#149 Entrevista a Andrés Montero y Marcelo Simonetti

#149 Entrevista a Andrés Montero y Marcelo Simonetti

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Hola, hola ¿cómo estás? Soy Karen Codner y te doy la bienvenida al programa 149 de Espiral.

En este nuevo capítulo conversé con dos importantes y destacados narradores chilenos: el escritor y narrador oral Andrés Montero y el periodista y escritor Marcelo Simonetti. Fue una conversación muy especial, presencial en Santiago, Chile, y con público.

Dos autores que, desde lugares muy distintos, han construido una profunda relación con el oficio de la escritura y las historias.

Andrés Montero ha trabajado una obra que cruza literatura y narración oral, y ha sido reconocido por libros como La muerte viene estilando y El año en que hablamos con el mar. Marcelo Simonetti es escritor, periodista y dramaturgo, y su obra incluye narrativa y literatura infantil, entre las que destacan Dibujos de Hiroshima y Los migrantes. Ambos autores han obtenido importantes premios tanto en Chile como en el extranjero.

En esta entrevista hablamos sobre sus inicios, sus recuerdos familiares, la importancia del territorio y las historias e influencias que recibieron en su infancia. También reflexionamos sobre la pasión que existe por el ejercicio de escribir, el sentido de la literatura, la escritura como oficio y el rol que cumplen los premios en el mundo literario.

Además, conversamos sobre lo inevitable: el futuro de la escritura frente a herramientas de inteligencia artificial. ¿Qué pasará con la literatura? ¿De qué manera se defenderá lo humano? Tanto Montero como Simonetti entregan perspectivas lúcidas, marcadas por la sensibilidad que caracteriza al oficio, y también esperanzadoras.

Una conversación íntima, profunda y honesta sobre la necesidad de la escritura, de la literatura y de contar historias.

 

Recuento personal

Tal como les conté en el programa anterior de Cuestionario Espiral, ya estoy en otra etapa de mi trabajo final del máster de escritura creativa. Una de artesana: editar y reescribir. En un mes debo enviarlo para que lo lean los integrantes de la comisión, porque el primero de julio estaré allá, si Dios quiere, en Barcelona, defendiendo este trabajo.

Hice un gran cambio en mi vida, y no es menor. Me sumé a otro grupo de trote que, al igual que el anterior, se reúne martes y jueves, pero en otro lugar: el Estadio Manquehue. Y tiene pista, que era algo que yo quería hace mucho. Pero además, también ahí está mi prima, con la que soy muy amiga, y para mí es más fácil ir, más motivador. Bueno, es más entretenido. ¿Están de acuerdo?

En el último tiempo he vuelto a la cocina, porque he descubierto que me relaja y me entretiene cuando estoy cansada y nerviosa. El domingo cociné ñoquis, que aprendí en unas clases de cocina que estoy tomando con Mary Palma. Y algo muy, muy feliz que me pasó fue que justamente mi hijo Simón fue conmigo a esa sesión de clases. Y el domingo, para los ñoquis, también tuve la ayuda de mi hijo mayor, Tomás.

Conocí en persona al escritor argentino Patricio Prón. Fui a escuchar la presentación de su libro En todo hay una grieta y por ella entra la luz. A él lo entrevisté en el programa 105.

Sigo leyendo a un buen ritmo y, cuando no estoy escribiendo para el trabajo del máster, vuelvo a revisar y a reescribir cuentos que ya están “levitando” en mi carpeta de Dropbox. Algo que una aprende como escritora es que el tiempo es un ingrediente básico para mejorar. Mientras más tiempo dejas descansar un escrito, mejor. Es como la alquimia: los ingredientes, que son la trama, los personajes y las palabras, los vuelves a combinar para sacar algo más bello, más armónico, más interesante. En fin, mejor.

Por eso, si escribes, debes tener paciencia y permitir la pausa, aunque creas que el texto está perfecto.

Y hace poco también, hace unas horas, supe que Leila Guerriero ganó el Premio Strega, que es un tremendo reconocimiento. Bueno, y a ella la entrevisté hace muy poco en Espiral. Así que te invito a que la vuelvas a escuchar o la vuelvas a ver en mi canal de YouTube. Es un tremendo premio a nivel europeo y lo ganó gracias a su libro La llamada.

En fin, ya sabes: si disfrutas de estas conversaciones y reflexiones, tu apoyo hace una gran diferencia. Deja tu comentario, valora Espiral en la plataforma donde lo escuches y comparte el podcast con quienes también disfrutan de las buenas historias.

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Y ahora los invito a escuchar la entrevista en profundidad a Marcelo Simonetti y a Andrés Montero.

 

Entrevista 

KC:  Marcelo es una persona muy generosa y cuando empecé el podcast Espiral era plena pandemia y patudamente lo contacté y tuvimos una entrevista. Eso fue en el programa veintidós, ahora llevo ciento y tanto, o sea, ya ha pasado mucho tiempo y en ese sentido, como yo estoy hablando de los inicios. No, perdón, Marcelo, fue el 2020. Llevábamos cien días de pandemia y tú recién habías publicado Dibujos de Hiroshima en julio de 2020. 

Hablemos de los inicios, de cuando uno ignora que se va a convertir en escritor. Joan Didion dijo que ella escribía para saber lo que piensa. Y no sé si ustedes lo tenían tan claro en sus inicios. Por ejemplo, Marcelo, tú me contaste que no eras tan buen lector y que la figura de un profesor fue gravitante para ti. En el caso de Andrés, por lo que pude investigar, las historias orales tienen un fuerte vínculo con tu papá, que jugó un rol determinante. 

MS: Gracias por la invitación al podcast, Karen. Y para responder tu pregunta, efectivamente, yo no era un buen lector cuando chico, me entretenía más correr hacia una pelota, quería ser futbolista, de hecho, y comencé a cambiar mi relación con los libros a partir de lo que efectivamente me dijo un profesor, que me planteó que abrir un libro era como era como entrar en un mundo desconocido, como los exploradores del siglo XIX, que entraban en el África profundo, o esos montañistas que se aventuraban a la cima del Everest. Y a partir de ahí, mi idea respecto a los libros cambió inicialmente. Yo de hecho, yo creo que algunos se acordarán del suplemento Icarito. Icarito tenía unos resúmenes de novela, resúmenes de libros. Todos los libros decían ciento que le decían ciento cincuenta páginas, doscientas páginas, lo dejaban en 10 páginas. Y yo antes de escuchar a este profesor, lo que hacía era leer esos libros cuando tenía control de la lectura, porque en realidad me aburría leyendo. Pero cuando este profesor me dijo esto, la cosa comenzó a cambiar. Y después, ya con catorce años casi, ya estaba leyendo, obviamente, escuché algo que dijo Jorge Luis Borges respecto a los lectores, que los lectores se dividían entre aquellos que leían para distraerse, para evadirse del mundo que les toca vivir, y otros que leían para encontrar el mundo al que pertenecían. Y esa frase me quedó dando vueltas porque no entendí bien a qué se refería eso. Podía entender por qué uno leía para evadirse, pero no para encontrar el mundo al que uno pertenecía. Hasta que, obviamente, tomé un libro y efectivamente me encontré con personajes a los que les pasaban cosas que a mí me pasaban, que pensaban cosas que yo pensaba y ahí entendí lo que decía Borges de que es posible encontrar en un libro el mundo al que uno pertenece. Yo diría que esas dos frases me hicieron convertirme a la patria de los lectores, si no todavía estaría corriendo detrás de una pelota. 

KC: Edmundo Paz Soldán, no sé si lo ubican. Bueno, también quería ser futbolista.

 MS: Él iba a jugar en Estados Unidos.

KC: Bueno, pero entró a la universidad, gracias a una beca por fútbol. Miren. Cuéntanos tú Andrés.

AM:  Yo también quería ser futbolista.

KC:  No, pregunto de qué equipo, porque si no.

AM: No, lo que pasa es que uno está buscando para qué es bueno. Yo en el curso parecía ser de los mejores, yo no sabía hasta que llegué a un curso y me di cuenta de que era mejor que lo otro. Entonces yo decía que quería ser futbolista hasta que me di cuenta de que para ser futbolista había que ser muy bueno, el mejor no del colegio, sino que de la ciudad. Y ahí entonces busqué otra vocación y en esa andaba cuando decidí escribir un cuento y lo decidí escribir porque todas las noches – bueno en mis recuerdos todas las noches, seguramente era una vez a la semana- pero mi recuerdo todas las noches, sagradamente cuando mi papá llegaba del trabajo, que trabajaba mucho y llegaba muy tarde, se acercaba a la pieza en la que dormía yo con dos de mis hermanos, somos muchos, los tres chicos dormíamos juntos y entonces aparecía la pieza ya toda oscura, se abría de la puerta y aparecía la sombra del papá, que decía ¿Están despierto? Nosotros decíamos sí. Él entraba y acostaba en la cama del suertudo porque el papá se acostaba al lado de uno. Y empezaba a contar lo que se le ocurría. Generalmente eran historias relacionadas con mi abuelo, o sea, su papá y cosas que mi abuelo contaba, que parece que era muy cuentero. Yo no alcancé a conocer a mi abuelo, lamentablemente. Entonces mi papá se aprendió todas esas historias porque mi abuelo era como un casete, un disco rayado, o sea, no dejaba de hablar. Pero parece que era muy entretenido. Entonces mi papá se aprendió la historia como de memoria y nos contaba la historia del abuelo, pero también tallas que hizo él, mucho cuento del tío. Y, sobre todo, la historia que a mí más me gustaba, el día en que se encontró con el Tue Tue en un cementerio. Mi papá con quince años, ahí en el campo que tenía que cruzar de aquí para allá de noche y se le apareció Tue Tue. Seis, siete años, historias para dormir, o sea, no eran un objetivo. Pero se suponía que mi mamá lo mandaba para que hiciera eso. Y entonces cuando nos quedábamos en silencio, mi papá suponía que era que ya no habíamos dormido, entonces se empezaba a levantar despacito para irse. Y entre nosotros nos decíamos «Hablen, hablen, para que no se vaya» porque así se daba cuenta de que no nos habíamos dormido y tenía que seguir. Eso duraba mucho rato. Y yo escribí un cuento un día como por devolverle la mano, un día dije, papá, escribí esto, un poco para él. 

La otra vez alguien me preguntaba en un momento como íntimo, como quien dice, en un lugar como este, pero que ya había pasado mucho rato y estábamos en confianza y alguna pregunta aparecía. entendí y fue muy emocionante cuando me di cuenta porque estaba en público, que ahora escribo por muchas razones, porque me gusta, porque lo paso bien, porque me gusta conectar más con los lectores, porque creo la literatura como una forma de cambiar el mundo y por muchas razones, pero en verdad escribo para volver a la pieza oscura donde mi papá estaba al lado y ese era el único lugar, sigue siendo el único lugar o el lugar más seguro del mundo.

 KC: Listo, buenas noches. 

También acá tenemos algo que es interesante. Los dos estudiaron algo vinculado con las humanidades, pero no estudiaron la carrera de literatura. Marcelo estudió periodismo en la Universidad Católica y Andrés teatro.

 AM: No, no estudié nada.

 KC: Y oye, entonces miente internet.

 AM: Si le preguntas a Chat GPT, seguro que miente, siempre. Pero Wikipedia no sé. 

 KC: ¿Por qué estudiaste un semestre de historia? 

AM: Estudié un semestre de historia.

 KC: ¿Y qué tiene que ver con teatro que me salió?

AM: No, nada. Yo me dediqué a contar cuentos. Pero no estudié, tomé un taller de narración oral y, a partir de eso, fui formándome con distintos narradores orales de distintas partes de Chile y otros países.

KC: Bueno, entonces no estudió, les queda claro. Pero estudió otras cosas.

 AM: O sea, digo, no estudié formalmente en la universidad. Yo siento que he estudiado mucho.

KC:  Pero en ese sentido, ambos son apasionados por lo que hacen. A mí me encanta, cuando yo descubrí a Andrés, que él se define como un cuentacuentos y narrador, y escribir es parte de esto. Si ustedes ven, y los invito a que vayan al website y lo que hace, porque son muchas cosas distintas, ahí ves la pasión que él tiene. 

Y Marcelo, a su vez, también tiene muchos intereses, o sea, no solo escribe, ha trabajado como periodista, tiene un podcast, es fotógrafo. Está constantemente buscando nuevas formas de expresarse. Y quisiera saber ¿qué roles juegan en ustedes esta pasión en lo que hacen? ¿Si podrían ser tan buenos o se podría vivir de esto sin esta pasión?

 AM: Yo siento que, en cualquier cosa, en literatura, en arte, o en ingeniería, o vendiendo zapatos, lo más importante es amar lo que uno hace, sin ninguna duda. Y eso, yo creo como que, en mi caso, por lo menos como nace de un convencimiento profundo de que lo que hago tiene sentido. Yo creo que por eso no logré terminar la universidad, porque yo decía ya, pero ¿qué tiene que ver conmigo que los bárbaros invadieron Roma el año 400 después de Cristo? Y como no lo encontraba sentido, me terminé como yendo a buscar el sentido, y ahí lo encontré en los cuentos orales. A mí me pasa como dándole como vuelta a esto de pensar como en lo que hago, porque todo lo que tú mencionaste, que me encanta que te hayas metido en la página web porque es nueva, tiene como cinco días, así que me alegra que alguien la haya visitado ya. Pero claro, viendo todo como que está el festival de cuentacuentos y la escritura y la oralidad, la narración. Dándole una vuelta, he pensado que yo me siento un narrador y esa es mi pasión, la de contar historias, y que el narrador, la persona que contaba cuentos, ha estado presente siempre. Entonces porque transmitía la memoria y la identidad, los mitos, las leyendas, pero dije ya, pero ¿por qué hay narradores? ¿por qué tengo sentido? Así como los profesores no tienen que preguntarse demasiado por qué tiene sentido, porque todos sabemos o los funcionarios de la salud, en fin, pero los narradores, los artistas, pero ¿para qué estamos? Y el narrador en particular, la función que tenía – antropológicamente, esto puede ser discutible – pero digamos del lado poético por lo menos era que cuando venía la tribu y se juntaban todo lo venían persiguiendo o creían que por acá había tigres dientes de sable o que se yo, entonces contaba cuentos, así se contaban los cuentos, se ponía un fuego ahí y se contaban historias. Entonces llegó el convencimiento de que la razón de ser, de contar cuentos, de escribir en el fondo llevándolo a eso o de la poesía incluso es que los adultos no se duerman, es mantener despierto a los adultos porque afuera están las fieras. Entonces, claro, hoy día no hay fieras o creemos que no hay fieras. Entonces cuando yo digo, cuando cuento cuentos, no es para que los niños se duerman. Yo cuento cuentos para mantener despiertos a los adultos porque afuera están las fieras y tenemos como que defendernos. Y ese como convencimiento de que lo que hago tiene sentido porque nos mantiene despiertos, unidos y cohesionados frente a los Trump del mundo, que para mí son las fieras hoy día, me convence de que lo que hago es importante y que la comunidad necesita sus narradores, necesita a Marcelo, necesita a Karen y también necesita a Andrés.

MS: Mira, yo escuchaba a Andrés y creo que tenemos bastantes coincidencias. Yo soy periodista de profesión y tengo esta carrera de escritor o este trabajo como escritor, el oficio, mejor dicho. Y cuando me preguntan cómo me defino, yo no digo que soy un narrador, pero sí soy un contador de historias, que las cuento a través del periodismo, a través de la literatura para adultos, de la literatura infantil, y tengo también una pata en el teatro, he hecho varias, varias obras, de hecho, gané un premio de la Muestra de dramaturgia 2020, y en todos esos ámbitos, lo que hago es contar historias de diferente manera. Con el correr del tiempo yo he hecho un trabajo, es que me siento muy orgulloso, porque he ido dejando de hacer las cosas que no quiero hacer, ya pasé hace rato en los cincuentas, y voy de cabeza a los sesenta y me he dado cuenta de que de que uno ha venido a la vida finalmente a hacer las cosas que lo llenan de alegría, placer, pero que también sirven para aportar en algo al mundo que nos toca vivir y, en esa lógica, me parece que la posibilidad de contar historia nos da también la posibilidad de generar comunidad, de unirnos. Tal como decía Andrés, las historias era lo que congregaba a nuestros antepasados en torno a un fuego y más allá del tema de las fieras creo que las historias también nos permiten mantener esa memoria en la que finalmente nos reconocemos y siento que hay ahí, aunque no me gusta decir que la literatura tiene una misión, siento que ahí hay un propósito, a mí me gusta contar historias no solo porque me entretiene escribirlas sino también porque siento que de pronto si esa historia puede hacer sentido en un otro ya me doy por pagado. Hace ya catorce años me tocó hacer unos talleres en el SENAME, con adolescentes privados de libertad que habían delinquido. Me acuerdo que las primeras sesiones eran bien complejas porque uno iba con toda la carga de prejuicios respecto de esos niños, y los niños tenían también muchos prejuicios respecto de este señor que venía, quien sabe dónde, a contarle lo que era las historias. Y, sin embargo, al cabo de un tiempo, esos prejuicios se derrumbaron y me pasaron cosas, porque me acuerdo que uno de los ejercicios que hacía era, yo le entregaba cinco o seis palabras o les pedía que me dijeran cuáles eran sus palabras favoritas, le entregaba todas las palabras a un bote, digamos, y después tenía que sacar cinco palabras. Y les pedía que escribieran una historia aparte de esas cinco palabras. Y uno de los chicos siempre me dijo – que después incluso escribió obras de teatro cuando salió de la libertad – me dijo, yo en ese momento le encontré mágico porque nunca pensé que podía escribir algo, y cuando vi en esas cinco palabras que son sacadas al azar como que la historia se me armó sola y escribía, y escribía. Y escribió. Entonces creo que yo creo que las historias tienen un poder, digamos, para, no sé si cambiar el mundo, pero cambiar cuando menos la forma de mirar que tienen las personas. Entonces, tal como decía Andrés, yo creo que el propósito en la vida es súper importante y con el tiempo, mientras más viejo me pongo, encuentro que hay algo ahí en el contar historias, en compartir historias, incluso en el leer historias que creo que nos permite ir desarrollando un tejido humano, un tejido social que es súper importante para poder mantener cierta cordura en nuestros días.

KC: Marcelo es de Valparaíso, ¿sí o no? 

MS: Así es.

KC: Andrés es de Santiago, pero tienes un fuerte vínculo con el norte de Chile y viviste en La Unión un año, ¿verdad?

AM: Sí. En el norte por el lado de mi papá porque era de allá y también en el sur.

 KC: Y estuvo una semana en un circo. No sé si eso también ayuda a algo.

 AM: Viví en un circo.

 KC: Eso cuenta como algo. ¿Cómo marcan estos territorios a lo que ustedes escriben?

 MS: Valparaíso es una ciudad bien especial, aun cuando está bastante descuidada. Yo cada vez que vuelvo, que no es tan seguido, pero por lo menos una vez cada dos meses, trato de buscar la ciudad que dejé cuando era niño y adolescente. Yo me vine a Santiago a los 16 años y no volví a vivir ahí de manera permanente. Entonces, cada vez que vuelvo trato de buscar la ciudad que conocí y que claramente, a esta altura, ya no está. Pero me quedo con esa condición de provinciano, me gusta defenderla porque siento que hay una forma de vida de las provincias, de las regiones que, bueno, en ese tiempo, ha pasado mucho tiempo, pero que era una forma distinta a la que se vive en las grandes urbes, una cosa más íntima. La importancia del barrio, la importancia de un barrio donde podía convivir un señor con mucho dinero y un carpintero, un maestro de chasquilla. Yo creo que en ese sentido, Valparaíso me marcó por el tema de la mezcla, esta suerte de mixtura de personajes tan distintos y disímiles que podían convivir en un mismo territorio. Y creo que esa experiencia o ese aprendizaje de alguna manera ayuda a construir una suerte de sensibilidad distinta, donde tú puedes ponerte en el pellejo del otro porque compartiste con él, porque lo conociste, porque lo entiendes. Y en buena medida creo que cuando uno escribe, lo que hace es precisamente compartir ciertas diferencias. A mí me gusta decir que al propósito del taller de lectura que tenemos en Lo Barnechea, a mí me gusta decir que cuando uno lee, en el fondo lo que hace es pedir prestada la cabeza de otro, el imaginario de otro. Y siento que en ese ejercicio uno puede entender que quizás la verdad propia no es la única verdad, que hay otras realidades. Y me gusta ser parte de ese proceso, que creo, como decía, es una herencia de esa vida en provincia. No digo que viviendo acá no se pueda conseguir, pero creo que tiene uno un condimento especial en la posibilidad de que en estos rectángulos uno pueda experimentar el ser otro o pensar con la cabeza de otro, me parece que es un ejercicio saludable y aun cuando en mi niñez y parte de mi adolescencia yo era renuente a tomar un libro, creo que igual aprendí a partir de esa mezcla la posibilidad de recrear esa multiplicidad de historia a partir de un cuento o una novela. Entonces, para mí al menos Valparaíso en particular ha sido una especie como de pequeña escuela literaria sin que yo lo haya visto así siendo un adolescente o un niño. 

AM: Bueno, en mi caso, claro, yo de santiaguino, entonces he ido como reevaluando el hecho de ser santiaguino y también como defendiendo el hecho de querer quedarme en esta ciudad, que es la que me vio nacer. Y claro, cuando digo ¿qué es lo que me gusta de Santiago? lo que más me gusta es la cordillera, pero es como ver la cordillera y ver hacia el otro lado como no el mar, porque no se ve, pero la posibilidad del mar. Como que uno si se va para allá, llega al mar. Entonces como que yo es verdad que he escrito muy poco de Santiago, pero porque siendo santiaguino, cada vez que llegaba a otro lugar, venía al revés de lo que decía Marcelo, venía como con el extrañamiento en términos antropológicos como cuando uno dice «‘y acá qué onda». Y entonces siempre he sido muy mochilero, quizás por lo mismo, de mirar la montaña y preguntarse qué hay para allá o de ver que hay hasta el mar, en una hora podría estar en la playa, en una hora podría estar en la nieve, quizás como la gran maravilla que tiene Santiago, yo creo. Entonces eso me hizo como agarrar la mochila. desde chico de trece años con los scouts. Entonces, íbamos haciendo una cosa tan irresponsable, nos dejaron solos a cuatro chicos de trece años haciendo dedo, los camioneros te subían, nunca nos pasó nada, pero hoy día creo que ya no se puede. 

Y entonces así fui conociendo los territorios de mis imaginarios, las historias que contaba mi papá, o incluso los libros que leía, como que Santiago no aparecía mucho. Y si aparecía un Santiago que me llamaba la atención era como el Santiago de Martín Rivas o el Santiago de mi abuelo que era como el Santiago de 1930, del Club de la Unión, que sé yo, como otro Santiago, una ciudad que yo no conocí. Entonces, cuando llego a un pueblo más chico, no sé, voy a Alhué, por ejemplo, no sé si alguien ha ido a Alhué, pero es como que en verdad pareciera que estaban en varios años atrás, pero no en el sentido de que no haya progreso.

KC: ¿Dónde queda Alhué?

AM: Alhué es Región Metropolitana, pero es muy directivo porque para llegar a Alhué hay que salir de la Región Metropolitana y después volver a entrar. Estaba como atrás de unos cerros y dicen que ahí el diablo perdió el poncho. Hay un libro de Abel Rosales, Los amores del diablo en Alhué. Bueno, entonces es tierra de leyendas, tierra de mitos. Pero es por poner un ejemplo que da la sensación de que el tiempo corre distinto. 

Entonces siempre he sentido como esa llegada a otros lugares como el viajero que se sorprende, por lo tanto, como el cronista que tiene mucho que decir porque está viendo todo con los ojos extrañados del que no vive ahí. Me pasó cuando viví en La Unión, que fue solo un año, que está cerca de Osorno, no sé si alguien conoce, y claro, y al principio yo estaba un año de servicio social, como una especie de servicio de país. Entonces decía, oye, reunión, nos vamos a juntar la parroquia a las ocho y la gente empezaba a llegar a las ocho cuarenta, tranquila. Y cuando ya estaban todos a las nueve y el Santiaguino era el único que estaba desde el principio, decía, bueno, pero antes de empezar la reunión vamos un ratito para ponernos al día. Y yo decía, pero ¿cómo? Y me costó entender la riqueza de eso, de que la reunión sí, la vamos a hacer, pero lo más importante es ponernos al día y hacer comunidad. Entonces bueno, he visto los territorios siempre es como así. ¿Qué puedo aprender de ese territorio que no es el mío? Al menos no el de nacimiento y del que uno se puede ir como apropiando en el buen sentido y que parte algo lento. Yo me retiré de mi carrera como cronista, me hubiera gustado, los cronistas, el que tiene suerte va una semana a un lugar y yo me di cuenta de que las cosas pasan, empiezan a pasar como a los cuatro meses que uno está ahí en un lugar y empiezan a pasar cosas y eso como que requiere tiempo. Y al santiaguino le cuesta entender eso, siento yo. Entonces me he revelado un poco con esa herencia capitalina.

KC: A ver, de manera muy humilde con Andrés tenemos ahora algo en común. Él cursó el mismo máster que yo estoy cursando ahora, que es un máster en Escritura Creativa en la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona. Me quedan un par de meses. Y hace un par de años, cuando publicaste El año que hablamos con el mar, no eras papá en ese entonces, era muy distinta tu vida, fuiste el 2021. ¿Cómo fue convertirte en estudiante?

 AM: Fue una novedad. Bueno, fue especial, primero porque todos mis compañeros tienen el título de máster y a mí me dieron el título de que cursé el programa, como no tengo pregrado, no me podían dar el máster, bueno, a nadie le importa, digamos, pero yo decía: «oye, pero hice lo mismo que todos»

KC: Tengo el caso de una amiga mexicana que ganó el premio de cuentos Juan Rulfo, que es el mismo caso.

AM: Ah, ¿también?

KC: Sí. No terminó psicología, le faltó no sé.

AM: Vamos a hacer un sindicato. Me gustó mucho ser estudiante porque tuve la experiencia muy poquito, digamos, muy poquito rato. Y, además, pasaba que éramos todos, la mayoría, no sé si en tu caso fue igual, latinoamericanos. Había cuatro o cinco españoles que además no eran de Barcelona, o sea, había una de Barcelona. Entonces éramos todos como extranjeros, al respecto de lo que hablamos de los territorios, entonces lo pasamos tan bien, porque nadie tenía familia que ir a ver el domingo, la mamá saludar, la abuelita, nadie tenía nada que hacer más que ver a los amigos. Fue un año espectacular, de pasarlo muy bien, de hacer muchos amigos, que se mantienen hasta el día de hoy, ahora nos intercambiamos los libros cuando están terminados para corregirnos, qué sé yo. Y sobre todo como de ponerse, a mí me preguntaron harto, yo ya tenía varios libros publicados, y me dicen, ¿Pero para qué va a hacer un máster si eso es para la gente que quiere publicar, no para los que ya están publicando? Entonces yo respondía, y respondo lo mismo hoy día, yo me considero un escritor de formación, ojalá que sea un escritor de formación siempre. Siempre uno tiene que estar aprendiendo. Si tengo la posibilidad de aprender de otros escritores, además que los profesores eran Samanta Schweblin, Andrés Newman, tampoco iba a aprender de qué sé yo, o sea, gente de la que me interesaba aprender. Así que la verdad que me gustó mucho y aprendí mucho, pero sobre todo creo que me volvió a despertar esto de que tenemos que estar, yo creo que todas las profesiones y oficios, pero bueno, hablando de la literatura, siempre como al día, siempre leyendo a los contemporáneos y siempre sabiendo que, como decía Henry James: «Lee primero los libros buenos. De todas formas, no alcanzarás a leerlos todos». Entonces eso como es tan infinito, que creer que uno porque publicó un par de libros y ya sabe, es un error que espero no cometer nunca.

KC: Bueno, cualquiera que cree que sabe mucho, estamos mal. 

Conversemos sobre escribir, sobre cómo escriben, la metodología, la rigurosidad, estas cosas que nos encantan a todos ser medio, somos todos un poco voyeristas, que nos encanta saber cuáles son las rutinas de los escritores. Hemingway dice que escribía todas las mañanas. Gabriel García Márquez no se tomaba vacaciones. Margaret Atwood no se movía hasta las cuatro de la tarde o por lo menos hasta que había escrito dos mil palabras. Stephen King, todos los días a las ocho de la mañana. Samanta Schweblin, que la tuve de profesora, dice que tiene su casa plagada de libretitas, entonces, por ejemplo, va al baño y se encuentra con una libretita y tiene que escribir o va a la cocina, abre una estantería y ahí hay otra libretita. ¿Cómo se organizan ustedes en torno a la escritura?

MS: Bueno, yo no me organizo mucho, soy medio despelotado para escribir, porque tampoco soy un escritor profesional en términos de disponer todo el día para poder escribir una novela, o sea, tengo que lidiar con otras cosas. Pero trato de aprovechar el mayor tiempo posible para pensar en literatura o para pensar en los proyectos literarios que tengo, porque más allá de lo que tú mencionabas de la rutina de algunos escritores, en mi caso las historias llevan mucho tiempo en la cabeza antes de sentarme a escribir, como que las voy pensando, me las llevo puesta en las historias y pienso en ellas, pienso en los personajes, que es un poco lo que me acomoda, porque no sé, incluso los domingos cuando voy a comprar a la feria, voy pensando en las historias y las voy tratando de desarrollar, resolver algunos conflictos creativos que se te plantean, pero siempre estoy pensando en esas historias. Y lo otro que hago mucho es que voy trabajando con varios proyectos a la vez. Ojalá no mezclar dos novelas, sino que una novela con un libro de cuentos, un libro de cuento infantil de pronto. Entonces, de pronto es como si fueran amigos a los que los va a visitar y de pronto tener más afinidad con uno de ellos y le dedicas más tiempo y otros están un poquitito olvidados, tan olvidados que a veces quedan en el olvido para siempre. Me encantaría ser metódico y tener, por ejemplo, levantarme a las seis de la mañana y escribir hasta las 12, pero tengo una vida media rara en términos de que hago muchas cosas en distintos lugares, entonces no puedo poner el tiempo a mi antojo, pero cuando puedo trato de escribir o de estar pensando en los libros. De hecho, yo hace rato que soy independiente, pero cuando trabajaba como periodista en El Mercurio, por ejemplo, le robaba espacios al diario, hacía como estaba escribiendo la nota de turno, pero estaba escribiendo la novela o el libro de cuentos. Entonces siempre he estado como robándole espacio a otros, o sea, tiempo a otras actividades, pero no soy un metódico.

AM: Bueno, me pasa algo parecido, que es una pena en verdad, pero como estar robándole tiempo a otras cosas. Yo hago gestión cultural y me dedico a contar cuentos, entonces voy mucho a colegios. Y, entonces, así como que el día ideal me levanto muy temprano, escribo tres horas y como que ya escribí, me queda el día para, me gusta mucho salir a caminar. Bueno, también lo mismo que dice Marcelo, ir pensando en la historia, dándole vueltas. Generalmente, cuando tengo una historia que puede ser un cuento, la maduro como por unos dos años, tranquilamente. Y un día la escribo. Entonces, cuando escribo, generalmente, cuando estoy concentrado y logro escribir y nadie te molesta, por eso puede que sea muy temprano, porque nadie te va a molestar, me fluye bastante bien porque las ideas las tengo bien preparaditas. Lo que hacía García Márquez, entiendo yo, no sabía que no se tomaba vacaciones, pero tiene una foto en que él se ponía como un overol, una cotona así azul, para que la familia viera el efecto de que él estaba trabajando como si fuera un obrero, para que supieran que estaba en su horario de trabajo. Entonces, yo he fantaseado con esa idea, cómo podría ser. Bueno, cuando yo hace unos años íbamos a ver a los suegros, mis suegros viven en Batuco, entonces hay como una pequeña parcelita y algo de árboles y me iba para atrás a tratar de escribir en ese ambiente y la familia de Nicole, de mi señora, es muy de construir, constructora, cero lecturas. Entonces, el comentario especialmente de mi suegra era: «pero ese niño está sacando la vuelta, no quiere ayudar. Yo decía: «No es que estoy tratando de escribir una novela», «que novela». Pero un par de años después me dieron un premio en México, era harta plata, eran hartos palos. Y fui a México, fotos con el presidente de la comunidad de México, y desde entonces, cuando volví y estoy escribiendo, si alguien me molesta, mi suegra dice: «Déjenlo escribir». Es divertido, pero siento que me he ido como ganando poco a poco ante mi familia, como: «Miren, cuando estoy en el computador o cuando estoy escribiendo un libro, estoy trabajando. Este es mi trabajo, a esto me dedico». Y por suerte, cada vez más, también porque a los libros les ha ido mejor, entonces como que hay ciertas cosas muy prácticas, pero un ingreso económico que me permite defender la idea de que yo sí escribo, eso tiene una retribución y podemos pagar las cuentas con eso. Entonces, la escritura poco a poco va ganándole espacio a la gestión cultural que a mí me gustaría dejar de hacer, nunca fue mi tema en realidad.

MS: Pero difícil hacerse ese espacio y que lo respeten los otros, porque efectivamente es como si uno no estuviera trabajando a ojo de los demás.

AM: Ahora acordamos, bueno que fui papá hace ocho meses, entonces estoy con Gaspar ahí, entonces ha sido todo un aprendizaje y la semana pasada, después de todo un tiempo de no escribir, logramos consensuar familiarmente y con mucho apoyo de la Nicole, por supuesto, dijo: «tú ándate a escribir como quien dice de diez a un Work Café que está al lado, para que puedas escribir». Eso partió hace dos semanas, hasta ahora he podido ir una vez.

KC: Ha salido en dos ocasiones el tema de los premios. Para los que nos movemos en el mundo literario, ahora Samanta Schweblin acaba de ganar un tremendo premio por un millón de euros, que en España fue una tremenda polémica. Pero acá tengo dos escritores que han ganado muchísimos premios. O sea, solo por voy a nombrar uno ahora, Marcelo publicó un libro precioso para niños que se llama Los migrantes, que funciona muy bien, la verdad, para adultos y para niños, porque te conecta con esta cosa media naive que uno tiene y te sorprende, así que los invito a leerlos, y ganó el premio Orbil en 2025. Y Andrés, ganaste el año pasado también el premio José Nuez Martín por El año en que hablamos con el mar. ¿Qué opinan ustedes de los premios? Siendo que los dos han sido recipientes de múltiples reconocimientos. ¿Cuánto ayuda?  Bueno, obviamente uno es feliz porque no solamente gana prestigio, sino que gana dinero. Por decir Bolaño, sacó adelante su carrera a través de los premios. Pero, ¿qué rol cumplen y cuán importante han sido en su trayectoria? 

AM: Yo defiendo harto los premios en varios sentidos. Primero, que son muy importantes para uno porque te dan como un espaldarazo. Y, también, defiendo que son muy limpios, no sé si Marcelo tiene la misma opinión, me imagino que sí porque en Chile al menos los premios que uno a veces postula y no pasó nada y dice: «ah está arreglado». Yo creo que la verdad en un porcentaje muy cercano al 100% son limpios. Yo he sido jurado de muchos premios, leemos los cuentos y con nuestro criterio evaluamos o el de jurado que esté al mejor. Eso por si alguno no se ha animado, yo creo que es una buena forma de acercarse.  Yo estaba en tercero medio, me di cuenta que ya no voy a ser futbolista, por las razones ya establecidas, y quería ser escritor, y no sabía qué estudiar. Yo sabía que quería ser escritor, no sabía qué camino seguir para lograrlo. Y entonces estaba en esas cuando veo «concurso de la Universidad Andrés Bello. Presidente del jurado, Antonio Skármeta» – perdón, estaba en segundo medio la primera vez – entonces, mandé un cuento y dije, si me va bien, no es solo mi mamá que me dice que están bonitos los cuentos, sino que porque era interescolar y participaba gente de todas partes. Bueno, lo mandé, tengo una anécdota, que decía que había que mandar el Word a doble espacio. Yo nunca había escuchado eso de doble espacio, me pasé toda la tarde separando las palabras. Lo imprimí, mandé. Tampoco sabía que los premios, el día de la premiación, los premiados ya saben que ganaron y todo el resto que va, no les avisan para que vayan, para que haya algo de gente. Si ustedes no tienen tiempo, no vayan, no hay ningún sentido. Pero bueno, yo fui con un amigo y le dije: «Vamos a ver si a lo mejor gané». Y ahí Antonio Skármeta hizo una como mini introducción y ahí fue increíble escucharla hablar y como de sus viajes y que sé yo. Y ahí me di cuenta de que quería ser escritor, no gané ningún premio, pero al año siguiente volví a postular, ahora mandando el espacio bien, creo. Y como dos meses después, me acuerdo que estaba en la biblioteca de mi colegio y entonces me viene a buscar el rector. Me dice: «Montero, ¿tú postulaste un cuento? Y yo:» sí». «Están llamando de la Universidad de Andrés Bello que tuviste el segundo lugar». Y yo, que era, digamos, me gustaba jugar a la pelota, estamos en los años en que uno quería tirar pinta con las compañeras y todo, y me pongo a llorar ahí en la biblioteca de emoción. Y entonces, es verdad, después me han dado otros premios, siempre se agradecen mucho. Creo que son muy importantes, respecto a tu pregunta, creo que es bueno que estén, visibilizan los libros, pero nunca ningún premio va a ser más importante que ese segundo lugar a los diecisiete años porque ese día yo dije:  «Ah, a lo mejor si puedo ser escritor porque lo dice este señor que se llama Skármeta. Y al año siguiente, postulé el mismo premio y esa vez tuve el primer lugar y el premio lo dio Riviera Letelier. Y me fue a decir: «Compañero, usted ya es un escritor». Yo dije: «Ah, si lo dice Riviera Letelier». 

Yo te puedo decir lo que fue para mí como en esa etapa. Me imagino que cada vez, sobre todo el primer premio que te dan, debe ser para todo el mundo, igual de importante. Entonces, yo los defiendo mucho, me parece importante que estén, los valoro y animo a la gente que le gusta escribir, que participe, porque es muy difícil ganar el premio, pero alguna vez te va a tocar un tercer lugar, segundo lugar o un primer lugar y va a ser muy bonito. 

MS: Sí, bueno, yo también lo valoro harto. Y tengo algo parecido con Andrés porque yo el primer premio que me gané fue cuando estaba en el colegio, en octavo básico. Bueno, yo soy de Valparaíso y allá celebrábamos el Festival del Mar, el mes del mar y hubo un concurso literario y me dijeron: «Oye, ¿por qué no participas?» Nunca había escrito. Y escribí una historia bien ñoña, así de dos peces que se iban de vacaciones en el verano. Lo mandé sin ninguna esperanza, no tenía expectativa alguna. Y resulta que ese cuento ganó. Dije: «Ah, pero qué loco, o sea, escribí algo así que inventé y a otra gente le hace sentido». Eso fue como el primer premio. Después, me acuerdo que participé en un concurso de poesía en la quinta región, había que hacer una oda a Arturo Prat y salí segundo.

KC: ¿Lo has vuelto a ver?

MS: No. Está ahí, en papel mantequilla, así escrito con máquinas de escribir. Y este libro que es el primero que yo publiqué, que se llama El abanico de madame Czechowska, nombre medio complicado, fue gracias a un concurso. Yo en el año noventa y ocho mandé un cuento al concurso de cuentos La Felguera en España, que tiene la gracia de ser el más antiguo de habla hispana y el cuento que se llama El umbral ganó el noventa y ocho, el primer premio. Eran muchos participantes. Y un editor que se llama Gabriel Sandoval, que hoy día dirige la Editorial Planeta en América Latina, reparó en eso, me preguntó: «Oye, ¿tienes más cuentos?» Sí – le dije -tengo ahí. Le dije que tengo seis y tenía tres no más, entonces tuve que inventar unos tres para armarle un volumen. Le hizo sentido. Ah, él me llamaba porque tenía un proyecto en las botellas de vino Gato Negro, ¿se acuerdan que venía con un gatito? Entonces, Gabriel tenía la idea o habían firmado un contrato con la viña para que junto con el gatito viniera una especie como de librito chico muy pequeño con cuentos. Entonces, me pidió tres, me acuerdo, salió uno en esta botella de Gato Negro. Y, luego, me dijo si tenía más y ahí salió la publicación de este libro de cuentos, que también tuvo el premio municipal de Santiago. Y tal como decía Andrés, yo creo que los premios son importantes porque te dan un espaldarazo. Uno en esta pega, a diferencia de lo que puede ser esta pega, este oficio, digamos, a diferencia de lo que puede ser un ingeniero, un médico, nunca sabes si lo estás haciendo bien o no, es la desconfianza total. Cada proyecto es como empezar de nuevo. Yo he publicado tres novelas, pero cuando empieza una novela es como partir de cero. Entonces, los premios te dan como no sé si como cierta confianza, es como en medio de la niebla, ver que hay una nube allá, ah, no estoy tan perdido. Pero insisto, yo creo que nunca estamos seguros de lo que hacemos, o al menos en mi caso. Siempre dudo, gustará, no gustará, se entenderá, no se entenderá. Y en ese sentido, los premios son importantes porque te ayudan a tener más confianza en lo que haces y no renunciar. 

KC: Vamos a cambiar totalmente de temas, pero totalmente porque yo creo que a todos nos preocupa el futuro con la inteligencia artificial, aunque yo no haya podido saber bien dónde nació Andrés porque ese fue un error mío. Pero, ¿qué vamos a hacer los escritores? Dicen que vamos a desaparecer. ¿Vamos a convivir? ¿Nos vamos a convertir en escritores boutique? ¿En un oficio rarísimo? ¿Qué va a pasar con nosotros? 

AM: Lo que yo creo que va a pasar es que los escritores y las escritoras, los que sigamos escribiendo sin, o sea, digamos, escribiendo, que es la parte entretenida, yo no puedo entender por qué alguien escribiera con inteligencia artificial, es porque no te gusta escribir. Eso es para que haga la parte fome de la vida, que te saque las cuentas, pero no para escribir que es la parte chora. Bueno, esa es mi opinión. Entonces, los que sigamos escribiendo honestamente nuestros libros, con nuestros defectos y nuestras virtudes, eso no va a bastar. O sea, lo que va a empezar a pasar, yo se lo estuve advirtiendo a mis colegas, los coetáneos, vamos a tener que aprender todos a poder llevar lo que escribimos de una u otra forma a nuestras participaciones en público. Es decir, que va a ser como los músicos, que ya no ganan o muy pocos ya no venden discos, pero hacen muchos conciertos. Entonces la gente dice bueno, este que lo escuché cantar grabado, lo estoy escuchando y no canta así, estaba cantando con playback como que lo estoy escuchando y no es lo mismo. Entonces, a la gente le genera como un rechazo, como que me están mintiendo, porque esto que está armado con tecnología y no es realmente la persona la que canta. Y en la literatura va a ser un poco parecido, escribo un libro, al que sea que le gustó y después me va a escuchar a una conversación como esta, una presentación de algún tipo y dice: «Pero es que no me calza lo que está diciendo este tipo con lo que yo leí, como que este tipo no es realmente quien escribió». Y yo creo que los lectores nos vamos a dar cuenta cuando alguien es un impostor en ese sentido, y, por lo tanto , va a empezar – yo no digo que esto sea bueno- pero sí creo que lo que va a pasar, que los escritores van a tener, que ya la estación de la Mariana Enriquez, una parte como performática, una patita en como en la tarima, arriba del escenario. Y eso es un poco injusto porque algunos escritores, diría que la mayoría, son muy tímidos y escriben justamente porque no les gusta hablar en público. Pero, lamentablemente, yo creo que esto, no digo que mañana, pero va a empezar a ir para allá porque la sospecha de que lo que tú escribiste no lo escribiste va a ser cada vez más grande. Y, por lo tanto, estos espacios, no solamente para comprobar si es verdad que el escritor lo escribió, no solo por eso, sino por el gusto de encontrarnos, van a ser cada vez más importantes y más relevantes. Porque acá hasta que aparezca la tecnología del holograma, nadie tiene duda de que yo estoy aquí hablando con ustedes, de que está Marcelo, que está Karen. No sé cuánto va a durar esto, pero todavía estamos seguros. Estos espacios, yo creo, ya está pasando, en Italia los festivales literarios reemplazaron a las ferias del libro. O sea, lo que hay es el escritor que va a una entrevista y cuatrocientas, mil, cinco mil personas de público. 

KC: No, pero que le va bien a ese escritor. 

AM: No, la gente va porque confía en el festival, por ejemplo, el de Mantova. Es impresionante. Eso yo creo que se va a empezar a replicar en todos los países, festivales literarios más o acompañado de las ferias. 

MS: Sí, me gusta ese escenario, esa posibilidad. No soy tan pesimista, o sea, no lo digo por Andrés, sino que en general hay una suerte de pesimismo respecto de la inteligencia artificial. Pero yo creo que los escritores no vamos a dejar de escribir porque precisamente escribimos no solo porque es divertido, sino que también, a mí al menos, me ayuda a tratar de entender el mundo que me toca vivir, encontrar un poco el sentido de la existencia y esas cosas. Entonces, creo que no vamos a dejar de escribir, y coincido contigo, o sea, nadie que sea un novelista, un escritor de verdad, va a escribir algo con inteligencia artificial porque yo al menos no soy de los escritores dolientes

sino que me gusta escribir, lo paso bien. Sería una estupidez dejar el proceso de escritura a la IA. Pero creo que el día de mañana vamos a encontrar en las bibliotecas y en las librerías libros hechos por IA y libros hechos por humanos, y ahí habrá que elegir. Yo siento que, si bien la IA tiene todo un desarrollo por delante, hace cosas increíbles, pero creo que finalmente hay algo de lo humano y de la esencia de lo humano que las máquinas no van a poder replicar, y creo que en un mundo todavía más tecnologizado la gente, los lectores van a buscar esa esencia humana que probablemente no van a encontrar en la IA. La IA además es una plataforma políticamente correcta, si bien a uno lo puede engañar tal vez en una escritura, pero siempre hay una cosa que es más como promedio. O sea, yo me imagino que la IA saca un promedio. 

AM: No sale como de la norma. 

MS: Claro. Entonces yo creo que los humanos vamos a seguir en términos de escritura, literatura, corriendo ciertos márgenes, encontrando nuevas formas de contar y eso va a hacer que la literatura escrita por los humanos siga siendo requerida por los lectores. 

AM: Me quedé pensando, escuchándote que un amigo cuenta cuentos cubanos, la otra vez decía, no hay de qué preocuparse, preocupémonos el día en que un niño o una niña prefiera un audio cuento a su mamá o su papá contándole el cuento. Cuando eso pase es que ya la inteligencia artificial ganó, pero eso no pasa, es muy raro que un niño diga: «No papá, tú no, el audio cuento, tú ándate». Cuando eso pase, es que ganaron, pero no han ganado todavía. 

 

Cierre

Así finaliza este nuevo episodio junto a Marcelo Simonetti y Andrés Montero.

En este encuentro, grabado presencialmente y con público, ambos escritores reflexionan sobre el oficio de la escritura, las dudas que acompañan ese proceso y la importancia de seguir contando historias en un mundo cada vez más tecnológico. También se habló sobre el significado de los premios literarios y sobre la incertidumbre que provoca la inclusión de la inteligencia artificial en el mundo creativo.

Lejos del pesimismo, esta entrevista deja claro que la literatura es profundamente humana. Montero y Simonetti coinciden en que los escritores no dejarán de escribir, porque escribir compromete una búsqueda de sentido y una forma de estar en el mundo: hay algo que las máquinas no podrán nunca replicar.

Como dice Montero, en un momento memorable de la conversación: el día en que un niño prefiera un audiocuento antes que a sus padres contándole un cuento, recién ahí la inteligencia artificial habrá ganado.

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Chaooooo

 

Lee. Escribe. Crea con Andrés Montero y Marcelo Simonetti.