El viaje de la escritura: Joyce Carol Oates, Stefan Zweig, Tao Lin

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    En mi maleta de mano llevo varios libros de papel (aún no me acostumbro a leer en la pantalla). Voy de viaje por el mundo con mis libros. Son pesados, pero no me importa. Son de autores de diferentes procedencias y tampoco me importa. Algunos hombres y otros mujeres. Me importa menos. ¿Qué tienen en común Joyce Carol Oates, Stefan Zweig, Tao Lin y una autora anónima? Poseen el don de la buena escritura, me hacen volar por mundos que de otra forma permanecerían en la oscuridad. Sin la literatura me quedaría encerrada en mi pequeño universo. ¿Para qué tantos libros? ¿Acaso tendré tanto tiempo para leerlos? Aunque el avión se atrase, se pierda el equipaje con la ropa o azote una tormenta y me deje encerrada en el hotel, los libros estarán junto a mí. Crecí leyendo y envejezco haciéndolo. Me cuesta creer que escribo en el viaje, y me cuesta creer que algunos me leen.

    Comencé de pequeña, ignorante aún del impacto que tendrían en esas cientos de páginas de diarios de vida. Gracias a ese ejercicio de ir plasmando ideas, acontecimientos, rabias y penas de amor tuve el mejor taller literario que podría haber aspirado. Hoy, cuando escribo, ya sea en papel o en el teclado, cuentos, novela o entradas al blog, me suceden cosas, voy escuchando voces, viendo personas y oliendo fragancias. Confieso que ya sea de ficción o la tan agasajada “no ficción” es un vicio, de los buenos; escribir se ha convertido en parte de mi ser y es mi forma de vivir la vida.

    Vivimos catalogando, indexando, creando bases de datos y listas sobre los mejores escritores. ¿Cuándo las mujeres seremos tan importantes como los hombres?. Digo con absoluta tranquilidad, que poco importan esas cuestiones del siglo pasado. Quiero creer que la buena literatura ha sobrepasado esas categorías anticuadas.

    Así como me he subido a varios aviones para llegar a destino, escribir es tener alas. Me permite que los límites de género (como tantos otros) se difuminen para alcanzar una nueva realidad. Solo le pido al autor@ (a esos que llevo en mi maleta de mano y a los otros que están en mi biblioteca) que escriban la verdad dentro de la ficción.

    Escribir, por fin, es la maravilla.

 

Ten Una LecturaPropia.

Historias de Uber en Boston

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    El lunes pasado llegué  con varias horas de retraso a Boston para asistir al seminario de Facing History and Ourselves. Estaba en Logan, el aeropuerto de Boston y pedí un Uber. Venía agotada, había perdido las dos combinaciones en Toronto y aún tenía que pasar por el hotel e irme directo al curso sobre Holocausto, historia y educación. Paul, mi taxista, se demoró unos minutos más en llegar de acuerdo a lo que me había estimado la aplicación en mi teléfono. Paul, un hombre de mediana edad me dijo You look tired. Asentí.

    Él no era el típico taxista de Uber que va en silencio (aunque lo único que yo deseaba era justamente eso, silencio), ni siquiera podía observar el entorno  que tan bien conocía (viví dos años en Cambridge, Ma).  Mi intuición era la correcta, Paul quería conversar. Are you here for business?  Vengo a un curso sobre el Holocausto. Se produjo un silencio,  It really was so terrible? Peor de lo que nosotros imaginamos, le contesté. Luego por algún motivo se enteró que era judía y él, casi como un periodista, siguió con las interrogantes. What meaning has Jesus on your faith? Y luego agregó: There is almost no time left for the real Mesias to come. ¿Es judío? ¿evangélico? me pregunté. Nunca lo supe, pero él no tenía una pizca de tímido. Do you really believe in the Tora? How do you know is true?  Le contesté con el corazón: porque sé que es verdad, porque me hace sentido, porque así es. How do you know you are Jewish then? Ya quedaba poco para el hotel, pero parecía que Paul necesitaba saber más. Dejé mi maleta en la recepción,  hice el check in y después Paul me llevó  @facinghistory. Al despedirnos, creo que ambos nos sentimos contentos de habernos encontrado.

Frontis del edificio principal de Facing History
Frontis del edificio principal de Facing History

    Unos días más tarde me di cuenta que no había traído el cargador de mi computador. ¡Horror! La tienda Apple más cercana era en otro sector de Boston, en el mall más exclusivo y estaba agotada, pues recién había terminado el tercer día del seminario y además había quedado con mi colega del seminario, una chilena y su marido, de comer en restaurante italiano. Así que pedí un Uber. Vendría a buscarme Christopher Obazee. Pero tan pronto me subí al taxi, su GPS dejó de funcionar, él no conocía la pequeña calle en el barrio italiano y sin ningún grado de nerviosismo, me dijo  Is my job to find it. Don´t  worry.  Entonces, confié en él. En ese momento empezó la típica conversación, soy de Chile le digo.  And you? From Nigeria. Algo dentro de mí hizo revivir la veta periodística y me lancé con las preguntas. Por primera vez en mi vida conocía a un nigeriano y no podía dejar pasar la oportunidad. Le pregunté si le molestaba que fuera tan curiosa. Me contó que había llegado desde Nigeria hace siete años directo al frío invernal de la capital de Nueva Inglaterra. Pero las cosas se dieron mal, su señora lo abandonó por otro y me contó que fue un período muy difícil; le costó mucho salir adelante. La ex se había ido  otro a Minneapolis y ninguna más supo de ella.

    Christopher que estudió Filosofía en Nigeria  jamás ejerció. Mientras nos acercábamos al North End me contó que en su natal Nigeria logró tener un mini compañía, pero que la corrupción y la política son horribles (hay más de 140 tribus que componen el país y por ende, más de 140 dialectos) y que aquí, además de ser taxista también es corredor de propiedades. Pero que lo único que desea es traer a su segunda señora con sus hijos, no ha logrado que les den la visa. You know? Me dijo con un inglés que me costaba comprenderle, me gusta aquí, si trabajas duro y te esfuerzas, te puede ir bien. En cambio en Nigeria simplemente no pude más. Do I miss something from my country? Solo a mi familia y amigos. Justo habíamos llegado al restaurante. I wish all the best, I hope you can bring soon your family here, me despedí.

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    Esa fue la última experiencia en taxi. Ahora decidí andar por la ciudad en el eficiente tren-metro que se llama T, solo que nadie me conversa, pues todos van mirando sus teléfonos.  Algunos juegan Candy Crush, otros Facebook, algunos leen y otros, los que no ven su celular, duermen.

    Yo, en cambio, como no tengo internet en el tren, me dedico a observar este nuevo silencio.

Ten una lectura propia. 

Una sobreviviente del Holocausto y sus 3 nombres: Paulina, Peska y Genoveva

Libro Paulina Bohorodzaner (Z.L)

    El miércoles asistí al lanzamiento del libro Gozo y Dolor. Son las memorias póstumas de Peska (Paulina) Tider, más conocida por mí como la señora Paulina. Ella fue una sobreviviente del Holocausto y entregó su testimonio a Memoria Viva en el 2010. Hace poco volví a ver esa entrevista y se me quedó marcado su  rostro, su mirada azul viendo ante ella el horror y la pérdida, pero sobre todo el silencio que nadie intentó rellenar con palabras necias. No crean que fue una entrevista larga, solo 16 minutos, pero en ese lapsus de tiempo transcurrieron muchas horas de vida y de dolores.

    Queridos lectores, imaginen tan solo que la señora Paulina tuvo tres nombres: Peska, Paulina y Genoveva Zawada.

    ¿Por qué tantos se pueden preguntar? El primero al nacer, el segundo cuando llegó a Chile tras la Guerra y Genoveva, el que la salvó de los nazis. Pues con esa nueva identidad sobrevivió, con esa nueva identidad pudo trabajar para una familia alemana que la acogió durante esos años. Con esa identidad vivió.

     Cuesta imaginar eso

  Cuesta imaginar que ella perdió a sus padres, pero que ellos, gracias a su inteligencia salvaron a los tres hijos.

    Cuesta imaginar a Wanda, la polaca que los ayudó a sobrevivir.

    Cuesta imaginar el miedo, el pánico y la bondad en medio del mal.

    En el lanzamiento, el hijo y los nietos hablaron sobre la señora Paulina, sobre cómo fue su vida y más que nada, en cómo sus acciones se orientaron para el bien. Este libro que tengo en mis manos, es mucho más que la memorias de la pérdida, porque aquí encuentro relatos de bondad, de ilusión y también de una juventud arrebatada. La mayoría de los sobrevivientes recuerdan vívidamente cuán rápido les arrancaron la inocencia y la alegría. Claro, muchos dicen que la recuperaron, pero sinceramente, la pérdida los acompaña por doquier. Sobre todo la pérdida de los que ya no están, de los que se fueron de manera indescriptible.

    Ella finaliza sus memorias con lo siguiente:

 

 Es tanto mi dolor por la pérdida de mis seres amados, es tan difícil  expresarlo en palabras, sólo el amor de mis nietos me anima a continuar viviendo y me devuelve en algo la felicidad perdida.

    En el dorso del libro aparece una foto familiar, da gusto. Doña Paulina logró reparar de alguna manera ese dolor y transformarlo en gozo. Eso, queridos amigos, es lo más bello de la historia.

Ten una lectura propia. 

El Calbuco, el Villarrica y yo.

Calbuco

    Queridos amigos, otro volcán nos está hablando. Al cielo se van esas nubes cargadas de energía, al cielo corren a volar como si quisieran escapar de nuestro Chile.

     El Calbuco, así se llama este volcán, esta caldera que hoy hierve y nos maravilla con su fuerza.

   Sale el humo con rapidez, tanto que uno piensa que se cansó del silencio que mantuvo por 42 años. Mi edad.

    Cuando era pequeña me gustaba observar el Volcán Villarrica. Recuerdo esas noches en Pucón (todavía era la década del 80) cuando el pueblo aún tenía sus calles con ripio, no existían los restaurantes ni supermercados enormes.

Gran Hotel Pucón 1930
Gran Hotel Pucón en 1930

    Cuando aún la Nora diariamente nos traía pan amasado y el Loco nos llevaba a pescar al Trancura. Ese Loco, un pescador que me enseñó a disfrutar la tranquilidad que se produce sobre un bote de madera rodeada de vegetación nativa. A regocijarme cuando el pez se comía el anzuelo.  El Loco gritaba  “nalai chalhua” cuando la pesca estaba mala. Le gustaba ponerle harta   mantequilla a la sartén para que el pescado quedara rico, a tomarse un buen tinto y a descansar en la orilla del río luego del opiparo almuerzo. Ese Loco murió joven, educaba con cariño y responsabilidad a sus hijos y vivía en la calle Lincoyan. Por entonces todavía quedaban truchas, todavía los turistas no habían invadido la naturaleza. Todavía.

    Como les contaba, en las noches me gustaba observar al Villarrica. Me sentaba en la ventana a mirar cómo corría la lava. La veo allí, un riachuelo de masa fosforescente, iluminando la oscuridad con sus naranjos, rojos y hasta azules. Era un camino fino y delgado.

villarrica

    Chile, país de volcanes, de lagos y de desierto. Chile, país de desastres.

    Hace poco sucedió en el norte, en Copiapo.

temporalchilenorte6.jpg_1572130063    Allí las inundaciones convirtieron ciudades en barro, casas en ruinas, colegios en edificios abandonados.

    Y ahora, al sur, vemos al Calbuco.

    Ay Chile, ay la naturaleza que vive y nos sorprende.

    Ay Día de la Tierra.

Ten una lectura propia. 

Harper´s Magazine, Neruda y el buen periodismo

Harper´s

          Bienvenido primer lunes de marzo y para nosotros, los chilenos, sentimos que recién comienza el año (niños que entran a clases, otros que recién regresan de las vacaciones). Por eso les quiero contar cómo fueron las mías: leídas.  Hace mucho, mucho (y lo digo literalmente) que no había tenido tanto tiempo disponible. Me había imaginado que mis vacaciones en un crucero de Disney sería el ultimo lugar en la tierra (en el océano, en realidad) donde podría hacer lo que más disfruto: leer. Fue un regalo. Mientras avanzaba vorazmente en El Doctor Zhivago (ay los rusos, los rusos), también leía mis revistas norteamericanas preferidas  (lo hago sólo en papel).

           La historia sobre la exhumación de Pablo Neruda –escrita por Emily Witt que vivió en Viña del Mar por un intercambio colegial- me hizo pensar sobre los motivos de por qué las revistas chilenas no me llaman la atención. Si un artículo sobre Neruda aparece en la revista Qué Pasa, me lo saltaría. Pero no ocurrió lo mismo en la Harper´s ¿Estoy siendo esnob? Sí, porque confío más en una publicación norteamericana, porque automáticamente valoro para bien lo extranjero  y para mal lo chileno, pero también los hechos confirman que nuestro periodismo es lejanamente uno de calidad. El nivel de reporteo, de profundidad y sobre todo, el punto de vista con que se abordan los artículos (Harper´s ya tiene más de ciento cincuenta años de antigüedad) me asegura que vale la pena invertir mi tiempo y neuronas en leer una vez más algo sobre el ganador del Premio Nobel (ojo, no necesariamente que me interese). Me encontré absorta en la lectura sobre los avatares de la exhumación de su cuerpo, en el análisis de nuestra sociedad de los ochenta y noventa, de por qué los chilenos de entonces preferíamos  Sábados Gigantes, las teleseries brasileñas y las chilenas de las siete, antes que ponernos a discutir abiertamente sobre un régimen que asesinó a tantos.

Pablo Neruda

      La escritora opina que Pinochet volvió fuertemente a la palestra en 1998 con su arresto en Londres, previamente las opiniones personales se manifestaban con fuerza sólo en el ámbito de lo privado. Ni en la familia de derecha que acogió a Emily Witt, ni tampoco en el colegio católico al que asistió ni menos en los programas televisivos, se hizo alusión directa al régimen dictatorial. Witt considera que los chilenos vivíamos de acuerdo a los horarios de la televisión: “se almorzaba con la teleserie de Brasil; el patriotismo se reflejaba en las noticias de las tarde y las teleseries chilenas marcaban el fin de la tarde. Uno podía ver las noticias cada noche y leer los diarios cada mañana y seguir esquivando escuchar las historias de un conflicto que había sucedido recientemente en Chile”. Witt comprendió finalmente que así éramos (¿o somos?) los chilenos. Durante esos años (yo lo recuerdo tan bien) queríamos consenso y opiniones neutras. Sólo con la muerte de Pinochet, postula Emily  Witt, la situación cambió.

      Volvamos a nuestro periodismo. Considero que la principal debilidad de éste radica en que estamos más preocupados de lo sensacionalista, de lo que vende y de lo que es de fácil digestión. Esto vendría a ser un legado de la era de Pinochet. No existe una mirada pausada, reflexiva, con una visión de futuro. ¿Acaso no hay buenas historias? ¿Será que no venden lo suficiente o bien, es una cosa de productividad: los periodistas deben producir mucho en poco tiempo, lo que les impide reportear con calma?

      Los gringos (hablo de las revistas buenas como lo son The Atlantic, Harper´s, The New Yorker), llevan haciendo un periodismo de calidad desde hace décadas. Si bien saben que las personas son los grandes protagonistas, también son capaces de unir los hilos entre distintos períodos históricos y darles un sentido. Además no escatiman recursos, entendidos como tiempo, dinero, reporteo y prudencia para dejar que la historia hable y se desarrolle. Ellos saben encontrar la novedad donde pareciera que ya está todo dicho, buscan buenos casos, escriben con ritmo, con un punto de vista, son muy cuidadosos en el manejo de las fuentes y de la profundidad en que abordan el tema.

     En la edición siguiente de Harper’s de febrero (mantiene su línea editorial: nada de fotos, ni de gráficos, un  desafío para los lectores de 140 caracteres, nos hemos acostumbrado a leer con pie de página, con artículos llenos de fotografías y gráficos), también apareció un artículo del conflicto marítimo entre Bolivia y Chile (cuestión que lejanamente me atrae y leí de principio a fin). Reconozco que poco sé sobre este tema, pero lo que me motivó a invertir mi tiempo en este reportaje es que por fin me formaría una opinión propia. Los bolivianos sueñan con el mar que no tienen, algunos piensan que solo con un pedazo de ese mar se convertiran en un gran imperio y saldrán de la pobreza. Pienso yo, una chilena que vive en el valle de Santiago, rodeada por una Cordillera de Los Andes que cada vez está más invisible, que es natural esta ilusión boliviana. Son como niños que necesitan culpar a otro de sus desgracias (yo también le echo la culpa a otros por el esmog de mi ciudad, por los crecientes tacos en automóvil, por los escándalos de corrupción).

     Al final de la revista publicaron un cuento de Alejandro Zambra “Vida de familia”, historia que ya había leído en Mis Documentos.n edit zambra

Un cuidador de gatos, una familia que parte por un tiempo a vivir a París, un vecindario que hoy casi no existe. Zambra es un exponente de la nueva literatura chilena que aborda los años de dictadura con esa mirada que Witt decía que teníamos los chilenos, como si todo y nada hubiera sucedido.

    Queridos amigos, podría seguir contándoles todo lo que leí (mujeres afganas, línea de ayuda a adolescentes y un cuento de Tony Morrison )Cuento de Tony Morrison pero en fin, lo que sí puedo decirles es que tras esta experiencia de inmersión total en el buen periodismo, vuelvo a conectarme cuando tenía 18 años y elegí estudiar esa carrera. Vuelvo a enamorarme con el reporteo, por dar a conocer mundos ajenos que hagan sentidos a otros. Periodismo que hoy deja tanto que desear en esta ciudad del sur del mundo, entre medio de las montañas, esmog y teleseries brasileñas.

Ten una lectura propia.

 

 

Reconozco a Lemebel

Lemebel
A los 62 años de edad murió Pedro Lemebel.

    Ha muerto Pedro Lemebel.

       Reconozco que no soy ni he sido una fiel lectora de Pedro. Tampoco de sus obras visuales.

       Reconozco también que yo, ignorante de su talento, preferí otras lecturas.

       Reconozco, eso sí, que hemos perdido un hombre con carácter, con postura (o quizá impostura).

       Reconozco, que su obra ha tenido peso.

       Por eso estas líneas. Por eso este recuerdo.

       La primera vez que leí algo de su autoría me gustó su arrojo, su falta de decoro, su valiente prosa y mirada aguda.

Manifiesto (Hablo por mi diferencia)

No soy Pasolini pidiendo explicaciones
No soy Ginsberg expulsado de Cuba
No soy un marica disfrazado de poeta
No necesito disfraz
Aquí está mi cara
Hablo por mi diferencia
Defiendo lo que soy
Y no soy tan raro
Me apesta la injusticia
Y sospecho de esta cueca democrática
Pero no me hable del proletariado
Porque ser pobre y maricón es peor
Hay que ser ácido para soportarlo
Es darle un rodeo a los machitos de la esquina
Es un padre que te odia
Porque al hijo se le dobla la patita
Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro
Envejecidas de limpieza
Acunándote de enfermo
Por malas costumbres
Por mala suerte
Como la dictadura
Peor que la dictadura
Porque la dictadura pasa
Y viene la democracia
Y detrasito el socialismo
¿Y entonces?
¿Qué harán con nosotros compañero?
¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos
con destino a un sidario cubano?
Nos meterán en algún tren de ninguna parte
Como en el barco del general Ibáñez
Donde aprendimos a nadar
Pero ninguno llegó a la costa
Por eso Valparaíso apagó sus luces rojas
Por eso las casas de caramba
Le brindaron una lágrima negra
A los colizas comidos por las jaibas
Ese año que la Comisión de Derechos Humanos
no recuerda
Por eso compañero le pregunto
¿Existe aún el tren siberiano
de la propaganda reaccionaria?
Ese tren que pasa por sus pupilas
Cuando mi voz se pone demasiado dulce
¿Y usted?
¿Qué hará con ese recuerdo de niños
Pajeándonos y otras cosas
En las vacaciones de Cartagena?
¿El futuro será en blanco y negro?
¿El tiempo en noche y día laboral
sin ambigüedades?
¿No habrá un maricón en alguna esquina
desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?
¿Van a dejarnos bordar de pájaros
las banderas de la patria libre?
El fusil se lo dejo a usted
Que tiene la sangre fría
Y no es miedo
El miedo se me fue pasando
De atajar cuchillos
En los sótanos sexuales donde anduve
Y no se sienta agredido
Si le hablo de estas cosas
Y le miro el bulto
No soy hipócrita
¿Acaso las tetas de una mujer
no lo hacen bajar la vista?
¿No cree usted
que solos en la sierra
algo se nos iba a ocurrir?
Aunque después me odie
Por corromper su moral revolucionaria
¿Tiene miedo que se homosexualice la vida?
Y no hablo de meterlo y sacarlo
Y sacarlo y meterlo solamente
Hablo de ternura compañero
Usted no sabe
Cómo cuesta encontrar el amor
En estas condiciones
Usted no sabe
Qué es cargar con esta lepra
La gente guarda las distancias
La gente comprende y dice:
Es marica pero escribe bien
Es marica pero es buen amigo
Súper-buena-onda
Yo no soy buena onda
Yo acepto al mundo
Sin pedirle esa buena onda
Pero igual se ríen
Tengo cicatrices de risas en la espalda
Usted cree que pienso con el poto
Y que al primer parrillazo de la CNI
Lo iba a soltar todo
No sabe que la hombría
Nunca la aprendí en los cuarteles
Mi hombría me la enseñó la noche
Detrás de un poste
Esa hombría de la que usted se jacta
Se la metieron en el regimiento
Un milico asesino
De esos que aún están en el poder
Mi hombría no la recibí del partido
Porque me rechazaron con risitas
Muchas veces
Mi hombría la aprendí participando
En la dura de esos años
Y se rieron de mi voz amariconada
Gritando: Y va a caer, y va a caer
Y aunque usted grita como hombre
No ha conseguido que se vaya
Mi hombría fue la mordaza
No fue ir al estadio
Y agarrarme a combos por el Colo Colo
El fútbol es otra homosexualidad tapada
Como el box, la política y el vino
Mi hombría fue morderme las burlas
Comer rabia para no matar a todo el mundo
Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro
Yo no pongo la otra mejilla
Pongo el culo compañero
Y ésa es mi venganza
Mi hombría espera paciente
Que los machos se hagan viejos
Porque a esta altura del partido
La izquierda tranza su culo lacio
En el parlamento
Mi hombría fue difícil
Por eso a este tren no me subo
Sin saber dónde va
Yo no voy a cambiar por el marxismo
Que me rechazó tantas veces
No necesito cambiar
Soy más subversivo que usted
No voy a cambiar solamente
Porque los pobres y los ricos
A otro perro con ese hueso
Tampoco porque el capitalismo es injusto
En Nueva York los maricas se besan en la calle
Pero esa parte se la dejo a usted
Que tanto le interesa
Que la revolución no se pudra del todo
A usted le doy este mensaje
Y no es por mí
Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alíta rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.

NOTA:Este texto fue leído como intervención en un acto político de la izquierda en septiembre de 1986, en Santiago de Chile.

    A veces cansa leer a Lemebel. A veces pienso que fue un gran actor. Se reía de nosotros sin el decoro propio de los ricos, de los pobres y de los marginales. Se reía como Lemebel.

    Qué pena que se fue sin recibir el Premio Nacional de Literatura.

    A veces hay que morir para reconocer el merito.

    Su Río Mapocho y su Liz Taylor y su Florida y su Karen y su Manifiesto, quedaron grabados en mi mente literata.

    Ojalá puedan leerlos.

    Y entender a Lemebel.

     Los dejo con una entrevista realizada el 2012. No apta para menores.

    Reconozco.

Ten una lectura propia.

Sueños entre Zambra y Jackson

ROGER EN LA HUERTA

 

    Amigos, amigos, amigos, hace tanto que no les escribía. Ya estamos a mediados de enero, cuando el calor en Santiago se hace insoportable, pero por fin disminuyen  los autos y muchos se han ido fuera, al igual que yo que logré escaparme un fin de semana. Les escribo desde la playa, cuando el sol se escabulle entre medio de las nubes, mis ideas vuelan como los pelícanos que cruzan el horizonte. Aquí, cerca de Papudo, el sol está cansado de tanto brillar, parece que también necesita unas vacaciones. Pero su ausencia no ha sido  un impedimento para disfrutar de la naturaleza, de esa que nos obliga a ir a un ritmo pausado, a descubrir estrellas de mar entre medio de las rocas, en fin, respirar como si estuviéramos ante un mundo nuevo.

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ALGÚN LUGAR DE LA COSTA CHILENA, ENTRE PAPUDO Y ZAPALLAR

    Tengo tanto que contarles (conferencias, encuentros con escritores, lecturas). Pero como ya estoy en la playa prefiero comenzar por lo más reciente. Ayer fui a Expocachagua y descubrí a un nuevo artista, un  australiano que se dedica a crear obras de arte a partir de la chatarra. En el arte es muy fácil quedarse en las modas o las tendencias, evitando lo disruptivo (como dicen, siempre es más cómodo pensar dentro de la caja). Muchos de los que nos dedicamos al ámbito artístico nos cuesta innovar. A los lectores les gusta que la prosa fluya, sea ágil y con abundante aventura y amor. Justamente eso no sucede con Facsímil de Alejandro Zambra.

    Facsímil lo leí en una mañana de sábado y  agradecí su propuesta, tan fresca, que dejé de sentir los 32 grados en el cuerpo; transgresor (Zambra marca camino) ¿Quién no siente algún grado de angustia al recordar los famosos cuadernillos para preparar la Prueba de Aptitud Académica? ¿o la PSU de hoy? Pero el dilema del texto (de Zambra, digo) es que no existe la respuesta correcta, todas pueden serlo y ninguna también. Nos pone en situaciones límites, sientes un leve cosquilleo, dudas que el padre sea bueno, dudas que la dictadura tenga tantas posibilidades, dudas. Y en dudar, está el valor. Lo compré en la Ulises que está ubicada en la Biblioteca Nicanor Parra de la UDP tras escuchar la recomendación de mi amigo Marco Antonio de la Parra (ojo, hoy acaban de publicar una buena entrevista sobre su biblioteca en el sitio de La Fuente, vale la pena dedicarle unos minutos, es un gran lector).

    Volviendo a nuestro australiano, Aaron Jackson lean su declaración:

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    Algunos dicen que los grafitis no son arte (ya lo discutimos en una “entrada” anterior), o algunos consideran que Nicanor Parra no es más que una pose (¿entonces por qué le otorgaron el Premio Cervantes?)

    Sea Zambra, Jackson o un adolescente anónimo en su casa, el artista que abre senderos, merece un aplauso. Soñar nos permite construirnos y salir del la comodidad de la ruta previamente hecha por otros.

    Cuando mis hijos vieron la hojalata de Jackson (perros, vacas, un ratón y gallo Roger, como ven lo pusimos en la huerta, si quieren comprar un Roger visiten este sitio ), se quedaron varios minutos detenidos. Claramente no es una casualidad,  lo que más les divirtió de la feria fueron justamente esas figuras de materiales reciclados entre muchos negocios de ropa, platos y manteles.

    Estoy segura que se acordarán de estos animales por muchos años (y yo de Facsímil). IMG_2006

Ten una lectura propia.

Av Italia y sus antigüedades

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    Caminar por la ciudad, ir descubriendo sus secretos, sus escondites, sus novedades. Sorprenderme. Eso iba sintiendo cuando transitaba por el barrio Avenida Italia,  me volvía a apropiar de Santiago, a hacerlo mío al deambular sin norte.

    Muchos sabrán que este sector ha ido cambiando su fisonomía, pues de uno netamente residencial y de unas cuantas oficinas, se ha convertido en un polo cultural y de comercio alternativo, han proliferado cientos de negocios, restaurantes y cafeterías, escondidos en galerías que antaño fueron cites y casas. Pero también siguen allí los locales de antigüedades (conviven dos épocas en paz, pensé, dos formas de ver el mundo), donde  se van arrumando cientos y cientos de adornos, muebles y loza  junto al polvo. Ingresé a una tienda sin nombre (Av. Italia 1484) y a lo lejos divisé unos  cassettes (le pregunté a don Aníbal Hernández, el dueño, si tenía dirección de correo electrónico y me contestó: “Yo no ocupo esas cosas”).

    Miren lo que allí encontré.

casettes
Mecano, Aparato Raro, Elvis.

     ¿Qué define una antigüedad?  ¿el paso del tiempo o bien los objetos que dejamos de utilizar?

    Unas cuadras más adelante, me topé con una mesa llena de libros. Ya era la hora de almuerzo y don Héctor Lamur los estaba ordenando. Me dijo que me quería mostrar algo.

Cerro de libros escondidos detrás de una puerta

    ¿Qué hacen todos estos textos ahí? Le pregunté, ¿los compró por kilo? Ante sus respuestas esquivas, finalmente sólo me explicó que el cuento “es muy largo y que a usted no le gustaría escucharlo, pues muchos que lo han hecho han terminado enojados con él”. (Realmente quería conocer su historia, me imaginé que había tenido una librería o bien, había heredado o simplemente, quería vivir como un asceta).

Don Héctor ordenando su mercancia
Don Héctor ordenando su mercancia

       Les dejo su tarjeta en caso que vayan a Av. Italia y quieran comprar libros “de viejo”.

tarjeta anibal hernandez

Ten  unalecturapropia.

Valparaíso y David Grossman

Una callejuela en Cerro Alegre
Una callejuela en Cerro Alegre

     La dulzura del recuerdo, eso  siento al verme caminando por las callejuelas de ese viejo y nuevo Valparaíso (lo que es siempre una aventura). Había viajado especialmente para escuchar la última conferencia de Puerto de ideas, que daría el escritor israelí David Grossman.

    Como aún faltaban un par de horas aproveché de recorrer las avenidas del Cerro Alegre, donde han proliferado los cafés, tiendas y restaurantes. Lo primero que hice fue comprar una postal en Valpostal (el sello lo encontré unos pasos más allá, en una galería de arte) y el joven de la tienda me recomendó ir a La fauna,  caminé hacia una pequeña calle peatonal “sin salida” y a lo lejos divisé la terraza del restaurante. Estaba repleto pero logré que me ubicarán en una mesa esquinada (con una vista privilegiada al puerto). Dos mujeres hablaban sobre sus abuelas y de lo mucho que una echaba de menos a la nona (había fallecido hace cuatro meses a los 92 años). Cuando llegó mi torta de mil hojas, entre un bocado y otro me puse a escribir la postal. Sería para mi hijo mayor (¿recuerdan esos tiempos de trotamundos cuando en cada pueblo y ciudad uno enviaba a sus amigos la postal?). De pronto Natalia Ahumada con guitarra en mano comenzó a cantar tonadas de su selección Sueños en cantados.

    Ya quedaba poco para la conferencia de Grossman en el anfiteatro de la Escuela de Derecho de la Católica de Valparaíso, así que raudamente me dirigí allí, donde me encontré con una larga fila para ingresar. El enorme auditorio rebozaba de gente, me tuve que sentar en el segundo piso y a lo lejos, estaba el escenario, dos sillas, una mesa y varios libros sobre ella.

Andrea Jeftanovic y David Grossman en plena charla
Andrea Jeftanovic y David Grossman en plena charla

    Me sorprendí gratamente que la entrevistadora fuera Andrea Jeftanovic, gran escritora chilena y con una sensibilidad particular por la literatura israelí.

    David Grossman se veía más delgado y alto de lo que yo había supuesto, su voz pausada y sentido del humor, cautivaron al público. Así me fui enterando que le gusta escribir más ficción que no ficción, que siempre la última versión de un libro la lee en voz alta (dice que también leemos con los oídos) y que el hebreo constituye un arma de doble filo por ser ancestral y también, porque debe ser actualizado con rapidez (constantemente se inventan palabras y términos).

    Además sostuvo que las mujeres son las que mueven al mundo, y que le gustan mucho más sus personajes femeninos que los masculinos. Es un hombre que habla pausado, que cuando era pequeño pensaba que en el mundo solo vivían judíos y que busca la paz entre árabes y judíos.

Quiero que Israel vuelva a ser mi hogar. No un refugio, sentenció.

    Ojalá́ pronto sus palabras
sean una realidad.
Durante varios minutos el público aplaudió al autor de La vida entera.

Al final de la conferencia firmó sus libros. Aquí estoy con él
Al final de la conferencia firmó sus libros. Aquí estoy con él

 

    Los dejo con el vídeo de la conferencia que el autor otorgó sábado en la noche, a la que desgraciadamente, no pude asistir.

[vimeo http://vimeo.com/111732068]

Ten una lecturapropia.

Había una vez un barril….

   Hace unos días cumplí oficialmente con mi labor de cartera, entregué en su destino la postal que traje con mis manos desde la oficina de correos que hay en Isla Floreana. Una abuela chilena la había escrito para sus nietos, contándoles lo maravillosas que eran las Galápagos y que esperaba, ojalá, algún día conocieran dicho paraíso.

Se deben preguntar, queridos lectores, ¿por qué la abuela chilena utilizó un método tan original de envío? Pues la razón es linda y sencilla: el correo de  Isla Floreana funciona a la antigua basándose en la confianza entre los seres humanos. Así, los visitantes de la oficina de correos (como ven, es un barril en medio de la nada donde los miles de turistas dejan sus cartas) abren una pequeña puerta y dejan sus pensamientos para llevarse otros. Entonces  estás perpetuando una vieja tradición: llevar noticias por mano, eres la responsable de hacer feliz a un desconocido. 

   Hoy, en ese barril, hay cientos de postales que han depositado los visitantes de lugares tan disímiles como Alemania, Chile, Australia, Japón, Rusia y podría seguir. Todos entonces, potenciales carteros. A la usanza del pasado cuando no existían sellos, códigos postales ni menos aviones. 

     Imagínense, el marinero y los incontables balleneros (en esa época eran muy apetecidas las ballenas y también las tortugas) del siglo XIX que dejaban una carta contando  a sus queridos las penurias que habían pasado en alta mar, o de la cantidad de animales extraños que vieron o  de cómo más de alguno logró sortear alguna epidemia. Imagino, yo.  

     Volviendo a la postal de la abuela, mi misión era entregar rápidamente la misiva a los nietos chilenos. La calle con nombre mexicano me sonaba conocida (la mitad de mi niñez la viví en ese barrio) y cuando buscaba el número, noté la gran cantidad de edificios y las pocas casas que iban quedando. La idea era conocer a los destinatarios de la postal, pregunté por ellos y no estaban. Le dije al conserje que por favor, se asegurara de entregar por mano las palabras de la abuela, que había costado mucho, muchísimo traer el mensaje.

La tripulación del Lancaster en 1917

   Como ven los marineros del Lancaster también dejaron postales. Yo, aún espero y con paciencia, que algún día, ya sea este mes, el siguiente y quizá la otra década, alguien de buena voluntad traiga en sus manos mis postales. Con solo o lluvia, con calor o frío, algún día volverán a mí (como este tibio sol que hoy inunda la tarde de viernes en Santiago). 

Ten una lectura propia.