El doctor Zhivago y lo que sucede cuando terminas de leerlo

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    Nuevamente los chilenos estamos cupados en nuestros trabajos y estudios (creo que me entienden ¿no?, hemos dejado atrás la playa y las aventuras de las vacaciones), nos sentimos un poco más preparados para despedir el verano. Pero en mí sigue rondando una lectura que me acompañó durante mis vacaciones; algo se los había adelantando y hoy les contaré cómo fue leer El Doctor Zhivago.

    ¿Qué nos motiva a finalizar una lectura? ¿Por qué leí las más de 700 páginas? ¿Por su trama? ¿Sus descripciones y reflexiones? ¿O solo por el deber de terminarla? Sinceramente, la podría haber abandonado en la página 500, cuando me aburría infinitamente con los avatares de la Revolución Rusa (y también con los detalles  de la I Guerra Mundial), con esas interminables descripciones, eventos y desventuras de los protagonistas, además que poco entendía sobre los enredos entre los Rojos con los Blancos y los partisanos. Nunca llegué a comprender porqué Zhivago fue reclutado nuevamente, ni en qué momento ganaron unos y perdieron otros.

http://www.youtube.com/watch?v=R0ymHA9fl9Q

    Pero supuse que volvería a repuntar la historia. Y así fue. Mi libro de la editorial Galaxia Gutenberg está lleno de post it que fui usando para resaltar citas, frases, ideas o descripciones. En los últimos días me he dedicado a organizar esa información en un archivo con la ilusión de que algún día me sirva para algo.

    Esta obra de Boris Pasternak – que se publicó por primera vez en Italia en 1957-  la finalicé porque sabía que me encontraba ante una novela de las grandes, donde el amor, la guerra, la pobreza y la Revolución, están descritas con tal robustez que hoy, cien años más tarde, aún nos imaginemos las penurias y dilemas que enfrentaron los líderes de la Revolución y sus oponentes.

    Me gustan los escritores rusos, ya sea Anton Chejov con sus cuentos aparentemente sencillos, Lev Tolstoi con sus colosales descripciones, Vasili Grosman con su triste realidad, todos, todos ellos son capaces de delimitar lo más feroz y bello de los hombres y mujeres.  Algo común en estos escritores–obviamente incluyó a Boris Pasternak quien rechazó el Premio Nobel porque no quería ser expulsado de la Unión Soviética- es la presencia de la naturaleza. Ésta es un personaje más, el invierno es eterno, gélido y cuando se da paso a las primavera ella hace florecer no solo la risa, sino que también la ilusión y belleza. Los personajes se hunden en la nieve, se pierden y se sofocan en el calor por la incapacidad de vivir bajo el acecho del sol. Seres humanos que divagan, piensan y se cuestionan.

    Entonces, leer a un ruso, es leer sobre la profundidad misma del alma, es el desafío de conocer la amargura y las bajezas. Pensándolo bien, terminé El Doctor Zhivago porque si no lo hacía, hubiera sido como dejar pendiente una deuda con la Revolución, con sus desdichas y sus pasiones equivocadas.

     Por su falsa creencia de que la sociedad sería por fin una más justa y bella.

     Por el amor imposible.

    Pero sobre todo, una deuda con la literatura de las grandes ligas.

    Les digo, es un trabajo leer a un ruso, pero más difícil aún, es volver a la literatura contemporánea donde se evitan las grandes divagaciones, se abusa del punto seguido y de los relatos excesivamente cortos.

    Lo reitero: no hay como estos rusos.

Ten una lectura propia.

Harper´s Magazine, Neruda y el buen periodismo

Harper´s

          Bienvenido primer lunes de marzo y para nosotros, los chilenos, sentimos que recién comienza el año (niños que entran a clases, otros que recién regresan de las vacaciones). Por eso les quiero contar cómo fueron las mías: leídas.  Hace mucho, mucho (y lo digo literalmente) que no había tenido tanto tiempo disponible. Me había imaginado que mis vacaciones en un crucero de Disney sería el ultimo lugar en la tierra (en el océano, en realidad) donde podría hacer lo que más disfruto: leer. Fue un regalo. Mientras avanzaba vorazmente en El Doctor Zhivago (ay los rusos, los rusos), también leía mis revistas norteamericanas preferidas  (lo hago sólo en papel).

           La historia sobre la exhumación de Pablo Neruda –escrita por Emily Witt que vivió en Viña del Mar por un intercambio colegial- me hizo pensar sobre los motivos de por qué las revistas chilenas no me llaman la atención. Si un artículo sobre Neruda aparece en la revista Qué Pasa, me lo saltaría. Pero no ocurrió lo mismo en la Harper´s ¿Estoy siendo esnob? Sí, porque confío más en una publicación norteamericana, porque automáticamente valoro para bien lo extranjero  y para mal lo chileno, pero también los hechos confirman que nuestro periodismo es lejanamente uno de calidad. El nivel de reporteo, de profundidad y sobre todo, el punto de vista con que se abordan los artículos (Harper´s ya tiene más de ciento cincuenta años de antigüedad) me asegura que vale la pena invertir mi tiempo y neuronas en leer una vez más algo sobre el ganador del Premio Nobel (ojo, no necesariamente que me interese). Me encontré absorta en la lectura sobre los avatares de la exhumación de su cuerpo, en el análisis de nuestra sociedad de los ochenta y noventa, de por qué los chilenos de entonces preferíamos  Sábados Gigantes, las teleseries brasileñas y las chilenas de las siete, antes que ponernos a discutir abiertamente sobre un régimen que asesinó a tantos.

Pablo Neruda

      La escritora opina que Pinochet volvió fuertemente a la palestra en 1998 con su arresto en Londres, previamente las opiniones personales se manifestaban con fuerza sólo en el ámbito de lo privado. Ni en la familia de derecha que acogió a Emily Witt, ni tampoco en el colegio católico al que asistió ni menos en los programas televisivos, se hizo alusión directa al régimen dictatorial. Witt considera que los chilenos vivíamos de acuerdo a los horarios de la televisión: “se almorzaba con la teleserie de Brasil; el patriotismo se reflejaba en las noticias de las tarde y las teleseries chilenas marcaban el fin de la tarde. Uno podía ver las noticias cada noche y leer los diarios cada mañana y seguir esquivando escuchar las historias de un conflicto que había sucedido recientemente en Chile”. Witt comprendió finalmente que así éramos (¿o somos?) los chilenos. Durante esos años (yo lo recuerdo tan bien) queríamos consenso y opiniones neutras. Sólo con la muerte de Pinochet, postula Emily  Witt, la situación cambió.

      Volvamos a nuestro periodismo. Considero que la principal debilidad de éste radica en que estamos más preocupados de lo sensacionalista, de lo que vende y de lo que es de fácil digestión. Esto vendría a ser un legado de la era de Pinochet. No existe una mirada pausada, reflexiva, con una visión de futuro. ¿Acaso no hay buenas historias? ¿Será que no venden lo suficiente o bien, es una cosa de productividad: los periodistas deben producir mucho en poco tiempo, lo que les impide reportear con calma?

      Los gringos (hablo de las revistas buenas como lo son The Atlantic, Harper´s, The New Yorker), llevan haciendo un periodismo de calidad desde hace décadas. Si bien saben que las personas son los grandes protagonistas, también son capaces de unir los hilos entre distintos períodos históricos y darles un sentido. Además no escatiman recursos, entendidos como tiempo, dinero, reporteo y prudencia para dejar que la historia hable y se desarrolle. Ellos saben encontrar la novedad donde pareciera que ya está todo dicho, buscan buenos casos, escriben con ritmo, con un punto de vista, son muy cuidadosos en el manejo de las fuentes y de la profundidad en que abordan el tema.

     En la edición siguiente de Harper’s de febrero (mantiene su línea editorial: nada de fotos, ni de gráficos, un  desafío para los lectores de 140 caracteres, nos hemos acostumbrado a leer con pie de página, con artículos llenos de fotografías y gráficos), también apareció un artículo del conflicto marítimo entre Bolivia y Chile (cuestión que lejanamente me atrae y leí de principio a fin). Reconozco que poco sé sobre este tema, pero lo que me motivó a invertir mi tiempo en este reportaje es que por fin me formaría una opinión propia. Los bolivianos sueñan con el mar que no tienen, algunos piensan que solo con un pedazo de ese mar se convertiran en un gran imperio y saldrán de la pobreza. Pienso yo, una chilena que vive en el valle de Santiago, rodeada por una Cordillera de Los Andes que cada vez está más invisible, que es natural esta ilusión boliviana. Son como niños que necesitan culpar a otro de sus desgracias (yo también le echo la culpa a otros por el esmog de mi ciudad, por los crecientes tacos en automóvil, por los escándalos de corrupción).

     Al final de la revista publicaron un cuento de Alejandro Zambra “Vida de familia”, historia que ya había leído en Mis Documentos.n edit zambra

Un cuidador de gatos, una familia que parte por un tiempo a vivir a París, un vecindario que hoy casi no existe. Zambra es un exponente de la nueva literatura chilena que aborda los años de dictadura con esa mirada que Witt decía que teníamos los chilenos, como si todo y nada hubiera sucedido.

    Queridos amigos, podría seguir contándoles todo lo que leí (mujeres afganas, línea de ayuda a adolescentes y un cuento de Tony Morrison )Cuento de Tony Morrison pero en fin, lo que sí puedo decirles es que tras esta experiencia de inmersión total en el buen periodismo, vuelvo a conectarme cuando tenía 18 años y elegí estudiar esa carrera. Vuelvo a enamorarme con el reporteo, por dar a conocer mundos ajenos que hagan sentidos a otros. Periodismo que hoy deja tanto que desear en esta ciudad del sur del mundo, entre medio de las montañas, esmog y teleseries brasileñas.

Ten una lectura propia.

 

 

Sueños entre Zambra y Jackson

ROGER EN LA HUERTA

 

    Amigos, amigos, amigos, hace tanto que no les escribía. Ya estamos a mediados de enero, cuando el calor en Santiago se hace insoportable, pero por fin disminuyen  los autos y muchos se han ido fuera, al igual que yo que logré escaparme un fin de semana. Les escribo desde la playa, cuando el sol se escabulle entre medio de las nubes, mis ideas vuelan como los pelícanos que cruzan el horizonte. Aquí, cerca de Papudo, el sol está cansado de tanto brillar, parece que también necesita unas vacaciones. Pero su ausencia no ha sido  un impedimento para disfrutar de la naturaleza, de esa que nos obliga a ir a un ritmo pausado, a descubrir estrellas de mar entre medio de las rocas, en fin, respirar como si estuviéramos ante un mundo nuevo.

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ALGÚN LUGAR DE LA COSTA CHILENA, ENTRE PAPUDO Y ZAPALLAR

    Tengo tanto que contarles (conferencias, encuentros con escritores, lecturas). Pero como ya estoy en la playa prefiero comenzar por lo más reciente. Ayer fui a Expocachagua y descubrí a un nuevo artista, un  australiano que se dedica a crear obras de arte a partir de la chatarra. En el arte es muy fácil quedarse en las modas o las tendencias, evitando lo disruptivo (como dicen, siempre es más cómodo pensar dentro de la caja). Muchos de los que nos dedicamos al ámbito artístico nos cuesta innovar. A los lectores les gusta que la prosa fluya, sea ágil y con abundante aventura y amor. Justamente eso no sucede con Facsímil de Alejandro Zambra.

    Facsímil lo leí en una mañana de sábado y  agradecí su propuesta, tan fresca, que dejé de sentir los 32 grados en el cuerpo; transgresor (Zambra marca camino) ¿Quién no siente algún grado de angustia al recordar los famosos cuadernillos para preparar la Prueba de Aptitud Académica? ¿o la PSU de hoy? Pero el dilema del texto (de Zambra, digo) es que no existe la respuesta correcta, todas pueden serlo y ninguna también. Nos pone en situaciones límites, sientes un leve cosquilleo, dudas que el padre sea bueno, dudas que la dictadura tenga tantas posibilidades, dudas. Y en dudar, está el valor. Lo compré en la Ulises que está ubicada en la Biblioteca Nicanor Parra de la UDP tras escuchar la recomendación de mi amigo Marco Antonio de la Parra (ojo, hoy acaban de publicar una buena entrevista sobre su biblioteca en el sitio de La Fuente, vale la pena dedicarle unos minutos, es un gran lector).

    Volviendo a nuestro australiano, Aaron Jackson lean su declaración:

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    Algunos dicen que los grafitis no son arte (ya lo discutimos en una “entrada” anterior), o algunos consideran que Nicanor Parra no es más que una pose (¿entonces por qué le otorgaron el Premio Cervantes?)

    Sea Zambra, Jackson o un adolescente anónimo en su casa, el artista que abre senderos, merece un aplauso. Soñar nos permite construirnos y salir del la comodidad de la ruta previamente hecha por otros.

    Cuando mis hijos vieron la hojalata de Jackson (perros, vacas, un ratón y gallo Roger, como ven lo pusimos en la huerta, si quieren comprar un Roger visiten este sitio ), se quedaron varios minutos detenidos. Claramente no es una casualidad,  lo que más les divirtió de la feria fueron justamente esas figuras de materiales reciclados entre muchos negocios de ropa, platos y manteles.

    Estoy segura que se acordarán de estos animales por muchos años (y yo de Facsímil). IMG_2006

Ten una lectura propia.

Av Italia y sus antigüedades

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    Caminar por la ciudad, ir descubriendo sus secretos, sus escondites, sus novedades. Sorprenderme. Eso iba sintiendo cuando transitaba por el barrio Avenida Italia,  me volvía a apropiar de Santiago, a hacerlo mío al deambular sin norte.

    Muchos sabrán que este sector ha ido cambiando su fisonomía, pues de uno netamente residencial y de unas cuantas oficinas, se ha convertido en un polo cultural y de comercio alternativo, han proliferado cientos de negocios, restaurantes y cafeterías, escondidos en galerías que antaño fueron cites y casas. Pero también siguen allí los locales de antigüedades (conviven dos épocas en paz, pensé, dos formas de ver el mundo), donde  se van arrumando cientos y cientos de adornos, muebles y loza  junto al polvo. Ingresé a una tienda sin nombre (Av. Italia 1484) y a lo lejos divisé unos  cassettes (le pregunté a don Aníbal Hernández, el dueño, si tenía dirección de correo electrónico y me contestó: “Yo no ocupo esas cosas”).

    Miren lo que allí encontré.

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Mecano, Aparato Raro, Elvis.

     ¿Qué define una antigüedad?  ¿el paso del tiempo o bien los objetos que dejamos de utilizar?

    Unas cuadras más adelante, me topé con una mesa llena de libros. Ya era la hora de almuerzo y don Héctor Lamur los estaba ordenando. Me dijo que me quería mostrar algo.

Cerro de libros escondidos detrás de una puerta

    ¿Qué hacen todos estos textos ahí? Le pregunté, ¿los compró por kilo? Ante sus respuestas esquivas, finalmente sólo me explicó que el cuento “es muy largo y que a usted no le gustaría escucharlo, pues muchos que lo han hecho han terminado enojados con él”. (Realmente quería conocer su historia, me imaginé que había tenido una librería o bien, había heredado o simplemente, quería vivir como un asceta).

Don Héctor ordenando su mercancia
Don Héctor ordenando su mercancia

       Les dejo su tarjeta en caso que vayan a Av. Italia y quieran comprar libros “de viejo”.

tarjeta anibal hernandez

Ten  unalecturapropia.