “es un vicio, no vas a poder parar”. Eso fue en mayo y ahora en diciembre lo admito, es un vicio, obvio que he pasado por momentos de desaliento, en que me siento encarcelada porque es mucho trabajo, pero sin duda me ha aportado un espacio de entretención y entrega. Porque hacer pan es dar, es crear constantemente, es compartir felicidad, y eso me encanta.

El tema del huerto me ha costado más, como no sé mucho me siento perdida. En un tiempo más haré clases de huerta terapéutica con Carola Seefeldt, porque no quiero que el huerto se convierta en un deber ser, sino en algo lúdico, tal cual lo conversé con Ángela Poblete en el capítulo 24. ¿Pero sabes qué? Estoy comiendo mis lechugas, los tomates están brotando y por fin después de ocho años, han salido brevas en la higuera.

Otro tema interesante es que la creación se hizo muy patente este año, es un mecanismo que permite viajar sin hacerlo, liberar frustraciones y ansiedades. Al generar estas herramientas vamos armando buenos espacios y de salvación. Mientras más me alejo del teléfono e Internet, más feliz me siento. Es un esfuerzo, como todo en la vida. Debe ser por esto que me da frustración cuando veo a los jóvenes absortos en sus pantallas, me viene una especie de angustia irracional porque ¿cómo van a crear si no se mueven? ¿si no se despejan? Estamos perdiendo infinitas oportunidades, los niños se han acostumbrado a jugar con la pantalla, y nosotros los avalamos, y en esto me incluyo.

Casi me olvido, un hito personal, muy privado es que no he probado nada con azúcar desde el 28 de febrero. Hace unos días conversaba con mi sobrina sobre esto y me pregunté ¿de verdad lo hice? No he probado una torta, un brownie, manjar ni helado. Lo único que he comido con azúcar es el pan trenzado que hago cada viernes.

Un resumen de lo que fue el 2020 en el podcast

No quiero cerrar el año sin antes hacer un balance profundo sobre el podcast y mis lecturas. En enero ya estaba en la residencia de Under the Volcano donde conocí a la escritora mexicana Mónica Lavín, que entrevisté en el capítulo 17 ( y que estoy fascinada leyendo una antología de cuentos de ella, “A qué volver”) y en ese mismo mes, el primer entrevistado del año fue Gerardo Jara, librero de Catalonia, aún no se nombraba la pandemia. A un ritmo de dos capítulos por mes, saltándome febrero, llegué a cerrar el año con 34 episodios y once entrevistados en total. Hombres y mujeres ligados a la creación, apasionados y que me abrieron sus mundos personales con reflexiones poderosas, todo marcado ya en marzo por la pandemia. Lo pasé muy bien con todos los entrevistados, me ha gustado mucho ir mezclando perfiles distintos. Me seduce conocer a personas que hacen lo que les apasiona y transmiten una energía particular. Me gustó conocerlos en profundidad y lo importante es lo que cada uno tiene que decir, su historia, su propio universo marcado por sus aciertos y debilidades.

Escritores que me marcaron durante el 2020

Varios me han preguntado si haré recomendaciones para el verano, tengo uno en el blog, un artículo de fines de diciembre del 2019, el que me requirió mucha investigación donde aparecen más de sesenta títulos recomendados por escritores, críticos, libreros. En mi sitio web lo puedes encontrar.

En relación a mis escritores y escritoras favoritas no existen uno, dos ni tres. Pero tal como dije en el capítulo anterior, el que más me marcó fue Kent Haruf. Y gracias a que sigo el Instagram de Paloma Cueto me aventuré a comprar “Nosotros en la noche”. Hace poco ella volvió sobre Haruf y le dije que escuchara el capítulo, así lo hizo y me escribió: “magnífico tu capítulo de podcast sobre Haruf”. Jenny Erpenbeck sin duda es otra escritora de la que todavía no te he hablado pero que seguiré de cerca. Por último, estoy entre Amy Fusselman y Tatiana Tibuleac con “El verano que mi madre tuvo los ojos verdes”. Cada escritor, cada escritora me va formando de acuerdo a sus fortalezas y estilos. No existe un artista que funcione por igual para ti y para mí y por eso cuando me preguntan qué recomiendo me pongo nerviosa. La lectura es algo personal y completamente marcado por las circunstancias individuales.

En ese sentido leer es crear porque solo uno capta el ritmo, la trama y el lenguaje, en estas acciones se recrea una obra diferente a la que el autor ideó. El buen lector es ese que afina el ojo y el gusto, que es capaz de sumergirse y rescatar personajes. De vivir y comprender los mundos paralelos que se crean por medio de las letras.

Espero que te conviertas en un gran lector o lectora, y no tengas miedo a experimentar. Si te cuesta leer, elige algo más fácil, si estás pasándola mal, elige un texto liviano, si quieres soñar, no tengas miedo a la ciencia ficción. Aquí la única receta es ser tú mismo.

Te deseo un gran fin de año, estoy segura de que te lo mereces.

Lee. Escribe. Crea.

Chaooooooo.

Karen.