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#101 Entrevista a Katya Adaui

#101 Entrevista a Katya Adaui

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        ¿Hola, hola ¿cómo estás? Soy Karen Codner y te doy la bienvenida al programa 101 de Espiral y me harías muy feliz si lo recomiendas a tus amigos, me pones un like donde sea que lo escuches. Eso me ayudaría a llegar a más auditores.

        Marzo, querido marzo es bien especial para los que vivimos en el cono sur. Hace unos días mi hermana me preguntó si me gustaba, y me di cuenta que es uno de mis meses preferidos, arranco con energía e ilusión, ¿tu?. Debe ser por eso, y para celebrar los 100 programas de Espiral, la semana pasada lancé un concurso en Instagram, ¿de qué se trata?, me tienes que poner un like donde doy a conocer la novela de André Aciman Llámame por tu nombre, ahí tienes que simplemente, ponerme un like, etiquetar a alguien y subir a tu historia la publicación, y ya concursas. Los resultados estarán el viernes 22 de marzo.   

        Me gustó conversar con Katya Adaui, eso te conté en el capítulo anterior con el Cuestionario Espiral,  indagar en sus miedos y en sus logros, Katya es peruana pero vive hoy en Buenos Aires. Es profesora, tallerista y escritora, una mujer con opiniones claras, sentido del humor y muy buena pluma. No por nada ganó el Premio Nacional de Literatura peruano en la categoría cuentos el año pasado. Dedicamos tiempo a pensar sobre la muerte, en la figura de sus padres y lo que significó la muerte de ambos. También me contó lo que significó dejar Lima y emigrar a Buenos Aires, tanto en términos personales como de escritora. Es interesante su postura en torno a la memoria porque si bien el sello de Katya Adaui es volver a su vida personal dice que su memoria no es confiable y que se debe hacer un trabajo que sea más del lado de lo dramático para darle una textura y una contextura, para que se pueda sostener, el puente, las bases, la zona de cruce, la zona de exclusión, la frontera. Todo ese trabajo con la memoria le encanta, porque justamente dan paso al olvido, y uno y otro están hermanados. 

 

Recuento personal

        Estoy entre dos mundos, el del lanzamiento de la novela Todos nuestros fuegos y la preparación de los talleres de lectura. Además me están saliendo entrevistas en radio y en otro podcast lo que también es algo nuevo para mí. Ya los mantendré informados. Entre medio de esos dos mundos está la vida y ponerme al día viendo a amigas, leyendo y también recuperándome de un hipertiroidismo que me tuvo bastante débil, pero ya estoy bien. Estos días siguen siendo de calor aquí en Santiago aunque las noches son más frescas, ¿cómo está el clima donde tu vives?. También sigo leyendo la Odisea y pronto empezaré con Ulises de James Joyce. Acabo de terminar La naturaleza secreta de las cosas de este mundo que narra la historia de Olivia y Eduardo su padre. Muy bien documentado e interesante. Pronto voy a entrevistar a su autor Patricio Pron para Espiral. Te invito a escuchar la entrevista a Katya Adaui.

Entrevista a Katya Adaui

KC: Hola Katya, ¿Cómo estás?

KA: Hola Karen, muy bien. Muchas gracias por esta invitación a Espiral. 

KC: Muchas gracias por darte el tiempo y compartir con nosotros. ¿Cuéntame qué estabas haciendo cuando te tuviste que conectar para la entrevista? 

KA: Terminando de bañarme. 

KC: Se nota porque te ves como fresquita. Para los que vean este podcast en modo YouTube, van a ver que Katya está de manguita corta y fresquita. En cambio, en Chile, hoy día salió un día como otoñal. Yo me iba a poner una camisa de manga corta y me tuve que abrigar. 

Primero, ¿Cómo te dicen? 

KA: Katya.

KC: Es un nombre bien particular. Tengo una amiga Katya, pero no tengo muchas. Y se puede escribir con y o i. 

KA: Y j también. Katia es el ruso de Catalina y en Alemania es con j, Katja. 

KC: ¿Pero tus papás sabían eso cuando te lo pusieron o no? 

KA: Sí, muy «Doctor Zhivago» todo. Mis nombres son de «Doctor Zhivago». Fue un romance sin éxito. 

KC: Tengo anotado que a los dieciséis años escribiste tu primer cuento.

KA: Sí, así es.

KC: Pero también has contado que eras una lectora empedernida.

KA: Sí, sobre todo en esos tiempos eternos y limitados de la infancia, leía muchísimo. Yo fui a un colegio muy riguroso, muy alemán, pero con una muy buena biblioteca, y se ve que las monjas no llegaron a hacer su censura porque la verdad es que pude leer de todo. Tuve épocas de un libro al día. Me prestaba mucho, la bibliotecaria me ayudaba. Sí, tuve una infancia muy lectora y fue lo que me dio mucho ánimo para escribir después confiadamente en que si has leído mucho podrás escribir, pero no necesariamente es así. Leer mucho no te hace escritor, te da el deseo. 

KC: ¿Tú eras como estas caricaturas que uno se imagina, esta niña de ratón de biblioteca todo el día con el libro en la mano?

KA: Sí, pero más divertida porque también jugaba, salía. No me podían hornear como dicen, porque era divertida, siempre lista para el chongo, para hacer algo, para perturbar el recreo ajeno. Jugaba, me acuerdo jugar ligas con mi libro, o sea estar en mi tiempo muerto del básquet con mi libro. Entonces siempre alguien que me decía: ¿Qué estás leyendo?¿A ver qué me recomiendas?. Siempre fue como algo bien visto por mis amigas y amigos, nunca fue como quién es esta sonsa que lee todo el día. Eso fue bueno. 

KC: ¿Y cuándo te diste cuenta, cuándo pensaste «yo quiero escribir» como esa epifanía? 

KA: Muy chica, a los nueve le dije a mi mamá, yo voy a escribir. Cuando ya no pueda correr, porque era atleta también, voy a escribir. Pero fue algo que supe siempre, yo creo que me ayudó mucho tener la vocación tan temprana. Después hice todo para postergarlo, pero de chica lo tenía clarísimo. Yo decía, yo voy a ser escritora, no pasé en astronauta, monja, bombera, no, siempre dije voy a escribir, lo tuve claro. 

KC: ¿Y cómo reaccionaba tu mamá frente a algo tan estrambótico? 

KA: Le parecía bien. Es raro porque les parecía bien. ¿Ves cuando hay alguien tan convencido, dices qué voy a discutir si le creo esa convicción? Después estudié periodismo, no estudié literatura, porque había mucha matemática, en el periodismo no había tanta matemática. Fue una vocación clara, a la que no me dediqué claramente hasta los treinta que publiqué. Pero decir “soy una escritora, voy a dedicarme a esto, no lo voy a postergar más, voy a ponerle mis mejores horas, todo mi consuelo, toda mi ilusión”, la verdad es que fue a los cuarenta que me lo tomé más en serio. 

KC: Como alguien te dijo, viejita. 

KA: No, no pasaba por la edad, pasó por la muerte de mis padres. Cuando ellos se murieron y yo por fin tuve tiempo, tuve un tiempo para mí. Ya no era el tiempo del cuidado de la enfermedad, era un tiempo para mí. Entonces me fui a estudiar. Dije qué desesperación tener un don y no dedicarte a él, me voy a arrepentir toda mi vida. Entonces dejé el trabajo, dejé los dineros seguros y me fui a estudiar a Buenos Aires. Fue así, fue como ya postergué por todo el mundo, ahora no me postergo más. Y cuando dejé postergarme, abracé mi escritura, todo me empezó a ir mejor, mi vida empezó mejorar porque estaba más feliz. Es una obviedad. 

KC: ¿Cómo es hacer una maestría? Aquí cito: «una maestría de escritura creativa en la Universidad 3 de febrero». ¿Qué significa eso? 

 

KA: Bueno, esa Universidad es muy buena, es nacional, es pública, esperemos que Milei no la privatice. Y esta maestría fue un invento de María Negroni, que es una gran narradora, gran poeta, gran profesora, entonces me daba ilusión ir a un lugar donde ella estuviera, pero también los otros profesores. Y pensarme más latinoamericana, no solo peruana, más latinoamericana. Ir a un lugar como Buenos Aires, donde se escribe tan bien y poder tener amigos venezolanos, amigos colombianos, mexicanos, argentinos, peruanos. Entonces fue así, se armó un grupo bastante latinoamericano también, con lo cual empiezas a pensar otros paisajes, lees otros paisajes, no es el mismo mar, no es el mismo frío, no es la misma montaña, no son los Andes siempre, y eso estuvo muy bien también, cambiar paisajes y dedicarme dos años. Como había renunciado al trabajo vivía de algo que se llama la CTS, que es la compensación por tiempo de servicios y se me iba acabando, y decía, ¿qué voy a hacer? Todo subía de un día para otro, pero terminé y me regresé porque ya no me alcanzaba la plata. 

KC: ¿No te quedaste en Buenos Aires en ese momento? 

KA: No. Yo volví y estuve acá como dos años en Lima, hasta que después ya me volví a ir. No fue corrido, yo fui solo a estudiar una maestría que en Perú no había, y ahora hay dos maestrías de Escritura Creativa en San Marcos y en la Católica, y las dos son muy buenas. 

KC: ¿Y puedes vivir de la escritura? 

KA: No. Yo vivo escribiendo que es diferente, pero se parece. 

KC: ¿Con qué pagas las cuentas?

KA: Con mis ocho trabajos de escritura. O sea, dicto talleres, enseño en la Universidad, corrijo tesis, edito libros, me contratan para escribir artículos transnacionales o alguna ONG. No vivo de la venta de mis libros, pero la suma de todo sí me permite. No le hago asco a ningún trabajo, siempre y cuando sea escribiendo porque es lo que quiero hacer. Lo genial de estar haciendo trabajos de escritura es que es un entrenamiento perpetuo. Entonces hice cine, escribí para una empresa de cosméticos, trabajé en la tele, fui periodista también. Pero siempre escribí y eso me dio hábito. 

KC: Tu literatura está ligada principalmente a tu memoria personal, a tu familia, a tus padres, a tu hermana, a tu crecimiento como persona. ¿Cuán confiables son para ti tus recuerdos? 

KA: Nada, cero. Antes le daba mucha importancia a la memoria, de hecho, le doy importancia a la memoria histórica, digo, claro, hay fechas que tenemos que saber quién hizo esto, quién mató a quién, por supuesto, pero la memoria personal exagera, agranda, empequeñece, y eso que sí pasó le decimos que no pasó y lo que no pasó, pasó ocho veces. A mí me interesa mucho el trabajo con la distorsión, con la ampliación, la bifurcación de recuerdos, lo agarro, pero luego lo perturbo, lo colisiono, lo exaspero, porque si solo es algo que me pasó a mí ¿A quién le importa? Para mí hay que hacer un trabajo que sea más del lado de lo dramático para darle una textura y una contextura, para que se pueda sostener; el puente, las bases, la zona de cruce, la zona de exclusión, la frontera. Todo ese trabajo con la memoria a mí me encanta. Pero justamente porque da paso al olvido, uno y otro están hermanados. 

KC: Al leerte me recordaste mucho a Vivian Gornick, en su trabajo de memoria, que nos hace creer también que todo es verdad, sabiendo que si uno se pone a pensar, es imposible que ella tenga estos recuerdos tan certeros, episodios con su madre. 

KA: Con su madre, con su mejor amigo. Pero en sus libros está enojada. Entonces hay algo en la rabia.

KC: Pero en el estilo, no estoy hablando en el contenido, en la propuesta, digamos. 

KA: Sí, pero creo también que como estaba muy enojada con la madre, la rabia hace que uno recuerde, es muy buena la rabia para recordar y no volverte a poner en situación. Entonces, sí, Vivian Gornick es un gran referente para mí. Me encanta mucho. No pido autógrafos, pero a ella le pediría beso, autógrafo, foto que me adopte, todo le pediría.

KC: Yo he pasado con distintas etapas mi relación con Vivian Gornick, lo reconozco, altos y bajos. Indagando un poco en tu estilo, no eres una escritora que la podemos llamar tradicional porque escribes, bueno, escribes cuentos, escribes novelas, pero también con un estilo muy marcado en el cual te abres a la poesía, tal cual tú dijiste, te abres al collage, te abres a los fragmentos. Quizás que Quiénes somos ahora – que es precioso, se lo recomiendo a los que nos están escuchando- es muy híbrido y tiene una cantidad de elipsis que a veces te cuesta encontrar el sentido y de hecho, te hace recordar a Proust y con frases muy cortas. Hay un estilo muy marcado tuyo ¿Cómo te sientes con eso? 

KA: Es como aprender a respirar ¿Cómo se respira? ¿Cómo se hace para respirar? 

KC: Naturalmente.

KA: Sí sale así, qué te puedo decir, si supiera…mejor no saber de dónde sale.

KC: ¿Y todo tu estilo es así de marcado como lo vimos en Quiénes somos ahora? ¿O tú sientes que tu estilo narrativo se ha ido modificando a los largos de los años de oficio? 

KA: Sí, claro, eso es así, Karen. El oficio te perfecciona el estilo hasta que lo tienes que cambiar. Uno es su tiempo verbal, cuando escribimos somos un tiempo verbal, somos una técnica, y ese es un don que luego es fármaco. Exceso de goteo se convierte en veneno porque después eres tu don, entonces tienes que cambiar tu estilo. Pero yo me doy cuenta perfectamente cómo empezó el mío con el primer libro, Un accidente llamado familia. Siguió, con Algo se nos ha escapadoNunca sabré lo que entiendo que son como mis tres primeros libros, que son otra yo. Y luego, cuando me fui a estudiar, con Aquí hay icebergs cambió mi estilo, es otro para Geografía de la oscuridad, y es otro para Quiénes somos ahora. Y Quiénes somos ahora es mucho menos elíptico que Geografía de la oscuridad. Pero hay algo del fragmento que yo abrazo mucho, porque no es real que una pueda escribir todo largo, parrafeado, de corrido. La memoria es un vaivén, es un oleaje, viene, va, viene. Y ese fragmento permite pasado, presente, futuro, pasado, presente, futuro. Los cambios de tono, que sea microcuento, que sea poesía, que sea perfil de personaje, una estampa marítima. Para mí hay que probarlo todo y en Quiénes somos ahora, cuando, por ejemplo, es la muerte la madre, la muerte de la madre, si bien es parecida a la muerte del padre, están narradas diferentes. La muerte de la madre va al mar, va a los peces, se volvió marítima. Yo quería que nada fuera imposible para el lenguaje. Entonces probé todo. 

KC: O sea, tú estás aquí diciendo que más allá del contenido del libro, hay una propuesta estética en torno a la manipulación del lenguaje, hay una propuesta tuya.


KA: Sí. Yo creo en verdad, que todas las escrituras son una propuesta del lenguaje, nos sale más o menos, pero no todo es trama, hay grandes escritores de trama sin lenguaje, por supuesto. Pero a mí me interesa la trama con lenguaje. No sé, me desespera. 

KC: ¿Y tú eres una lectora de trama o lenguaje? ¿Qué te importa más? 

KA: El lenguaje. Pero si hay trama, me encanta. Me gusta, solo lenguaje cuesta, pero también lo leo. Poesía, por ejemplo, la poesía no es trama, es lenguaje, pero te suelta la lengua, te suelta la escritura, la poesía te rumorea, te provoca, te incita, te tienta. A mí me hace una cosa como de tiburón alrededor, me remorea el lenguaje así. 

KC: ¿Y eres de sentarte a leer poesía? 

KA: Sí, claro. Tengo que leer poesía, si no, no sale mi escritura.

KC: ¿Y cómo eliges tus lecturas? 

KA: Sigo muchas recomendaciones de amigos, de amigas o personas que van a mi taller y me dicen, “Katya tienes que leer esto”, y yo escucho porque cuando alguien te lo dice en ese estado de hipnosis, de fascinación, es delicioso. Entonces, así voy pescando. Y aparte vivir en Buenos Aires esa cosa, que la gente está siempre leyendo y leyendo cosas increíbles, es un lugar muy tentador. Y tengo librerías muy cerca de casa. Eso es un problemón. 

KC: El problemón de comprar más libros de los que uno puede leer. 

KA: Totalmente, pero saber que los tienes apacigua. Ah, lo tengo para después. 

KC: Para alguna vez leerlos. En torno al tema la muerte, hay otra muerte en tu libro que es donde comenzamos, es con tu perrita Mara, ella vivió 16 años, si no me equivoco. 

KA: Sí, 16 años. 

KC: ¿El duelo por la muerte de los padres y la muerte de una mascota en qué se diferencia? Si es que hay alguna diferencia. 

KA: Pero claro, los padres son los padres, es muy diferente, una mascota es una mascota, no es un hijo, es un perro. Sin embargo, los animales hacen con su silencio, no te digo con su docilidad, el animal muy dócil, es su silencio, es su compañía pese a todo, su saber estar. Y los perros y los gatos te quieren igual tengas la casa que tengas, la vida que tengas, el perro, el gato están, la tortuga, el loro, el pez, no sé, están. Pero sí, me pasó que como mi perrita muere en Buenos Aires y yo entrego su cuerpo a un crematorio municipal, esas cenizas iban a ser regadas en el parque. Entonces yo decía, “Ay, ya son tres cenizas que tengo papá, mamá y Mara,” pero hay unas que están en Buenos Aires. Pues ya tengo un primer muerto en Buenos Aires. ¿Y a qué va a fertilizar esto? Raíces, de un parque que se llama Centenario, todo me parecía precioso. Pero en ese momento de escritura yo aún no había volatilizado las cenizas de mis padres. Fue algo que pedí hacer con mi hermana y lo hicimos y estuvo muy pacífico, echar las cenizas al Pacífico fue pacífico. Entonces dije qué lindo porque era un mar que ellos amaban, un mar al que yo traje a mi perro también. Fue un momento de mucha paz. Pero sí son, son muertes muy distintas. Es diferente que se muera tu papá, que tu mamá, tu hermano, tu hermana, tu perro. Es muy diferente ¿En qué se parecen? en que hay duelo y normalmente la gente lo que hace es reemplazar un perro por otro o un gato por otro. Pero yo no reemplacé. Yo creo que hay que hacer el duelo tome lo que tome, que no te puede sacar un vivo por un muerto.Así fue. 

KC: Eres una persona animalista que se llama, amante de los animales.

KA: Sí. Hay que desconfiar de quien no quiere a los animales. Las plantas también, los insectos. ¿Quién dice que somos los más importantes? No existimos sin el bicho, estamos acá porque hay bacterias. 

KC: Sí, ahora estoy pasando por una nueva etapa que tengo una araña en mi baño y digo, no, no la puedo matar. Entonces trato de agarrar la arañita y meterla por la ventana. Y obviamente digo, qué estoy haciendo si la araña me puede picar.

KA: No, la araña del baño es lo mejor porque te va a comer todos los zancudos y no va a haber dengue en tu casa. 

KC: Ay, ya no me digas eso, porque después voy a tener problemas matrimoniales por la araña.

KA: No, la araña no hace nada. 

KC: ¿Sabes quién está pasando por un periodo así? a ti te gusta ella, Lydia Davis está tratando de no matar ningún insecto, nada. Lo escuche en una entrevista que hizo, me da risa. Hablemos de qué fue para ti recibir el Premio Nacional de Literatura en Perú en mención cuento.

KA: Fue súper bonito porque justo yo me encontraba acá en Perú haciendo un trabajo para la Universidad Católica. Entonces recibí la noticia acá.

KC: Ah, estabas ahí. 

KA: Estaba acá, ya me volvía, pero me tuve que quedar para recibirlo. Entonces me quedé un mes más, completé un mes acá y desde que me había ido vivir en Buenos Aires no había estado un mes entero en Lima. Entonces pude ver a todos mis seres queridos sin correr. Conocer gente nueva. Me regaló un mes en Lima de recuperar el romance con la ciudad. Son momentos ahorita muy arduos en Perú políticamente con una presidenta terrible, un congreso terrible, entonces la noticia del premio me ayudó mucho, mentalmente me trajo mucha paz. También porque lo entregan tus colegas escritores, es como un premio gremial y eso es muy  lindo, me sentí, de un nivel de agradecimiento que se me expandió el corazón. 

KC: Debe ser una alegría pura.

KA: Sí, fue muy guau no lo puedo creer. Además, me llamaban y yo estaba en plena clase. Entonces decía, no puedo contestar, pero es que es el premio, ¿qué premio? Y yo, Ah, no, no lo podía creer. Me súper entusiasmé, grité, lloré. 

KC: ¿Y delante de los alumnos?  

KA: Sí, ¡qué importa! si hay algo que no puedes ocultar es la emoción. Si hay que llorar, se llora.

KC: Hace unos años atrás, porque estábamos en pandemia, te entrevistó Marcelo Simonetti en el podcast Tilde.

KA: Ay, sí. Lindo Marcelo. 

KC: Es un dulce. Y conversaron sobre lo que es un buen cuento. Dices, por una parte, que se escribe pensando en el pasado, en el cuento, y una novela, en el futuro. 

KA: Sí, pero eso lo dijo Lorrie Moore. 

KC: Bueno, no importa vamos a decir que lo dijo Lorrie Moore por Katya Adaui, pero es muy linda la frase, viste que te la asigne a ti. Hablemos, un poco sobre el género, cuento y novela lo qué son para ti. 

KA: Primero que todo, el trabajo escritura es arduo a morir, es muy arduo de mucho pensamiento y mucho trabajo, para mí de equilibrar en la construcción, porque uno escribe para que todo el texto vayas hacia su final. Y tiene que ser el final más armonioso posible, que no colisione, que no sea estruendoso. Entonces el cuento lo que tiene es que vas a tener que hacer siete cuentos muy diferentes entre sí, doce, quince, dieciséis, cinco diferentes entre sí, con submundos, o sea cuento lo que tiene es que tienes que estar todo el tiempo pensando en cómo va a ser ese final y cómo vas a ir avanzando, Y son pocos los personajes, son más acotados. La novela depende de mucha más gente, hay mucho más paisaje, hay mucho más pasado, pero el cuento es tremendo también porque son muchas vidas diferentes que responden a un mismo concepto que nunca puedes decir en voz alta. Entonces lo que haces en ambos casos es calibrarlos. Para mí esa es la función venerativa de la elipsis, que va calibrando la información y la va dosificando. Por eso es que a mí me encanta el elipsis, porque te permite mostrar y oscurecer, encender y apagar, es como un dios de las luces, como un dios de las tinieblas. Vas haciendo sombras. Son muy exigentes las dos, son muy tremendas. 

KC: ¿Pero, con cuál género te sientes más cómoda? 

KA: En ninguno. Yo no me siento cómoda nunca y me encanta. No quiero estar cómoda, quiero estar incómoda cuando escribo, porque si estoy cómoda, no creo, se me jode un poco todo.  

KC: ¿Pero con cuál empiezas a escribir más fácil? ¿Cuál proyecto se te hace más natural para ti? 

KA: Ninguno. Yo sufro. 

KC: ¿Eres masoquista?

KA: No sufro, en verdad me estoy haciendo un poco dramática porque no sufro. Para mí es un placer enorme escribir. Quiero decir lo paso bien, me pongo mi agüita, mi chocolate, mi tecito y me siento a pensar. Pero que sea fácil, ninguno es fácil, porque no sé, estoy perdida y cómo va a ser fácil si voy a estar tan perdida, no tengo idea. ¿Te imaginas Karen entrar a unas aguas así de oscuras? No tengo la menor idea, no sé a dónde carajo voy a ir, entonces solo hay incomodidad. Y después voy teniendo algunas certezas. Por eso es que muy poca gente escribe, parece que todo el mundo escribiera, pero muy poca gente escribe porque hay que soportar la incomodidad de no saber a dónde vas. Yo estoy pensando siempre ¿Y ahora qué va a ser este tipo? ¿Qué hace este tipa con lo que tiene, qué va hacer? Y el foco es, ¿de qué se trata este cuento? Todo el tiempo me estoy preguntando de qué se trata, foco. Y la novela igual, de qué se trata.


KC: ¿Y tienes bloqueos de escritora? ¿Terminas a veces algún proyecto y dices, no puedo escribir nada más? 

KA: No, yo me trato bien y me tengo muchísima piedad para todo. Esto es lo que puedo hacer ahora, esto es lo que he hecho con esta edad, con esta inteligencia, eso es lo que he podido hacer. Esto es lo que sé de la vida hasta hoy, calma. Y después, voy, vivo, voy al cine, al teatro, como rico, amigos, amor, trabajo, me distraigo. Y eso también es estar escribiendo. Estás leyendo para después. Y en algún momento va a eclosionar, pero hay que esperar la hora de la eclosión, que cuando llegue, sentarme. Pero no, no pienso en esos clichés del «estoy bloqueada» porque bloqueos solo llaman a más bloqueo y si estoy bloqueado es que te has puesto un bloque delante tuyo. Claro que existe, pero no hay que darle tanta entidad porque se destraba leyendo, se destraba con conversaciones interesantes, profundas y lindas, se destraba paseando al perro. La creatividad se destraba instantáneamente a cada paso que das, si estás atenta y atento. Si solo estás en tu cabeza, si estás tan mental, es ego. Hay mucho ego. Hay que hacer otras cosas, no hay que ponerle tanto a la escritura, no es tan importante, a nadie le importa. Es una cosa más.

KC: Solo a uno. 

KA: Claro, es un oficio, ya está. No pasa nada la verdad. No es tan importante. 

KC: Katy, hablemos de la familia, que creo que es un temazo central en tu narrativa. En una entrevista en la Bestia Lectora, comentas sobre las tramas familiares que abordas en tus libros: «La familia, un núcleo poderoso y frágil a la vez, una potencia muy dada a la implosión». Me da la sensación que tu literatura es una búsqueda al enigma de la familia, casi como si estuviéramos empezando a leer «Anna Karenina». 

KA: Mira, no sé, ahora estoy escribiendo otras cosas tan alejadas de la familia. 

Creo que fue una etapa grande de duelo en mi vida que tuve que hacer. Pero el tema con la familia es que es el material que tenemos a mano, es el material fresco. Siempre fresco, siempre a mano.

KC: Claro, es efectivo eso.

KA: Por más pequeña que haya sido nuestra familia, todos hemos habitado una, casi todos, la mayoría de nosotros, incluso cuando las familias sean tres amigos.La pregunta más que la familia, para mí es lo familiar ¿Qué es lo familiar? Y siempre pienso en esto de Freud, cuándo lo familiar se vuelve extraño, cuando te bota de la casa, cuando se vuelve siniestro. Eso a mí me encanta, porque me encanta en la vida también detectar cuando algo se vuelve perverso, malo, dañino para el otro. Eso que ahora llamamos toxicidad, pero antes le decíamos maldad. Eso me interesa detectarlo, ese olfato para decir acá hay algo malo, no me meto ahí. Esa autopreservación. En escritura a mí me gusta el tránsito de lo familiar a lo oscuro, porque es ahí donde está la escritura, la escritura no existe en solo lo familiar, existe en las aguas tenebrosas que suelen venir de la infancia, en los miedos infantiles, ahí ocurre. Y no es terror, yo nunca escribo terror, no me sale el terror, pero reconozco que a veces es terrorífico u horroroso. No porque solo es realista, es menos horroroso. Y la familia ocupa esa entidad, se nos dice, es la célula básica de la sociedad, crecemos con eso, es sagrada la familia y con esta idea de los sagrados asociados a la familia no la hemos cuestionado y hemos permitido que los abusos más espantosos sean tragedias intrafamiliares. El abuso, el abuso sexual, explotación ocurre al interior de las familias mayoritariamente. Ocurre que sea un extraño, pero casi siempre es alguien conocido, a quien tú veías como un familiar, un lugar seguro. Eso es lo que me interesa pensar cuando el enemigo está en casa, pero que era tu amigo antes.

KC: En ese sentido, viendo lo familiar en el sentido de una familia,

comprendiste, esto se lo dijiste a Hinde Pomeraniec en Vidas prestadas, y les recomiendo esa entrevista, es una pena que el podcast también se haya acabado, no sé si lo supiste.

KA: Gracias Milei. 

KC: Los que nos están escuchando, dense una vuelta por Vidas prestadas lo van a gozar, así como Tilde de Marcelo Simonetti, son muy buenos espacios. 

Pero dijiste algo, que me quedé con la frase: “Comprendí con la profunda convicción de esa gente que no debería haber tenido hijos y los tuvo”. Como tus padres. Es una frase, una frase muy dolorosa, una cosa es aseverarla y otra es sentirla. 

KA: Pero es así, no sabemos todos que hay gente que no debió tener hijos y los tuvo igual. 

KC: Pero quizás que solamente lo puedes descubrir una vez que los hayas tenido. 

KA: Claro, también. Pero más de pensarlo, pienso en atestiguarlo. Gente maltratadora y dices, pero, ¿para qué tuvo hijos? Por cumplir, pero con qué se cumple, con qué demanda se cumple ¿La de los propios padres? ¿La de la sociedad? ¿Todos deberían tener hijos? qué sé yo no, no sé. Ves esos discursos también, los discursos de grandes ecologistas diciendo que el mundo debe dejar de reproducirse, que ya no se reproduzcan los pobres, cuando son ellos los que contaminan ¿Cómo sería? No sé. Pero lo que sé, es que la infancia, eso es lo sagrado. Es una época que debería ser sagrada, dado que no vamos a poder preservarles a los niños y a las niñas el horror del mundo, no darle el horror en casa. No necesariamente por lo económico y lo material, pasa por otro lugar de amor. Padres sanos, hijos sanos porque los hijos van a repetir las violencias que reciben. Niño ve e imita, es bien duro. Imagínate padres más pasivos, niños más tranquilos, el mundo sería un lugar menos rabioso, menos vengativo, menos ansioso. 

KC: Pero es una quimera bastante grande lo que estás diciendo, porque nosotros como seres humanos, somos seres cambiantes. 

KA: Es que cambiar sí, destruir no. Y el niño tiene una mente tan frágil que es muy fácil manipular y destruir. Viste que a un niño le toma cuatro días confiar en un extraño internet, cuatro días tu hijo es de Internet, es terrible. 

KC: ¿Tú sientes que te dañaron demasiado? 

KA: No, no lo diría así porque no estaría acá. 

KC: ¿Te has psicoanalizado? 

KA: ¿Tú qué crees? 

KC: Yo al escucharte y te escucho hoy, sí. 

KA: En mi novela, está. A mí me encanta el análisis y voy a análisis, claro, cómo no, ¿Quién puede solo Karen?

KC: Los que son más inconscientes. 

KA: Hay que hablar, hay que contar. No podemos quedarnos con el dolor adentro. 

KC: Tú te ves una persona muy trabajada, muy procesada, muy asumida en lo que le tocó vivir y agradecida dentro de la magnitud de esas experiencias por lo que has llegado a ser hoy. 

KA: No me veo ni muy trabajada ni nada, creo que aún estoy en construcción. Lo que sí creo es que yo no puedo habitar esta única vida que tengo en hacerle daño a nadie. Entonces para mí en cuidado que tengo sobre la salud mental es a lo que más me dedico, a cuidar mi entorno, porque eso es lo que yo le entrego a los demás y al mundo y a mí, sobre todo a mí. Entonces para mí cuidar mi salud mental, y es, desgraciadamente, una inversión tremenda. Trabajo para cuidar mi salud mental, es carísimo cuidarse la salud mental. Lo más importante que tenemos es lo que más cuesta mantener. Pero yo no me puedo dar el lujo de no estar bien porque se trata de mi alegría y mi alegría yo la voy a defender con todo lo que tengo, con todo mi ser. Más me analizo, mejor escribo. Más me analizo, mejor soy respecto de mis vínculos. Me falta un montón. 

KC: Y en ese sentido, la escritura te también te salvó ¿no o te sigue salvando?

KA: La escritura no es lo que nos salva, lo que hace la escritura es darnos una compañía para siempre. Es lo único que no te va a abandonar, ni te va a dejar solo nunca es como leer, pero salvar, te salva la terapia. Para mí escribir no es mi terapia, se le parece, pero no lo es. Escribir es otra cosa, escribir es donde yo voy a hacer profundo lo profundo. Me ha acompañado, pero así como salvar, no, yo me salvé, es otra cosa. 

KC: Y te sigues salvando.

KA: Sí, el ejercicio de salvarse es de todos los días. Todos los días puedes ahogarte y todos los días te lanzas la boya, sabemos que es así. Pero no basta la terapia, nunca es solo hablar, hay que estar en la vida de otras mil formas. Hay que moverse. En su libro Clases de literatura, Nancy Huston cuenta que van a escuchar una charla de psicología y el psicólogo, no me acuerdo nombre, dice que los mamíferos cuando se han salvado de una muerte segura, como un venado, por ejemplo, tienen un temblor en el cuerpo con que terminan de darse ese movimiento de salvación. Pero si nosotros solo hablamos del trauma, no terminamos de hacer el ejercicio, el movimiento físico que nos lo saque del cuerpo y me pareció muy interesante. Esto del deporte, el ejercicio, no basta hablar, hay que hay que moverse.

KC: Dijiste algo muy lindo una vez, has dicho que siempre quisiste tener una vida de amor con gente buena y sensible. Detengámonos en ese siempre. 

¿Cuándo te diste cuenta que tú anhelabas este ambiente? Bueno, por resumir, 

estos tres adjetivos.

KA: Toda la vida. Siempre.

KC: ¿Desde que eras pequeñita?

KA: Pero cómo no, quién no quiere estar rodeada de cosas buenas. Para todos es como el único anhelo que hay, ¿o no? Pero siempre quise solo lo bueno. 

KC: No sé, yo no lo tengo tan claro ¿Y sientes que has cumplido con eso? 

KA: No tengo idea, no sé. 

KC: ¿Pero te sientes que te has rodeado en gente buena, sensible, como calentita? 

KA: Sí. 

KC: Hay gente que se rodea, justamente al principio de esta conversación estábamos hablando de la toxicidad, gente que tiene más facilidad para relacionarse con cierto tipo de persona. 

KA: No, a mí no me pone para nada. La gente mala no entra en mi vida nunca. No me interesa, solo me espanta. ¿Para qué? Yo estoy muy consciente que solo tengo esta vida. Solo quiero lo bonito, sano, amoroso, aunque muchas veces yo no había podido dar eso también como hubiera querido, es todo lo que me interesa ahora, que sea bueno y bonito. 

KC: ¿Katya, has vuelto a comer chicle de piña? 

KA: Ya no hay chicle de piña, creo.

KC: Eso te quería preguntar, yo soy más vieja que tú y no recuerdo haber comido chicle con sabor a piña. 

KA: Sí, quizás lo mentí. Quizás no existió nunca, no sé.

KC: También lo pensé. 

KA: Todos son como muy de fresa explosiva, menta fantástica. Tienen nombre y apellido los chicles.

KC: Pero es que me llamó la atención. Ahora te voy a dejar con la duda si era de verdad con sabor a piña o no, o lo inventaste para efectos de la novela. 

KA: Puedo haberlo inventado, sí, hay mucha ficción en ese libro. 

KC: ¿Qué sientes cuando estás alrededor de fumadores? ¿Qué sensaciones se te vienen adentro tuyo? 

KA: Bueno, cada quien se mete en su cuerpo a lo que quiere. A mí el humo no me gusta, pero qué puedes hacer, es como la droga permitida, digamos. 

KC: ¿Pero no te vincula automáticamente con tus padres?

KA: Sí, pero no puedo estar asociando todo a ellos. 

KC: Eso es cierto. 

KA: No, no puedo estar pensando todo el tiempo, mis padres. Digo: «Ah, fuman, bueno, fuman, yo como chicle». 

KC: En tu última novela Quiénes somos ahora, dijiste una frase maravillosa que me dejó pensando: «La vejez comienza cuando los recuerdos pesan más que las ilusiones» ¿Katya, te has sentido vieja ya? 

KA: No. Esa es una cerámica que mi mamá tenía la entrada de casa. No es mi frase. Ahí dice, era una un letrero que mi mamá tenía. Siento que envejezco y me gusta. Me gusta crecer, me gusta tener la edad que tengo. No me he tiño el pelo, no me he hecho nada en la cara. Apenas uso cremas. A mí me gusta el paso del tiempo sobre las cosas. Y el paso del tiempo sobre los cuerpos, y como escritora hace muchísimo bien envejecer. Solo puede salir mejor, más vida, mejor escritura. Está muy bien habitar este edad. 

KC: Fuiste atleta. Tienes unas piernas largas, por ahí dijiste, ahora te veo sentada, no sé cuán alta eres. Yo soy chiquitita, entonces no sé ¿Cómo conversa el deporte con tu literatura? 

KA: Mira, el ejercicio tiene algo que es el hábito. Ni tengo que escribir, ni tengo que hacer deporte. No hay que hacer la cama, quizás no hay que bañarse todos los días, pero hay cosas que se te hacen hábito, es decir, te habitan, te terminan habitando. Como ahora vivo en una ciudad con climas que no permiten el deporte al aire libre como en Lima, puedes hacer deporte afuera todo el año. En cambio allá, tienes que ver el clima y me olvido, salgo con la bici y está lloviendo. He resignado un lado muy deportista de mí. Pero estoy caminando mucho en Buenos Aires también. Cambié el agua por la caminata. Pero conversa mucho porque estás todo el tiempo, dices, voy a hacer deporte para no pensar, pero solo piensas, no se deja de pensar nunca. Y escribir es eso también, son las conexiones amorosas entre las cosas en los relatos. Conversan todo el tiempo. Yo no tengo horarios, en general, para hacer las cosas. No soy una persona que diga hoy voy a caminar de dos a cuatro. Salgo cuando me provoca, escribo cuando me provoca. Se parece en el caos organizado, se vuelve muy orgánico. Voy a caminar y salgo, voy a escribir y escribo. Es una decisión sin tanto pensamiento detrás 

KC: O sea, no eres una persona de rutinaria, de tener una agenda fija. ¿Vives cada día particularmente?

KA: Sí, casi todos los días escribo, aunque sea una línea. Abro la compu y escribo. Sobre todo si estoy en un proyecto escribo todos los días. A veces, lo dejo descansar. 

KC: Tengo una duda súper grande, no es tan grande, pero es una curiosidad. ¿Cómo es andar en bicicleta en Buenos Aires? 

KA: Es diferente porque en Lima se monta pegado a la derecha. Pero en Buenos Aires son más inteligentes porque se dan cuenta que a la derecha te frena el bus. 

Entonces se monta a la izquierda, eso aún no he podido hacer. 

KC: ¿A la izquierda del bus?

KA: No a la izquierda del carril. O sea, en Lima se va a la derecha y la derecha es el carril del bus. Entonces en Argentina se va a la izquierdo, pero ese pegarme a la izquierda me es raro porque yo estoy pegada a la derecha, en bici, solo en la bici, en la vida voy pegada a la izquierda. 

KC: ¿Oye, Katy, por qué no nunca aprendiste a manejar o no manejas? 

KA: No sé, ni mi hermana ni yo manejamos. Teníamos ahí como una cosa medio de trauma con el manejo. Pero aparte de manejar en Lima es terrible. Pero a veces me provoca. De hecho, he ido tres veces a clase de manejo y siempre manejé, pero hay algo que me preocupa mucho matar a alguien. Más que morir, me preocupa mucho atropellar a alguien. Siento que en la bici solo muero yo, pero si estoy en un auto y mato a alguien, no podría vivir con eso en mi conciencia. Entonces me adelanto a algo que quizás nunca pase. Pero este año dije, a ver, voy a manejar. Me parece muy adulto manejar, de las cosas adultas que me falta hacer es manejar. Quizás maneje, pero vamos a ver. No quiero ponerme promesas año nuevo y después no hacerlo. Pero es algo que vengo postergando. 

KC: ¿Oye, y cómo es ser una peruana en Buenos Aires? 

KA: Depende, porque yo soy una peruana que emigró con trabajo, entonces mi migración es muy diferente, no es una migración precaria y eso a donde vayas te cambia, te da otra posición desde la cual mirarte y sentir pertenencia. Lo que es muy bonito en Argentina, yo no sé si ahora cambie con este señor, pero es muy lindo porque llegas y te dan el DNI a los dos meses. Y luego te dan el DNI a los dos años, a menos que tengas una requisitoria, para todos es igual. Ese gesto de acogida te hace entrar al sistema, te hace tener que declarar impuestos, estás lista para trabajar. Entonces no quedas fuera del sistema, eres parte del sistema económico, y eso ya mentalmente te instala en el lugar, porque te sientes legal con los mismos derechos y los mismos deberes. Eso para mí ha sido precioso y siempre le agradeceré a Buenos Aires y a Argentina lo acogedora que es en ese sentido. Pero yo soy muy consciente de que hay muchos peruanos regresándose ahorita, que están sin trabajo, ganas en pesos y es terrible. Yo tengo la suerte de todavía ganar soles, puedo mandar. Es muy diferente como se mire. Entonces no te puedo decir una peruana en Buenos Aires porque no sé, depende de cómo haya sido el viaje, y yo he tenido quien me acoja, quien me ayude. Siempre tuve, nunca he sentido esa esa intemperie que debe ser un desconsuelo terrible.

KC: ¿En qué estás trabajando hoy si podemos saber, en qué proyecto Narrativo? ¿Y qué estás leyendo? 

KA: Sí, ahorita estoy trabajando unos cuentos que vamos a ver qué sale, aún no sé nada. Y leyendo, recién he empezado Antología de cuentos estadounidenses curada por Richard Ford. Pero estuve leyendo mucho a Willa Cather, sus ensayos de escritura. Ella me encanta. Y una antología de cuento que estuve leyendo también de autoras peruanas, como si no bastase ya ser, que la habían leído hace tiempo y ahora la estoy releyendo. A veces releo. 

KC: ¿Y Katya sigues  siendo tan buena lectora como era cuando eras chica, un libro al día.? 

KA: No, claro que no, ahora hay que trabajar, hay que vivir. No, ahora depende. No leo tanto como antes, para nada, ni con esa frescura ni con esa alegría. Hay que leer resistiendo la permanente interrupción. Hay que dejar el el WhatsApp en otro cuarto. Es tremendo. Nos interrumpen todo el tiempo. 

KC: Muy difícil.

KC: Es un ejercicio, casi como con la rigurosidad que se hace en deporte, también hay que poner rigurosidad a la lectura.

KA: Total. No permitir la interrupción. 

KC: Absolutamente. Katya. Te agradezco mucho por esta entrevista. Me encantó conversar contigo y conocerte.

Cierre

Así terminamos con el ciclo de esta escritora peruana que nos deleita con su escritura intimista y particular. ¿Qué fue lo que más te sorprendió? Escríbeme, te espero así este programa se convierte en una conversación. Siempre en mi correo karen@karencodner.com Chaooooooo.

 

 

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