El Calbuco, el Villarrica y yo.

Calbuco

    Queridos amigos, otro volcán nos está hablando. Al cielo se van esas nubes cargadas de energía, al cielo corren a volar como si quisieran escapar de nuestro Chile.

     El Calbuco, así se llama este volcán, esta caldera que hoy hierve y nos maravilla con su fuerza.

   Sale el humo con rapidez, tanto que uno piensa que se cansó del silencio que mantuvo por 42 años. Mi edad.

    Cuando era pequeña me gustaba observar el Volcán Villarrica. Recuerdo esas noches en Pucón (todavía era la década del 80) cuando el pueblo aún tenía sus calles con ripio, no existían los restaurantes ni supermercados enormes.

Gran Hotel Pucón 1930
Gran Hotel Pucón en 1930

    Cuando aún la Nora diariamente nos traía pan amasado y el Loco nos llevaba a pescar al Trancura. Ese Loco, un pescador que me enseñó a disfrutar la tranquilidad que se produce sobre un bote de madera rodeada de vegetación nativa. A regocijarme cuando el pez se comía el anzuelo.  El Loco gritaba  “nalai chalhua” cuando la pesca estaba mala. Le gustaba ponerle harta   mantequilla a la sartén para que el pescado quedara rico, a tomarse un buen tinto y a descansar en la orilla del río luego del opiparo almuerzo. Ese Loco murió joven, educaba con cariño y responsabilidad a sus hijos y vivía en la calle Lincoyan. Por entonces todavía quedaban truchas, todavía los turistas no habían invadido la naturaleza. Todavía.

    Como les contaba, en las noches me gustaba observar al Villarrica. Me sentaba en la ventana a mirar cómo corría la lava. La veo allí, un riachuelo de masa fosforescente, iluminando la oscuridad con sus naranjos, rojos y hasta azules. Era un camino fino y delgado.

villarrica

    Chile, país de volcanes, de lagos y de desierto. Chile, país de desastres.

    Hace poco sucedió en el norte, en Copiapo.

temporalchilenorte6.jpg_1572130063    Allí las inundaciones convirtieron ciudades en barro, casas en ruinas, colegios en edificios abandonados.

    Y ahora, al sur, vemos al Calbuco.

    Ay Chile, ay la naturaleza que vive y nos sorprende.

    Ay Día de la Tierra.

Ten una lectura propia. 

Había una vez un barril….

   Hace unos días cumplí oficialmente con mi labor de cartera, entregué en su destino la postal que traje con mis manos desde la oficina de correos que hay en Isla Floreana. Una abuela chilena la había escrito para sus nietos, contándoles lo maravillosas que eran las Galápagos y que esperaba, ojalá, algún día conocieran dicho paraíso.

Se deben preguntar, queridos lectores, ¿por qué la abuela chilena utilizó un método tan original de envío? Pues la razón es linda y sencilla: el correo de  Isla Floreana funciona a la antigua basándose en la confianza entre los seres humanos. Así, los visitantes de la oficina de correos (como ven, es un barril en medio de la nada donde los miles de turistas dejan sus cartas) abren una pequeña puerta y dejan sus pensamientos para llevarse otros. Entonces  estás perpetuando una vieja tradición: llevar noticias por mano, eres la responsable de hacer feliz a un desconocido. 

   Hoy, en ese barril, hay cientos de postales que han depositado los visitantes de lugares tan disímiles como Alemania, Chile, Australia, Japón, Rusia y podría seguir. Todos entonces, potenciales carteros. A la usanza del pasado cuando no existían sellos, códigos postales ni menos aviones. 

     Imagínense, el marinero y los incontables balleneros (en esa época eran muy apetecidas las ballenas y también las tortugas) del siglo XIX que dejaban una carta contando  a sus queridos las penurias que habían pasado en alta mar, o de la cantidad de animales extraños que vieron o  de cómo más de alguno logró sortear alguna epidemia. Imagino, yo.  

     Volviendo a la postal de la abuela, mi misión era entregar rápidamente la misiva a los nietos chilenos. La calle con nombre mexicano me sonaba conocida (la mitad de mi niñez la viví en ese barrio) y cuando buscaba el número, noté la gran cantidad de edificios y las pocas casas que iban quedando. La idea era conocer a los destinatarios de la postal, pregunté por ellos y no estaban. Le dije al conserje que por favor, se asegurara de entregar por mano las palabras de la abuela, que había costado mucho, muchísimo traer el mensaje.

La tripulación del Lancaster en 1917

   Como ven los marineros del Lancaster también dejaron postales. Yo, aún espero y con paciencia, que algún día, ya sea este mes, el siguiente y quizá la otra década, alguien de buena voluntad traiga en sus manos mis postales. Con solo o lluvia, con calor o frío, algún día volverán a mí (como este tibio sol que hoy inunda la tarde de viernes en Santiago). 

Ten una lectura propia.