El doctor Zhivago y lo que sucede cuando terminas de leerlo

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    Nuevamente los chilenos estamos cupados en nuestros trabajos y estudios (creo que me entienden ¿no?, hemos dejado atrás la playa y las aventuras de las vacaciones), nos sentimos un poco más preparados para despedir el verano. Pero en mí sigue rondando una lectura que me acompañó durante mis vacaciones; algo se los había adelantando y hoy les contaré cómo fue leer El Doctor Zhivago.

    ¿Qué nos motiva a finalizar una lectura? ¿Por qué leí las más de 700 páginas? ¿Por su trama? ¿Sus descripciones y reflexiones? ¿O solo por el deber de terminarla? Sinceramente, la podría haber abandonado en la página 500, cuando me aburría infinitamente con los avatares de la Revolución Rusa (y también con los detalles  de la I Guerra Mundial), con esas interminables descripciones, eventos y desventuras de los protagonistas, además que poco entendía sobre los enredos entre los Rojos con los Blancos y los partisanos. Nunca llegué a comprender porqué Zhivago fue reclutado nuevamente, ni en qué momento ganaron unos y perdieron otros.

http://www.youtube.com/watch?v=R0ymHA9fl9Q

    Pero supuse que volvería a repuntar la historia. Y así fue. Mi libro de la editorial Galaxia Gutenberg está lleno de post it que fui usando para resaltar citas, frases, ideas o descripciones. En los últimos días me he dedicado a organizar esa información en un archivo con la ilusión de que algún día me sirva para algo.

    Esta obra de Boris Pasternak – que se publicó por primera vez en Italia en 1957-  la finalicé porque sabía que me encontraba ante una novela de las grandes, donde el amor, la guerra, la pobreza y la Revolución, están descritas con tal robustez que hoy, cien años más tarde, aún nos imaginemos las penurias y dilemas que enfrentaron los líderes de la Revolución y sus oponentes.

    Me gustan los escritores rusos, ya sea Anton Chejov con sus cuentos aparentemente sencillos, Lev Tolstoi con sus colosales descripciones, Vasili Grosman con su triste realidad, todos, todos ellos son capaces de delimitar lo más feroz y bello de los hombres y mujeres.  Algo común en estos escritores–obviamente incluyó a Boris Pasternak quien rechazó el Premio Nobel porque no quería ser expulsado de la Unión Soviética- es la presencia de la naturaleza. Ésta es un personaje más, el invierno es eterno, gélido y cuando se da paso a las primavera ella hace florecer no solo la risa, sino que también la ilusión y belleza. Los personajes se hunden en la nieve, se pierden y se sofocan en el calor por la incapacidad de vivir bajo el acecho del sol. Seres humanos que divagan, piensan y se cuestionan.

    Entonces, leer a un ruso, es leer sobre la profundidad misma del alma, es el desafío de conocer la amargura y las bajezas. Pensándolo bien, terminé El Doctor Zhivago porque si no lo hacía, hubiera sido como dejar pendiente una deuda con la Revolución, con sus desdichas y sus pasiones equivocadas.

     Por su falsa creencia de que la sociedad sería por fin una más justa y bella.

     Por el amor imposible.

    Pero sobre todo, una deuda con la literatura de las grandes ligas.

    Les digo, es un trabajo leer a un ruso, pero más difícil aún, es volver a la literatura contemporánea donde se evitan las grandes divagaciones, se abusa del punto seguido y de los relatos excesivamente cortos.

    Lo reitero: no hay como estos rusos.

Ten una lectura propia.

Harper´s Magazine, Neruda y el buen periodismo

Harper´s

          Bienvenido primer lunes de marzo y para nosotros, los chilenos, sentimos que recién comienza el año (niños que entran a clases, otros que recién regresan de las vacaciones). Por eso les quiero contar cómo fueron las mías: leídas.  Hace mucho, mucho (y lo digo literalmente) que no había tenido tanto tiempo disponible. Me había imaginado que mis vacaciones en un crucero de Disney sería el ultimo lugar en la tierra (en el océano, en realidad) donde podría hacer lo que más disfruto: leer. Fue un regalo. Mientras avanzaba vorazmente en El Doctor Zhivago (ay los rusos, los rusos), también leía mis revistas norteamericanas preferidas  (lo hago sólo en papel).

           La historia sobre la exhumación de Pablo Neruda –escrita por Emily Witt que vivió en Viña del Mar por un intercambio colegial- me hizo pensar sobre los motivos de por qué las revistas chilenas no me llaman la atención. Si un artículo sobre Neruda aparece en la revista Qué Pasa, me lo saltaría. Pero no ocurrió lo mismo en la Harper´s ¿Estoy siendo esnob? Sí, porque confío más en una publicación norteamericana, porque automáticamente valoro para bien lo extranjero  y para mal lo chileno, pero también los hechos confirman que nuestro periodismo es lejanamente uno de calidad. El nivel de reporteo, de profundidad y sobre todo, el punto de vista con que se abordan los artículos (Harper´s ya tiene más de ciento cincuenta años de antigüedad) me asegura que vale la pena invertir mi tiempo y neuronas en leer una vez más algo sobre el ganador del Premio Nobel (ojo, no necesariamente que me interese). Me encontré absorta en la lectura sobre los avatares de la exhumación de su cuerpo, en el análisis de nuestra sociedad de los ochenta y noventa, de por qué los chilenos de entonces preferíamos  Sábados Gigantes, las teleseries brasileñas y las chilenas de las siete, antes que ponernos a discutir abiertamente sobre un régimen que asesinó a tantos.

Pablo Neruda

      La escritora opina que Pinochet volvió fuertemente a la palestra en 1998 con su arresto en Londres, previamente las opiniones personales se manifestaban con fuerza sólo en el ámbito de lo privado. Ni en la familia de derecha que acogió a Emily Witt, ni tampoco en el colegio católico al que asistió ni menos en los programas televisivos, se hizo alusión directa al régimen dictatorial. Witt considera que los chilenos vivíamos de acuerdo a los horarios de la televisión: “se almorzaba con la teleserie de Brasil; el patriotismo se reflejaba en las noticias de las tarde y las teleseries chilenas marcaban el fin de la tarde. Uno podía ver las noticias cada noche y leer los diarios cada mañana y seguir esquivando escuchar las historias de un conflicto que había sucedido recientemente en Chile”. Witt comprendió finalmente que así éramos (¿o somos?) los chilenos. Durante esos años (yo lo recuerdo tan bien) queríamos consenso y opiniones neutras. Sólo con la muerte de Pinochet, postula Emily  Witt, la situación cambió.

      Volvamos a nuestro periodismo. Considero que la principal debilidad de éste radica en que estamos más preocupados de lo sensacionalista, de lo que vende y de lo que es de fácil digestión. Esto vendría a ser un legado de la era de Pinochet. No existe una mirada pausada, reflexiva, con una visión de futuro. ¿Acaso no hay buenas historias? ¿Será que no venden lo suficiente o bien, es una cosa de productividad: los periodistas deben producir mucho en poco tiempo, lo que les impide reportear con calma?

      Los gringos (hablo de las revistas buenas como lo son The Atlantic, Harper´s, The New Yorker), llevan haciendo un periodismo de calidad desde hace décadas. Si bien saben que las personas son los grandes protagonistas, también son capaces de unir los hilos entre distintos períodos históricos y darles un sentido. Además no escatiman recursos, entendidos como tiempo, dinero, reporteo y prudencia para dejar que la historia hable y se desarrolle. Ellos saben encontrar la novedad donde pareciera que ya está todo dicho, buscan buenos casos, escriben con ritmo, con un punto de vista, son muy cuidadosos en el manejo de las fuentes y de la profundidad en que abordan el tema.

     En la edición siguiente de Harper’s de febrero (mantiene su línea editorial: nada de fotos, ni de gráficos, un  desafío para los lectores de 140 caracteres, nos hemos acostumbrado a leer con pie de página, con artículos llenos de fotografías y gráficos), también apareció un artículo del conflicto marítimo entre Bolivia y Chile (cuestión que lejanamente me atrae y leí de principio a fin). Reconozco que poco sé sobre este tema, pero lo que me motivó a invertir mi tiempo en este reportaje es que por fin me formaría una opinión propia. Los bolivianos sueñan con el mar que no tienen, algunos piensan que solo con un pedazo de ese mar se convertiran en un gran imperio y saldrán de la pobreza. Pienso yo, una chilena que vive en el valle de Santiago, rodeada por una Cordillera de Los Andes que cada vez está más invisible, que es natural esta ilusión boliviana. Son como niños que necesitan culpar a otro de sus desgracias (yo también le echo la culpa a otros por el esmog de mi ciudad, por los crecientes tacos en automóvil, por los escándalos de corrupción).

     Al final de la revista publicaron un cuento de Alejandro Zambra “Vida de familia”, historia que ya había leído en Mis Documentos.n edit zambra

Un cuidador de gatos, una familia que parte por un tiempo a vivir a París, un vecindario que hoy casi no existe. Zambra es un exponente de la nueva literatura chilena que aborda los años de dictadura con esa mirada que Witt decía que teníamos los chilenos, como si todo y nada hubiera sucedido.

    Queridos amigos, podría seguir contándoles todo lo que leí (mujeres afganas, línea de ayuda a adolescentes y un cuento de Tony Morrison )Cuento de Tony Morrison pero en fin, lo que sí puedo decirles es que tras esta experiencia de inmersión total en el buen periodismo, vuelvo a conectarme cuando tenía 18 años y elegí estudiar esa carrera. Vuelvo a enamorarme con el reporteo, por dar a conocer mundos ajenos que hagan sentidos a otros. Periodismo que hoy deja tanto que desear en esta ciudad del sur del mundo, entre medio de las montañas, esmog y teleseries brasileñas.

Ten una lectura propia.

 

 

Javier Marías y el cuasi estado islámico en Estados Unidos

     javiermarias

         El blog de Javier Marías “La Zona Fantasma” es una buena forma para conocer las opiniones del escritor, siempre con su estilo rápido, cautiva con su vocabulario e ideas. Y me hace pensar.

    Marías es políticamente incorrecto, considera que la espontaneidad está siendo aniquilada frente a un exceso de regulación, costumbre que hemos importado desde Estados Unidos: “la imitación y copia de las represiones estadounidenses está acabando con toda espontaneidad y está llevando a que todo esté regulado, cuando no directamente prohibido, como en el Estado Islámico”.

 

¿Se parece a esto Estados Unidos?
¿Se parece a esto Estados Unidos?

       ¿Qué creen? De cierta forma coincido con Marías, nos volvemos cada vez más amigos de normar el comportamiento público (hace poco, unos diputados querían prohibir que los chilenos ocupemos audífonos en la calle), la libertad para decidir sobre lo que está bien o mal depende de otros, ya sea del Estado, de las ONG, de la ONU, de los ecologistas, en fin, de otros. Nunca del individuo.  Pero muy diferente es creer que Estados Unidos o cualquier nación que aboga por el bienestar común es cuasi un estado islámico (reconozco que cuando viví en Norteamérica a ratos me sentí sofocada, el exceso de normas y regulaciones me hacían querer revelarme, pero agradezco el respeto por el otro, por la diferencia).

       Nadie quiere vivir en la ley de la selva (como sucede aquí en la costa chilena, donde los adolescentes beben a destajo en la calle, hasta orinan en la playa y quién sabe qué otras cosas). Hasta me imagino que nuestros legisladores van a regular los piropos que lanzan los trabajadores de la construcción cosa que Marías considera positiva. O incluso, los diputados crearán una ley que impida mirar la pantalla del celular mientras caminamos, pero insisto, una cosa es regular,  la otra es prohibir y matar en caso de que se infrinja la ley (el escritor español debería darse una vuelta por Afganistan o Irán).

Ten una lectura propia. 

Reconozco a Lemebel

Lemebel
A los 62 años de edad murió Pedro Lemebel.

    Ha muerto Pedro Lemebel.

       Reconozco que no soy ni he sido una fiel lectora de Pedro. Tampoco de sus obras visuales.

       Reconozco también que yo, ignorante de su talento, preferí otras lecturas.

       Reconozco, eso sí, que hemos perdido un hombre con carácter, con postura (o quizá impostura).

       Reconozco, que su obra ha tenido peso.

       Por eso estas líneas. Por eso este recuerdo.

       La primera vez que leí algo de su autoría me gustó su arrojo, su falta de decoro, su valiente prosa y mirada aguda.

Manifiesto (Hablo por mi diferencia)

No soy Pasolini pidiendo explicaciones
No soy Ginsberg expulsado de Cuba
No soy un marica disfrazado de poeta
No necesito disfraz
Aquí está mi cara
Hablo por mi diferencia
Defiendo lo que soy
Y no soy tan raro
Me apesta la injusticia
Y sospecho de esta cueca democrática
Pero no me hable del proletariado
Porque ser pobre y maricón es peor
Hay que ser ácido para soportarlo
Es darle un rodeo a los machitos de la esquina
Es un padre que te odia
Porque al hijo se le dobla la patita
Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro
Envejecidas de limpieza
Acunándote de enfermo
Por malas costumbres
Por mala suerte
Como la dictadura
Peor que la dictadura
Porque la dictadura pasa
Y viene la democracia
Y detrasito el socialismo
¿Y entonces?
¿Qué harán con nosotros compañero?
¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos
con destino a un sidario cubano?
Nos meterán en algún tren de ninguna parte
Como en el barco del general Ibáñez
Donde aprendimos a nadar
Pero ninguno llegó a la costa
Por eso Valparaíso apagó sus luces rojas
Por eso las casas de caramba
Le brindaron una lágrima negra
A los colizas comidos por las jaibas
Ese año que la Comisión de Derechos Humanos
no recuerda
Por eso compañero le pregunto
¿Existe aún el tren siberiano
de la propaganda reaccionaria?
Ese tren que pasa por sus pupilas
Cuando mi voz se pone demasiado dulce
¿Y usted?
¿Qué hará con ese recuerdo de niños
Pajeándonos y otras cosas
En las vacaciones de Cartagena?
¿El futuro será en blanco y negro?
¿El tiempo en noche y día laboral
sin ambigüedades?
¿No habrá un maricón en alguna esquina
desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?
¿Van a dejarnos bordar de pájaros
las banderas de la patria libre?
El fusil se lo dejo a usted
Que tiene la sangre fría
Y no es miedo
El miedo se me fue pasando
De atajar cuchillos
En los sótanos sexuales donde anduve
Y no se sienta agredido
Si le hablo de estas cosas
Y le miro el bulto
No soy hipócrita
¿Acaso las tetas de una mujer
no lo hacen bajar la vista?
¿No cree usted
que solos en la sierra
algo se nos iba a ocurrir?
Aunque después me odie
Por corromper su moral revolucionaria
¿Tiene miedo que se homosexualice la vida?
Y no hablo de meterlo y sacarlo
Y sacarlo y meterlo solamente
Hablo de ternura compañero
Usted no sabe
Cómo cuesta encontrar el amor
En estas condiciones
Usted no sabe
Qué es cargar con esta lepra
La gente guarda las distancias
La gente comprende y dice:
Es marica pero escribe bien
Es marica pero es buen amigo
Súper-buena-onda
Yo no soy buena onda
Yo acepto al mundo
Sin pedirle esa buena onda
Pero igual se ríen
Tengo cicatrices de risas en la espalda
Usted cree que pienso con el poto
Y que al primer parrillazo de la CNI
Lo iba a soltar todo
No sabe que la hombría
Nunca la aprendí en los cuarteles
Mi hombría me la enseñó la noche
Detrás de un poste
Esa hombría de la que usted se jacta
Se la metieron en el regimiento
Un milico asesino
De esos que aún están en el poder
Mi hombría no la recibí del partido
Porque me rechazaron con risitas
Muchas veces
Mi hombría la aprendí participando
En la dura de esos años
Y se rieron de mi voz amariconada
Gritando: Y va a caer, y va a caer
Y aunque usted grita como hombre
No ha conseguido que se vaya
Mi hombría fue la mordaza
No fue ir al estadio
Y agarrarme a combos por el Colo Colo
El fútbol es otra homosexualidad tapada
Como el box, la política y el vino
Mi hombría fue morderme las burlas
Comer rabia para no matar a todo el mundo
Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro
Yo no pongo la otra mejilla
Pongo el culo compañero
Y ésa es mi venganza
Mi hombría espera paciente
Que los machos se hagan viejos
Porque a esta altura del partido
La izquierda tranza su culo lacio
En el parlamento
Mi hombría fue difícil
Por eso a este tren no me subo
Sin saber dónde va
Yo no voy a cambiar por el marxismo
Que me rechazó tantas veces
No necesito cambiar
Soy más subversivo que usted
No voy a cambiar solamente
Porque los pobres y los ricos
A otro perro con ese hueso
Tampoco porque el capitalismo es injusto
En Nueva York los maricas se besan en la calle
Pero esa parte se la dejo a usted
Que tanto le interesa
Que la revolución no se pudra del todo
A usted le doy este mensaje
Y no es por mí
Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alíta rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.

NOTA:Este texto fue leído como intervención en un acto político de la izquierda en septiembre de 1986, en Santiago de Chile.

    A veces cansa leer a Lemebel. A veces pienso que fue un gran actor. Se reía de nosotros sin el decoro propio de los ricos, de los pobres y de los marginales. Se reía como Lemebel.

    Qué pena que se fue sin recibir el Premio Nacional de Literatura.

    A veces hay que morir para reconocer el merito.

    Su Río Mapocho y su Liz Taylor y su Florida y su Karen y su Manifiesto, quedaron grabados en mi mente literata.

    Ojalá puedan leerlos.

    Y entender a Lemebel.

     Los dejo con una entrevista realizada el 2012. No apta para menores.

    Reconozco.

Ten una lectura propia.

Sueños entre Zambra y Jackson

ROGER EN LA HUERTA

 

    Amigos, amigos, amigos, hace tanto que no les escribía. Ya estamos a mediados de enero, cuando el calor en Santiago se hace insoportable, pero por fin disminuyen  los autos y muchos se han ido fuera, al igual que yo que logré escaparme un fin de semana. Les escribo desde la playa, cuando el sol se escabulle entre medio de las nubes, mis ideas vuelan como los pelícanos que cruzan el horizonte. Aquí, cerca de Papudo, el sol está cansado de tanto brillar, parece que también necesita unas vacaciones. Pero su ausencia no ha sido  un impedimento para disfrutar de la naturaleza, de esa que nos obliga a ir a un ritmo pausado, a descubrir estrellas de mar entre medio de las rocas, en fin, respirar como si estuviéramos ante un mundo nuevo.

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ALGÚN LUGAR DE LA COSTA CHILENA, ENTRE PAPUDO Y ZAPALLAR

    Tengo tanto que contarles (conferencias, encuentros con escritores, lecturas). Pero como ya estoy en la playa prefiero comenzar por lo más reciente. Ayer fui a Expocachagua y descubrí a un nuevo artista, un  australiano que se dedica a crear obras de arte a partir de la chatarra. En el arte es muy fácil quedarse en las modas o las tendencias, evitando lo disruptivo (como dicen, siempre es más cómodo pensar dentro de la caja). Muchos de los que nos dedicamos al ámbito artístico nos cuesta innovar. A los lectores les gusta que la prosa fluya, sea ágil y con abundante aventura y amor. Justamente eso no sucede con Facsímil de Alejandro Zambra.

    Facsímil lo leí en una mañana de sábado y  agradecí su propuesta, tan fresca, que dejé de sentir los 32 grados en el cuerpo; transgresor (Zambra marca camino) ¿Quién no siente algún grado de angustia al recordar los famosos cuadernillos para preparar la Prueba de Aptitud Académica? ¿o la PSU de hoy? Pero el dilema del texto (de Zambra, digo) es que no existe la respuesta correcta, todas pueden serlo y ninguna también. Nos pone en situaciones límites, sientes un leve cosquilleo, dudas que el padre sea bueno, dudas que la dictadura tenga tantas posibilidades, dudas. Y en dudar, está el valor. Lo compré en la Ulises que está ubicada en la Biblioteca Nicanor Parra de la UDP tras escuchar la recomendación de mi amigo Marco Antonio de la Parra (ojo, hoy acaban de publicar una buena entrevista sobre su biblioteca en el sitio de La Fuente, vale la pena dedicarle unos minutos, es un gran lector).

    Volviendo a nuestro australiano, Aaron Jackson lean su declaración:

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    Algunos dicen que los grafitis no son arte (ya lo discutimos en una “entrada” anterior), o algunos consideran que Nicanor Parra no es más que una pose (¿entonces por qué le otorgaron el Premio Cervantes?)

    Sea Zambra, Jackson o un adolescente anónimo en su casa, el artista que abre senderos, merece un aplauso. Soñar nos permite construirnos y salir del la comodidad de la ruta previamente hecha por otros.

    Cuando mis hijos vieron la hojalata de Jackson (perros, vacas, un ratón y gallo Roger, como ven lo pusimos en la huerta, si quieren comprar un Roger visiten este sitio ), se quedaron varios minutos detenidos. Claramente no es una casualidad,  lo que más les divirtió de la feria fueron justamente esas figuras de materiales reciclados entre muchos negocios de ropa, platos y manteles.

    Estoy segura que se acordarán de estos animales por muchos años (y yo de Facsímil). IMG_2006

Ten una lectura propia.

Librería Ulises y La marca de Caín, un cuento

ulises    Adiós Ulises, adiós (como una Penélope yo estaré esperando el regreso), se cierra el local del Drugstore, el más emblemático de la cadena.

    ¿Cuál librería será la próxima en bajar la cortina? ¿cómo será la ciudad sin libros?

    Me consuelo leyendo el cuento La marca de Caín, de Luis Felipe Torres (escritor con dos novelas en el cuerpo: Dynamuss y El atolladero, además es historiador y candidato a Magíster en Literatura Comparada de la UAI).

    Este relato ganó el Concurso Literario Biblioteca UAI y vale la pena leerlo.

    Les doy un regalo  en este caluroso domingo aquí en Santiago.

   LA MARCA DE CAÍN

Luis Felipe Tores

    Afuera lloviznaba. María Alexandrovna no sabía si acudir o no.

   Las demás dormían pero ella no podía conciliar el sueño. El insomnio le brindaba una inédita determinación. Su cama estaba ubicada al fondo de la habitación, lejos de la puerta. Entre medio una fila doble, con ocho camas, donde descansaban las internas. Pese a que aún estaba oscuro, María Alexandrovna podía oír el graznido de algunos cuervos, que ya comenzaban a despertar. Algunos visos de luz se colaban entre las ventanas, descendiendo oblicuos hasta su rostro blanquecino. Sin darle más vueltas –ya lo había pensando durante horas–, se incorporó. Solo llevaba puesto un camisón, ya raído. A tientas, buscó sus pantuflas, se las ajustó y caminó en dirección a la puerta, intentando no hacer ruido. Pensó en su bata, doblada y guardada en alguna parte; se preguntó, además, dónde estaría el paraguas. Para no llamar la atención, decidió ir así, tal como se encontraba.

    La puerta estaba hecha de madera de roble, seguramente provendría de alguno de los bosques que circundaban el lago Baikal. La manilla estaba fría, pero no muy ajustada. María se recogió el pelo por detrás de la oreja, respiró profundo y se escabulló.

    El cierzo invernal cubría el patio.

    El monasterio estaba enquistado en los faldeos de Anik, uno de los pocos cerros que sin yacimientos carboníferos de interés; dispuesto de tal manera que la iglesia de dominara toda la panorámica de Dalnegorsk. Al otro lado de la cuenca, recortándose contra el horizonte y rivalizando con la cruz, se alzaban dos chimeneas de concreto, vestigios de una antigua central nuclear.

    El interior de la abadía estaba compuesto de una serie de patios, al estilo de un tablero de ajedrez; todos flanqueados por pasillos y una que otra gruta. Al fondo, entre paredes desmoronadas y briznas de hierba, se encontraban la plantación de tomates, el cementerio y un establo abandonado, habilitado para que las internas se pudieran duchar. La estructura completa databa de la época imperial, cuando a los misioneros todavía no se les prohibía ingresar al territorio nacional. Al menos eso le habían enseñado; María Alexandrovna, con sus catorce años, nunca había abandonado la comarca.

    Las campanadas aún no sonaban, reinaba el silencio. Era un silencio sinuoso, áspero, lleno de diminutos sonidos –un grillo ilocalizable, el siseo del viento o de una culebra, el chillido de una rata, una respiración lejana–. ¿Estaría ya despierta la hermana Faustina o, peor aún, la Madre Superiora? Se estremeció. Debió haber ensayado alguna excusa, no quería recibir otra paliza. María sintió una ráfaga de aire frío colarse por entre los pliegues interiores de su camisón.

    Caminó por los adoquines de piedra, dio con otro pasillo, uno más amplio y oscuro que el anterior. Llevaría un par de minutos a la intemperie, pero, para ella, cada segundo escondía un peso, uno que arrastraba silenciosamente. Los latidos de su corazón se aceleraban, no obstante, los dedos de sus pies casi no recibían sangre. Las mandíbulas le castañeaban. Un zumbido le invadía el interior de los oídos. Sentía el inicio de otra de sus migrañas. No encontraba el valor para avanzar, pero tampoco para retroceder. Paralizada, dejó a su mente divagar por los intersticios de su memoria. Recordó sus largas estancias en el confesionario, el olor a incienso, el murmullo cálido y alentador del sacerdote, la seguridad y calma que éste le brindaba. María estaba segura, quería asistir al encuentro. Ya más determinada, caminó rumbo a la residencia sacerdotal.

    Ésta no era más que una casa antigua, construida a un costado de la iglesia, que aún estaba en reparación. Los arquitectos, enviados desde Europa por la congregación, utilizaron las ruinas de una balaustrada de mármol y reciclaron un antiguo vitral. Éste, instalado solemnemente sobre la puerta, con su retrato de la Anunciación, dotaba a la casona de adobe de una suerte de magisterio sacro. María Alexandrovna palpó la chapa. Era fría y pesada, y tenía la forma de un animal. Por un momento rogó que estuviera pasado el cerrojo. Sin embargo, al girar la manilla, se dio cuenta que estaba sin pestillo, el padre Vladimiro había cumplido con lo prometido. Ya en el corredor, María descubrió sus temores se habían disipado. Entre las penumbras distinguió un largo corredor y varias puertas. Un haz de luz provenía desde la rendija de una de ellas.

    Entró. La habitación era amplia y desordenada; contaba con un catre antiguo, unas sillas, un baúl de ébano barnizado, un perchero (del que colgaba un abrigo), un escritorio y un ropero. A un costado de la cama, en el suelo, había un brasero y un cenicero con algunas colillas de cigarrillo. Una amplia variedad de íconos, que representaban las distintas etapas de la vida de Jesucristo, colgaban de las paredes. La silueta del padre Vladimiro se recortaba contra la pared. Bordearía los cuarenta años, y era dueño de una sonrisa cordial y una mirada diáfana.

    El sacerdote la contempló en silencio. María, por su parte, daba muestras de tensión: su respiración rápida, su palidez hialina, sus manos frías. Pensó regresar a su cama, apostar a no toparse con nadie y orar para que Dios la perdonara. Pero Vladimiro, entendiendo todo, la confortó. Le aseguró que estaban a solas con Dios, que podía desprenderse de sus miedos y que, en todo caso, hasta la casa parroquial nunca llegaban las monjas. Luego, advirtiendo que María estaba entumida, le sugirió que se sacará las pantuflas y las pusiera a secar junto al brasero. Ella asintió con un gesto. Enseguida, el padre Vladimiro se incorporó y caminó hacia el perchero. Descolgó abrigo, lo sacudió para quitarle el polvo, y se lo ofreció.

    Ella accedió, como ensimismada.

–Es paño importado, del bueno –oyó que le decía.

    Le quedaba grande, sería una o dos tallas más que la suya. De entre las costuras se desprendía un olor que le era, a la vez, familiar y ajeno. Una esencia masculina, del sacerdote, oculta por el olor a tabaco y naftalina. Sin darse cuenta, quizás de puro nervio, María sumergió las manos en los bolsillos, sus dedos se agitaron en el interior, como si buscaran algo. Solo hallaron unas cuantas pelusas, un denario y una moneda de diez rublos, que palpó con la yema de sus dedos sin atreverse a guardarla.

    Sin darse cuenta, dejó de tiritar.

–Viniste, por fin –escuchó decir al sacerdote.

    María asintió con un leve movimiento de mentón, como las monjas le habían enseñado.  Pausadamente, caminó hasta el alfeizar de la ventana, ofreciendo sus curvas a lo que quedaba de la noche. Atisbó por entre las cortinas. Montañas sin árboles, estepas, ese páramo lóbrego, y unas pocas casas que constituían el poblado de Dalnegorsk. Se preguntó por qué estaría confinada allí, donde morían los valles, donde nacían los hielos.

    El padre Vladimiro la contemplaba absorto.

–Dame un minuto –dijo como si recibiera un chispazo y abandonó la habitación.

    Una vez más el silencio, pensó María. No obstante, Dios era testigo, era un silencio distinto; compuesto por el brasero, su crepitar y por el padre Vladimiro, que en la habitación contigua lidiaba con el samovar. Cuando regresó, el sacerdote portaba dos tazones de porcelana. Le entregó uno a ella, guardando el otro para él. María Alexandrovna inspeccionó el contenido; era una bebida prohibida: té.

–Es de Ceylán –dijo él.

    Ella sonrió.

    Vladimiro, por su parte, registró sus bolsillos, profirió un leve insulto en latín y, después de un breve lapso, extrajo un manojo de llaves. Las puso cerca de la luz, buscando la adecuada y, tras dar con ésta, atravesó la habitación de un par de zancadas, en dirección al baúl. Se arrodilló, despejó su superficie y lo abrió. A María la sobresaltó el crujido. El sacerdote permanecía de espaldas, ella no podía ver el interior. En cambio, reparó en el diseño de su superficie: un mosaico dorado recorría los bordes de la madera. De pronto, Vladimiro cerró el baúl, se incorporó y caminó en dirección al escritorio. Llevaba un envoltorio entre sus manos. Era aproximadamente del tamaño de un puño. Estaba envuelto en papel de estraza y anudado con un cordón amarillento.

     María siguió el envoltorio con su mirada.

–¿Quieres saber qué es? –dijo el sacerdote.

    En principio, María pensó en decir que no, que no era asunto suyo; pronto reparó en que estaría mintiendo y que mentir, especialmente a un sacerdote, era pecado.

–Sí, quiero –dijo.

    El padre Vladimiro le hizo un gesto para que se acercara.

–Toma –dijo cuando ya la tenía a su lado.

    El rostro de María pareció resplandecer. Con el mismo cuidado con que maniobraba el telar de la abadía, desplegó el paquete sobre el escritorio. Era una cruz tallada en ébano, en el centro, encapsulada en un cristal, una esquirla blanca.

–Una reliquia, de San Nicolás –explicó el sacerdote.

    María sintió que los ojos le ardían. Un par de lágrimas descendieron por sus mejillas.

–Quiero confesarme –dijo ella, con súbita determinación.

    El padre Vladimiro la miró a los ojos. Eran vastos y profundos, sus pupilas estaban dilatadas y el iris cubierto por una fina película acuosa. Pequeños capilares rojos se ramificaban por sobre sus escleróticas.

    Vladimiro se persignó.

–Ven conmigo –dijo después de unos momentos.

–De acuerdo, padre.

–Aquí, por favor, dime Vladimiro.

    Ella se ruborizó.

–De acuerdo, Vladimiro –corrigió.

     Él la condujo hasta la cama. Ella obedeció como una sonámbula. Le dijo que se sentara. Luego se ubicó a su lado. Ella notó que, a lo lejos, las campanas ya estaban sonando, las internas notarían su ausencia. Él le dijo que no prestara atención. Le palpó los contornos de su rostro y le expresó lo hermosa que era. María sintió cómo los latidos de su corazón se aceleraban. De súbito, sus manos se entrelazaron, cerraron los ojos y comenzaron a rezar el Padrenuestro.

–Y cuénteme, María Alexandrovna ¿qué es lo que desea confesar?

    La joven inhaló una bocanada de aire. Le habló de lo usual. De los golpes que esa semana había recibido y también de los que había dado. Después Vladimiro la bendijo y la absolvió. Ella le preguntó cuál sería su penitencia. Vladimiro lo meditó durante un instante. Luego mencionó al arcángel Gabriel: una noche “similar a esta” había visitado a la madre de Nuestro Señor Jesucristo, a quien “vaya coincidencia” también llamaban María.

–La maternidad es una penitencia y una bendición –dijo.

–¿Estás seguro? –preguntó María Alexandrovna.

    En su voz no quedaba rastro de inocencia.

    Él asintió.

–De acuerdo –dijo ella.

    La última de las campanadas aún retumbaba entre los patios del convento, las internas ya estarían desayunando.

 

Ten una lectura propia.

Ay Cortázar, siempre sorprende.

France, Julio Cortázar
France, Julio Cortázar

    En esta noche de martes, te invito a que cierres los ojos, escuches e imagines en la voz de Julio Cortázar  a los amantes, las escaleras y las casas tomadas.

Ay Cortazar…

http://www.youtube.com/watch?v=TO6xYaDvWVg

Ten una lecturapropia.

Valparaíso y David Grossman

Una callejuela en Cerro Alegre
Una callejuela en Cerro Alegre

     La dulzura del recuerdo, eso  siento al verme caminando por las callejuelas de ese viejo y nuevo Valparaíso (lo que es siempre una aventura). Había viajado especialmente para escuchar la última conferencia de Puerto de ideas, que daría el escritor israelí David Grossman.

    Como aún faltaban un par de horas aproveché de recorrer las avenidas del Cerro Alegre, donde han proliferado los cafés, tiendas y restaurantes. Lo primero que hice fue comprar una postal en Valpostal (el sello lo encontré unos pasos más allá, en una galería de arte) y el joven de la tienda me recomendó ir a La fauna,  caminé hacia una pequeña calle peatonal “sin salida” y a lo lejos divisé la terraza del restaurante. Estaba repleto pero logré que me ubicarán en una mesa esquinada (con una vista privilegiada al puerto). Dos mujeres hablaban sobre sus abuelas y de lo mucho que una echaba de menos a la nona (había fallecido hace cuatro meses a los 92 años). Cuando llegó mi torta de mil hojas, entre un bocado y otro me puse a escribir la postal. Sería para mi hijo mayor (¿recuerdan esos tiempos de trotamundos cuando en cada pueblo y ciudad uno enviaba a sus amigos la postal?). De pronto Natalia Ahumada con guitarra en mano comenzó a cantar tonadas de su selección Sueños en cantados.

    Ya quedaba poco para la conferencia de Grossman en el anfiteatro de la Escuela de Derecho de la Católica de Valparaíso, así que raudamente me dirigí allí, donde me encontré con una larga fila para ingresar. El enorme auditorio rebozaba de gente, me tuve que sentar en el segundo piso y a lo lejos, estaba el escenario, dos sillas, una mesa y varios libros sobre ella.

Andrea Jeftanovic y David Grossman en plena charla
Andrea Jeftanovic y David Grossman en plena charla

    Me sorprendí gratamente que la entrevistadora fuera Andrea Jeftanovic, gran escritora chilena y con una sensibilidad particular por la literatura israelí.

    David Grossman se veía más delgado y alto de lo que yo había supuesto, su voz pausada y sentido del humor, cautivaron al público. Así me fui enterando que le gusta escribir más ficción que no ficción, que siempre la última versión de un libro la lee en voz alta (dice que también leemos con los oídos) y que el hebreo constituye un arma de doble filo por ser ancestral y también, porque debe ser actualizado con rapidez (constantemente se inventan palabras y términos).

    Además sostuvo que las mujeres son las que mueven al mundo, y que le gustan mucho más sus personajes femeninos que los masculinos. Es un hombre que habla pausado, que cuando era pequeño pensaba que en el mundo solo vivían judíos y que busca la paz entre árabes y judíos.

Quiero que Israel vuelva a ser mi hogar. No un refugio, sentenció.

    Ojalá́ pronto sus palabras
sean una realidad.
Durante varios minutos el público aplaudió al autor de La vida entera.

Al final de la conferencia firmó sus libros. Aquí estoy con él
Al final de la conferencia firmó sus libros. Aquí estoy con él

 

    Los dejo con el vídeo de la conferencia que el autor otorgó sábado en la noche, a la que desgraciadamente, no pude asistir.

[vimeo http://vimeo.com/111732068]

Ten una lecturapropia.