Oda a como es arriba, es abajo #216
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Hace mucho tiempo que le sigo la pista a María Perrier, escritora uruguaya avecindada en Roma y hoy está colaborando en Oda. María estudió Traducción al inglés, una maestría en Estudios Latinoamericanos en Barcelona y otra en Marketing Digital.
Pero en este ir y venir se dio cuenta de que lo suyo era la escritura. Por eso, durante tres años, estudió en la Escuela de Escritores de Madrid. Hoy, en Oda, nos cuenta cómo decidió dejar atrás el mundo corporativo y volcarse de lleno a su vocación: la escritura y la enseñanza.
María dicta numerosos talleres, es muy activa en Substack y ha publicado dos libros de no ficción. Próximamente publicará uno de ficción.
Oda a lo que es arriba, es abajo
Por María Perrier
Durante muchos años escribí por una sola razón: porque no sabía no hacerlo.
Desde que empecé mi primer blog, lo que sentía al darle al botón de “publicar” era un placer tan enorme que solo podría compararlo con mirar al infinito desde la cima de una montaña y saltar, sabiendo que, en cuanto perdiera el contacto con el piso, me iban a salir alas. Yo escribía, era libre y no me pasaba nada.
Salto tras salto, escribir se convirtió en una necesidad. Me daba cuenta de que era la única manera que tenía de entender la vida y de superar cualquier cosa que me pasara. Por eso, en esos años ni se me cruzaba por la cabeza la idea de tener una estrategia, o un plan, o un calendario editorial. Para mí era algo que hacía naturalmente, por supervivencia… como respirar.
Sin darme demasiada cuenta, mientras escribía sobre “la vida misma” y dejaba al descubierto mis aciertos y desaciertos sin pudor, se fue formando una comunidad a mi alrededor. Eran personas que me leían, me acompañaban y volvían. Que reconocen cómo escribo, qué temas me obsesionan y cómo miro el mundo. Personas que crecieron conmigo, incluso cuando yo todavía no sabía hacia dónde iba.
Gracias a esa comunidad fue que, cuando decidí llevar la escritura hacia un lugar más profesional, no se sintió como arrancar de cero. Sentí que avanzaba desde una tranquilidad construida durante años. Ese era (y todavía es) un vínculo de tal confianza que era capaz de desintegrar cualquier rastro de duda que pudiera surgir sobre mis capacidades para narrar e ir más profundo hasta descubrir lo más valioso de una historia. No miento cuando digo que creo fielmente que fue ese idioma que fuimos formando, ese “me llega un mail de María, la leo y sé quién es”, lo que reveló una posibilidad que todavía no había contemplado: vivir de esto.
Escribir con compañía
Si bien me dediqué varios años a escribir y crear narrativas para el mundo corporativo —sin contar los libros publicados—, el último año, sobre todo, empecé a sentir que mi deber verdadero era acompañar a otras mujeres a dar ese mismo salto: a estructurar ideas, a animarse a empezar, a escribir, desarrollar sus proyectos creativos y editar sus primeras obras literarias.
Lo curioso es que esto último llegó como una propuesta de la misma comunidad, sin que ni siquiera yo imaginara que podía hacerlo. Prometo que en mi lista de sueños estaba ser acompañante literaria o trabajar en edición, pero no me creía capaz. El impulso vino de las mismas lectoras que me lo pidieron y, aunque solo de pensarlo me abrumaba la responsabilidad, ya para el segundo y tercer mail consultando si las podía ayudar, decidí tomarlo como una señal. Y, a mí gracias, me animé. Y a ellas, mil gracias, por ver en mí lo que aún no veía.
Confiar en que tiene que ser
En cuanto caí en cuenta de que el sueño se estaba haciendo realidad, sentí una armonía inexplicable flotando a mi alrededor. Una sensación tan potente y liviana a la vez que solo le pude poner nombre después de sumergirme en el curioso y fantástico mundo esotérico: “As above, so below”.
La frase proviene de la Tabla Esmeralda, atribuida a Hermes Trismegisto, figura mítica que encarna la sabiduría antigua. Allí se afirma que lo de abajo corresponde a lo de arriba. En criollo, “Como es arriba, es abajo” expresa la idea de una conexión profunda entre los distintos planos de nuestra existencia. Por un lado, el espiritual o cósmico, y por otro, el terrenal o material. Lo que sucede en uno se refleja en el otro.
La frase trata de explicar que hay patrones, leyes y movimientos que se repiten, como en un espejo, entre el universo y el individuo. Por eso, esta ley se presenta como la clave para comprender todos los misterios y la base de la alquimia y la magia. ¿Cuál magia? Bueno, nada menos que la que tenemos adentro.
Lo que quiero decir con esto es que cuando algo que hacías por puro placer empieza a volverse trabajo, pueden aparecer presiones nuevas. El “tener que crecer”. El “ser constante”. El “aceitar el ecosistema de comunicación”. El “mantener un ritmo”. Y eso, mientras me sumergía cada vez más sola y exclusivamente el universo corporativo, no estaba resonando tanto conmigo. Sentía que tantas ideas limitantes dejaban presa mi creatividad y me impedían llegar al nivel de exactitud que quería con mis palabras. Al final, como era de esperar, eso consumía de a poco la magia. Tanta presión, toolkits, mapas y proyecciones me paralizaron más de una vez.
Pero en las voces que pude escuchar en los talleres, en los miedos que manifestamos y superamos juntas en las mentorías, en los caminos que desciframos juntas en los acompañamientos literarios, me di cuenta de que muchas de las sensaciones que nos bloquean son compartidas. Que, al final, lo que nos hace sentir verdaderamente bien con el proceso no es haber “rendido” como deberíamos, sino haber sentido esa alineación perfecta entre lo que estamos haciendo y lo que creemos que vinimos a hacer al mundo.
“Para mí, el aprendizaje constante en la escritura es el termómetro ideal para entender cómo vamos en ese camino. Estos años, invertí tiempo, dinero y energía en cursos y talleres cuando muchas veces no me sobraba nada de eso. Y de todos —absolutamente de todos— me llevé algo”.
Por eso insisto tanto en crecer acompañadas. En compartir lo que escribimos. En leer en voz alta frente a otros aunque nos dé pánico. Porque esa es la manera en que se alinean nuestros mundos. La manera en que lo que es arriba se vuelve abajo.
El último año, el más activo a nivel literario de todos los que viví, me dejó algo muy claro: entendí que rodearme de la escritura me alinea, y confirma que lo que siento como tan natural y exacto para mí se está manifestando.
Aprendí también que el miedo no puede paralizarme si no se lo permito: me pregunto qué es lo peor que puede pasar al exponerme, y cuando veo que no es tan terrible, me lanzo igual. Sé que esta es la única manera. Uno no vuela si no se atreve a saltar.
Compartir mi experiencia es para lo que me estuve preparando toda la vida, aunque antes no lo supiera. Claro, como quizá aún no lo sepas tú. Pero quiero decirte algo para terminar con este lanzamiento de este nuevo año que nos abre tantas posibilidades: donde sientas que vibras, donde veas que tus sueños se manifiestan, ese es tu lugar —en la escritura o en lo que sea—. Solo hay que seguir trabajando, tomar la mano tendida y no dejar de buscarlo.

Mis momentos:
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Fui feliz: Reuniéndome con mis cuatro hijos después de varias semanas sin verlos.
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Algo que aprendí: Salvador Dalí fue mucho más que un pintor: no sólo trabajó en varios campos de las artes, incluso la joyería, y su musa fue su esposa, Gala.
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Estoy agradecida: Que pudimos arreglar el agua caliente en el departamento.
¿Escuchaste el Cuestionario Espiral a Julia Navarro?
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¿Dónde encontrar a María Perrier?
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