Historias de Uber en Boston

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    El lunes pasado llegué  con varias horas de retraso a Boston para asistir al seminario de Facing History and Ourselves. Estaba en Logan, el aeropuerto de Boston y pedí un Uber. Venía agotada, había perdido las dos combinaciones en Toronto y aún tenía que pasar por el hotel e irme directo al curso sobre Holocausto, historia y educación. Paul, mi taxista, se demoró unos minutos más en llegar de acuerdo a lo que me había estimado la aplicación en mi teléfono. Paul, un hombre de mediana edad me dijo You look tired. Asentí.

    Él no era el típico taxista de Uber que va en silencio (aunque lo único que yo deseaba era justamente eso, silencio), ni siquiera podía observar el entorno  que tan bien conocía (viví dos años en Cambridge, Ma).  Mi intuición era la correcta, Paul quería conversar. Are you here for business?  Vengo a un curso sobre el Holocausto. Se produjo un silencio,  It really was so terrible? Peor de lo que nosotros imaginamos, le contesté. Luego por algún motivo se enteró que era judía y él, casi como un periodista, siguió con las interrogantes. What meaning has Jesus on your faith? Y luego agregó: There is almost no time left for the real Mesias to come. ¿Es judío? ¿evangélico? me pregunté. Nunca lo supe, pero él no tenía una pizca de tímido. Do you really believe in the Tora? How do you know is true?  Le contesté con el corazón: porque sé que es verdad, porque me hace sentido, porque así es. How do you know you are Jewish then? Ya quedaba poco para el hotel, pero parecía que Paul necesitaba saber más. Dejé mi maleta en la recepción,  hice el check in y después Paul me llevó  @facinghistory. Al despedirnos, creo que ambos nos sentimos contentos de habernos encontrado.

Frontis del edificio principal de Facing History
Frontis del edificio principal de Facing History

    Unos días más tarde me di cuenta que no había traído el cargador de mi computador. ¡Horror! La tienda Apple más cercana era en otro sector de Boston, en el mall más exclusivo y estaba agotada, pues recién había terminado el tercer día del seminario y además había quedado con mi colega del seminario, una chilena y su marido, de comer en restaurante italiano. Así que pedí un Uber. Vendría a buscarme Christopher Obazee. Pero tan pronto me subí al taxi, su GPS dejó de funcionar, él no conocía la pequeña calle en el barrio italiano y sin ningún grado de nerviosismo, me dijo  Is my job to find it. Don´t  worry.  Entonces, confié en él. En ese momento empezó la típica conversación, soy de Chile le digo.  And you? From Nigeria. Algo dentro de mí hizo revivir la veta periodística y me lancé con las preguntas. Por primera vez en mi vida conocía a un nigeriano y no podía dejar pasar la oportunidad. Le pregunté si le molestaba que fuera tan curiosa. Me contó que había llegado desde Nigeria hace siete años directo al frío invernal de la capital de Nueva Inglaterra. Pero las cosas se dieron mal, su señora lo abandonó por otro y me contó que fue un período muy difícil; le costó mucho salir adelante. La ex se había ido  otro a Minneapolis y ninguna más supo de ella.

    Christopher que estudió Filosofía en Nigeria  jamás ejerció. Mientras nos acercábamos al North End me contó que en su natal Nigeria logró tener un mini compañía, pero que la corrupción y la política son horribles (hay más de 140 tribus que componen el país y por ende, más de 140 dialectos) y que aquí, además de ser taxista también es corredor de propiedades. Pero que lo único que desea es traer a su segunda señora con sus hijos, no ha logrado que les den la visa. You know? Me dijo con un inglés que me costaba comprenderle, me gusta aquí, si trabajas duro y te esfuerzas, te puede ir bien. En cambio en Nigeria simplemente no pude más. Do I miss something from my country? Solo a mi familia y amigos. Justo habíamos llegado al restaurante. I wish all the best, I hope you can bring soon your family here, me despedí.

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    Esa fue la última experiencia en taxi. Ahora decidí andar por la ciudad en el eficiente tren-metro que se llama T, solo que nadie me conversa, pues todos van mirando sus teléfonos.  Algunos juegan Candy Crush, otros Facebook, algunos leen y otros, los que no ven su celular, duermen.

    Yo, en cambio, como no tengo internet en el tren, me dedico a observar este nuevo silencio.

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