Escucha mi podcast aquí
Hola, hola. Soy Karen Codner y te doy la bienvenida al episodio 152 de Espiral.
Juan Pablo Villalobos nació en México, vivió en Brasil y lleva más de veinte años en Barcelona. Es autor de novelas como El pasado anda atrás de nosotros, Peluquería y letras y Fiesta en la madriguera, y ha construido una obra marcada por el desplazamiento, la lengua y la pertenencia.
En este nuevo capítulo de Espiral, Villalobos reflexiona sobre la migración, la escritura como forma de conocimiento, la autoficción y el humor que caracteriza gran parte de su trabajo. Habla de los espacios a los que ya no le interesa pertenecer y de la importancia de mantenerse en contacto con el mundo, a pesar de que leer y escribir son actividades que requieren silencio y soledad.
También reflexiona sobre la pérdida de la complejidad en una época marcada por la fragmentación y la distracción constante, y sobre el lugar que puede ocupar la literatura frente a ese escenario.
Entre la docencia, la vida familiar y la literatura, Villalobos vuelve una y otra vez a una idea que parece resumir su relación con la escritura: escribe porque lee, pero también por ese persistente sentido de inadecuación.
Entrevista a Juan Pablo Villalobos
KC: Hola, Juan Pablo, ¿cómo estás?
JPV: Muy bien, Karen, aquí muy contento de estar contigo. ¿Tú cómo estás?
KC: Yo estoy, pero imagínate, estoy feliz, encantada. Ya van a entender, porque además estoy tan feliz. Y quisiera saber, ¿qué estabas haciendo al momento de conectarte aquí a Espiral? ¿Qué interrumpí?
JPV: Pues mira, en realidad yo tengo mi rutina organizada, las mañanas las dedico a la escritura y las tardes a dar taller, leer manuscritos o preparar clases. Y al mediodía estoy en casa. Tengo el lujo de que voy todos los días a mi casa, cocino, como allí y vuelvo por la tarde a mi estudio. Entonces, este es el horario en el que normalmente empiezo a trabajar en la tarde porque termino por la noche. A veces los talleres terminan a las diez de la noche, diez y media, por lo cual ahora estaba justo llegando de haber hecho mi pausa del mediodía en casa.
KC: ¿Te gusta cocinar?
JPV: Bastante, sí. Además, en la familia somos cuatro y mis hijos son adolescentes, bueno, ya más que adolescentes, comen como enajenados y hay que producir kilos y kilos de comida, digo, en dosis regulares, cada día. Así que sí, me gusta, pero también hay que decir que hay una parte de esto que es, pues, simple producción en masa.
KC: Juan Pablo, tú has vivido en muchos lugares, en muchos países. Has vivido en México, bueno, eres mexicano, en Brasil y actualmente vives en Barcelona.
Quiero contarles que a Juan Pablo lo he conocido muy bien en el último tiempo, porque no solo ha sido un gran profesor en el Máster de Escritura Creativa en la Pompeu Fabra, sino que además es mi tutor en el trabajo final de escritura. Donde él está ahora, yo también estuve, entonces siento una especial cercanía. Pero hablando de esta figura tripartita, ¿cómo defines tu identidad hoy en día? si es que la puedes definir, esta mezcla, ¿cómo es tu lenguaje, tu manera de pensar, de abordar más que tu escritura, tu vida con estos tres lugares en ti?
JPV: Va por fases. Te diría que he tenido épocas en las que me aferraba mucho a mi identidad mexicana y la trataba de mantener en la cotidianidad, pues desde la comida, la manera también de hablar y de escribir, mis preocupaciones, la información de la que me voy llenando durante el día, era básicamente sobre México. Luego he tenido épocas en las que me he distanciado más y que he estado más en mi día a día en Barcelona y lo que significa la vida de alguien que está fuera de su lugar. He tenido otras épocas que he estado como en un no lugar.
Digamos que ahora estoy más en paz con todo. Después de dar muchas vueltas, porque las he dado, después de muchas dudas y cambios de opinión, llegué a la conclusión de que no hay tal cosa, es decir, que esa identidad que yo estaba buscando o alrededor de la cual daba vueltas, no es que no exista, pero está en mutación permanente y yo creo que no hay que obsesionarse con buscarla, porque se vuelve algo nostálgico respecto del pasado, o se vuelve algo, yo diría, que imposible respecto del presente. La migración siempre plantea un problema de desubicación y descolocación que ya no se resuelve. Es decir, no vas a conseguir tampoco pertenecer de manera plena al sitio al que llegaste, porque hay todo un pasado que no viviste y toda una serie de referencias y de historias que no son tuyas, todo el tiempo el contexto te hará sentir que no eres de ahí.
Y a mí lo que me ha dado una perspectiva muy distinta han sido dos cosas: una es los hijos. Creo que, si yo no hubiera tenido hijos, probablemente habría tenido otras maneras de enfrentar esa crisis y probablemente seguiría viviendo en una burbuja bastante interesante y muy divertida que tiene que ver con extranjeros e inmigrantes que viven en Barcelona y con unos cuantos catalanes por ahí infiltrados. Es una vida muy estimulante, hay que decirlo. Probablemente habría vuelto a México. Y creo que los hijos me arraigaron a la ciudad, o sea, los hijos me enseñaron otra ciudad que es muy difícil conocer si no tienes esa estructura de la familia, que es la ciudad de las escuelas, la ciudad de las plazas y los parques infantiles, la ciudad de los padres de familia en las reuniones, la ciudad de las fiestas de cumpleaños de los niños, esa ciudad que es Barcelona, más cotidiana, que te pierdes cuando no tienes hijos.
Y mis hijos nacieron aquí, son de aquí. Ellos, por supuesto, se sienten medio mexicanos y medio brasileños porque su madre es brasileña, pero ellos asumen que son de Barcelona, su referencia absoluta es Barcelona. Entonces, yo me hice más de Barcelona a través de ellos.
Y la otra cosa que me cambió la perspectiva, es la que nos pasa a todos y es simplemente el paso del tiempo. Yo llevo veintitrés años fuera de México, ya no tengo treinta años como cuando llegué a vivir aquí, estoy en la quinta década y hay una perspectiva temporal que te hace ver que todas esas crisis que tuviste, por las que ya pasaste, ni se resolvieron, ni te mataron, ni te volviste loco. Entonces, uno aprende como a relajarse un poco y a decir, ahora me siento incómodo o me siento mal o muy bien por equis motivo, pero no va a durar, ni para bien ni para mal.
KC: Y en ese sentido, Brasil, ¿qué significó para ti? Porque podríamos decir que entre México y España hay bastantes similitudes ya partiendo por el lenguaje, pero ¿qué significó para ti vivir en Brasil un buen par de años?
JPV: Viví tres años allí y significó creo que dos cosas paradójicas. Una fue una vuelta a América Latina y en un sentido una vuelta a México que, aunque evidentemente son dos lugares muy distintos, también es verdad que comparten ciertas maneras de ser. Es decir, hay algo que tiene que ver con la inestabilidad, con la precariedad, con la improvisación. También con cosas muy positivas, como la efervescencia o el hecho de que son sitios donde parece que están pasando muchas cosas todo el tiempo. Y todo eso me conectaba con México, me hacía sentir en México. Y también, es un lugar en muchos sentidos exasperante. Los trámites son complicadísimos, la vida cotidiana te va poniendo obstáculos todo el tiempo y parece que es como una especie de juego perverso, donde das un paso para adelante y cuatro para atrás.
Brasil para mí significó una vuelta simbólica y sentimental a México. A lo bueno y también a lo malo, por simplificarlo mucho, a lo que me gusta y a lo que no me gusta.
Pero es verdad que había otra cuestión que, para alguien que se dedica a escribir y a leer, se volvió importante y problemática, que tenía que ver con la lengua. Creo que cuando tú te vas a un sitio con una lengua distinta pero lejana a la propia, evidentemente hay una contaminación a nivel de estructuras gramaticales, o de ciertas formas de expresarse o de sensibilidad que se transmite a través de la lengua. Pero, cuando son dos lenguas tan próximas como el portugués y el castellano, es mucho peor, porque yo empecé a incorporar en mi manera de pensar, en mis reacciones espontáneas y después en la escritura —me empecé a poner paranoico con eso—, la estructura del portugués se me estaba infiltrando en mi manera de hablar y de escribir.
Yo ahí escribí un par de libros, el primer libro lo escribí justo cuando acababa de llegar a vivir a Brasil, es mi segunda novela, Si viviéramos en un lugar normal, ya la venía trabajando desde antes, en Barcelona. Entonces yo la considero que pertenece a la etapa de Barcelona. Mi tercera novela la escribí en Brasil, Te vendo un perro, y me costó muchísimo escribirla porque todo el tiempo estaba con esa crisis de sentir que algo extraño estaba sucediendo con la lengua.
Ahora con la distancia creo que fue algo interesante, pero en ese momento me afectó bastante y me hizo sentir incluso que era como peligroso respecto de hacia dónde iba mi escritura.
KC: ¿En qué español estás escribiendo? ¿En el universal, el neutro o en el mexicano? Bueno, yo siento que escribes mucho en mexicano, pero no sé realmente qué pasa en tu interioridad, que es distinto a lo que uno como lector puede captar.
JPV: Desde Te vendo un perro, creo que cada novela está escrita en una sutil variación de lo mismo. Es decir, de una respuesta a esa crisis; cómo posicionarse lingüísticamente ante el hecho de que yo no viva en México y de que lleve tanto tiempo fuera de México. Y toda esa confusión que nos empieza a agobiar sobre que, a veces, es casi como no acabar de entender para quién estás escribiendo o con quién estás hablando. He hecho libros que yo creo son distintas respuestas a esa crisis.
No voy a pedirle a nadie que me crea es una novela que intenta ser omnívora en el sentido de adoptar distintos registros del castellano y asumirlos todos. Es un libro donde se habla el castellano de Argentina, de México, el castellano que se habla en Barcelona. Otros personajes italianos o chinos, etcétera, hablan ese, vamos a llamarle, como dicen los gringos, broken english, un español roto, que yo creo que eso es lo que intenté allí, pero que no se mantuvo, no es una solución. Yo no creo en las soluciones definitivas, por ahí pasé y después llegué a otros lugares.
La invasión del pueblo del espíritu es una novela que está escrita en una lengua extrañada, una lengua que no existe más que en esa novela, una lengua que se niega a nombrar todo aquello que folklorice o vaya definiendo estereotipos y clichés.
Después, Peluquería y letras es una novela escrita en una lengua entre lo mexicano y el hecho de estar, digamos, el personaje creado muy cercano a mí, con esa conciencia de alguien que lleva mucho tiempo fuera de México y que asume que su manera de escribir y de hablar se ha contaminado. El pasado anda atrás de nosotros lo mismo, es una vuelta a México y, por lo tanto, se acerca más a México, pero con la conciencia de que es imposible regresar.
Y ahora estoy escribiendo por primera vez algo con un narrador entre comillas convencional, en tercera. Y estoy más cerca de México, pero sin pretender que soy capaz de recuperar algo que perdí en algún momento. Es decir, como que no hay vuelta atrás. Eso sí, lo tengo clarísimo.
KC: Bueno, también nos contaste en clases que estás escribiendo algo muy largo por primera vez, como cuatro libros en uno y que llevas aproximadamente tres año en este proyecto.
JPV: Dos años y medio o algo así. Le quedan todavía quizás otros dos o tres, depende de la velocidad a la que avance.
Sí, hay algo allí que me interesa mucho en este momento, que tiene que ver con la duración en todos los sentidos, es decir, la extensión se logra a través de mantenerse en lo mismo. Y hay algo allí de permanecer que creo que hoy en día me interesa, porque creo que ahí es una manera de llegar a lo profundo, a lo interesante. Es decir, no a través de la intensidad de lo breve, que en eso yo creí mucho y escribí varias novelas que son muy cortas. Ahora me interesa ese hallazgo de quedarte mucho tiempo en lo mismo, sin miedo a la redundancia, sin miedo a la repetición, porque siempre vas encontrando nuevos flecos, nuevas aristas de aquello que estás contando, y entonces sentir que de esa manera aquello que estás contando aguanta no solo el paso de los años, ya una vez que esté publicado, sino que incluso aguanta el paso de los años mientras lo estás escribiendo, es decir, mantener la confianza en que eso que estás haciendo es lo que quieres hacer y que te parezca interesante. Y para mí es algo que hace tiempo no solo no habría hecho, sino que yo hablaba contra eso.
KC: No te puedo creer.
JPV: Sí. Solía posicionarme contra eso, contra esta idea, si quieres, más decimonónica de la novela. Pero creo que también no solo cambié yo, cambió el contexto.
KC: Es casi una respuesta a la brevedad y a la rapidez en la que estamos inmersos hoy, cómo vivimos, es hacer el ejercicio contrario.
JPV: Sí, y yo diría sobre todo que es una respuesta, o por lo menos así quisiera verlo, a la banalidad y a la superficialidad. Creo que hay algo que hemos perdido en la fragmentación, en la dispersión, en la distracción perpetua, que es la complejidad y por eso decía de reivindicar la duración. Creo que hay algo que merece la pena ser pensado por mucho tiempo y ser escrito por mucho tiempo y sin la ansiedad de querer pasar por allí por unos meses, publicarlo ya y ponerte a hacer promoción, porque ya luego de ponerte a escribir otra cosa, es decir, salir un poco también de esa rueda.
Lo hago porque he publicado diez libros, también hay algo en mí que me dice no hay prisa. Podría no volver a publicar, si quisiera, tengo cómo ganarme la vida dando clases y con mis talleres y con los derechos de los libros que tengo, y bueno, como decimos en México, vendiendo tamales. Y pienso también que hay una tranquilidad al darme cuenta que es asombroso que, por ejemplo, Fiesta de la madriguera es una novela que se publicó hace dieciséis años y se sigue reimprimiendo y se sigue vendiendo.
Todo esto me da esa certeza y esa seguridad de decir: tú tranquilo, dedícate a hacer lo que crees que tienes que hacer y quédate allí el tiempo que sea necesario. No corras.
KC: Juan Pablo, ¿te reconoces en este pequeño burgués? Porque hay que decirlo, que ya eres un pequeño burgués que creció y se crio en Lagos, en México. ¿Cómo ves a ese chico de ahí?
JPV: Digamos que hay siempre un conflicto con el origen y también con el lugar en el que estás en todo momento, que es, por ejemplo, de lo que trata Peluquería y letras, yo creo que es necesario resistirse a la asimilación o a la adaptación completa, o al hecho de reconocer lo que te es conveniente, que te es cómodo, que te es placentero y digamos, celebrarlo si quieres. Yo no estaba escribiendo para conquistar un lugar, vamos a decirlo así, o para lograr un estatus o un determinado prestigio. Yo estaba y estoy, y creo que siempre he estado escribiendo por dos cosas, porque todo viene de la lectura y sigue viniendo de la lectura, es decir, escribo porque leo. Y después, por ese sentido de inadecuación, que algo sigue estando fuera de lugar y eso es lo que te lleva a escribir. Creo que cuando te encuentras plenamente en tu lugar y asumes la comodidad y la placidez de ese lugar, yo creo que allí realmente está el riesgo de repetirte, de ser muy complaciente y de olvidarte de para qué está la literatura y el arte, yo creo que ese es el peligro.
KC: ¿Y has sentido ese peligro?
JPV: Realmente no. Hay una expresión en Brasil que me gusta mucho, que a los perros callejeros allí les dicen vira-lata, lata es el bote de basura, les dicen así porque tiran los botes de basura, es una imagen muy latinoamericana. Y hay una cosa que llaman el complejo de perro callejero, el complexo de vira-lata, y creo que hay algo de eso en lo que me reconozco, que tiene que ver con esa inadaptación, llámale resentimiento de clase, resentimiento provinciano, porque crecí en un pueblo, llámale rencor, respecto de ciertas instancias de poder a las que nunca he pertenecido desde el punto de vista de una élite cultural o económica, y que creo que eso no se va. Entonces no me engaño. Por ejemplo, yo tengo clarísimo que hay ciertos espacios a los que he llegado, en los que soy bien recibido, pero no me interesa pertenecer y yo asumo esos espacios de una manera muy cínica, la verdad, sé exactamente cuál es mi lugar en el mundo. Entro, pero no quiero pertenecer, ni pertenezco, ni quiero lograr nada allí.
Entonces, creo que mucho de eso, de adaptarse y de pertenecer a algo tiene que ver también con lo que obtienes a cambio. Quizás yo soy muy paranoico respecto a eso y nunca he pretendido que se me dé algo a cambio. Ya mi psicólogo diría que es porque creo que no me lo merezco.
KC: ¿Qué queda en Lagos de ti? ¿Qué hay en Lagos? ¿Queda familia? ¿Queda algo o ya es un territorio inhabitable?
JPV: Están mis padres allí, dos de mis hermanos, algunos amigos, lugares que fueron y que siguen siendo importantes para mí. Yo voy allí, vuelvo. Estuve ahora hace unos meses, volveré en verano. Estoy ahí al menos una vez al año y vuelvo principalmente porque está mi familia.
Pero también es verdad que mi manera de vivir en Barcelona es bastante pueblerina. Barcelona es una ciudad que te permite una vida pueblerina, tú puedes circunscribir tus actividades a un rayo de kilómetros muy acotado. Yo hago todo caminando, hago todas las compras a pie, me muevo muy poco en la ciudad. Tengo mi estudio a cinco minutos caminando de casa y me reconozco en esas personas que cuando yo era niño veía en el pueblo, iban a comer a su casa, como yo te expliqué hace rato, al mediodía y después las veía a las cuatro o cuatro y media de la tarde caminando de vuelta para abrir su tienda, su ferretería o su mercería, pues, yo hago lo mismo. Y, de hecho, tengo un local, o sea, vengo y levanto la persiana de mi estudio para que vengan los alumnos. Yo creo que hay algo ahí muy pueblerino y que es muy de mi padre. Mi padre es médico, está jubilado, por supuesto, ya tiene noventa y cuatro años, pero él tenía sus horarios muy marcados, tenía su consulta privada y entonces iba de nueve a dos y de cuatro a ocho todos los días, se iba de casa siempre a las mismas horas. De alguna manera creo que hay cierta imitación en cómo vivo yo.
KC: En una entrevista o perfil, en la revista Gatopardo, dijiste: «Yo soy un huérfano desde el punto de vista de la escritura, no tengo padre y creo que esto me da mucha libertad para explorar».Pero tus hijos ya tienen un padre escritor. Tú sigues, eso sí, diciendo obviamente que no eres huérfano de padre y de madre, que eres muy unido a ellos. Y en este universo que te has ido creando, juegas mucho con la autoficción, situarte a ti como un personaje y a partir de ello, por ejemplo, en Peluquerías y letras vemos la presencia fuerte de tu familia. ¿Cómo es jugar con ese imaginario?
JPV: La verdad es que en mis tres novelas autoficcionales hay poco autobiográfico.
KC: O nos quieres hacer creer que hay poco.
JPV: Podría decirse también. Eso nunca lo desmentiré ni confirmaré. Yo diría que utilizo mis circunstancias y ciertos personajes a los que voy distorsionando en la trama pero que, conforme avanza la historia, cada vez estoy más cerca de la ficción y más lejos de la autobiografía. Eso ha sucedido en general en todos esos libros. En No voy a pedirle a nadie que me crea desde el principio, que realmente es una novela que solo tiene el punto de partida autobiográfico y te podría decir que en la página dos ya estamos en la ficción absoluta.
Peluquería y letras y El pasado anda atrás de nosotros sí juegan más con lo autobiográfico, pero aun así, conforme avanzan, se alejan mucho de la no ficción. Yo diría que son exploraciones de eso que hablábamos antes, de un determinado lugar en el mundo, que ni siquiera es el mismo. Y, de hecho, tan no es algo autobiográfico que te diría que el Juan Pablo de las tres novelas no es el mismo. El Juan Pablo de No voy a pedir a nadie que me crea no es el Juan Pablo de Peluquería y letras ni el de El pasado anda atrás de nosotros. Son tres personajes distintos, son tres versiones distintas y solo comparten rasgos autobiográficos, pero no son el mismo personaje.
Me interesaba por una cuestión meta-narrativa. Cuando estudié letras, hice mi tesis sobre géneros de la literatura íntima. Hice mi tesis sobre diarios, memorias, crónicas y todo lo que tenía que ver con narrativas autobiográfica. De ahí ya tenía un interés teórico en esto.
Yo conocí el término autoficción en los años noventa. No hay ingenuidad en lo que yo hago porque lo conozco incluso a nivel teórico. Y, de hecho, en muchas ocasiones me he visto en algunas mesas o en algunas entrevistas, o en charlas con alumnos, siendo muy enfático respecto a todas las confusiones y malentendidos que hay en torno a la autoficción, porque a cualquier cosa se le llama así. Y muchas veces se dice autoficción cuando no lo es. Lo que yo he hecho sí es autoficción, en el sentido de que cumple la primera de las normas del autobiográfico, que es el uso del nombre propio como protagonista de la historia, y el hecho de que coincida el nombre del autor con el nombre del personaje y el nombre del narrador, el famoso principio de identidad. Pero no cumple la segunda característica de la narrativa autobiográfica, que es la promesa de decir la verdad. Es decir, lo que se cuenta es ficción, y esto es la autoficción, Y lo que yo he explorado, digamos, es los límites de la autoficción. He decidido decir que eso era una trilogía un poco por cerrarla, aunque uno nunca sabe qué va a pasar después.
Lo que estoy escribiendo ahora no tiene nada que ver con eso, vuelvo a un territorio más de la ficción pura. Pero, sí creo que esto tiene mucho que ver con lo que hablamos antes, de cuál es tu lugar en el mundo y todos los problemas de identidad.
- En Peluquería y letras hay una figura que a todos nos hace reír —bueno, Juan Pablo siempre nos hace reír—, la figura de la peluquera y el peluquero. ¿Cuál de los dos existe en la vida real? A partir de ahí ficcionaste, pero ¿realmente el peluquero era tu peluquero?
JPV: Ese es un buen ejemplo de cómo funciona para mí la distorsión de la realidad por muchos motivos. Primero, Peluquería y letras sale de un texto breve que yo había escrito hacía unos años en portugués, escribo también en portugués, de vez en cuando he escrito una novela breve, y era un texto que me pidió un suplemento literario de un periódico de Brasil, donde le piden a los escritores que expliquen un poco la génesis de algo que está por publicarse, que expliquen cómo es que surgió la idea y cómo fue el proceso de escritura de un libro. Yo estaba por publicar una de mis traducciones al portugués en Brasil y me pidieron esto, y entonces expliqué algo que me había sucedido hacía unos días en la peluquería. Esto me sucede en Brasil, en realidad. Yo llegué y me encontré a mi peluquera con la mano y el dedo vendados. Entonces, cuando yo la vi, pensé, pues tendré que ir a otro sitio porque no me va a poder cortar el pelo. Pero ella me hizo una seña de: no, pasa, pasa que estoy trabajando. Y me dio la vergüenza típica, esto sí que es una vergüenza pueblerina de decir cómo voy a irme ahora. No le voy a decir que no. Y entonces me senté a que me cortara el pelo. Obviamente me hizo un corte horroroso porque la pobre mujer no podía trabajar con la mano vendada, y mientras me estaba cortando el pelo, yo empecé a fantasear con la idea de que ella se cortara más mientras me estaba cortando el pelo. Entonces yo escribí un texto que es la génesis de Peluquería y letras, donde había el accidente en la peluquería y yo dejaba la duda en ese texto de qué era verdad y qué no era verdad. Ese texto se quedó conmigo un tiempo.
Después, años más tarde, en la Revista Ñ de España, me pidieron un texto para una sección que ellos tienen de diarios. Yo no escribo diario, la verdad, pero me dijeron que si quería escribir un diario y pensé, bueno, es un buen ejercicio de escritura. Eran unas vacaciones de Navidad. Y me propuse escribir un diario y escribí uno bastante ficcionado. Ahí hablé de mis problemas gástricos y conté el episodio de la librería, en la presentación de unos cursos de escritura. Es decir, que esas dos partes del libro yo las había medio escrito y había pensado en ellas. Y a partir de ahí, cuando empecé a darle vueltas a Peluquería y letras, recuperé estas dos anécdotas, las integré y entonces trasladé todo esto a Barcelona, que había sucedido realmente en Brasil, y ahí aparecieron estos dos peluqueros que sí existen. Es decir, la peluquera bretona fue mi primera peluquera en Barcelona y es una chica que hace mil años no veo porque se fue. Pero en la peluquería donde ella estaba se quedó el dueño. Manel sigue siendo mi peluquero, desde hace veintitrés años, es decir, solo el tiempo que me fui a Brasil no me cortó el pelo. Y antes de que me cortara el pelo Manel, me lo cortaba su compañera, que era la peluquera bretona.
Cuando escribí la novela pensé, esto tengo que explicárselo a mi peluquero, porque dije, es probable que se entere porque puede aparecer algo en redes sociales o de pronto en el periódico.Y después, me hicieron una entrevista en la radio, en un programa que escucha mucha gente. Pensé: se puede enterar de que yo escribí un libro sobre un peluquero. Y va a pensar: yo soy su peluquero. Estas son las cosas absurdas a las que te lleva la autoficción.
Entonces me fui a cortar el pelo y cuando salió el libro le llevé uno para regalárselo y le expliqué. Le conté que había escrito una novela donde había un personaje que era un peluquero y tal, se empezó a poner súper nervioso y yo pensé: ahora es cuando se va a cortar el dedo, pero de los nervios. Y al final me dice: “bueno, pues ya lo compraré”. Y le digo: “No, que te lo traigo de regalo, ¿cómo crees?”. “Ay, gracias, no sé qué”. Entonces lo saco de la mochila y claro, cuando ve que la palabra peluquería está en la portada, puso una cara como diciendo: “Pero ¿qué has hecho?”. Él se imaginaba quizás de personaje secundario, que aparece en una escena y de pronto el libro se llama Peluquería y letras. Y fue un poco violento, la verdad. Después le dije: «bueno, ya me avisas cuando lo leas, ¿qué te parece?». Nada, todo bien, después estaba contento y me explicó que se lo había pasado a sus amigos. Pero sí es un poco ridículo el uso de ciertas figuras. A ver, en este caso el peluquero solo tiene algo de su temperamento, pero realmente no es él, digamos.
Pero otra cosa que sí he hecho en otros momentos con amigos y mi familia, cuando los he puesto en escena en algún libro, es pedirles permiso. A mi peluquero no le pedí permiso porque realmente podríamos decir que no es él y que nada de lo que aparece en el libro sucedió. Pero con mi familia y con algunos amigos que sí llego a contar algunas anécdotas compartidas, que sí llego a contar algunas historias que son nuestras, que vivimos juntos, sí les pido permiso y les muestro lo que he escrito antes de enviarlo a la editorial siempre.
KC: ¿Y te ha pasado que te han dicho no?
JPV: Fíjate que contra mi expectativa, no, nunca me ha pasado. Creo que son demasiado buenos. Creo que podrían haberse negado en algún momento, pero no lo hicieron.
KC: Volviendo al tema del pelo, Juan Pablo tiene una cabellera, un peinado bastante especial, que es como que el pelo sube, está desafiando a la gravedad. Y también estuve indagando y pasaste una época en la que ocupabas patillas, una barba y un bigote. ¿Juegas mucho con tu aspecto o no?
JPV: Digamos que lo del pelo actual fue un poco consecuencia de la pandemia y pues no pude ir a la peluquería. Y entonces, como todo el mundo sabe, había muchas cosas que sucedían virtualmente: ferias del libro, festivales, bueno, mis propias clases y mis talleres, yo aparecía con este pelo así, mucho peor que ahora, ahora por lo menos tiene cierta forma; en aquel momento era simplemente que había crecido a lo loco y ahí se empezó a volver como una especie de broma entre la gente con la que yo convivía. Y llegó un momento en el que pensé: mira, vamos a asumirlo. Hubo algo ahí que me empezó a gustar, hubo una especie de ajuste de cuentas con mi yo adolescente, porque cuando yo era muy chico, cuando tenía como catorce o quince años, yo quería llevar el pelo largo, pero largo, largo como melena, y claro, mi pelo no crece así. Entonces, yo me quise dejar crecer el pelo e incluso llegué a usar un alisante porque quería tener melena y no funcionaba, mi pelo no es así. Eso me frustró mucho en esa época porque yo no quería este pelo así, yo quería una melena. Ahora es como saldar una deuda con mi espíritu adolescente.
KC: Eres una persona muy culta, con mucha imaginación, pero algo que te caracteriza es tu humor. ¿De dónde viene este humor? ¿Lo heredaste o es solamente tuyo? ¿Lo ves en alguien de tu familia
JPV: Yo creo que hay una cosa que sí es muy mexicana, que tiene que ver con el ejercicio de la broma y del chiste, incluso de manera excesiva. Hay momentos en los que uno se aburre incluso de ese contexto donde solo se están diciendo bromas y se pierde la posibilidad de tener una buena conversación, más allá de que uno se la pase bien y se ría. Creo que hay algo de eso en mi familia, con mis amigos, en la adolescencia, creo que sí había un grupo de amigos con los que nos juntábamos y estábamos todo el día diciendo tonterías y riéndonos.
Y luego, hay otra cosa que creo que tiene que ver con algo que hablamos antes, con ese resistirse a la adaptación o la asimilación, que en México solemos decir que alguien que se vuelve engreído se cree mucho o que se la creyó, que quiere decir que ya se da mucha importancia a sí mismo. Y a mí eso siempre me ha parecido repulsivo, esa actitud engreída, arrogante. Primero, porque creo que es muy estúpido, por mucho que sea por motivos culturales, económicos, los que sean, es una estupidez. Estamos aquí todos juntos y compartimos las mismas cosas y todos tenemos nuestros sufrimientos, nuestros dolores, nuestras alegrías y qué sé yo. No veo la razón para sentirme en una posición jerárquica superior a cualquier otro.
Segundo, es una posición muy aburrida, como de no disfrutar la vida, como de darse tanta importancia que no puedes perder la compostura. Y esto es como portarse bien. Recuerdo muy bien esas frases que se decían cuando yo era niño, en los años ochenta, como: pórtate bien y no hagas esto. Todas estas cosas restrictivas que tenían que ver con aparentar ante los demás algo. Y yo creo que ese juego de aparentar ante los demás algo, el ser más listo, más sabio, más culto, lo que sea, son ridículas. Además, por una estrategia de supervivencia, porque siempre va a haber alguien más culto que tú, es incluso como una posición imposible de defender.
KC: Es una carrera que nunca vas a ganar.
JPV: No, absolutamente neurótica. Y creo que, además, lo paradójico y hasta triste, es que, supuestamente, a través de la lectura y del arte en general, accederíamos a estados de la conciencia o del espíritu, pues, más sensibles, seríamos más compasivos, probablemente, más responsables. Y luego ves a esta gentuza con esas actitudes y piensas, ¿de qué le sirvió leer tanto? No lo entiendo. Si va por ahí despreciando a la gente, ¿dónde está esa correlación entre todo eso que supo, todos esos pensamientos profundos y maravillosos que leyó y esa actitud de mierda. ¿Dónde está la correlación entre esas dos cosas? No existe.
KC: Como dije al comienzo, tuve la suerte de conocer tu estudio y para identificarlo explicaste lo siguiente en el correo electrónico: «se trata de un local a pie de calle, no tienen que tocar en el portal del número 35. Busquen el dibujo de un hipopótamo en el ventanal de cristal». ¿Qué hace un hipopótamo en ese ventanal de cristal?
JPV: Cumple dos cosas, dos cometidos. Primero, para mí el hipopótamo es un animal fetiche y por eso Fiesta en la madriguera tiene un hipopótamo. Y esto viene de antes de Fiesta en la madriguera, digo, este niño podría haber querido otro animal, pero quiere el hipopótamo. Y la segunda razón es que lo dibujó mi hija. Casi todo lo que hay en mi estudio lo hicieron mi familia o amigos. Mi hermano, que es artista plástico, Luis, hay varias cosas de él aquí. Mi hermana que también hace piezas de macramé, tengo una cosa colgada de ella. Amigos muy cercanos, mi tía, un amigo que hace caligrafía japonesa, Felipe Ehrenberg, que tiene este cuadro que está ahí detrás de Te vendo un perro, me acompañó a presentar el libro en México. Un grandísimo artista, ya falleció, yo lo admiraba muchísimo y me regaló esto que fue una cosa que me abrumó mucho en su día. Y todo esto, para mí, es la idea que tengo de poner cerca las cosas para sentirme en casa, rodeado de los que me quieren, vamos a decirlo así, y aquellos a los que quiero.
KC: Has hablado mucho de los perros, pero sé que tienes un Pirata en la casa ¿no?
JPV: Sí, tengo un perro que también está conmigo aquí, ahora no, porque se pone a ladrar y nos interrumpe.
KC: ¿Te lo llevas al estudio?
JPV: Sí, cuando estoy en las mañanas escribiendo, siempre está conmigo, solo que cuando hay taller o cuando tengo tutorías o tengo que hacer entrevistas u otras cosas, pues no viene porque es posesivo. Tenemos una relación tóxica, él y yo. Él cree que yo le pertenezco y no deja que la gente hable conmigo, se pone a ladrar. Es un poco histérico.
KC: ¿Qué raza es?
JPV: Es un Jack Russell, es muy activo.
KC: Yo quería tener uno de esos, pero son muy inquietos, ¿verdad?
JPV: Sí. Y bueno, me obliga a hacer un paseo largo todos los días, lo cual está muy bien porque es parte de mi rutina. Antes de venir en la mañana a escribir, es hacer una caminata larga que a mí me gusta y que a veces la hago escuchando alguna conferencia, alguna entrevista o algo que tiene que ver con lo que estoy escribiendo. O a veces la hago escuchando música o escuchando un programa de cualquier tontería de fútbol que me gusta mucho también. Simplemente por hacer una especie de blanco mental y llegar aquí más con la sensación de las endorfinas de la caminata y venir en un estado, creo yo, como más propicio a la escritura.
KC: La última vez que fui, yo te llevé un regalito que creo que era una media luna. No me acuerdo. Y me miraste y me dijiste: «No, Karen, no como dulce”. ¿Sigue en pie eso o ya no?
JPV: Sí, todavía. Llevo ya casi dos años sin comer postres, ni dulces, ni bebidas azucaradas, nada de esto. En el fondo, creo que estoy volviéndome un viejito en una cueva.
KC: Una cueva que cuentan las malas o buenas lenguas, no sé cómo decirlo, que tus talleres de escritura se llenan. Y eres muy atento también con los alumnos del Máster en Escritura Creativa. Me contaste que te gusta ser profesor y parece que también sales a comer con tus alumnos comida mexicana después de algunas sesiones, no sé si todas. ¿Qué significan para ti estos espacios donde tú te conviertes en profesor-escritor, donde abres tu intimidad, donde abres tu espacio, donde tienes que ir a la universidad? ¿Qué es para ti esto? ¿Qué parte juega en tu vida?
JPV: Primero te diría que para mí es importantísimo desde un punto de vista social —antes de entrar a lo otro que tiene que ver con lo intelectual o con lo creativo— porque si no, yo estaría mucho tiempo solo y, de hecho, estoy mucho tiempo solo, que está bien porque para escribir y para leer uno tiene que estar solo. Pero somos seres sociales, ¿no? Y yo creo que una persona que escribe o que quiere pintar o lo que sea, también tiene que estar en contacto con el mundo y con los otros, y escuchar, observar. No puede creer que todo sale de la introspección o de la propia imaginación. Esa imaginación y esa introspección tienen que estar en diálogo con algo más, y ese algo más es el mundo, sobre todo, las otras personas. Entonces, digamos que, desde un punto de vista social, para mí los talleres y las clases son importantes porque me sacan del aislamiento, como dije, de mi perro y yo. Me llevan también a conocer a mucha gente.
Luego, yo asumo las clases y los talleres como un ejercicio de evolución de mi propio pensamiento sobre la escritura. No soy alguien que repite lo mismo y que da la misma clase o que tenga ya, digamos, un temario y unas definiciones con las cuales trabaja siempre, no te diría que improviso porque no es verdad, pero sí me permito un margen de descubrir cosas mientras estoy hablando, porque yo creo que se piensa mejor cuando se habla y se piensa mejor cuando se escribe, y no solamente cuando se piensa. Y yo en las clases muchas veces me doy cuenta de haber llegado a entender algo que no había entendido mientras lo estoy explicando o tratando de exponer y digo: «Ah, esto era lo que no me había dado cuenta que estaba pasando en este texto».
Y también, me parece que, leyendo a los alumnos, tanto en el máster como en el taller, muchas veces me doy cuenta de cosas que también tienen que ver con mi propia escritura. Y creo que es una manera de mantener vivo el pensamiento respecto de la creación y de que este vaya evolucionando, vaya cambiando. No me gusta la idea de algo estancado, como decir: ya yo ya sé cuál es mi estilo, yo ya sé cuál es mi manera, ya sé cuáles son mis ideas de la escritura y las voy a mantener, y, además, se las voy a traspasar y casi que imponer a los demás, yo creo que eso no tiene ningún sentido en el caso de la escritura. Hay algo allí que se va haciendo sobre la marcha. Y cuando sucede esa magia de pronto, estar hablando y darte cuenta de que tú también estás aprendiendo, confirmo que este proceso de enseñanza va en los dos sentidos, uno se enseña a sí mismo y los otros te enseñan también a ti. Es decir, la pregunta de un alumno, el comentario, la opinión de alguien, también te enseña a ti. Y yo creo que eso, llevo ya muchos años, me sigue pasando y por eso lo mantengo. No es algo que me aburra, tampoco me cansa. A ver, cansado sí, porque es exigente, pero trabajar cansa siempre, así que de eso no nos vamos a escapar.
KC: Es rico trabajar en lo que a uno le gusta.
JPV: Totalmente.
KC: Juan Pablo, ¿escribes a mano?
JPV: Sí.
KC: ¿Siempre o es algo nuevo?
JPV: No, desde el segundo libro. El único libro que no escribí a mano fue el primero, Fiesta en la madriguera. A partir del segundo empecé a escribir a mano y siempre he escrito a mano. Ahora, por ejemplo, aquí tengo los cuadernos en lo que estoy escribiendo ahora, otros ya están llenos. Tengo cuadernos por todos lados, algunos son cuadernos de notas, otros donde hago diagramas o líneas del tiempo, mapas o simplemente anoto cosas que no quiero que se me olviden.
Y también soy muy fetichista, me gusta mucho el papel, me gusta la tinta, me gustan los objetos. Estos cuadernos con los que escribo desde hace varios libros me gustan muchísimo, la verdad, son muy bonitos.
KC: ¿Y siempre son los mismos?
JPV: Sí. Antes escribía en otros; estuve escribiendo años en unos cuadernos que eran, la verdad, caros, y ahí había una cosa como de fetichismo, casi como de lujo. Luego dije: esto no puede ser, porque además me los traían de Alemania. Era un lío y al final los abandoné porque eran demasiado caros. Y luego, encontré estos que son, pues, mucho más económicos, los compro aquí en Barcelona y me gustan mucho. Desde hace, creo que ya cuatro o cinco años, estoy escribiendo en estos cuadernos. Y también cambié de pluma.
KC: Eso te iba a preguntar. ¿Con cuál escribes?
JPV: Con una común y corriente. Hubo otra época en que escribía con pluma fuente y estuve escribiendo algunos libros con ella, pero tengo una manera de escribir, de agarrar la pluma, que es un poco demasiado vertical por la posición de mi mano, que se va tapando, entonces es incómoda. Yo escribo a mano en parte porque siento que el ritmo de escritura va más acorde con el ritmo del pensamiento, no quiero ni más rápido ni más lento. Y lo que sucede cuando se tapa la pluma es que te interrumpe el flujo. Entonces me frustra porque me doy cuenta de que me está obstaculizando la escritura. A veces escribo directo en el teclado, sobre todo cuando transcribo porque lo hago de inmediato. A veces escribo de más de lo que tengo en el cuaderno. Me doy cuenta de que hay una cosa que puedo ir para allá y, obviamente, no voy al cuaderno a escribir a mano, lo escribo ya directo en la computadora, y allí me doy cuenta de que voy muy rápido.
KC: ¿Eres un hombre que se ha hecho terapia? ¿Has ido al diván?
JPV: Sí, llevo diez años en psicoanálisis o más, ya no sé cuánto.
KC: ¿Cuántas veces cada semana?
JPV: No, es una vez cada dos semanas.
KC: Ah, no es de la terapia ortodoxa, es distinta. ¿Y qué rol cumple en tu vida?
JPV: Bueno, tiene que ver mucho con la conciencia, con la autoconciencia y ha sido importante para la escritura, sin duda, hay muchas cosas que han cambiado en mi escritura a partir del análisis. Yo creo que habría sido distinto lo que hubiera escrito si no hiciera terapia. No digo ni malo ni bueno, ni mejor ni peor, simplemente habría sido otra cosa. Y como para mí la escritura es también una forma de aprendizaje y de descubrimiento, lo mismo pasa con el análisis. Yo por lo menos lo veo así. Yo nunca he pensado que voy ahí a arreglarme de nada o a curarme de nada. Voy a darme cuenta de cosas, a aprender, en este caso, de mí mismo.
KC: De todo lo que has publicado, que son diez libros, espero que sean más. ¿Cuál sería lo que tacharías o dirías: “ese déjalo fuera”?
JPV: La verdad es que no hay ninguno. Primero, tengo que decirte que yo empecé a publicar tarde, entre comillas, porque Fiesta en la madriguera yo la publiqué cuando tenía treinta y siete años, mucha gente publica ya a los veinte o a finales de los veinte o principios de los treinta. Yo empecé a publicar casi a los cuarenta y creo que estaba muy madura mi escritura, no en el sentido de que esté bien o mal, sino simplemente de que había muchos años de leer y de escribir. Yo estoy escribiendo desde los quince años, al momento de publicar Fiesta en la madriguera llevo veintidós años escribiendo. Veintidós años, si quieres, escribiendo un cuentito, un poema, fracasando, intentando escribir una novela. Pero llevaba más de veinte años en eso, haciendo taller, leyendo muchísimo. Entonces había algo allí que ya había dado muchas vueltas.
Y también es verdad que he publicado bastante en poco tiempo. Esos diez libros publicados son siete novelas, un libro de crónicas, una novela infantil y mi librito de fútbol; son el trabajo de casi veinte años. Si te pones a pensarlo, es como un libro cada dos años, que es mucho, pero que también tiene que ver con esos veinte años de antes. Es como que hay algo allí que salió de pronto. Me estuve preparando todo ese tiempo para estos años y tomé velocidad. Pero ahora me doy cuenta que puedo, de nuevo, como te decía hace rato respecto de lo que estoy escribiendo ahora, asumir la escritura con otro ritmo y con otra calma.
KC: ¿Has tenido periodos de sequía, de que no has podido escribir?
JPV: Sí, hubo momentos en los que sí fue más angustioso, quizás al principio, después de haber empezado a publicar, cuando intentaba escribir mi segunda novela y la tercera, por ejemplo, la tercera fue la que escribí en Brasil y me dio muchos problemas por eso del contacto con el portugués. Y entonces, sí, me hizo sentir bastante agobiado. Pero luego ya hay un aprendizaje. Yo creo que el único aprendizaje que se mantiene, que sí es algo que se ha quedado conmigo, que no ha ido cambiando y que es una sensación útil o una conciencia más bien útil, es cómo lidiar con esos momentos. Cuando yo estaba tratando de escribir esa segunda novela o esa tercera novela, realmente sentía que no sabía cómo salir de ahí y daba muchas vueltas, abandonaba muchos de los intentos. De hecho, después los volví a leer y me daba cuenta que había cosas muy interesantes que yo había abandonado por inseguridad. Y ahora, desde hace tiempo ya, cuando me sucede, soy capaz de no asumirlo como una tragedia, es decir, es parte del proceso, sabes que va a durar quién sabe cuánto.
Por ejemplo, la semana antepasada no escribí y tuve esta sensación desagradable de que algo no fluía, cierta sospecha o desconfianza sobre lo que estuviste escribiendo y de pronto, me puse a escribir. Y ahora domingo, lunes, martes, miércoles y hoy, he escrito. He terminado un capítulo. Escribí quince páginas entre estos días, que es muchísimo, y estoy ahora diciendo: para poder llegar a este capítulo que no se me había ni siquiera ocurrido cuál era, tenía que haber pasado aquella semana horrible. Es decir, no había manera de escribir este capítulo si no pasaba esa semana de desconfianza.
KC: ¿Y el cuadernito lo llevas a tu casa el fin de semana?
JPV: Sí, normalmente tengo un cuaderno cerca porque no sabes cuándo va a suceder. Realmente va por épocas también. Tengo que decir que hubo momentos en que fui mucho más obsesivo. Me pasaba de tener un cuaderno siempre conmigo, siempre. Eso ya lo relajé. Porque, además, utilizo mucho el teléfono en esas situaciones, e incluso a veces grabo audios. Es decir, estoy paseando al perro cuando se me ocurre algo, no me voy a detener a escribir porque Pirata no me deja. Entonces ahí, en medio del paseo, abro el WhatsApp y me envío un mensaje a mí mismo diciendo la cosa que se me ocurrió. A veces, me levanto en la mañana, soñé con algo, se me ocurre una idea y tomo una nota y la escribo en el teléfono. Entonces me he relajado bastante, pero sí hubo una época en la que llevaba el cuaderno para arriba y para abajo, casi que supersticiosamente, como si fuera a perder la idea que iba a solucionar el libro por no llevar el cuaderno.
KC: Antes de terminar, Juan Pablo, ¿cómo se va a llamar la novela? ¿Tienes título?
JPV: Ha tenido un título desde siempre que quién sabe si al final se mantenga. Se sigue llamando así: Diáfano. No lo sé, ya veremos, pero de momento este es el título con el que estoy trabajando.
KC: Juan Pablo, te quiero dar las gracias por haber estado hoy día aquí en Espiral. Ha sido una conversación muy interesante. Te he conocido desde otra perspectiva y espero que así sea para todos los que nos escuchan hoy. Muchas gracias por haber estado aquí en Espiral.
JPV: Muchas gracias a ti, Karen.
Cierre
Así finaliza este nuevo episodio de Espiral.
En esta conversación con Juan Pablo Villalobos exploramos la migración, la identidad, la lengua y los desplazamientos que han marcado tanto su vida como su literatura. También hablamos sobre la autoficción y el humor como herramienta narrativa.
Villalobos entiende la escritura como una forma de exploración, impulsada por la lectura, la curiosidad y la observación atenta del mundo.
Recuerda que Espiral es para ti: un programa con entrevistas en profundidad a grandes escritores y escritoras de habla hispana. Compártelo, dale like y déjame un comentario donde sea que lo escuches. Así esta entrevista se convierte también en una conversación.
¿Qué parte te gustó más? Puedes dejar tu comentario o escribirme a karen@karencodner.com.
Chaooooo
Lee. Escribe. Crea con Juan Pablo Villalobos




