Librería Ulises y La marca de Caín, un cuento

ulises    Adiós Ulises, adiós (como una Penélope yo estaré esperando el regreso), se cierra el local del Drugstore, el más emblemático de la cadena.

    ¿Cuál librería será la próxima en bajar la cortina? ¿cómo será la ciudad sin libros?

    Me consuelo leyendo el cuento La marca de Caín, de Luis Felipe Torres (escritor con dos novelas en el cuerpo: Dynamuss y El atolladero, además es historiador y candidato a Magíster en Literatura Comparada de la UAI).

    Este relato ganó el Concurso Literario Biblioteca UAI y vale la pena leerlo.

    Les doy un regalo  en este caluroso domingo aquí en Santiago.

   LA MARCA DE CAÍN

Luis Felipe Tores

    Afuera lloviznaba. María Alexandrovna no sabía si acudir o no.

   Las demás dormían pero ella no podía conciliar el sueño. El insomnio le brindaba una inédita determinación. Su cama estaba ubicada al fondo de la habitación, lejos de la puerta. Entre medio una fila doble, con ocho camas, donde descansaban las internas. Pese a que aún estaba oscuro, María Alexandrovna podía oír el graznido de algunos cuervos, que ya comenzaban a despertar. Algunos visos de luz se colaban entre las ventanas, descendiendo oblicuos hasta su rostro blanquecino. Sin darle más vueltas –ya lo había pensando durante horas–, se incorporó. Solo llevaba puesto un camisón, ya raído. A tientas, buscó sus pantuflas, se las ajustó y caminó en dirección a la puerta, intentando no hacer ruido. Pensó en su bata, doblada y guardada en alguna parte; se preguntó, además, dónde estaría el paraguas. Para no llamar la atención, decidió ir así, tal como se encontraba.

    La puerta estaba hecha de madera de roble, seguramente provendría de alguno de los bosques que circundaban el lago Baikal. La manilla estaba fría, pero no muy ajustada. María se recogió el pelo por detrás de la oreja, respiró profundo y se escabulló.

    El cierzo invernal cubría el patio.

    El monasterio estaba enquistado en los faldeos de Anik, uno de los pocos cerros que sin yacimientos carboníferos de interés; dispuesto de tal manera que la iglesia de dominara toda la panorámica de Dalnegorsk. Al otro lado de la cuenca, recortándose contra el horizonte y rivalizando con la cruz, se alzaban dos chimeneas de concreto, vestigios de una antigua central nuclear.

    El interior de la abadía estaba compuesto de una serie de patios, al estilo de un tablero de ajedrez; todos flanqueados por pasillos y una que otra gruta. Al fondo, entre paredes desmoronadas y briznas de hierba, se encontraban la plantación de tomates, el cementerio y un establo abandonado, habilitado para que las internas se pudieran duchar. La estructura completa databa de la época imperial, cuando a los misioneros todavía no se les prohibía ingresar al territorio nacional. Al menos eso le habían enseñado; María Alexandrovna, con sus catorce años, nunca había abandonado la comarca.

    Las campanadas aún no sonaban, reinaba el silencio. Era un silencio sinuoso, áspero, lleno de diminutos sonidos –un grillo ilocalizable, el siseo del viento o de una culebra, el chillido de una rata, una respiración lejana–. ¿Estaría ya despierta la hermana Faustina o, peor aún, la Madre Superiora? Se estremeció. Debió haber ensayado alguna excusa, no quería recibir otra paliza. María sintió una ráfaga de aire frío colarse por entre los pliegues interiores de su camisón.

    Caminó por los adoquines de piedra, dio con otro pasillo, uno más amplio y oscuro que el anterior. Llevaría un par de minutos a la intemperie, pero, para ella, cada segundo escondía un peso, uno que arrastraba silenciosamente. Los latidos de su corazón se aceleraban, no obstante, los dedos de sus pies casi no recibían sangre. Las mandíbulas le castañeaban. Un zumbido le invadía el interior de los oídos. Sentía el inicio de otra de sus migrañas. No encontraba el valor para avanzar, pero tampoco para retroceder. Paralizada, dejó a su mente divagar por los intersticios de su memoria. Recordó sus largas estancias en el confesionario, el olor a incienso, el murmullo cálido y alentador del sacerdote, la seguridad y calma que éste le brindaba. María estaba segura, quería asistir al encuentro. Ya más determinada, caminó rumbo a la residencia sacerdotal.

    Ésta no era más que una casa antigua, construida a un costado de la iglesia, que aún estaba en reparación. Los arquitectos, enviados desde Europa por la congregación, utilizaron las ruinas de una balaustrada de mármol y reciclaron un antiguo vitral. Éste, instalado solemnemente sobre la puerta, con su retrato de la Anunciación, dotaba a la casona de adobe de una suerte de magisterio sacro. María Alexandrovna palpó la chapa. Era fría y pesada, y tenía la forma de un animal. Por un momento rogó que estuviera pasado el cerrojo. Sin embargo, al girar la manilla, se dio cuenta que estaba sin pestillo, el padre Vladimiro había cumplido con lo prometido. Ya en el corredor, María descubrió sus temores se habían disipado. Entre las penumbras distinguió un largo corredor y varias puertas. Un haz de luz provenía desde la rendija de una de ellas.

    Entró. La habitación era amplia y desordenada; contaba con un catre antiguo, unas sillas, un baúl de ébano barnizado, un perchero (del que colgaba un abrigo), un escritorio y un ropero. A un costado de la cama, en el suelo, había un brasero y un cenicero con algunas colillas de cigarrillo. Una amplia variedad de íconos, que representaban las distintas etapas de la vida de Jesucristo, colgaban de las paredes. La silueta del padre Vladimiro se recortaba contra la pared. Bordearía los cuarenta años, y era dueño de una sonrisa cordial y una mirada diáfana.

    El sacerdote la contempló en silencio. María, por su parte, daba muestras de tensión: su respiración rápida, su palidez hialina, sus manos frías. Pensó regresar a su cama, apostar a no toparse con nadie y orar para que Dios la perdonara. Pero Vladimiro, entendiendo todo, la confortó. Le aseguró que estaban a solas con Dios, que podía desprenderse de sus miedos y que, en todo caso, hasta la casa parroquial nunca llegaban las monjas. Luego, advirtiendo que María estaba entumida, le sugirió que se sacará las pantuflas y las pusiera a secar junto al brasero. Ella asintió con un gesto. Enseguida, el padre Vladimiro se incorporó y caminó hacia el perchero. Descolgó abrigo, lo sacudió para quitarle el polvo, y se lo ofreció.

    Ella accedió, como ensimismada.

–Es paño importado, del bueno –oyó que le decía.

    Le quedaba grande, sería una o dos tallas más que la suya. De entre las costuras se desprendía un olor que le era, a la vez, familiar y ajeno. Una esencia masculina, del sacerdote, oculta por el olor a tabaco y naftalina. Sin darse cuenta, quizás de puro nervio, María sumergió las manos en los bolsillos, sus dedos se agitaron en el interior, como si buscaran algo. Solo hallaron unas cuantas pelusas, un denario y una moneda de diez rublos, que palpó con la yema de sus dedos sin atreverse a guardarla.

    Sin darse cuenta, dejó de tiritar.

–Viniste, por fin –escuchó decir al sacerdote.

    María asintió con un leve movimiento de mentón, como las monjas le habían enseñado.  Pausadamente, caminó hasta el alfeizar de la ventana, ofreciendo sus curvas a lo que quedaba de la noche. Atisbó por entre las cortinas. Montañas sin árboles, estepas, ese páramo lóbrego, y unas pocas casas que constituían el poblado de Dalnegorsk. Se preguntó por qué estaría confinada allí, donde morían los valles, donde nacían los hielos.

    El padre Vladimiro la contemplaba absorto.

–Dame un minuto –dijo como si recibiera un chispazo y abandonó la habitación.

    Una vez más el silencio, pensó María. No obstante, Dios era testigo, era un silencio distinto; compuesto por el brasero, su crepitar y por el padre Vladimiro, que en la habitación contigua lidiaba con el samovar. Cuando regresó, el sacerdote portaba dos tazones de porcelana. Le entregó uno a ella, guardando el otro para él. María Alexandrovna inspeccionó el contenido; era una bebida prohibida: té.

–Es de Ceylán –dijo él.

    Ella sonrió.

    Vladimiro, por su parte, registró sus bolsillos, profirió un leve insulto en latín y, después de un breve lapso, extrajo un manojo de llaves. Las puso cerca de la luz, buscando la adecuada y, tras dar con ésta, atravesó la habitación de un par de zancadas, en dirección al baúl. Se arrodilló, despejó su superficie y lo abrió. A María la sobresaltó el crujido. El sacerdote permanecía de espaldas, ella no podía ver el interior. En cambio, reparó en el diseño de su superficie: un mosaico dorado recorría los bordes de la madera. De pronto, Vladimiro cerró el baúl, se incorporó y caminó en dirección al escritorio. Llevaba un envoltorio entre sus manos. Era aproximadamente del tamaño de un puño. Estaba envuelto en papel de estraza y anudado con un cordón amarillento.

     María siguió el envoltorio con su mirada.

–¿Quieres saber qué es? –dijo el sacerdote.

    En principio, María pensó en decir que no, que no era asunto suyo; pronto reparó en que estaría mintiendo y que mentir, especialmente a un sacerdote, era pecado.

–Sí, quiero –dijo.

    El padre Vladimiro le hizo un gesto para que se acercara.

–Toma –dijo cuando ya la tenía a su lado.

    El rostro de María pareció resplandecer. Con el mismo cuidado con que maniobraba el telar de la abadía, desplegó el paquete sobre el escritorio. Era una cruz tallada en ébano, en el centro, encapsulada en un cristal, una esquirla blanca.

–Una reliquia, de San Nicolás –explicó el sacerdote.

    María sintió que los ojos le ardían. Un par de lágrimas descendieron por sus mejillas.

–Quiero confesarme –dijo ella, con súbita determinación.

    El padre Vladimiro la miró a los ojos. Eran vastos y profundos, sus pupilas estaban dilatadas y el iris cubierto por una fina película acuosa. Pequeños capilares rojos se ramificaban por sobre sus escleróticas.

    Vladimiro se persignó.

–Ven conmigo –dijo después de unos momentos.

–De acuerdo, padre.

–Aquí, por favor, dime Vladimiro.

    Ella se ruborizó.

–De acuerdo, Vladimiro –corrigió.

     Él la condujo hasta la cama. Ella obedeció como una sonámbula. Le dijo que se sentara. Luego se ubicó a su lado. Ella notó que, a lo lejos, las campanas ya estaban sonando, las internas notarían su ausencia. Él le dijo que no prestara atención. Le palpó los contornos de su rostro y le expresó lo hermosa que era. María sintió cómo los latidos de su corazón se aceleraban. De súbito, sus manos se entrelazaron, cerraron los ojos y comenzaron a rezar el Padrenuestro.

–Y cuénteme, María Alexandrovna ¿qué es lo que desea confesar?

    La joven inhaló una bocanada de aire. Le habló de lo usual. De los golpes que esa semana había recibido y también de los que había dado. Después Vladimiro la bendijo y la absolvió. Ella le preguntó cuál sería su penitencia. Vladimiro lo meditó durante un instante. Luego mencionó al arcángel Gabriel: una noche “similar a esta” había visitado a la madre de Nuestro Señor Jesucristo, a quien “vaya coincidencia” también llamaban María.

–La maternidad es una penitencia y una bendición –dijo.

–¿Estás seguro? –preguntó María Alexandrovna.

    En su voz no quedaba rastro de inocencia.

    Él asintió.

–De acuerdo –dijo ella.

    La última de las campanadas aún retumbaba entre los patios del convento, las internas ya estarían desayunando.

 

Ten una lectura propia.

Av Italia y sus antigüedades

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    Caminar por la ciudad, ir descubriendo sus secretos, sus escondites, sus novedades. Sorprenderme. Eso iba sintiendo cuando transitaba por el barrio Avenida Italia,  me volvía a apropiar de Santiago, a hacerlo mío al deambular sin norte.

    Muchos sabrán que este sector ha ido cambiando su fisonomía, pues de uno netamente residencial y de unas cuantas oficinas, se ha convertido en un polo cultural y de comercio alternativo, han proliferado cientos de negocios, restaurantes y cafeterías, escondidos en galerías que antaño fueron cites y casas. Pero también siguen allí los locales de antigüedades (conviven dos épocas en paz, pensé, dos formas de ver el mundo), donde  se van arrumando cientos y cientos de adornos, muebles y loza  junto al polvo. Ingresé a una tienda sin nombre (Av. Italia 1484) y a lo lejos divisé unos  cassettes (le pregunté a don Aníbal Hernández, el dueño, si tenía dirección de correo electrónico y me contestó: “Yo no ocupo esas cosas”).

    Miren lo que allí encontré.

casettes
Mecano, Aparato Raro, Elvis.

     ¿Qué define una antigüedad?  ¿el paso del tiempo o bien los objetos que dejamos de utilizar?

    Unas cuadras más adelante, me topé con una mesa llena de libros. Ya era la hora de almuerzo y don Héctor Lamur los estaba ordenando. Me dijo que me quería mostrar algo.

Cerro de libros escondidos detrás de una puerta

    ¿Qué hacen todos estos textos ahí? Le pregunté, ¿los compró por kilo? Ante sus respuestas esquivas, finalmente sólo me explicó que el cuento “es muy largo y que a usted no le gustaría escucharlo, pues muchos que lo han hecho han terminado enojados con él”. (Realmente quería conocer su historia, me imaginé que había tenido una librería o bien, había heredado o simplemente, quería vivir como un asceta).

Don Héctor ordenando su mercancia
Don Héctor ordenando su mercancia

       Les dejo su tarjeta en caso que vayan a Av. Italia y quieran comprar libros “de viejo”.

tarjeta anibal hernandez

Ten  unalecturapropia.

Ay Cortázar, siempre sorprende.

France, Julio Cortázar
France, Julio Cortázar

    En esta noche de martes, te invito a que cierres los ojos, escuches e imagines en la voz de Julio Cortázar  a los amantes, las escaleras y las casas tomadas.

Ay Cortazar…

http://www.youtube.com/watch?v=TO6xYaDvWVg

Ten una lecturapropia.

Valparaíso y David Grossman

Una callejuela en Cerro Alegre
Una callejuela en Cerro Alegre

     La dulzura del recuerdo, eso  siento al verme caminando por las callejuelas de ese viejo y nuevo Valparaíso (lo que es siempre una aventura). Había viajado especialmente para escuchar la última conferencia de Puerto de ideas, que daría el escritor israelí David Grossman.

    Como aún faltaban un par de horas aproveché de recorrer las avenidas del Cerro Alegre, donde han proliferado los cafés, tiendas y restaurantes. Lo primero que hice fue comprar una postal en Valpostal (el sello lo encontré unos pasos más allá, en una galería de arte) y el joven de la tienda me recomendó ir a La fauna,  caminé hacia una pequeña calle peatonal “sin salida” y a lo lejos divisé la terraza del restaurante. Estaba repleto pero logré que me ubicarán en una mesa esquinada (con una vista privilegiada al puerto). Dos mujeres hablaban sobre sus abuelas y de lo mucho que una echaba de menos a la nona (había fallecido hace cuatro meses a los 92 años). Cuando llegó mi torta de mil hojas, entre un bocado y otro me puse a escribir la postal. Sería para mi hijo mayor (¿recuerdan esos tiempos de trotamundos cuando en cada pueblo y ciudad uno enviaba a sus amigos la postal?). De pronto Natalia Ahumada con guitarra en mano comenzó a cantar tonadas de su selección Sueños en cantados.

    Ya quedaba poco para la conferencia de Grossman en el anfiteatro de la Escuela de Derecho de la Católica de Valparaíso, así que raudamente me dirigí allí, donde me encontré con una larga fila para ingresar. El enorme auditorio rebozaba de gente, me tuve que sentar en el segundo piso y a lo lejos, estaba el escenario, dos sillas, una mesa y varios libros sobre ella.

Andrea Jeftanovic y David Grossman en plena charla
Andrea Jeftanovic y David Grossman en plena charla

    Me sorprendí gratamente que la entrevistadora fuera Andrea Jeftanovic, gran escritora chilena y con una sensibilidad particular por la literatura israelí.

    David Grossman se veía más delgado y alto de lo que yo había supuesto, su voz pausada y sentido del humor, cautivaron al público. Así me fui enterando que le gusta escribir más ficción que no ficción, que siempre la última versión de un libro la lee en voz alta (dice que también leemos con los oídos) y que el hebreo constituye un arma de doble filo por ser ancestral y también, porque debe ser actualizado con rapidez (constantemente se inventan palabras y términos).

    Además sostuvo que las mujeres son las que mueven al mundo, y que le gustan mucho más sus personajes femeninos que los masculinos. Es un hombre que habla pausado, que cuando era pequeño pensaba que en el mundo solo vivían judíos y que busca la paz entre árabes y judíos.

Quiero que Israel vuelva a ser mi hogar. No un refugio, sentenció.

    Ojalá́ pronto sus palabras
sean una realidad.
Durante varios minutos el público aplaudió al autor de La vida entera.

Al final de la conferencia firmó sus libros. Aquí estoy con él
Al final de la conferencia firmó sus libros. Aquí estoy con él

 

    Los dejo con el vídeo de la conferencia que el autor otorgó sábado en la noche, a la que desgraciadamente, no pude asistir.

[vimeo http://vimeo.com/111732068]

Ten una lecturapropia.

Advertencia: la Filsa puede ser peligrosa

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    Ay queridos lectores, esta tarde estuve pensando en los lindos sombreros que algunas mujeres ocupan para protegerse del sol. Yo en cambio, me refugié en la Filsa (Feria Internacional del Libro), lo que fue una bendición (parafraseando a Toni Morrison con su novela Una bendición). Allí, en la que era nuestra antigua estación de trenes y que hoy se ha convertido en un polo de atracción cultural, la Estación Mapocho exhibía sus mejores ropas. Comencé directamente con las editoriales independientes, chicas y bien instaladas (al fin se las reconoce). Rápidamente compré pla novela recién publicada de mi amigo Luis Felipe Torrres El atolladero. (Chancacazo)

    A medida que me acercaba a la nave principal, el público iba en aumento. Muchos jóvenes se agolpaban en los mesones de Planeta o Penguin Random House en búsqueda de sus sagas (respondiendo a la pregunta de una querida amiga, hoy los chicos y adolescentes leen, más que hace diez años). A mi hijo adolescente le compré La logia, el record de ventas que escribió Francisco Ortega, casi 4 mil pesos más barato que en tiendas. Pero la joyita de la tarde fue la distribuidora de Fernández Castro con una selección impresionante de Anagrama, Siruela, Acantilado, entre varias y buenísimas editoriales (el precio, también impresionate). Cual niña de diez años ante un helado de chocolate, sucumbí. Ahí estaban autores dulces, tan elegantes y tan, tan difíciles de conseguir: Stephan Zweig, Joseph Roth o Danilo Kis ¡Cómo elegir!

IMG_2461 Además tenían una buenísima selección de Amelie Nothomb y por fin en Chile el reciente Premio Nobel, Patrick Modiano (compré la trilogía, espero comenzarla pronto). Mientras pagaba “mi helado de chocolate más caro del mundo”, pensé sobre el libro digital y esta feria (vamos opinen, ¿cómo será el futuro? ¿cómo leeremos en el 2030?  ¿cómo será la Filsa?).

    Si aún estás dudando de visitarla, te la recomiendo. Pero ojo, anda temprano este fin de semana porque seguramente todos los que dudaron ( como yo), ya se deben de haber enterado de lo buena que está.

Ten una lectura propia.

Advertencia 1: Este producto puede ser dañino para tú bolsillo, abstente en caso de que no  quieres gastar dinero o ya se te acabo el presupuesto de libros para este año, abstente, puede ser peligroso para tu salud.

Advertencia 2: Este producto puede ser dañino para lectores compulsivos de libros y con poca fuerza para llevar bolsas. No hay lockers para guardar las pertenencias.

En el barrio Concha y Toro

 

¿Dónde queda esta maravillosa plaza? En pleno centro de Santiago en lo que se conoce como el barrio Concha y Toro (mapa de cómo llegar). Es un resabio de la urbanidad clásica, de una belleza importada de Europa y sólo a pasos de la Alameda. Me quise perder, conocer otra vez estas callejuelas (estoy leyendo un libro muy interesante sobre cómo ya somos incapaces de “perdernos”, de dejarnos ir, están  waze, google maps, los gps ). Recién había finalizado una reunión en Lom Ediciones y sin apuro fui descubriendo este nuevo Santiago. Me encontré con esta plazuela (creo que era un martes, cuando la mayoría de los chilenos están encerrados en una oficina, en un mall o un ascensor). Unos cuantos jóvenes estaban sentados en los bancos, el agua de la fuente caía con suavidad y como ven, limpio, sin ningún rastro de basura. ¡Un deleite!

Pero  miren, miren lo que me pasó unos minutos más tarde.

Los grafitis (hace un par de días los invité a mirar un documental de Banksy) estaban por doquier.

¿Lo ven? Ahí descansa el caballero, el encargado de borrar una y otra vez esos grafitis. ¿Qué sienten? Yo, rabia, enojo.

        Ten una lectura propia.

 

La mujer con aros de perla

Portada del libro escrito por Tracy Chevalier
Portada del libro escrito por Tracy Chevalier

 

   Una nueva integrante de unalecturapropia ( les recomiendo su blog dizzymagazinefb) identificó la pintura de grafiti que publiqué ayer.  Hace muchos años leí esta novela, me cautivaron las descripciones y la ambientación realizada por Chevalier. Recuerdo también, que fue una lectura lenta, casi tan enigmática como esta mujer con aros de perlas.

Ten una lectura propia.

Mi hijo y yo (en la búsqueda de Piececitos de niño)

   Hace unos días, tuve el privilegio de sentarme a estudiar poesía con mi hijo menor. El sol de esa tarde de domingo ya se ocultaba y el cansancio de mi hijo, crecía.  Digo un privilegio porque por fin, descubrí la magia en versos.

   Sabía que en su clase de lenguaje estaban trabajando con el género lírico (me cuesta la poesía, por lo tanto, ya era un desafío adentrarme en ese camino). 

   Mi hijo y yo. 

    Cogí la Antología de Gabriela Mistral que publicó la RAE hace poco y  elegí Piececitos de niños.

   Con mi hijo fuimos leyéndola, despacio, con ritmo, como si cantáramos una melodía antigua. Él, mi niño, se sorprendió, por fin comprendió lo que era la poesía, lo que los poetas hacen, eso de trabajar con palabras y sentimientos, eso que nos permite vernos. (Yo en ese preciso instante, pensé en esos hogares donde no hay ni siquiera un libro, también me imaginé que mi niño vería de otra forma a esos que viven con menos, mucho menos). 

  Al son de mi voz, sentí cómo mi hijo iba entendiendo el texto, se le fue abriendo un nuevo mundo (y a mí también).  

  Casi cumplía con mi sueño de ser profesora; en el aire flotaban nuevas sensaciones. 

 Le propuse que investigáramos en youtube y ahí encontramos este vídeo. (A pesar de que estaba agotado, fue capaz de seguir en el mundo poético por unos cuantos minutos). 

  Me despido esta noche, con la luna que nos cuida e imagino, que mañana, cuando recorra las calles de mi ciudad pensaré en esos piececitos de niño. Y ¿tú?

Ten una lectura propia.

Había una vez un barril….

   Hace unos días cumplí oficialmente con mi labor de cartera, entregué en su destino la postal que traje con mis manos desde la oficina de correos que hay en Isla Floreana. Una abuela chilena la había escrito para sus nietos, contándoles lo maravillosas que eran las Galápagos y que esperaba, ojalá, algún día conocieran dicho paraíso.

Se deben preguntar, queridos lectores, ¿por qué la abuela chilena utilizó un método tan original de envío? Pues la razón es linda y sencilla: el correo de  Isla Floreana funciona a la antigua basándose en la confianza entre los seres humanos. Así, los visitantes de la oficina de correos (como ven, es un barril en medio de la nada donde los miles de turistas dejan sus cartas) abren una pequeña puerta y dejan sus pensamientos para llevarse otros. Entonces  estás perpetuando una vieja tradición: llevar noticias por mano, eres la responsable de hacer feliz a un desconocido. 

   Hoy, en ese barril, hay cientos de postales que han depositado los visitantes de lugares tan disímiles como Alemania, Chile, Australia, Japón, Rusia y podría seguir. Todos entonces, potenciales carteros. A la usanza del pasado cuando no existían sellos, códigos postales ni menos aviones. 

     Imagínense, el marinero y los incontables balleneros (en esa época eran muy apetecidas las ballenas y también las tortugas) del siglo XIX que dejaban una carta contando  a sus queridos las penurias que habían pasado en alta mar, o de la cantidad de animales extraños que vieron o  de cómo más de alguno logró sortear alguna epidemia. Imagino, yo.  

     Volviendo a la postal de la abuela, mi misión era entregar rápidamente la misiva a los nietos chilenos. La calle con nombre mexicano me sonaba conocida (la mitad de mi niñez la viví en ese barrio) y cuando buscaba el número, noté la gran cantidad de edificios y las pocas casas que iban quedando. La idea era conocer a los destinatarios de la postal, pregunté por ellos y no estaban. Le dije al conserje que por favor, se asegurara de entregar por mano las palabras de la abuela, que había costado mucho, muchísimo traer el mensaje.

La tripulación del Lancaster en 1917

   Como ven los marineros del Lancaster también dejaron postales. Yo, aún espero y con paciencia, que algún día, ya sea este mes, el siguiente y quizá la otra década, alguien de buena voluntad traiga en sus manos mis postales. Con solo o lluvia, con calor o frío, algún día volverán a mí (como este tibio sol que hoy inunda la tarde de viernes en Santiago). 

Ten una lectura propia.

La Underwood de hoy

mc3a1quina-de-escribir-underwoodc2b42     Escribo esta nota en la pantalla de mi Ipad, simulando es una maquina de escribir. Nuestro querido Tom Hanks (el actor, el director) mandó a hacer: la “Hanxs Typewriter”. Chicos, es difícil volver a la universidad, sin el liquid paper hubiera sido imposible sobrevivir. Oh, claro que ha pasado el tiempo (mientras escribo, mi hijo de doce años me pregunta qué es ese ruido). Puede ser que muchos de usted también lo ignoren. 

    En la “Hanxs Typewriter” no existen los tildes, el teclado es en ingles (los del Sur parece que somos invisibles), por eso las faltas ortográficas (disculpas). Se imaginan al escritor Javier Marias tipeando en un teclado gringo? Porque el sigue haciendo sus libros a la antigua.

    Veo mis errores subrayados en rojo, y si bien esta la opción de “delete” ( bendita linea roja), también se puede ir sobre esos errores, presionar con el dedo y como arte de magia, seleccionar la palabra bien escrita. Cuantos dolores de cabeza me habría ahorrado en periodismo con esa función, yo era un horror con la acentuación”. El sonido esta muy fuerte, así que casi lo silencio por completo, como un susurro.

    Este artificio, -de casi creer que estas con una maquina-   me suena a botox, pero del que esta mal puesto. Si lo que deseas es
realmente tipear (como cuando era pequeña y me fascinaba jugar a la secretaria) anda y consigue una Underwood en eBay ( imposible dejar de nombrar a Francis Underwood en “House of Cards” que escribe aun en una de estas maquinitas). Reconozco que hasta este momento yo también quería ser como esos escritores de antano (perdón no existe enie) pero ese sueno romantico se puede quedar enterrado. Mejor me compro la Underwood para decorar mi taller y hacerle un guiño de vez en cuando. 

 

Ha vuelto a llover, que alivio. Ojala todos nos detengamos unos segundo a observar nuestra cordillera. Una lectura propia. 

Ten una lectura propia.

pd: los tildes, las enes, los signos de interrogacion, el teclado no me lo perdono.