¡Al fin! Terminé varios libros pero quedan varios sobre mi velador

La calidad de la foto está mala, pero es tan dulce la portada que no quise dejar pasar la ocasión.
La calidad de la foto está mala, pero es tan dulce la portada que no quise dejar pasar la ocasión.

    Esta semana por fin terminé dos libros que tenía pendiente hace bastante: “El mundo de ayer”  (Acantilado) de Stefan Zweig  y “La Isla de la infancia” (Anagrama)  de Karl Ove Knausgard. El primero es un registro personal sobre la Primera  Guerra Mundial y el comienzo de la Segunda.  El otro es sobre la infancia del autor que recién me vino a enganchar como en la página 300. También leí rápidamente -en un par de horas- “Colección particular”  (Laurel) de Gonzalo Eltesch.

    Mas, no piensen que estoy “parada” en mis lecturas. Ahí están a medio leer “2666” (Anagrama) de Roberto Bolaño, “The Lost Landscape” (Harpers Collins) Joyce Carol Oates y el eterno pendiente “El libro de las preguntas “ (Siruela) de Edmund Jabes.

         Durante muchos años estuve leyendo con la presión del deber, ya sea por la novela o por un cuento o bien, por el Magíster de Literatura comparada que estoy por finalizar. Justamente estaba trabajando en la tesina que debo entregar en enero para poder recibirme.

Como ven son varios los libros que me acompañan en mi mesa de noche.
Como ven son varios los libros que me acompañan en mi mesa de noche.

        Me ha sido difícil continuar con este trabajo final. Ya he finalizado las clases –dos años en las noches- pero todavía tengo pendiente esta publicación. Realmente este 2015 ha sido muy movido y me ha quedado poco espacio para dedicarme a escribir la tesina; pero como la única forma de terminar las cosas es haciéndolas me tuve que poner rigurosa. El tema principal es sobre cómo se narra el horror del Holocausto. Para ello estoy basando mi análisis en un libro publicado por una sobreviviente judía y chilena del Holocausto, Judith Klein. Ella escribió “Semillas de Dios”,  una memoria de Auschwitz (Aguilar). Está narrado en primera persona y el texto realmente tiene un estilo y una voz propia. Klein lo comenzó a escribir en unos cuadernos décadas antes, cuando los fantasmas de su experiencia no la querían abandonar. Pues aquí no solo se habla del horror, sino que se recuerda lo más íntimo y tierno de la infancia. Llama la atención que la autora interpele directamente a Dios, que lo increpe pero a la vez, es su refugio y su esperanza.

        Reconozco que a veces me canso de leer textos relacionados con Holocausto, piensen que también trabajo en Fundación Memoria Viva que realiza entrevistas a sobrevivientes y genera herramientas educacionales. Pero a lo largo de los años me he dado cuenta que que para mí la memoria es un pilar fundamental para mejorar el mundo. Esta soy yo: me gusta saber, más me gusta recordar y sobre todo, me gusta tener un registro.

     Por eso llevo registros de diversa índole, ya sea un diario personal, o sobre lo que he leído, también frases que mis hijos han dicho, o bien, sobre los menús que he servido en casa. Además tengo una libreta para cada hijo, desde que cada uno nació y ahí les voy escribiendo sobre sus vidas, sobre cómo van creciendo, sobre sus juegos y dichos.

    Me cuesta imaginar-me sin estos registros. Siempre ando con un lápiz en la cartera, un libro en la mano, una pequeña libreta. Son mis eternos compañeros, no hablan, pero me permiten encontrar mi ventana.

Ten una lectura propia. 

Pd: Esto de la autobiografía me recuerda lo que hace poco me dijo una fiel lectura del blog sobre “Una mujer en Berlín”: que era repetitivo y no había un desarrollo del personaje principal. Humildemente le dije que yo lo había leído como un registro histórico y como un diario. No como una novela.

Historias de Uber en Boston

uber

    El lunes pasado llegué  con varias horas de retraso a Boston para asistir al seminario de Facing History and Ourselves. Estaba en Logan, el aeropuerto de Boston y pedí un Uber. Venía agotada, había perdido las dos combinaciones en Toronto y aún tenía que pasar por el hotel e irme directo al curso sobre Holocausto, historia y educación. Paul, mi taxista, se demoró unos minutos más en llegar de acuerdo a lo que me había estimado la aplicación en mi teléfono. Paul, un hombre de mediana edad me dijo You look tired. Asentí.

    Él no era el típico taxista de Uber que va en silencio (aunque lo único que yo deseaba era justamente eso, silencio), ni siquiera podía observar el entorno  que tan bien conocía (viví dos años en Cambridge, Ma).  Mi intuición era la correcta, Paul quería conversar. Are you here for business?  Vengo a un curso sobre el Holocausto. Se produjo un silencio,  It really was so terrible? Peor de lo que nosotros imaginamos, le contesté. Luego por algún motivo se enteró que era judía y él, casi como un periodista, siguió con las interrogantes. What meaning has Jesus on your faith? Y luego agregó: There is almost no time left for the real Mesias to come. ¿Es judío? ¿evangélico? me pregunté. Nunca lo supe, pero él no tenía una pizca de tímido. Do you really believe in the Tora? How do you know is true?  Le contesté con el corazón: porque sé que es verdad, porque me hace sentido, porque así es. How do you know you are Jewish then? Ya quedaba poco para el hotel, pero parecía que Paul necesitaba saber más. Dejé mi maleta en la recepción,  hice el check in y después Paul me llevó  @facinghistory. Al despedirnos, creo que ambos nos sentimos contentos de habernos encontrado.

Frontis del edificio principal de Facing History
Frontis del edificio principal de Facing History

    Unos días más tarde me di cuenta que no había traído el cargador de mi computador. ¡Horror! La tienda Apple más cercana era en otro sector de Boston, en el mall más exclusivo y estaba agotada, pues recién había terminado el tercer día del seminario y además había quedado con mi colega del seminario, una chilena y su marido, de comer en restaurante italiano. Así que pedí un Uber. Vendría a buscarme Christopher Obazee. Pero tan pronto me subí al taxi, su GPS dejó de funcionar, él no conocía la pequeña calle en el barrio italiano y sin ningún grado de nerviosismo, me dijo  Is my job to find it. Don´t  worry.  Entonces, confié en él. En ese momento empezó la típica conversación, soy de Chile le digo.  And you? From Nigeria. Algo dentro de mí hizo revivir la veta periodística y me lancé con las preguntas. Por primera vez en mi vida conocía a un nigeriano y no podía dejar pasar la oportunidad. Le pregunté si le molestaba que fuera tan curiosa. Me contó que había llegado desde Nigeria hace siete años directo al frío invernal de la capital de Nueva Inglaterra. Pero las cosas se dieron mal, su señora lo abandonó por otro y me contó que fue un período muy difícil; le costó mucho salir adelante. La ex se había ido  otro a Minneapolis y ninguna más supo de ella.

    Christopher que estudió Filosofía en Nigeria  jamás ejerció. Mientras nos acercábamos al North End me contó que en su natal Nigeria logró tener un mini compañía, pero que la corrupción y la política son horribles (hay más de 140 tribus que componen el país y por ende, más de 140 dialectos) y que aquí, además de ser taxista también es corredor de propiedades. Pero que lo único que desea es traer a su segunda señora con sus hijos, no ha logrado que les den la visa. You know? Me dijo con un inglés que me costaba comprenderle, me gusta aquí, si trabajas duro y te esfuerzas, te puede ir bien. En cambio en Nigeria simplemente no pude más. Do I miss something from my country? Solo a mi familia y amigos. Justo habíamos llegado al restaurante. I wish all the best, I hope you can bring soon your family here, me despedí.

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    Esa fue la última experiencia en taxi. Ahora decidí andar por la ciudad en el eficiente tren-metro que se llama T, solo que nadie me conversa, pues todos van mirando sus teléfonos.  Algunos juegan Candy Crush, otros Facebook, algunos leen y otros, los que no ven su celular, duermen.

    Yo, en cambio, como no tengo internet en el tren, me dedico a observar este nuevo silencio.

Ten una lectura propia. 

Una sobreviviente del Holocausto y sus 3 nombres: Paulina, Peska y Genoveva

Libro Paulina Bohorodzaner (Z.L)

    El miércoles asistí al lanzamiento del libro Gozo y Dolor. Son las memorias póstumas de Peska (Paulina) Tider, más conocida por mí como la señora Paulina. Ella fue una sobreviviente del Holocausto y entregó su testimonio a Memoria Viva en el 2010. Hace poco volví a ver esa entrevista y se me quedó marcado su  rostro, su mirada azul viendo ante ella el horror y la pérdida, pero sobre todo el silencio que nadie intentó rellenar con palabras necias. No crean que fue una entrevista larga, solo 16 minutos, pero en ese lapsus de tiempo transcurrieron muchas horas de vida y de dolores.

    Queridos lectores, imaginen tan solo que la señora Paulina tuvo tres nombres: Peska, Paulina y Genoveva Zawada.

    ¿Por qué tantos se pueden preguntar? El primero al nacer, el segundo cuando llegó a Chile tras la Guerra y Genoveva, el que la salvó de los nazis. Pues con esa nueva identidad sobrevivió, con esa nueva identidad pudo trabajar para una familia alemana que la acogió durante esos años. Con esa identidad vivió.

     Cuesta imaginar eso

  Cuesta imaginar que ella perdió a sus padres, pero que ellos, gracias a su inteligencia salvaron a los tres hijos.

    Cuesta imaginar a Wanda, la polaca que los ayudó a sobrevivir.

    Cuesta imaginar el miedo, el pánico y la bondad en medio del mal.

    En el lanzamiento, el hijo y los nietos hablaron sobre la señora Paulina, sobre cómo fue su vida y más que nada, en cómo sus acciones se orientaron para el bien. Este libro que tengo en mis manos, es mucho más que la memorias de la pérdida, porque aquí encuentro relatos de bondad, de ilusión y también de una juventud arrebatada. La mayoría de los sobrevivientes recuerdan vívidamente cuán rápido les arrancaron la inocencia y la alegría. Claro, muchos dicen que la recuperaron, pero sinceramente, la pérdida los acompaña por doquier. Sobre todo la pérdida de los que ya no están, de los que se fueron de manera indescriptible.

    Ella finaliza sus memorias con lo siguiente:

 

 Es tanto mi dolor por la pérdida de mis seres amados, es tan difícil  expresarlo en palabras, sólo el amor de mis nietos me anima a continuar viviendo y me devuelve en algo la felicidad perdida.

    En el dorso del libro aparece una foto familiar, da gusto. Doña Paulina logró reparar de alguna manera ese dolor y transformarlo en gozo. Eso, queridos amigos, es lo más bello de la historia.

Ten una lectura propia.