#145 Entrevista a Elaine Vilar

#145 Entrevista a Elaine Vilar

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Hola, hola: 

Soy Karen Codner y te doy la bienvenida al programa 145 con la Entrevista Espiral a la escritora cubana Elaine Vilar: narradora, poeta y dramaturga, quien ha ganado diversos premios nacionales e internacionales y publicado más de treinta libros en editoriales de Estados Unidos, Canadá, Cuba, España, Francia, México y Chile, entre otros países. 

La primera edición de su novela La Tiranía de las moscas, publicada en 2021, se agotó en tan solo veinticuatro horas y se convirtió en el libro que, según ella misma ha afirmado, cambió su vida. 

Desde entonces, Vilar ha seguido creciendo como escritora: su novela El cielo de la selva, publicada en 2023, consiguió aún mejores resultados, y en junio de este año publicará un nuevo libro: La piel hembra, con el que cerrará el ciclo narrativo que define como un estilo de escritura “mestiza”.

Elaine Vilar nació en 1989 en La Habana y desde hace más de una década vive entre Cuba y Toronto. Por ello, tanto su identidad como su literatura se han construido en una zona intermedia, donde las fronteras se cruzan y las categorías narrativas se desdibujan.

En Espiral hablamos de su infancia, de cómo surgió su amor por los libros, y del contexto político, económico y social que ha marcado a generaciones de cubanos. Conversamos sobre los recursos narrativos que utiliza y los temas que surgen de su experiencia vital: el uso de la metáfora; la creación de escenarios extremos, desde donde emergen sentimientos condensados como el amor, la pasión y el dolor; y la maternidad, un tema muy presente en sus obras, que le permite denunciar la violencia y abrir nuevas perspectivas.

 

Recuento personal

Bye, bye Barcelona, así es. Este domingo regreso a Chile y cuando estés escuchando este episodio estaré viajando a Madrid a pasar el fin de semana antes de volver. ¿Por qué Madrid? Bueno, no tuve oportunidad de visitarla en estos meses y me quería reunir con una amiga, también con el escritor Álex Reyes y una fotógrafa chilena radicada hace más de quince años allá, Isabel Wagemann, con la que tendremos una sesión fotográfica este domingo. Ya les contaré más novedades, pero ella ha centrado, incluso su carrera, en fotografiar a escritoras. Así que al mediodía iré a su estudio y bueno, veremos que saldrá. 

Estas últimas semanas han sido una vorágine de sentimientos, vivencias y de nuevos conocimientos. No saben lo rápido que se me pasan los días y es una sensación de conciencia absoluta de que lo que estoy experimentando es único. No quiero hacer un balance aún, estoy demasiado encima, pero tengo claro que fue la decisión correcta. 

El fin de semana pasado fui, por fin, porque era una deuda pendiente, a la exposición de la escritora catalana Mercè Rodoreda en la que se abordaba su vida y su narrativa en el Centro Cultural de Barcelona. Antes del Máster no la conocía y ha sido un gran descubrimiento. Escribió muchísimo y lo increíble es que su obra está traducida parcialmente al castellano. Si quieres comenzar con algo,  te recomiendo Espejo Roto. Me encantaría leer su correspondencia pero está solo en catalán. Mercè Rodoreda es un ícono dentro de la historia de Cataluña del siglo pasado y marcó a muchas generaciones de lectores. Su prosa es poética, pero también vanguardista, además, trabajó como periodista y cronista. Vivió en el exilio por más de treinta años, salió de aquí con Franco y no regresó hasta que él murió. 

El domingo pasado fue la maratón de Barcelona y me sumé a correr un par de kilómetros, pero solo para darme el gusto y sentir la alegría que entrega este tipo de carreras. También tuvo que ser breve porque en la mañana teníamos una visita guiada al Museo de Arte de Cataluña. Fue muy interesante porque aprendí del arte románico que tuvo una fuerte presencia en la región durante los siglos X, XI y XII. 

El museo queda en lo alto de la ciudad, en el sector de Montjuïc y las vistas valen la pena. 

Luego, para empezar a despedirnos de nuestra etapa de estudiantes, con mis compañeros nos fuimos a la playa Arenys de Mar que queda como a 45 minutos en tren. Aprovechamos la playa, hicimos un pícnic y después nos instalamos en la casa de una compañera que arrienda ahí. 

Casi lo olvido, también estuve en la presentación de un libro de Mercedes Monmany  Que conocía Enrique Vila Matas. 

Como ven muy muy intensa la vida en mis últimos días de estudiante. Ya estoy preparando mi cabeza para regresar a la realidad santiaguina. 

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Entrevista a Elaine Vilar

KC: Hola, Elaine, ¿cómo estás? 

EV: Hola, Karen, qué gusto estar acá contigo. 

KC: Para mí también un gusto muy grande. Quería saber, ¿qué interrumpí cuando te tuviste que conectar a esta llamada?

EV: Bueno, estaba teniendo una charla con mi pareja sobre las cosas domésticas, las cosas de todos los días: ¿qué haces hoy?, ¿qué vamos a hacer en la noche?, ¿qué comemos? Esos planes pequeñitos, pero chulísimos, que conforman el día a día de una pareja. 

KC: Y dime una cosa, ¿qué van a comer a la noche? 

EV: Bueno, mira, no sé. Hoy tenemos una salida y nos gusta mucho la comida hindú y el sushi, así que no sé por cuál de los dos nos decidiremos, uno u otro. 

KC: Ah, no van a comer en casa. Tengo una duda muy grande. 

EV: Venga.

KC: Tú estás viviendo en Toronto, ¿no? 

EV: Yo estoy viviendo a medio camino entre La Habana y Toronto. Aquí tengo la mitad de mi corazón —estoy en Toronto ahora— desde hace más de diez años, y en Cuba tengo la otra mitad de mi corazón, que es mi madre y mi perra. O sea, voy de un lado a otro, de una orilla a la otra y creo que mi identidad, mi ser, se ha construido en el viaje, en la zona intermedia, de un lado hacia al otro lado. 

KC: Pero ¿cómo es para una cubana vivir en Toronto? Lo primero que pienso es en el frío.  

EV: Pues mira, yo creo que soy la única cubana, Karen, a la que le gusta el frío. Yo creo que sí; me atrevería a decir que a la única caribeña también. A mí me gusta mucho la nieve, me gusta mucho el frío. En los últimos años no tanto. Ya son más de diez años dando vueltas por este lugar del mundo y el frío como que se te va metiendo en los huesitos. Pero sí tengo una relación bonita con la nieve y bonita con la temperatura, e incluso con la cultura canadiense. O sea, es una cultura diferente a la mía, por supuesto, un idioma diferente al mío. Pero, luego de tantos años, uno se va impregnando de la esencia de otro país. Y creo que eso es hermoso porque siempre somos esencias e identidades en construcción, que venimos de diferentes lados y tomamos de diferentes lados y, un poco así, se va construyendo el ser humano y también la literatura que una escribe. 

KC: ¿Pero por qué Toronto? ¿Por qué de tantos lugares del mundo, Toronto? 

EV: Las casualidades de la vida. Cuando tenía veinticuatro años, mi primer premio internacional lo gané acá en Toronto, en la Universidad de York, un premio de teatro. Mira, qué cosa. Yo estaba estudiando teatro en ese momento en mi país. Y claro, me invitan aquí a venir por primera vez; aquí vive mi mejor amiga desde hace mucho tiempo; aquí me enamoré de la ciudad, me enamoré del país, me enamoré también del idioma, ¿por qué no decirlo? Y poco a poco he venido más y más y más. Y claro, ya se establecen raíces, se establecen tejidos y relaciones de amor y de pasión hacia determinados lugares. Así que fue por eso, por un premio literario que vine y seguí viniendo una y otra vez a Canadá, hasta sentirme un poco  parte de  Toronto y parte de la cultura canadiense. 

KC: ¿Y cada cuánto tiempo vas a Cuba? 

EV: Bueno, trato de ir todo lo que puedo, pero claro, tampoco estoy todo el tiempo en Canadá. Viajo un montón por trabajo, ahora voy a empezar la gira de una nueva novela. Estaba sacando mis cálculos este año y decía: bueno, es que no voy a estar ni en Cuba ni en Canadá; voy a estar montada en aviones y dando vueltas de un lado a otro. Lo cual es hermosísimo porque es la oportunidad de encontrarse con lectoras y con lectores en diferentes lugares del mundo.

Pero sí, también está esto de viajar a Cuba lo más posible para no perder las otras raíces, las raíces que sí me anclan a mi país, a mi idioma, a mi madre, a mi lengua materna, que son cosas tan importantes, y echo mucho de menos a Cuba.

Te cuento una anécdota, Karen, hace poquito, hace cinco días, ya habíamos planificado hacer el podcast, publican en redes sociales un video, pero uno simple, un video en la calle, una persona en un carro filmando las calles de mi barrio en Cuba. Llevo casi seis meses que no visito mi país y, claro, de repente me entró esta saudade, esta nostalgia por el lugar físico que durante tanto tiempo ocupé; por el lugar emocional también, que uno siempre sigue habitando, aunque ya no esté en el lugar de la misma manera.

Y claro, ver esas calles que yo recorrí de niña con mis abuelos, con mi familia, con mis propios pies; ya luego, o deambulando sola por las calles o mirando, reconociendo también ese amnios de la ciudad, ese líquido amniótico de la ciudad, pues me trajo esa nostalgia por la casa, esa nostalgia por los olores de la casa, por los abuelos, por los padres y también por una forma de hacer literatura que siempre… Bueno, me acostumbré durante mucho tiempo a escribir solo en mi país y ahora eso se ha roto un poco. Ahora escribo en cualquier lugar donde me tomo un poquito de tiempo y tengo un ordenador delante para poder hacerlo.  

KC: Tres. 

EV: Sí, tengo tres ordenadores y un celular, y en todos trabajo. 

KC: ¿Y cómo es el contraste? Porque estás viviendo en una sociedad  de un sistema capitalista, donde puedes encontrar de todo. ¿Cómo es volver a un país precario? 

EV: Es muy difícil. Se me hace cada vez más difícil porque, claro, no solo están las raíces culturales, también las raíces económicas desde este lado del mundo. Cuba está atravesando unos momentos muy complejos, extremadamente complejos, desde lo político, lo económico, lo social.

Es una gran crisis; se ha denominado ya una policrisis porque afecta a diferentes tejidos de la historia del país y de los seres humanos que lo habitan. Sigue siendo el lugar amado, eso nunca se va a borrar; eso no lo borran las crisis políticas; ni las crisis económicas; eso no lo va a borrar nada en mi vida.

Pero claro, llego y también están estos vacíos y estas ausencias que provocan los exilios y los incilios, y la gente que se va y no regresa, y los amigos que ya no encuentras en las mismas calles, y las voces que esperabas escuchar y que ya no escuchas, que están en otro lado del mundo.

Esto es tremendo. Es como un duelo acelerado; es un duelo por una muerte simbólica también. Y los cubanos nos hemos acostumbrado a hacer mucho duelo, desde muy pequeños. Yo recuerdo toda mi familia, mis primeros años de vida, mi familia yéndose de Cuba en diferentes oleadas; familia que nunca volvió a recomponerse de la misma manera, porque una vez que te vas hay algo que se corta, y hay algo que se corta irremisiblemente, y ese duelo no se ha cortado tampoco.

Yo sigo llorando a los seres queridos que ya no están, y lloro a mis amigos que se han ido a otros lugares del mundo, y lloro también el país que soñé tener, y lloro el país que tuve durante un tiempo. Entonces son muchos duelos vinculados con Cuba y duelos que no restaña otra tierra, no los restaña el hecho de estar acá o de venir muchísimo, de ir echando raíces cada vez más desde otro lado del mundo.

Esas cosas no se van por más que uno eche raíces en otro sitio. Creo que lo acompañan a uno como una maleta de viaje; desgraciadamente no es un equipaje feliz. Hay otras cosas felices dentro de ese equipaje. Ahora mismo es triste, me duele, lo llevo conmigo, lo llevo en la escritura, pero lo llevo también en mi experiencia como ser humano, por supuesto, y que de alguna manera se refleja en todo lo que vivo, en todo lo que respiro y en todo lo que escribo. 

KC: ¿Has tenido alguna vez algún tipo de problema político por lo que tú escribes? 

EV: Nunca he tenido ningún problema político por nada que he escrito y, de hecho, he escrito cosas duras. He escrito La tiranía de las moscas, es un libro durísimo, pero nunca he tenido problemas, la verdad. He tenido el privilegio de poder hablar cuando he querido.

En los últimos años me he dado cuenta de que no es tiempo de hablar demasiado porque el panorama ha cambiado mucho, se ha deteriorado rápidamente. Yo no sé si en la actual circunstancia, en el actual país, me atrevería a escribir La tiranía de las moscas, como la escribí en el año 2020, si te soy totalmente franca. Sobre todo, porque ahí hay temor. Y, por ejemplo, mi madre tiene temor, tiene temor cuando hablo,  cuando escribo, incluso cuando pienso y no digo. 

KC: Y, en este sentido, Elaine, ¿existe la censura previa en ti, pensando en tu madre y en tus seres queridos que están allá? 

EV: Sí, claro. 

KC: ¿Entiendes a lo que voy? 

EV: Sí, entiendo perfectamente y claro que existe. Creo que también hay que ser valiente para decir que se vive con la censura y que, a pesar de ella, sigo escribiendo.

Yo, en este momento pienso, por supuesto, todo lo que escribo. Mi primera patria, mi primer hogar, es mi madre y mi perra en mi casa; ese es el primer lugar al que le debo amor. Y no quiero hacer nada que pueda herir a mi familia, eso sí.

Y claro, lo pienso y luego uno escribe y usa la metáfora, porque también la metáfora es una manera de escapar de la autocensura y luego de la censura, que son diferentes, pero se colocan dentro de la misma rama. A mí la metáfora me ha ayudado muchísimo para explorar temas que he querido hablar.

 Por medio de la metáfora conversaron Aldous Huxley,  George Orwell, Margaret Atwood, y muchísimos escritores y escritoras en la contemporaneidad.

Y a mí la metáfora me ha ayudado, pues, a no solo entender el mundo como lo quiero contar, sino también a contar cosas que quizás desde otro lenguaje y desde otros códigos, no me animaría a hacerlo. Tampoco soy una autora de realismo, que me ayuda muchísimo a que la metáfora dialogue con el estilo, con mis formas de decir y con los temas que a mí me importa tocar, desde una condición no mimética. 

Entonces, todo esto forma parte de ese espíritu de obra que también una quiere construir.

KC: Yo te tengo que decir que leí La tiranía de las moscas el fin de semana. Y dije: “Oh, bueno, me lo tengo que leer porque te voy a entrevistar”. Y después no lo pude dejar. Me provocó muchas cosas.

Y dije: “Pero ¿cómo alguien publica este libro?”. Porque una cosa es la metáfora, pero no nombras a Cuba, no nombras nada. En ese sentido, es realismo mágico, yo sé que no te gustan las etiquetas, pero es evidente que tú estás situando esto en alguna parte del mundo donde hace mucho calor. «By the way, yo soy cubana».

Y dije: “Sabes que es un libro extraño que te genera sentimientos muy encontrados porque tú dices ‘yo no quiero sufrir’ y lo lees y lo crees y te deja resonando todo el tiempo, todo el tiempo”.

En cambio, El cielo de la selva, y voy a ser muy sincera, lo empecé a leer y no pude seguir. Fue tal mi nivel de angustia. Dije: “No, esto es muy…”

Yo hace mucho tiempo que decidí que no voy a leer cosas que me hagan mal, pero no sé por qué La tiraría a las moscas, me metí, me recordó mucho a Agota Kristof.  

EV: Sí.  

KC: ¿Sí o no? 

EV: Claus y Lucas

KC: Claro, es una prosa mucho más alambicada, mucho más metafórica, pero aquí está la crueldad de la infancia, la infancia no idealizada, la propuesta de una violencia, de una relación de hermanos. Aquí son tres, en Agota eran dos, da lo mismo. ¿Y alguna vez te habían dicho, en cambio, que El cielo de la selva no lo pudieron leer? 

EV: Sí, sí ha pasado. Son dos libros, no sé si son polares, la verdad. No sé si la definición sería polar, pero sí son libros diferentes. El cielo de la selva es un tejido más vinculado hacia el horror, el horror contemporáneo, que atraviesa los cuerpos, fundamentalmente de mujer —pero diré cuerpos en sentido general—, y también los tejidos civilizatorios e históricos.

Es un libro que cuestiona todo el tiempo qué es lo civilizado o qué somos nosotros como una sociedad civilizada y hasta dónde la civilización contiene esa catástrofe de la ruptura propia, y de la ruptura del conjunto familiar.

A mí me gusta pensar que todos los escenarios en donde escribo son escenarios donde el ser humano se pone a prueba, como en una caldera hirviendo, y que de ese hervor tiene que surgir algo: amor, pasión, violencia, dolor. Ese hervor es la condensación de la escritura que a mí me interesa pensar.

Y luego, bueno, pues La tiranía de las moscas es un libro que, aparentemente, es más ligero, pero no lo es, porque cuenta también cosas terribles. Es un libro que trabaja con los códigos del humor, y esto sí es muy cubano. O sea, los cubanos tenemos algo que es cultural, que es que nos reímos de las cosas que nos duelen, nos reímos de la política, nos reímos de los dictadores, nos reímos de las miserias cotidianas y nos reímos de las miserias históricas. Nos reímos de la historia en sentido general.

Yo creo que esto es, quizás, la muestra de lo más cubano que yo he podido escribir en mi vida. Nunca he pensado escribir un libro cubano per se, pero, obviamente, no es que uno piensa en hacer algo y la literatura salga por los caudales que uno desea. La literatura también asume la forma de pensamiento, de vida y de historia que uno ha atravesado.

Y bueno, La tiranía de las moscas, te decía, maneja códigos del humor, pero trabaja con un tejido durísimo: un tejido que es político, que es social, que habla sobre la libertad de los cuerpos en contextos íntimos, pero también en contextos públicos. Y habla del sujeto-cuerpo como cuerpo político.

Ya empieza ahí a enredarse la trama un poco porque  toma la historia de tres niños —o dos adolescentes y una niña dentro— en un verano infernal, atrapados dentro de una casa por el padre, pues va a hablar de la historia de un país donde los hijos están atrapados. 

Y claro, el código del humor, el código del terror no son tan polares como nos imaginamos, Karen, que es lo que te comentaba al principio, el terror tiene a veces elementos humorísticos a veces elementos terroríficos.

 A mí me gusta pensar esto y tú lo mencionabas al principio: no me gustan las etiquetas. Yo siempre he pensado en la literatura como un tejido mestizo, y en ese mestizaje me interesa la zona donde una frontera y otra se traslocan, donde una frontera cruza la otra y donde, de repente, puedes estar encontrándote con un texto tan híbrido que no sabrías definirlo de una manera u otra, o te costaría asumir una etiqueta. Y bueno, ya después hablaremos sobre la próxima novela, pero te adelanto que es una mezcla de todo. 

KC: Por lo que estuve averiguando de ti, escuchando en entrevistas, leyendo, dije: “Pero hombre, mujer, da lo mismo: Elaine tuvo una infancia bella, es una mujer alegre, te refieres a tu familia con amor; pero en tu narrativa encuentro solamente algo muy críptico, muy oscuro, muy triste. No hay nada donde haya un girasol, digamos. ¿Por qué? 

EV: Mira, no sé. Voy a decir que sí, tuve una infancia muy hermosa y mientras más me alejo de los tejidos de la juventud, más me acerco a esta parte de la memorabilia de los sentimientos. Luego ya te digo, Karen, mi familia tal y como la conocí, ya no existe.

KC: Pero ¿cómo la conociste?

EV: Fue una familia extraordinaria. Yo crecí sin padre, sin un padre biológico. Luego tuve un padre que me crio y que sigo considerando mi padre de mi corazón, ya no está en Cuba tampoco. Y tuve a mi madre, mi madre que es una madraza, la madre latinoamericana pura, esa es la mía. Y dos abuelos maternos que ya no están, pero fueron tan importantes en mi vida, de esta forma callada y silenciosa, A veces la familia define quién eres, sin tener que decir este es un camino. Y tuve una tía abuela, bueno, tuve muchos tíos abuelos, pero hay una tía abuela muy especial porque primero vivía con nosotros en casa o nosotros con ella. Y, en segundo, porque fue la primera persona en mi vida que me contagió el amor por los libros y el amor por la escritura. Mi tía fue la primera persona que me dijo que podía ser escritora cuando era muy peque. Y yo creo que eso te marca muchísimo, escuchar desde niña la posibilidad de la escritura, del juego de la escritura. Mi casa era un hogar y sigue siendo un hogar lleno de libros. Mira, qué privilegio. Pienso mucho en la novela de una amiga, Gabriela Ybarra, que se llama El comensal, que habla de los espacios vacíos en la mesa que se van quedando cuando los seres queridos ya no están y que esos espacios vacíos nunca más vuelven a ocuparse. O sea, esos espacios en la silla de la vida se quedan vacíos para siempre. Y uno sabe que, en un momento determinado, esa mesa estuvo ocupada y eso es un poco el duelo que estoy viviendo ahora mismo: darme cuenta de que la mesa de la vida no se ha quedado vacía, se sigue sentando mucha gente en la mesa de la vida, pero están esos pedacitos, esas sillas vacías que me recuerdan las ausencias de personas que sigo amando entrañablemente. 

Yo nací en el año 1989, a las puertas del período especial cubano. Fueron también tiempos extremadamente difíciles, muy parecidos a esto que estamos atravesando ahora; mi familia era una familia con muchas necesidades económicas. Yo atravesé una infancia marcada por el desafío de la necesidad económica al borde de la pobreza siempre. No teníamos qué comer, fíjate, pero me daban libros. Mira qué belleza esto. A mí me alimentaron el corazón desde niña. A mí no me no me dieron el tuétano del alimento que necesitaba mi cuerpo, pero me dieron el tuétano del alimento que necesitaba mi corazón y mi alma, y me lo dieron en forma de libro. Eso a mí me ha salvado siempre la vida. No recuerdo mi infancia con tristeza, pero ahora de adulta veo las necesidades que se atravesaron, las comidas que se sacaron mis seres queridos de la boca para ponerme a mí el poco, escaso alimento. Y sí, siento como una tristeza, una zona de raspado, ¿no? Dentro de mí, de darme cuenta no solo que la historia es cíclica y que ahora mismo en mi país hay otras madres quitándose el alimento de la boca para dárselo a los niños. Ojalá también le estén poniendo libros en las manos, que es como te decía, la gran salvación. No sé si soy, si estoy siendo nostálgica, la verdad, también uno empieza a colocar en el terreno de la utopía los tiempos que pasaron. Yo recuerdo una infancia realmente feliz y entre libros. Pero luego también, ahora recuerdo un país que no era tan feliz en esos tiempos. 

KC: ¿Y por qué tu mamá no se ha ido a vivir contigo fuera? 

EV: Quiero que venga.  Lo que pasa es que los procesos migratorios son muy complejos, extremadamente complejos. Cuando eres cubano, la mitad del mundo no quiere que te muevas. Yo debo pasar por muchísimo trabajo para viajar.  Cada vez que voy a una feria del libro. 

KC: ¿Viajas con pasaporte cubano? 

EV: Yo viajo con pasaporte cubano y pido visado. Yo no tengo pasaporte canadiense, no tengo residencia canadiense todavía. Espero tener el año que viene la residencia canadiense. Yo ahora soy cubana, solo cubana, una cubana que pasa muchísimo tiempo en Toronto, que siente a Toronto y a Canadá como parte de su identidad, pero migratoriamente,  yo no soy canadiense todavía. Cada vez que viajo, viajo con un pasaporte cubano ordinario, azulito, con su escudo, donde tengo que pedir visado a cada país del mundo, quizás no a cada país, pero a muchísimos de ellos. Ahora por mi carrera me llegan a veces tres, cuatro, cinco invitaciones, muy pegadas una de otra, y yo tengo que elegir. Mis compañeras y mis compañeros escritores que tienen otros tipos de pasaporte, no tienen que elegir, viajan libremente al mundo. Yo tengo que elegir a cuál de todos los eventos quiero ir porque es en el que tengo que concentrar mis esfuerzos para pedir un visado, que por ser cubana me piden un montón de papeles, a veces es absurda la cantidad de papeles que hay que mostrar para probar que tú eres una persona emigrante o no vas a ser un potencial emigrante, o no vas a quedarte dentro de un país. Estamos hablando de alguien que no solo tiene una carrera profesional, sino que además lleva años viajando, más de una década viajando de forma múltiple a diferentes lugares del mundo. Cada vez que recibo una invitación, digo, por favor, que sea México o países de los que tenga visado, que no tenga que volver a pedir visado, porque es complicado, la verdad.

KC: ¿Y cuándo aprendiste inglés? 

EV: Las escuelas cubanas te enseñan inglés, pero es este inglés. 

KC: No te puedo creer. 

EV: Sí, te enseñan inglés, pero no imagines un inglés profundo, es el comunicacional básico.  Claro, a mí me encantaba la literatura inglesa y hacía mis pininos leyendo, no lo entendía todo, pero entendía por contexto muchas veces. Cuando llegué a Canadá por primera vez, año 2014, vamos a ubicarnos en ese año,  pensaba que hablaba inglés. No, yo no hablaba inglés, solo creía que lo hacía. Claro, aquí hay muchos acentos en Toronto, bueno, en la ciudad y en el país mezclado. Se habla muy rápido y claro, está la diferencia entre el inglés aprendido en escuela o en libros que viene con otro ritmo, con otros acentos también. Y llegar acá fue como descargarme directo en una realidad, ¿no? Creo que he aprendido mucho en la escuela de la vida, en la escuela de todos los días o no todos los días, pero cada vez que estoy acá, he aprendido a entenderme por medio del lenguaje, a comunicarme. De ir poco a poco haciendo una carrera en el inglés, que me exige comunicarme. Hay residencias en el extranjero que también exigen el inglés. 

KC: ¿Pero escribes en inglés?

EV: He hecho pininos en escritura en inglés, pero no creo que vaya a escribir nunca en inglés. Mi pensamiento sigue en la lengua castellana y mi lengua materna, mi lengua de los afectos, es el castellano. Yo lo he intentado, pero no me voy a enfrentar, creo, nunca al dilema de Nabokov que decía: “el gran dilema de mi historia es haber escrito Lolita no en mi propia lengua con su resonancia, sino en una lengua extranjera”. Estoy parafraseando, por supuesto.

Yo creo que siempre voy a escribir en español. Tengo además el extremo gusto de contar con un excelente traductor al inglés, creo que no hace falta mi esfuerzo en ese sentido porque tengo un traductor maravilloso, pero sí es un idioma que me interesa para lo conversacional, para la vida misma, para cómo transcurre la vida más allá de las páginas de una novela, de un libro. 

KC: Vamos a hablar un poco de tu vida personal. ¿Te casaste en Cuba? 

EV: Me casé en Cuba. 

KC: ¿Y es cubano? 

EV: Es cubano. 

KC: Y hablas con amor de tu madre, que lo hemos visto, pero tanto en La tiranía de las moscas, en El cielo de la selva, y en general, en todo tu corpus literario, la maternidad es amenaza, es algo espantoso. ¿Cuál es tu visión personal de la maternidad? 

EV: Yo quiero ser madre, quiero ser mamá.  

KC: ¿Pero no estás vendiendo la maternidad? 

EV: Yo quiero ser mamá. Creo que la maternidad nos la vendieron como algo impoluto, como algo sin matices y donde nos hicieron un relato generacional y  antropológico diciéndonos que era lo mejor que le podía al pasar cuerpo, cuando no es así. Esa no es la realidad, puede ser la realidad para mi cuerpo.

Pero claro, no escribo pensando solo en esta corporalidad que ocupo o que habito, yo pienso en las otras mujeres y los otros cuerpos gestantes que existen más allá del mío. Y la verdad es que pensando en esos cuerpos gestantes, pensando en esas otras maternidades, en esas otras mujeres y en esos otros cuerpos, hay mucha violencia sistémica con el tema de la maternidad. Hay mucha imposición cultural, hay mucho mandato antropológico. Yo puedo desear ser madre, pero respeto y defiendo el derecho de todas las mujeres que no desean serlo. Y de todas aquellas que piensan que la maternidad no ha sido concebida para ellas. Lo que no puede existir es un mandato social sobre cualquier tipo de categoría, por ejemplo, la maternidad es algo obligatorio, la maternidad te cambiará la vida o si no eres madre te vas a arrepentir, son los grandes temas o los grandes elementos que van recorriendo la vida de las mujeres, incluso te diría de las niñas: desde niña te están diciendo que tu mandato es en algún momento ser madre.

Yo creo que eso es necesario contarlo y es necesario hablar de otras facetas de la maternidad. Está, por supuesto la hermosa, la maternidad deseada, como deberían ser todas las maternidades que se lleven a cabo. Pero hay maternidades muy dolorosas, maternidades forzadas. Bueno, El cielo de la selva es una novela sobre maternidades forzadas y que no es una novela que se me ocurrió, así como “bueno, voy a escribir una distopía”. No, esa novela está inspirada en la experiencia terrible de maternidad que vivieron mis bisabuelas, que, como dice la dedicatoria del libro, mujeres que parieron demasiado y a mis tías que decidieron no parir, que fueron la contracara o la reacción ante las maternidades de mis bisabuelas. Entonces pienso en mis bisabuelas y me doy cuenta que la historia de ellas no es algo que sucedió hace casi un siglo atrás. Son historias que también les están sucediendo a mujeres mientras yo tengo el privilegio de escribir. Hay mujeres que no tendrán el privilegio de escribir porque se les obliga a ser madres. En ellas pienso, en esos cuerpos pienso. Pienso en otros cuerpos y pienso también en extenderme más allá de mi privilegio como mujer que escribe o como mujer que ha tenido el privilegio de escribir. Quiero pensar en esas otras mujeres que me recuerdan a mis bisabuelas. 

KC: ¿Tu marido se dedica a la literatura o no? 

EV: Nada que ver, mi marido es psiquiatra. Pero yo creo que la psiquiatría es un poco literatura también. Mi madre es psicóloga, estoy hablándote con un poco de base familiar y de experiencia vital. Mi madre ha dicho que su gran dilema es no haber tenido tiempo para escribir una novela sobre su vida, porque claro, escuchas tanto, aprendes tanto de la bondad, del sufrimiento de lo humano en sentido general. Yo creo que los psicólogos y psiquiatras tienen más novelas que nadie en este mundo, ¿no? Y también están contagiados de este deseo de conocer lo más posible el espíritu del humano contenido dentro de su cabeza y dentro de su alma. Entonces yo creo que son profesiones concomitantes o muy parecidas a la de escritora. 

KC: ¿Cómo fue crecer sin el padre biológico?

EV: No sentí mucho ese vacío en la infancia. Te soy franca. Quizás porque mi madre y mis abuelos se esforzaron muchísimo porque no se sintiera ese vacío, para que yo no me sintiera rara, para que no fuera la niña sin papá. Mi abuelito fue mi papá también. Mi abuelito mientras no enfermó  —mi abuelo enfermó bastante joven— hacía todos los roles de papá. Era un hombre mayor ya, pero corría, jugaba, montaba bici, trataba de que los años no se le sintieran. Y luego tuve a mi papá del corazón que me tomó muy chica, o sea, que tampoco ese agujero quedó abierto. Luego sabes que pasó algo, bueno, eso está en uno de mis libros de poesía que se llama El ojo de equus, un libro que escribo después de la muerte de mi abuelo. Falleció en el año 2016, cuando mi abuelo muere, yo, de repente adquiero, te prometo, en el justo momento en que murió, adquiero esta sensación de que se han muerto dos figuras en una, murió el abuelo y murió el padre. Y yo lloraba a los dos, lloraba a los dos, lloraba al abuelo querido, lloraba al padre que fue, a las dos personas en un solo cuerpo. Y dije, caramba, este duelo lo estoy viviendo con una doble intensidad, precisamente porque estoy perdiendo a dos personas en una. 

Y justo en ese momento empecé a hacer una reflexión sobre lo que había significado que mi padre biológico no existiera dentro de mi vida y no existiera, además, sin motivo. Mi padre biológico vive frente a mi casa materna, justo a la distancia de una calle: justo enfrente. Y claro, empecé este proceso de no sé si reconciliación, creo que sí lo fue finalmente, pero antes atravesé por una etapa profunda de dolor y un duelo terrible porque con veintiséis años —quizás debí preguntármelo con siete— me pregunté: ¿Por qué no me quisiste? ¿Por qué no fue suficiente? ¿Por qué no pudiste cruzar una calle y verme? Esas preguntas te las haces con veintiséis años, tienes todo el dolor de los seis, pero tienes toda la carga emocional, espiritual y ética de los veinte. Y claro, otra vez ese duelo de la paternidad, quizás ya en una etapa que no me correspondía atravesarlo. Creo que llorar a los seres queridos y a los seres que uno pudo querer y al final no quiso, es algo muy humano y que puede atravesar cualquier etapa de la vida. A partir de ahí también he pensado mucho en la figura del padre. Fíjate, aparecen en todas las novelas que he escrito, aparece el padre, el llamado padre porque no tiene título, el padre tirano en La tiranía de las moscas. Aparece Lázaro con su rol de padre ausente, ausente-presente, en El cielo de la selva, aparecerá en la próxima novela.

Creo que la figura del padre, que, si bien en un momento de mi vida fue totalmente periférica dentro de la escritura,  ha empezado a adquirir diferentes capas, y ha empezado a complejizarse un poco más. Y creo que todo parte del duelo, donde la literatura se convierte quizás en la única manera que tienes de explicar las cosas que la vida no te va a decir jamás cómo fueron, ni por qué. 

KC: Elaine, ¿pero nunca te has atrevido a cruzar la calle, tocar el timbre y conversar con él? 

EV: No tiene sentido ya para mí. Creo que hay un momento donde la posibilidad del diálogo se cortó hace mucho. No, yo no tengo preguntas. Yo creo que la literatura me ha respondido todas las preguntas que puedo hacerme con respecto a la paternidad. Creo que la literatura y mi ejercicio de pensar lo humano a través de lo literario me ha dicho todas las cosas que yo necesitaba escuchar. Creo que lo único que podría escuchar del otro lado son excusas, y las excusas más que hacer bien, crean nuevas llagas. Creo que quedarme con la idea, con el recuerdo de la familia que tuve, con el abuelo que fue papá, con el padre del corazón que me educó, me crio, me alimentó, me vistió; me faltó otro padre que tengo que mencionarlo también, mi padrino, que también es una figura paterna, llegó a mis quince años, pero a los quince años uno es un niño todavía y tiene mucho por aprender. Y mi padrino me enseñó de amor, de religión, de ética, de arte porque es artista.

Esas figuras que fueron padres también demuestran que hay otros muchos afectos que pueden, de alguna manera, no sustituir, yo no creo que nadie sustituya a nadie, pero sí restañar y sí acompañar de diferentes formas. 

KC: ¿Te has arrepentido alguna vez de ser tan honesta en tus textos, tan transparente? 

EV: No, la verdad es que no. Todavía, al menos, no me he arrepentido. No sé si algún día lo haré. Quiero creer que la literatura es un espacio de libertad siempre. Para mí es un lugar donde las libertades están coaccionadas, el espacio de la página en blanco o escrita ya era mi espacio de libertad. Entonces, siempre pienso que ahí puedo verter todo lo que soy y todo lo que pienso, y lo que creo de la humanidad en sus rangos más absolutos; desde lo hermoso, desde lo ético hasta lo terrible y lo abyecto. Porque mis novelas tienen mucho de esa otra parte también, de cuán dura o de cuán terrible puede ser la humanidad sometida a prueba, o la humanidad cuando se rompen los límites brevísimos y las fronteras cada vez más pequeñas de lo civilizatorio.

No me he arrepentido, creo. Además, apuesto muchas veces por un lenguaje violento, por un lenguaje confrontacional.

Creo que también desde el idioma, desde el lenguaje, uno no solo experimenta  la manera en que puede construir una historia, sino que también busca incidir directamente en un ser humano y mostrarle otras aristas al lenguaje, las zonas escondidas del lenguaje, que a veces no nos atrevemos a soltarlas por moralidad o por concepto de ética, y esto entrecomillas, obviamente, porque no creo que el lenguaje sea moral y ético per se. Creo que en realidad las palabras existen para nombrar todo lo que sea humano. José Martí —que para mí él debiera ser el poeta nacional cubano, pero no lo es— decía:  «nada de lo humano me es ajeno», y esa frase me encanta, «nada de lo humano me es ajeno, ni lo hermoso ni lo abyecto». Sigue formando parte de la experiencia humana.

KC: Dime, Elaine, ¿hay algún deseo oscuro, algún miedo tuyo que cruce tu narrativa? 

EV: Yo soy muy miedosa, en el fondo. Creo que hay valor en la literatura, pero mi ser,  más allá de la escritura, tiene muchos miedos. Yo le tengo miedo a toda la catástrofe política que vive el mundo. Tengo miedo a la anestesia social. Hay actos profundamente violentos en todo el tejido de la humanidad, y la gente mira a la cara y creemos que con mirar a la cara es suficiente. La anestesia social me da terror, honestamente.

La soledad ni te imagines. Le tengo miedo al sufrimiento, al sufrimiento como enfermedad, al físico, porque mi familia se ha enfermado mucho, ha habido mucha gente enferma, hemos cuidado a muchos. Yo sé lo que significa, para alguien que cuida, brindar los cuidados y el sacrificio que eso entraña. Aunque uno diga que no es sacrificio, sí, cuidar es un sacrificio, por más que sea un ser querido, por más que uno lo hace de forma gentil y lo hace con amor, pero es un sacrificio. Le tengo miedo a eso.

A la enfermedad profundamente, a que mi cuerpo sufra una enfermedad y de alguna forma no pueda ser yo la proveedora del hogar, la que escribe, la alegre, la contenta. Yo creo que también mi alegría es como una especie de máscara frente y. a la propia realidad, a veces necesito reírme porque de otra forma uno se rinde y sentado en un espacio que luego no podría ocupar.

Le tengo miedo a un montón de cosas. A extrañar a mis seres queridos, a extrañar mi tierra. Ahora estoy alejada de mi madre, con la que tengo una relación casi simbiótica, y la extraño mucho, tengo miedo de no verla en un tiempo, de no saber cuándo me reencontraré con ella, le temo a ese calendario que pasa, el tiempo también me da especial temor. Mirar en unos diez o veinte años hacia atrás y darme cuenta de que las cosas que soñé no se cumplieron. Eso también.  

KC: Hablemos de eso, justamente lo nombraste. ¿Cuáles son tus sueños?  

EV: Ser feliz y todo lo que significa ser feliz, que es extremadamente complejo. Mi sueño primero sería que pueda seguir escribiendo y hacerlo desde el mismo espacio emocional, la literatura para mí no es solo un sustento económico, es también un sustento espiritual. No quisiera jamás que esas coordenadas se invirtieran, que solo la literatura fuera el sustento económico y no me diera sustento espiritual porque entonces me voy a quedar vacía y me dedicaría a otra cosa. Espero poder hacerlo en algún momento. Mi sueño es que siempre sea así, que se mantenga de esa manera. Eso desde el punto de vista profesional.

Obviamente me encantaría que me siga leyendo un montón de gente en el mundo, que lleguen más lectoras y lectores, que lleguen otras posibilidades profesionales a tocar mis puertas.

Me gustaría mucho tener a mi madre justo a mi lado. 

KC: Que hablamos al comienzo. 

EV: Sí, empezamos por ahí. Mamá, perrita, sería muy importante que estuvieran a mi lado. Y creo que salud.

KC: ¿Para cuba?

EV: Para Cuba quiero un lugar para todos y para todas. Un lugar donde quepan mis amigos emigrados y quepan mis amigos que se quedan en Cuba. Que quepan todas las ideas,  todos los pensamientos con respeto y coexistencia pacífica, no violenta, jamás, hay mucha violencia.

KC: ¿Tú ves factible o es factible que se imponga un régimen democrático? 

EV: Querida, ojalá tuviera una bola mágica para ver el futuro de Cuba, porque esta es la pregunta que me hacen siempre, ¿qué va a pasar?  Yo no sé qué va a pasar. Yo quiero creer. 

KC: Yo no te pregunto qué va a pasar. Si tú ves el espacio, si tú ves  una pequeña ventana donde eso podría suceder. ¿Tú ves una luz? 

EV: Sí.

KC: ¿Tú crees que podría llegar a pasar en tu vida, durante unos años?  

EV: Sí, espero profundamente que sea así. Espero poder ver esa Cuba con todos y para el bien de todos. Y donde haya espacio para todas las ideas. Yo también soy utópica. No sé si soy distópica en la escritura y utópica en el pensamiento de lo real, pero creo que en algún momento de mi experiencia vital me va a tocar la posibilidad de habitar el país que he soñado. 

KC: Amén, se dice. Amén. Quiero, yo puedo estar equivocada, pero entiendo que El cielo de la selva lo escribiste en medio de una crisis energética, ¿o no? 

EV: Sí. 

KC: Yo recuerdo esa crisis energética.  Tú estabas en la Isla escribiendo esta novela. Cuéntanos un poco de lo que era este razonamiento energético y cómo tú, como escritora, haces para que no se meta el razonamiento en la trama.

EV: Bueno, se mete en la trama, en  mis dos últimas novelas, en El cielo de la selva y en La piel hembra. En La piel hembra —que es la que estoy terminando de escribir— , también sucedió el razonamiento energético. Lo que pasa es que con esa novela tuve un poquito más de suerte porque cada determinado tiempo me iba a una residencia literaria. Tuve residencias literarias que me apoyaron, en México, en Italia y en Barcelona, en la Costa Brava, donde me acogían por un mes o dos meses para escribir. Y claro, eso me permitía, un aire diferente también de escritura y de disposición a la escritura, porque te confieso, escribir con razonamiento energético es lo peor que hay para un escritor. 

KC: ¿Implica que no puedes tener conectada la computadora? ¿Qué implica? 

EV: El razonamiento energético es un apagón. Un apagón significa que durante un periodo de horas determinado no vas a tener luz. En Cuba se van las conexiones también junto a la luz, entonces tampoco tienes comunicación con el mundo exterior. Si necesitas investigar algo, si necesitas buscar algo, olvídalo, no existe. Además, las conexiones son malísimas de por sí. Pueden existir apagones de cuatro horas, pero también de ocho, doce y llegó un punto en que fueron catorce. Hay más en la capital, estoy hablándote de la capital del país, no del resto de las provincias, donde han es tados más de treinta y seis horas sin luz, incluso más.

A todo eso se le suma un fenómeno que es la caída del sistema eléctrico nacional. Los equipos son tan obsoletos que se conectan ya con estática milagrosa y, yo creo, que con las oraciones de todos los cubanos para que no se caiga el sistema.

Si de repente hay una pequeña fallita en algún lugar del sistema eléctrico nacional, muchas veces se hace una reacción en cadena que hace que toda la luz, en todo el país, al mismo tiempo, se vaya y hay que levantar el sistema al país. No es una zona geográfica, ni un barrio o un lugar, es el país entero a oscuras. Yo he vivido esto unas cuatro o cinco veces y creo que ha pasado más.

Bueno, esto es una experiencia extracorpórea, pero también se dificulta la alimentación. Mi abuela en ese momento todavía estaba viva, la cuidábamos muchísimo, pero es la alimentación del anciano que cuesta tanto trabajo conseguir en el país, la comida se pudre en los refrigeradores porque no hay luz. Es decir, hay muchas cosas vinculadas que no solo se relacionan con la parte física o la disposición a escribir,  sino también con la vida cotidiana, la alimentación, el cómo sobrevives, el agua. Requerimos agua, dependemos de la luz para poder sacar agua, la vida es muy complicada. Entonces imagínate tú escribir una novela pensando en esos conceptos de vida, ¿no? 

KC: ¿Has escrito con hambre? 

EV: No, con hambre nunca. Gracias a mi trabajo, y por eso siempre doy muchísimas gracias a mis lectores, a mis lectoras, mi trabajo ha permitido que mi familia durante las últimas décadas o la última década y media haya podido vivir con dignidad y sin hambre. Esto es extremadamente importante para mí. Además, lo hago desde la literatura, que es un terreno difícil para mantenerse en pie.

De las cosas que más me enorgullecen es que la literatura me dio el privilegio y la felicidad de poder cumplirle a mi abuela uno de sus deseos tan básicos como una latita de melocotones, un trozo de queso, que esto es muy difícil de conseguir en mi país cuando no tienes dinero para hacerlo.

KC: ¿Y qué sientes, realmente? Porque es muy sorprendente lo que tú has logrado. Escribes muy bien, tienes una literatura de calidad, alta literatura. Entonces, ¿qué siente una chica, una adulta, de mirarse hoy y decir este ha sido mi camino? 

EV: Lo vivo con irrealidad todavía,, y te diría que con mucha humildad y con un poco de culpa del sobreviviente. Esto me emociona un poco y yo soy súper emocional. Tengo muchos colegas, muchísimas personas que conozco en Cuba, talentosísimas, escritores y escritoras brillantes, gente que escribe maravillosamente bien, que yo admiro, que aprecio, cuyas obras consumo, cuya obra trato de mover por el mundo también. Cada vez que salgo, salen conmigo mis generaciones, los escritores y escritoras que admiro y quiero.

Es tan difícil la culpa del sobreviviente porque sientes que tú, de alguna forma, has podido salvarte de una catástrofe, pero que otras personas que lo merecerían tanto como tú, que han trabajado tanto como tú, que son tan talentosas como tú, incluso más, no lo han logrado hacer. Esto es algo que a mí me acompaña mucho, ese dolor.

Me siento muy agradecida por el destino que ha tenido mi escritura, que de alguna forma es el destino que atraviesa mi familia y que me atraviesa a mí como sujeto. 

KC: ¿Y cuál dirías tú que es el momento en el que realmente hay un antes y un después en tu carrera?

EV: Año 2021, abril de 2021.  Se publica La tiranía de las moscas en España. La tiranía se escribió en el 2020, en el primer gran encierro de la pandemia. Y en el 2021, en abril, cerquita de la fecha de mi cumpleaños, se publica y en veinticuatro horas se agotó la primera edición.  

KC: ¿Y qué sentiste en ese minuto? 

EV: No tenía conexión, yo estaba en Cuba. Es surrealista pero así son las cosas en mi nación. Un día entro a mi correo electrónico y a mis redes sociales —llevaba una semana sin conectarme y me conectaba una vez a la semana—   y de repente veo, no te puedo contar cuántas historias de Instagram, te estoy hablando de unas cuatrocientas, quinientas historias de Instagram, que ya no podía ver porque habían pasado veinticuatro horas, y mensajes de mis editores diciendo que se había agotado la primera edición. Yo estaba totalmente desconectada del planeta.

Siempre digo que fue el libro parteaguas, el libro que me cambió la vida, el libro que le cambió la vida a mi familia, que también me cambió la escritura. Luego a partir de ahí todo ha ido muy bien. Luego vino El cielo de la selva, que tuvo incluso mayor éxito que La tiranía de las moscas. Llegaron Las cavidades, llegaron los poemarios que ahora se están publicando en diferentes partes de Latinoamérica. Y bueno, ahora ya estamos en el 2026. 

KC: Vamos a hablar de La piel hembra, pero antes, ¿has sentido que te tienen envidia? 

EV: Yo no me centro en eso, no creo. Siempre me he sentido muy querida por la gente que me rodea y por mis colegas. Solo creo que pueden existir en determinados momentos algunas desavenencias estéticas o criterios literarios divergentes.

KC: No, pero digo por tu éxito. 

EV: Lo que yo percibo de mi gente, de la gente que está en Cuba, mis amigos escritores y colegas escritores, es esta idea de que quien sale puede ayudar a que las puertas y ventanas se amplíen para que pasen otros. Y yo me lo tomo muy personal, no sé si me lo tomo como una misión de vida, pero sí intento hacerlo, que donde pueda pararme debo mencionar a mis autoras y autores favoritos, y gente que vive en Cuba y a los que han emigrado a otras zonas del mundo.

KC: ¿Cómo es tu relación con la comida cuando vas a un supermercado y hay cientos de marcas de quesos y de yogures con la antítesis que tienes en tu país? ¿Te sigue haciendo cortocircuito o ya estás acostumbrada? 

EV: No, ya encontré un mecanismo de supervivencia. Antes sí me hacía mucho cortocircuito y yo soy una persona que me abrumo cuando hay cantidades de cosas.  Entonces aposté por la síntesis y es que yo siempre compro los mismos productos, no puedo pensar en más que eso. Son productos que me convencen, con los que me quedan bien las recetitas familiares., No me atrevo mucho a comprar diferente. Entonces creo que también es una estrategia de supervivencia.

KC: ¿Y te cansa que te pregunten tanto de Cuba en las entrevistas? 

EV: Me van a preguntar de Cuba porque soy cubana, es normal, entiendo que va a suceder. A mí Cuba me puede doler y me puede producir nostalgia, pero Cuba nunca me va a pesar..  Hay una canción en Cuba que esencialmente es salsa, dice: «a mí me dicen Cuba». Y yo sí entiendo que cuando me paro en un escenario a mí me dicen Cuba, a mí me dicen la cubana.

Yo llevo a Cuba conmigo, la llevo en el corazón, la llevo en la espiritualidad, la llevo en mi acento, que me encanta la idea del acento y cómo se filtra en el inglés. Me encanta que se sienta el Caribe, que se sienta la isla, que se sientan las palmeras, los cañaverales que ya no existen, el sonido de las fábricas que ya no funcionan, que se escuche el dolor de los apagones, que se escuche la risa y el llanto de mi gente.

Me gusta que esté dentro de mí, incluso aunque pueda pesar, es un peso que uno lleva con orgullo y aferrado, como las maletas de viaje, como las buenas.  

KC: En junio se publicará acá en España tu nuevo libro, La piel hembra. No sé bajo qué editorial, eso no lo tengo. Pero me encantaría que me cuentes un poco sobre esta tercera novela que viene a cerrar una trilogía, ¿no?  

EV: Sí, es una novela que ha sido un larguísimo proceso. Yo escribo rápido, suelo escribir rápido, esta no. Me demoré dos años y medio en terminarla. Es una novela muy larga, ambiciosa, de seiscientas y tantas páginas. En su primer borrador tuvo mil y tantas páginas, ha ido cortándose.

Se va a publicar en España con Barrett; en Latinoamérica con Alfaguara. Y es una novela que cierra una etapa de escritura. Todo lo que venía haciendo yo con La tiranía de las moscas, con El cielo de la selva, con Las cavidades, ahora se cierra desde el punto de vista del lenguaje, de la exploración y la exposición estética, de los debates éticos, que muchos de ellos aparecían como por pinceladas en estas novelas que te he mencionado. Vamos a decir que van a tener un colofón con La piel hembra. Es como el cierre de una etapa a la manera de las tetralogías antiguas de la Grecia o del Ática, como los griegos antiguos, diría yo.

Es sobre la historia de una mesías, una mesías mujer en un pueblo de las montañas, un pueblo en el también verás a Cuba, también vas a ver un poquito de las guerras latinoamericanas en la última mitad del siglo XIX, habrán procesos de independencia, figuras históricas camufladas con otros rostros. Y estará también esta parte cubana de los absurdo, lo mágico, terrorífico que subyace dentro de todo esto.

Estoy con muchas ganas de que ya salga a la luz,  porque ese ha sido un parto largo, bien largo. Pero bueno, ya está justo a punto de publicarse en junio en España por Barrett, los mismos que publicaron en La tiranía de las moscas, mi editorial querida y en Latinoamérica por Alfaguara. También va a estar en inglés en Latinoamérica. 

KC: ¿Y Toronto no se te ha colado? 

EV: Se me cuela mucho la poesía y en el teatro. Esto es lo bueno de trabajar diferentes géneros, creo que se me cuela más Cuba en la novela, todavía no se me ha colado tanto Toronto. Pero sí hay una marca fundamental en mi poesía de lo que es esta ciudad, de lo que significa para mí esta ciudad, de lo que significa ser un cuerpo a medias migrante, siempre digo “a medias migrante” porque voy y vengo, voy y vengo.

Y se han colado también de alguna forma los manejos del inglés en la manera en que entiendo el español, esto es raro, pero se va fusionando.

Y sí, aparece también en mi teatro, hay una obra que se estrenó hace poco en México, por cierto, que se llama Soledad, que es una obra que para mí transcurre totalmente aquí en esta ciudad. Sobre la relación entre madres e hijas y la idea del duelo de la pérdida de un hijo.

Entonces sí, creo que al final todos los lugares emocionales y los tejidos emocionales que conforman mi ser, pues están confluyendo poco a poco, pero en diferentes géneros literarios. 

KC: ¿Qué implica que La piel hembra viene a cerrar una etapa? ¿Qué implica en el futuro? ¿Qué tienes en mente? 

EV: Dentro de un poquito más de dos semanas, me voy a Suiza a escribir la próxima novela, que ya forma parte de un ciclo completo.  

KC: ¿Y ya lo tienes tan claro?

EV: Sí, tengo claro lo que voy a escribir. Ahora, ¿cuánto logro hacer en un mes de trabajo en Suiza? No lo sé, pero quiero, por lo menos, establecer presupuestos básicos de la novela, como los pilares sobre los cuales uno va a construir.

Es una novela que está programada para ser publicada en el 2028, o sea que tengo tiempo para pensar, para escribir. Pero no creas, porque el tiempo en cuestión de escritura se va muy rápido, Karen, sobre todo porque este año voy a estar girando. Este año no será precisamente de escritura, sino de promocionar La piel hembra.

 La próxima novela, la que viene después de La piel hembra, se va a llamar Todos mis huesos. Y bueno, estoy ahí ya viendo ese universo, ya sintiéndola. Fue primero un cuento, y cuando lo escribí me quedé con la sensación de que lo único que he hecho es mirar a través de la celosía de una puerta para darme cuenta de lo que hay del otro lado. Y me fascinó tanto lo que vi del otro lado que dije: “Esto en un cuento, no lo voy a conseguir”. Entonces vamos a hacerlo novela. 

Y bueno, la idea del cuento se va a convertir en un texto mucho más grande o un poco más grande, no creo que sea una novela tan ambiciosa. Creo que va a ser una novela mucho más corta. Y bueno, empezaré Todos mis huesos en Suiza, en la Fundación Jan Michalski.

 KC: Te felicito mucho, Elaine. La verdad es que para mí ha sido una experiencia maravillosa conversar contigo hoy día en Espiral. Conocerte, conocer tu visión de la vida, tu visión de cómo escribes, tu postura. Conocer un poco más a la persona detrás de esta figura de autora siempre es la idea Espiral y creo que lo hemos logrado. Así que muchas, muchas gracias por haber estado.

EV: Karen, muchas gracias a ti por esta conversación que he sentido entre amigas. 

 

 

Cierre

Así finalizamos esta conversación con Elaine Vilar.

Una autora que ha hecho del desplazamiento un lugar de identidad, de la metáfora una forma de supervivencia y del lenguaje un territorio donde las fronteras no son límites, sino puntos de cruce e inspiración. 

Esta es una entrevista que no solo revela a la narradora de universos intensos, salvajes y perturbadores, sino también a la mujer que sostiene su historia entre países, entre la escasez y la abundancia, entre la memoria y el porvenir.

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Chaooooo

 

Lee. Escribe. Crea con Elaine Vilar.