¿Diciembre en pleno? Mejor ve una película israelí y ríe

    Qué semana.

    Literalmente llena de cosas. Para los chilenos diciembre no solo significa el fin de año, sino que también “el fin de todo” e inicio de más cosas: colegios, graduaciones, prueba de selección a la universidad, día de la secretaria, día del voluntariado, del sida, conmemoraciones (yo recién tuve la mía, el sábado que pasó: 25 años desde que me gradué del colegio), comidas, cenas y happy hour, amigo secreto, amiga secreta, lanzamientos, inauguraciones, muertes (que no conocen la diferencia entre diciembre o abril) y  nacimientos (qué les puede importar a los recién nacidos venir a este mundo cuando hace calor, hay tacos, la gente anda con menos paciencia), mucho, mucho, pero mucho trasnoche y comidas por doquier. Pobre el desquiciado que se resista, pues lo pueden catalogar de aburrido, arisco, poco sociable (por no decir nada de sociable), Janucá para los judíos, Navidad para los católicos, Kwanzaa para los afro americanos y para cualquiera que desee sumarse, solsticio de verano, la salida de vacaciones para los escolares y universitarios, la ansia por salir de vacaciones para los adultos, la ansia de los adultos por cómo los niños se van a divertir en la casa sin estar conectados todo el día, el mes del consumo y de los regalos, diciembre, época  en que los ladrones están expectantes y también la policía, por fin se acerca el fin, el fin  de año, digo.

    Pero bueno, esta gran lista se me queda corta para la cantidad de eventos, sonrisas, conversaciones, novedades y energía que consume nuestro querido diciembre. Eso sí ayer salí de noche a una gala de un festival de cine que se está realizando en la Cineteca del Centro Cultural de La Moneda, Seret . Me costó mucho salir de casa, -la noche  anterior había tenido otra comida de fin de año- pero bueno, tengo que decir que valió la pena.

    Me reí mucho con la película “Un comienzo difícil”, me dio gusto ver la sala llena, escuchar hebreo por un buen rato  (y entender muy poco).

Ten una lectura propia

Entrevista en Radio Qué Leo y Agricultura por Respirar bajo el agua

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    Hola amigos, qué les puedo decir. Han sido días intensos. En unos minutos más saldrá al aire una entrevista que ayer me hizo el dueño de Librerías Que Leo, Juan Carlos Fau. Espero que la escuchen y me hagan llegar sus comentarios. Solo tienen que sintonizar la radio online Radio Que Leo a las 16:05 ( o un poco antes para no perderse el programa) y escucharnos. ( ademas pueden bajar la app en itunes radio).

    La historia de la entrevista es bien divertida. Ayer fui a Providencia con uno de los ejemplares de “Respirar bajo el agua” y decidí ir a presentarlo directamente a las librerías del Drugstore.  Al comienzo me dio vergüenza, es decir, ¿cómo se llega a una librería y se presenta la novela que una misma escribió? Bueno, con agallas.  Tuve muy buena acogida en Catalonia, la Feria Chilena del libro, Altamira, Post. Iba abriendo mi cartera para sacar un ejemplar que recién había salido de imprenta. Así, de a poco,  empecé a soltarme, a contar con más seguridad la trama, a abrirme lo suficiente para que supieran quién soy.

En plena entrevista con Carmen Ibáñez

   Unas horas antes había tenido una entrevista en Radio Agricultura con Carmen Ibáñez para el programa “Carmen Ibáñez conversa con…” (este programa sale al aire pronto, les voy a ir avisando) y fue un encuentro muy interesante. Conversamos sobre “Respirar bajo el agua” y también sobre cómo vivimos los judíos en Chile. Luego, partí directo al Drugstore para reunirme con Mili Rodríguez quien será una de las presentadoras de la novela este martes en el Café Literario de Bustamante. Estuvimos un par de horas conversando en  el Tavelli y ella me alentó para que hiciera mi tour por las librerías del circuito.

    La última que visité fue Qué Leo y allí pregunté directamente por el dueño, Juan Carlos Fau (no lo conocía). Me dijeron que tenía que esperar, pues estaba al aire en la radio. Unos minutos más tarde lo vi caminando hacía mí .  Le salgo al paso y le digo que tengo que conversar algo con él y le mostré el libro.  En eso, Juan Carlos me pregunta si tengo unos minutos y le contesté que sí: “vamos entonces a la radio, así me cuentas lo mismo pero lo grabamos”. Por segunda vez en un día estaba en un estudio de radio (ni siquiera en mi época de estudiante de periodismo).

    En unos minutos más podrán escucharme en el programa “Pasaron por la radio un día”.

    Como ven, en menos de veinticuatro horas “Respirar bajo el agua” está dando que hablar.  Y espero que este lunes estemos en librerías.

Ten una lectura propia.

Murakami, correr y escribir

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    Les escribo esta tarde de viernes con una suerte de sopor. O algo parecido, me siento agradablemente cansada, tengo ganas de dejar fluir el tiempo y aprovechar estas horas de relajo (por fin es viernes, dicen algunos). Debe de ser porque hoy, por primera vez en mi vida, corrí 25 kilómetros. Partí cuando estaba oscuro (el famoso cambio de horario en Chile nos tiene viviendo al revés, cuando debería ser de día es de noche y las tardes invernales pretenden ser como las de primavera) y terminé el entrenamiento con el sol alumbrando el cerro Manquehue. Muchos me preguntan porqué me gusta este deporte y sinceramente me encanta, me siento libre, es un constante desafío a mi naturaleza de quedarme en casa leyendo, me obliga a ir más allá.

    Todo esto me recordó   en “De qué hablo cuando hablo de correr” de Haruki Murakami. Lo leí hace más de cinco años y es por lejos el libro más autobiográfico del escritor japonés. En ese entonces -al momento de leer la novela- recién comenzaba a escribir “Respirar bajo el agua”. Además unos meses antes me había integrado al Tym, un grupo de trote que se reúne religiosamente los lunes y miércoles en una plaza y los sábados en otro sector de Santiago (pero ese día yo no voy). Como les decía, correr y escribir se convirtieron en hechos centrales, dos actividades que requieren de una perseverancia extraordinaria. Porque queridos lectores, ambos te obligan a vivir bajo una disciplina aguda, donde debes dominar la mente y tolerar las decepciones. En De qué hablo cuando… Murakami nos cuenta los diferentes lugares donde ha ejercitado, cómo es su rutina (se levanta a las cinco de la mañana a correr y creo que antes de las ocho está sentado en su escritorio, algo que me encantaría emular), cuales son sus miedos y cómo le ha servido este deporte para su profesión y viceversa.

    Hace unos días un sobrino –muy querido por cierto, gran lector y estudiante de psicología- me preguntó qué pensaba mientras corría. Y mi respuesta sigue siendo la misma: pienso en cuánto me queda para el próximo kilómetro, en el ritmo que llevo y si soy afortunada,  aparecen ideas que me ayudan en la vida. A veces son simplemente cosas domésticas como por ejemplo qué cocinar, pero en otras, he logrado dar con la solución a un problema o bien, ocurrencias sobre la novela o un cuento.

Así de oscuro comencé mi entrenamiento de hoy. Con una maravillosa luna llena.
Hoy  comencé mi entrenamiento con una maravillosa luna llena. Eran las 7am.

    Me gusta correr bien temprano –no tanto como Murakami- pero por lo general a las 7 ya estoy en la pista y algunas de mis colegas trotadoras llegan a las 6.30. Y el entrenador nos vigila y alienta a cumplir con el programa. Casi nunca voy  con música porque prefiero que el silencio me envuelva, me gusta escuchar los pájaros, observar las hojas en el suelo, sorprenderme con el amanecer o bien, soportar el frío. Solo escucho música cuando voy en el kilómetro veinte. De verdad creo que correr me ha permitido desarrollarme hasta el límite; es un desafío eterno, cada vez que comienzo el entrenamiento pienso que no podré hacerlo y cada vez que finalizo, experimento felicidad.

    Murakami es muy claro en su libro considera que escribir novelas se parece a correr un maratón. Pero además es súper sincero al hablar del arte de escribir y de él en particular:

Los novelistas dotados de talento natural son capaces, sin hacer nada especial (o haciendo cualquier cosa) de escribir novelas con facilidad. Las frases les brotan como el agua mana a borbotones de un manantial, y así va surgiendo su obra. No necesitan esforzarse. Hay personas así. Pero por desgracia, yo no soy como ellas.

    Como ven, algo tengo en común con este gigante de la literatura japonesa: corremos y a los dos nos cuesta escribir. Solo eso, porque Murakami, queridos lectores es un tremendo escritor (aunque muchos lo encuentran demasiado oscuro y repetitivo).

PD: Hoy mientras corría se me acordé del libro de Murakami. 


Ten una lectura propia.

Quiero de vuelta mi Santiago: sin esmog ni delincuencia

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    Queridos amigos lectores, este fin de semana es largo en Chile y con eso, esperamos, que mejore la contaminación. Hemos tenido días muy complicados, a todos nos afecta, es como vivir en una nube gris que te envuelve por completo, es lo mismo que sumergirse en un mar contaminado.

    Esto me lleva a mi infancia, cuando Santiago era tan distinto. A los que nacieron en la década de los noventa les debe costar comprenderlo, pero para mí ha significado aceptar una metamorfosis maligna, una gran perdida. Sé que nuestra capital ha mostrado infinitos avances, sé que todos vivimos mejor, lo sé, pero de todas formas no puedo dejar de sentir esta rabia: que nos acostumbremos  a vivir en una cárcel.

      Una prisión no solo del esmog, sino que también de los delincuentes. Vivimos en el mundo al revés, ellos –los delincuentes, los narcotraficantes, los mecheros- andan libres y nosotros debemos recluirnos en casas con alarmas, con alambres de púas electrificadas, con susto de que nos roben la cartera o que nos asalten en la noche. De verdad, siento que no podemos acostumbrarnos a esta situación, ¿Queremos acaso convertirnos en México donde las personas andan en autos blindados? ¿O que importemos los secuestros express de Argentina? ¿Es acaso este el país que deseamos?

    He pensado en escribir un manifiesto y repartirlo por doquier. Me encantaría que las palabras tuvieran fuerza, que las cartas a los periódicos impactaran, que por fin, por fin recuperaremos la ciudad. Porque Santiago es linda, cada día más, pero con este ambiente, que nos afecta a todos; supongo que cualquiera que se siente vulnerado en sus derechos más básicos está igual de desencantado.

     Ojalá que pronto recuperemos nuestras casas, nuestros cafés y plazas. Espero de todo corazón, que las noches sean tranquilas y todas las personas de bien prevalezcan. Y que por fin el aire sea puro como el de los cuentos.

    O ¿es demasiado lo que estoy pidiendo?

Ten una lectura propia.

Jan Karski en Chile

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    Esta mañana tuve el privilegio de asistir a la inauguración de “Jan Karski”, auspiciada por la embajada de Polonia en Chile, el Museo Interactivo Judío y Fundación Memoria Viva. Digo privilegio porque fue una oportunidad para conocer de cerca de Karski.

    No vayan a pensar que él es chileno, o que está vivo o que fue escritor. Nada de eso.

  Jan Karski fue un polaco que durante la Segunda Guerra Mundial se encargó de dar a conocer el mundo las atrocidades que los nazis hacían con los judíos. Fue un hombre valiente, se adentró en el Guetto de Varsovia y también en Belszec, un campo de exterminio, donde conoció de primera fuente lo que sucedía.

   Entonces su vida jamás volvería a hacer lo mismo. Viajó a Gran Bretaña y a Estados Unidos. Se reunió con el ministro de Relaciones Exterior Británico, Anthony Eden y el presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt. Pensó que sus palabras tendrían impacto, que por fin los mandatarios pondrían termino a la calamidad.

    Roosevelt, en cambio, le preguntó sobre los caballos polacos.

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    Quiero compartir con ustedes las palabras que leí en la inauguración.

    Estimados embajadores, rabinos, profesores y alumnos, queridos amigos:

 

Los Estados y naciones no tienen conciencia. Solo los individuos. (palabras de Jan Karski).

 

    Dudo que yo habría podido. Seriamente. Ir a hacer justicia por otros, por ellos que no pertenecen a mí, que no son parte de mi sangre ni de mi historia. Simplemente son ellos.

    Lo vemos en Siria, lo vimos ayer en Kenya, los vimos hace unos años en Ruanda.

    Lo vimos hace setenta años en Europa.

     Y Jan Karski sí pudo. Cuando nos ponemos a pensar en qué significa ser un gran hombre o una gran mujer, equivocadamente buscamos a esos líderes que están a la cabeza de una nación o crean instituciones.

   A veces, simplemente, los más magnos, son aquellos que con sus actos dan testimonio de que aún existen personas nobles.

   Porque Karski era polaco. Era católico. Era un hombre como cualquiera.

   Lo que lo distinguió no solo fue el coraje de ir donde nadie deseaba, sino de ver un guetto, de ver un campo de trabajos forzados, de ver un crematorio.

   Ver.

   Y cuando vio, supo que su vida sería distinta.

  Él fue incapaz de regresar a la comodidad de su casa, a la seguridad de la familia.

   No salvó a un solo judío, pero salvó a la humanidad.

 

  Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no hablé porque no era comunista. Después vinieron por los socialistas y los sindicalistas, y yo no hablé porque no era lo uno ni lo otro. Después vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí”

Nota: 1945, Martin Niemöller (pastor protestante, 1892-1984).

 

    Jan Karski es la prueba de que sí podemos hacer la diferencia en este mundo. Porque Karski no esperó a que vinieran por él, sino que justamente hizo lo contrario. Con valentía fue donde esos gobernadores que no querían saber. Esos grandes líderes de Occidente, habló con Churchill y Roosevelt y así hoy sabemos con seguridad que esos líderes supieron del horror. Y no quisieron hacer nada.

    Karski les dijo: un pueblo completo será destruido. Karski Dio voz a los judíos que sufren y mueren.

   Al momento de recibir la distinción de Justos entre las Naciones que otorga Yad Vashem, aseveró: Yo mismo me he convertido en un judío. Así como la familia completa de mi mujer fue borrada en el guetto, en los campos de concentración y en los crematorios, de esta forma todos los judíos asesinados se han convertido en mi familia. Pero yo soy un judío cristiano… Soy un católico practicante. Mi fe me dice que la humanidad ha cometido un segundo pecado original. Este pecado perseguirá a la humanidad hasta el fin de los tiempos. Y así deseo que sea.

   Al recibir la nacionalidad israelí por gracia, en 1994, declaró que era el día más significativo de su vida. Por medio de la entrega de esta nacionalidad, he alcanzado el nivel más alto al que puedo aspirar de mi religión católica. De cierta manera me hago parte de la comunidad judía…Y ahora Jan Karski, por nacimiento Jan Kozieleswski –un polaco, un americano, un católico- también se ha convertido en un israelí.

   En mis clases no hablo sobre el Guetto ni Belszec, me he disciplinado para no pensar en eso.

   La indiferencia del mundo, la indiferencia del mundo y los judíos murieron.

 

 

    Deseo concluir con un poema que escribió en honor al profesor Karski una estudiante y escritora, Janet Daley:

 

                           Karski ( En memoria de Jan Karski, un heroe de tiempos horribles)

 

Yo estaba en molesto.

Ellos no podían verme.

Ellos no querían verme.

Ellos no querían escuchar

El mensaje que llevaba

sobre el destino de los judíos.

Quizás yo tenía el rostro equivocado

mi animo torturado, mi voz dolorosa,

mi polaco con entonación,

mis ojos que destellaban el horror

de lo que había visto, contaba una historia

que nadie quería creer, y aún,

una que era de lo más aceptada

en los círculos de poder de ese tiempo.

Ellos sabían, pero me mandaron de regreso.

Ellos no tenían tiempo para mis informes

Los gobiernos, las iglesias, las elites.

Auschwitz.Birkenau no estaba en sus mapas,

tampoco en sus compases morales. “¿Qué

sucede con la condición de los caballos polacos?”

Roosevelt pregunté.

Yo estaba tan molesto. Yo era una molestia.

 

Librería Ulises y La marca de Caín, un cuento

ulises    Adiós Ulises, adiós (como una Penélope yo estaré esperando el regreso), se cierra el local del Drugstore, el más emblemático de la cadena.

    ¿Cuál librería será la próxima en bajar la cortina? ¿cómo será la ciudad sin libros?

    Me consuelo leyendo el cuento La marca de Caín, de Luis Felipe Torres (escritor con dos novelas en el cuerpo: Dynamuss y El atolladero, además es historiador y candidato a Magíster en Literatura Comparada de la UAI).

    Este relato ganó el Concurso Literario Biblioteca UAI y vale la pena leerlo.

    Les doy un regalo  en este caluroso domingo aquí en Santiago.

   LA MARCA DE CAÍN

Luis Felipe Tores

    Afuera lloviznaba. María Alexandrovna no sabía si acudir o no.

   Las demás dormían pero ella no podía conciliar el sueño. El insomnio le brindaba una inédita determinación. Su cama estaba ubicada al fondo de la habitación, lejos de la puerta. Entre medio una fila doble, con ocho camas, donde descansaban las internas. Pese a que aún estaba oscuro, María Alexandrovna podía oír el graznido de algunos cuervos, que ya comenzaban a despertar. Algunos visos de luz se colaban entre las ventanas, descendiendo oblicuos hasta su rostro blanquecino. Sin darle más vueltas –ya lo había pensando durante horas–, se incorporó. Solo llevaba puesto un camisón, ya raído. A tientas, buscó sus pantuflas, se las ajustó y caminó en dirección a la puerta, intentando no hacer ruido. Pensó en su bata, doblada y guardada en alguna parte; se preguntó, además, dónde estaría el paraguas. Para no llamar la atención, decidió ir así, tal como se encontraba.

    La puerta estaba hecha de madera de roble, seguramente provendría de alguno de los bosques que circundaban el lago Baikal. La manilla estaba fría, pero no muy ajustada. María se recogió el pelo por detrás de la oreja, respiró profundo y se escabulló.

    El cierzo invernal cubría el patio.

    El monasterio estaba enquistado en los faldeos de Anik, uno de los pocos cerros que sin yacimientos carboníferos de interés; dispuesto de tal manera que la iglesia de dominara toda la panorámica de Dalnegorsk. Al otro lado de la cuenca, recortándose contra el horizonte y rivalizando con la cruz, se alzaban dos chimeneas de concreto, vestigios de una antigua central nuclear.

    El interior de la abadía estaba compuesto de una serie de patios, al estilo de un tablero de ajedrez; todos flanqueados por pasillos y una que otra gruta. Al fondo, entre paredes desmoronadas y briznas de hierba, se encontraban la plantación de tomates, el cementerio y un establo abandonado, habilitado para que las internas se pudieran duchar. La estructura completa databa de la época imperial, cuando a los misioneros todavía no se les prohibía ingresar al territorio nacional. Al menos eso le habían enseñado; María Alexandrovna, con sus catorce años, nunca había abandonado la comarca.

    Las campanadas aún no sonaban, reinaba el silencio. Era un silencio sinuoso, áspero, lleno de diminutos sonidos –un grillo ilocalizable, el siseo del viento o de una culebra, el chillido de una rata, una respiración lejana–. ¿Estaría ya despierta la hermana Faustina o, peor aún, la Madre Superiora? Se estremeció. Debió haber ensayado alguna excusa, no quería recibir otra paliza. María sintió una ráfaga de aire frío colarse por entre los pliegues interiores de su camisón.

    Caminó por los adoquines de piedra, dio con otro pasillo, uno más amplio y oscuro que el anterior. Llevaría un par de minutos a la intemperie, pero, para ella, cada segundo escondía un peso, uno que arrastraba silenciosamente. Los latidos de su corazón se aceleraban, no obstante, los dedos de sus pies casi no recibían sangre. Las mandíbulas le castañeaban. Un zumbido le invadía el interior de los oídos. Sentía el inicio de otra de sus migrañas. No encontraba el valor para avanzar, pero tampoco para retroceder. Paralizada, dejó a su mente divagar por los intersticios de su memoria. Recordó sus largas estancias en el confesionario, el olor a incienso, el murmullo cálido y alentador del sacerdote, la seguridad y calma que éste le brindaba. María estaba segura, quería asistir al encuentro. Ya más determinada, caminó rumbo a la residencia sacerdotal.

    Ésta no era más que una casa antigua, construida a un costado de la iglesia, que aún estaba en reparación. Los arquitectos, enviados desde Europa por la congregación, utilizaron las ruinas de una balaustrada de mármol y reciclaron un antiguo vitral. Éste, instalado solemnemente sobre la puerta, con su retrato de la Anunciación, dotaba a la casona de adobe de una suerte de magisterio sacro. María Alexandrovna palpó la chapa. Era fría y pesada, y tenía la forma de un animal. Por un momento rogó que estuviera pasado el cerrojo. Sin embargo, al girar la manilla, se dio cuenta que estaba sin pestillo, el padre Vladimiro había cumplido con lo prometido. Ya en el corredor, María descubrió sus temores se habían disipado. Entre las penumbras distinguió un largo corredor y varias puertas. Un haz de luz provenía desde la rendija de una de ellas.

    Entró. La habitación era amplia y desordenada; contaba con un catre antiguo, unas sillas, un baúl de ébano barnizado, un perchero (del que colgaba un abrigo), un escritorio y un ropero. A un costado de la cama, en el suelo, había un brasero y un cenicero con algunas colillas de cigarrillo. Una amplia variedad de íconos, que representaban las distintas etapas de la vida de Jesucristo, colgaban de las paredes. La silueta del padre Vladimiro se recortaba contra la pared. Bordearía los cuarenta años, y era dueño de una sonrisa cordial y una mirada diáfana.

    El sacerdote la contempló en silencio. María, por su parte, daba muestras de tensión: su respiración rápida, su palidez hialina, sus manos frías. Pensó regresar a su cama, apostar a no toparse con nadie y orar para que Dios la perdonara. Pero Vladimiro, entendiendo todo, la confortó. Le aseguró que estaban a solas con Dios, que podía desprenderse de sus miedos y que, en todo caso, hasta la casa parroquial nunca llegaban las monjas. Luego, advirtiendo que María estaba entumida, le sugirió que se sacará las pantuflas y las pusiera a secar junto al brasero. Ella asintió con un gesto. Enseguida, el padre Vladimiro se incorporó y caminó hacia el perchero. Descolgó abrigo, lo sacudió para quitarle el polvo, y se lo ofreció.

    Ella accedió, como ensimismada.

–Es paño importado, del bueno –oyó que le decía.

    Le quedaba grande, sería una o dos tallas más que la suya. De entre las costuras se desprendía un olor que le era, a la vez, familiar y ajeno. Una esencia masculina, del sacerdote, oculta por el olor a tabaco y naftalina. Sin darse cuenta, quizás de puro nervio, María sumergió las manos en los bolsillos, sus dedos se agitaron en el interior, como si buscaran algo. Solo hallaron unas cuantas pelusas, un denario y una moneda de diez rublos, que palpó con la yema de sus dedos sin atreverse a guardarla.

    Sin darse cuenta, dejó de tiritar.

–Viniste, por fin –escuchó decir al sacerdote.

    María asintió con un leve movimiento de mentón, como las monjas le habían enseñado.  Pausadamente, caminó hasta el alfeizar de la ventana, ofreciendo sus curvas a lo que quedaba de la noche. Atisbó por entre las cortinas. Montañas sin árboles, estepas, ese páramo lóbrego, y unas pocas casas que constituían el poblado de Dalnegorsk. Se preguntó por qué estaría confinada allí, donde morían los valles, donde nacían los hielos.

    El padre Vladimiro la contemplaba absorto.

–Dame un minuto –dijo como si recibiera un chispazo y abandonó la habitación.

    Una vez más el silencio, pensó María. No obstante, Dios era testigo, era un silencio distinto; compuesto por el brasero, su crepitar y por el padre Vladimiro, que en la habitación contigua lidiaba con el samovar. Cuando regresó, el sacerdote portaba dos tazones de porcelana. Le entregó uno a ella, guardando el otro para él. María Alexandrovna inspeccionó el contenido; era una bebida prohibida: té.

–Es de Ceylán –dijo él.

    Ella sonrió.

    Vladimiro, por su parte, registró sus bolsillos, profirió un leve insulto en latín y, después de un breve lapso, extrajo un manojo de llaves. Las puso cerca de la luz, buscando la adecuada y, tras dar con ésta, atravesó la habitación de un par de zancadas, en dirección al baúl. Se arrodilló, despejó su superficie y lo abrió. A María la sobresaltó el crujido. El sacerdote permanecía de espaldas, ella no podía ver el interior. En cambio, reparó en el diseño de su superficie: un mosaico dorado recorría los bordes de la madera. De pronto, Vladimiro cerró el baúl, se incorporó y caminó en dirección al escritorio. Llevaba un envoltorio entre sus manos. Era aproximadamente del tamaño de un puño. Estaba envuelto en papel de estraza y anudado con un cordón amarillento.

     María siguió el envoltorio con su mirada.

–¿Quieres saber qué es? –dijo el sacerdote.

    En principio, María pensó en decir que no, que no era asunto suyo; pronto reparó en que estaría mintiendo y que mentir, especialmente a un sacerdote, era pecado.

–Sí, quiero –dijo.

    El padre Vladimiro le hizo un gesto para que se acercara.

–Toma –dijo cuando ya la tenía a su lado.

    El rostro de María pareció resplandecer. Con el mismo cuidado con que maniobraba el telar de la abadía, desplegó el paquete sobre el escritorio. Era una cruz tallada en ébano, en el centro, encapsulada en un cristal, una esquirla blanca.

–Una reliquia, de San Nicolás –explicó el sacerdote.

    María sintió que los ojos le ardían. Un par de lágrimas descendieron por sus mejillas.

–Quiero confesarme –dijo ella, con súbita determinación.

    El padre Vladimiro la miró a los ojos. Eran vastos y profundos, sus pupilas estaban dilatadas y el iris cubierto por una fina película acuosa. Pequeños capilares rojos se ramificaban por sobre sus escleróticas.

    Vladimiro se persignó.

–Ven conmigo –dijo después de unos momentos.

–De acuerdo, padre.

–Aquí, por favor, dime Vladimiro.

    Ella se ruborizó.

–De acuerdo, Vladimiro –corrigió.

     Él la condujo hasta la cama. Ella obedeció como una sonámbula. Le dijo que se sentara. Luego se ubicó a su lado. Ella notó que, a lo lejos, las campanas ya estaban sonando, las internas notarían su ausencia. Él le dijo que no prestara atención. Le palpó los contornos de su rostro y le expresó lo hermosa que era. María sintió cómo los latidos de su corazón se aceleraban. De súbito, sus manos se entrelazaron, cerraron los ojos y comenzaron a rezar el Padrenuestro.

–Y cuénteme, María Alexandrovna ¿qué es lo que desea confesar?

    La joven inhaló una bocanada de aire. Le habló de lo usual. De los golpes que esa semana había recibido y también de los que había dado. Después Vladimiro la bendijo y la absolvió. Ella le preguntó cuál sería su penitencia. Vladimiro lo meditó durante un instante. Luego mencionó al arcángel Gabriel: una noche “similar a esta” había visitado a la madre de Nuestro Señor Jesucristo, a quien “vaya coincidencia” también llamaban María.

–La maternidad es una penitencia y una bendición –dijo.

–¿Estás seguro? –preguntó María Alexandrovna.

    En su voz no quedaba rastro de inocencia.

    Él asintió.

–De acuerdo –dijo ella.

    La última de las campanadas aún retumbaba entre los patios del convento, las internas ya estarían desayunando.

 

Ten una lectura propia.

Lolita y Lolita

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     Lolita, la nueva librería de Francisco Mouat, queda a unos pasos de Pocuro, en pleno barrio de las flores en Providencia. Algunos pensarán que el nombre hace honor a la novela de Vladimir Nabokov, pero Lolita se llamaba la pastora alemana de Mouat; una perrita que ha acompañado al escritor chileno a lo largo de su de su vida, en sus relatos, en sus emprendimientos.

    Junto a la librería hay un café y un pequeño supermercado. Hay onda, como se dice.  Me alegra escribirlo.

    Y eso que vivo en otro sector de la ciudad.

    Aplaudo las iniciativas románticas, alejadas de los parámetros de la lógica, de lo que debería ser, quiero seguir creyendo en esa loca idea de que seguirán vivas las librerías (como dijo Jorge Carrión hace unas semanas en una charla en la Adolfo Ibáñez, de nosotros depende que sigan existiendo las Lolitas).

    Quedamos nosotros, estos locos que nos gusta deambular por los pasillos, invertir y perder el tiempo, quizás algunos consideren que perdemos también dinero y energía. Quedamos, nosotros, los románticos capaces de atravesar varias comunas de la capital para conocer una nueva librería, un nuevo autor, una nueva poesía. Quedamos nosotros, por fin.

    Quizás que Nabokov cuando creó a Lolita estaba igual de loco e imaginó así el amor pecaminoso:

    Lolita, Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, alma mía y pecado mía.

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    Ella, Lolita se ha convertido en mucho más que un personaje, es un mundo, es una forma de transgresión.

    Y en la apuesta de Mouat vemos otra transgresión, porque cuando todos pensaban en que la ultra usada Lolita de Nabokov ya nada nuevo nos podía arrojar, el escritor chileno la unió al destino de su perra y cuando todos creyeron que las librerías cerrarían, él abrió una en pleno Providencia.

    Como ven, hay Lolitas y Lolitas. Y recuerda las palabras de Nabokov

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Ten una lectura propia.

Av Italia y sus antigüedades

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    Caminar por la ciudad, ir descubriendo sus secretos, sus escondites, sus novedades. Sorprenderme. Eso iba sintiendo cuando transitaba por el barrio Avenida Italia,  me volvía a apropiar de Santiago, a hacerlo mío al deambular sin norte.

    Muchos sabrán que este sector ha ido cambiando su fisonomía, pues de uno netamente residencial y de unas cuantas oficinas, se ha convertido en un polo cultural y de comercio alternativo, han proliferado cientos de negocios, restaurantes y cafeterías, escondidos en galerías que antaño fueron cites y casas. Pero también siguen allí los locales de antigüedades (conviven dos épocas en paz, pensé, dos formas de ver el mundo), donde  se van arrumando cientos y cientos de adornos, muebles y loza  junto al polvo. Ingresé a una tienda sin nombre (Av. Italia 1484) y a lo lejos divisé unos  cassettes (le pregunté a don Aníbal Hernández, el dueño, si tenía dirección de correo electrónico y me contestó: “Yo no ocupo esas cosas”).

    Miren lo que allí encontré.

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Mecano, Aparato Raro, Elvis.

     ¿Qué define una antigüedad?  ¿el paso del tiempo o bien los objetos que dejamos de utilizar?

    Unas cuadras más adelante, me topé con una mesa llena de libros. Ya era la hora de almuerzo y don Héctor Lamur los estaba ordenando. Me dijo que me quería mostrar algo.

Cerro de libros escondidos detrás de una puerta

    ¿Qué hacen todos estos textos ahí? Le pregunté, ¿los compró por kilo? Ante sus respuestas esquivas, finalmente sólo me explicó que el cuento “es muy largo y que a usted no le gustaría escucharlo, pues muchos que lo han hecho han terminado enojados con él”. (Realmente quería conocer su historia, me imaginé que había tenido una librería o bien, había heredado o simplemente, quería vivir como un asceta).

Don Héctor ordenando su mercancia
Don Héctor ordenando su mercancia

       Les dejo su tarjeta en caso que vayan a Av. Italia y quieran comprar libros “de viejo”.

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Ten  unalecturapropia.

Advertencia: la Filsa puede ser peligrosa

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    Ay queridos lectores, esta tarde estuve pensando en los lindos sombreros que algunas mujeres ocupan para protegerse del sol. Yo en cambio, me refugié en la Filsa (Feria Internacional del Libro), lo que fue una bendición (parafraseando a Toni Morrison con su novela Una bendición). Allí, en la que era nuestra antigua estación de trenes y que hoy se ha convertido en un polo de atracción cultural, la Estación Mapocho exhibía sus mejores ropas. Comencé directamente con las editoriales independientes, chicas y bien instaladas (al fin se las reconoce). Rápidamente compré pla novela recién publicada de mi amigo Luis Felipe Torrres El atolladero. (Chancacazo)

    A medida que me acercaba a la nave principal, el público iba en aumento. Muchos jóvenes se agolpaban en los mesones de Planeta o Penguin Random House en búsqueda de sus sagas (respondiendo a la pregunta de una querida amiga, hoy los chicos y adolescentes leen, más que hace diez años). A mi hijo adolescente le compré La logia, el record de ventas que escribió Francisco Ortega, casi 4 mil pesos más barato que en tiendas. Pero la joyita de la tarde fue la distribuidora de Fernández Castro con una selección impresionante de Anagrama, Siruela, Acantilado, entre varias y buenísimas editoriales (el precio, también impresionate). Cual niña de diez años ante un helado de chocolate, sucumbí. Ahí estaban autores dulces, tan elegantes y tan, tan difíciles de conseguir: Stephan Zweig, Joseph Roth o Danilo Kis ¡Cómo elegir!

IMG_2461 Además tenían una buenísima selección de Amelie Nothomb y por fin en Chile el reciente Premio Nobel, Patrick Modiano (compré la trilogía, espero comenzarla pronto). Mientras pagaba “mi helado de chocolate más caro del mundo”, pensé sobre el libro digital y esta feria (vamos opinen, ¿cómo será el futuro? ¿cómo leeremos en el 2030?  ¿cómo será la Filsa?).

    Si aún estás dudando de visitarla, te la recomiendo. Pero ojo, anda temprano este fin de semana porque seguramente todos los que dudaron ( como yo), ya se deben de haber enterado de lo buena que está.

Ten una lectura propia.

Advertencia 1: Este producto puede ser dañino para tú bolsillo, abstente en caso de que no  quieres gastar dinero o ya se te acabo el presupuesto de libros para este año, abstente, puede ser peligroso para tu salud.

Advertencia 2: Este producto puede ser dañino para lectores compulsivos de libros y con poca fuerza para llevar bolsas. No hay lockers para guardar las pertenencias.

En el barrio Concha y Toro

 

¿Dónde queda esta maravillosa plaza? En pleno centro de Santiago en lo que se conoce como el barrio Concha y Toro (mapa de cómo llegar). Es un resabio de la urbanidad clásica, de una belleza importada de Europa y sólo a pasos de la Alameda. Me quise perder, conocer otra vez estas callejuelas (estoy leyendo un libro muy interesante sobre cómo ya somos incapaces de “perdernos”, de dejarnos ir, están  waze, google maps, los gps ). Recién había finalizado una reunión en Lom Ediciones y sin apuro fui descubriendo este nuevo Santiago. Me encontré con esta plazuela (creo que era un martes, cuando la mayoría de los chilenos están encerrados en una oficina, en un mall o un ascensor). Unos cuantos jóvenes estaban sentados en los bancos, el agua de la fuente caía con suavidad y como ven, limpio, sin ningún rastro de basura. ¡Un deleite!

Pero  miren, miren lo que me pasó unos minutos más tarde.

Los grafitis (hace un par de días los invité a mirar un documental de Banksy) estaban por doquier.

¿Lo ven? Ahí descansa el caballero, el encargado de borrar una y otra vez esos grafitis. ¿Qué sienten? Yo, rabia, enojo.

        Ten una lectura propia.