Entrevista al escritor Jorge Edwards en diario El Mercurio

Cumpliendo la cuarentena en su departamento de Santa Lucía, en el centro de Santiago, el escritor respondió en forma espontánea y simpática las preguntas para el podcast “Celular. Un llamado a la creatividad”. Y aunque el tema era su biblioteca, habló también de otras cosas.

Karen Codner Periodista y escritora


—Jorge, ¿qué estabas haciendo antes de que te llamara?

“¿Quieres saber lo que estoy haciendo? Yo también quiero saber a veces”.

—¿Cómo estás pasando esta cuarentena?

“Bueno, soy un tipo respetuoso de las normas, me pongo hasta mascarilla, pero no me gusta porque me quita la respiración”.

—¿Cómo ha sido tu vida en pandemia? ¿Qué se siente ya a los 88 años?

“No, no me preguntes esas cosas, porque yo odio la pandemia, no tengo miedo; digamos, no creo que me dé nada, pero si me contagio me moriré, claro”.

—¿Y qué estás escribiendo?

“Mira, estoy haciendo el tercer tomo de memorias, está contratado y todo. Estoy haciendo un capítulo que se llama ‘El escarabajo de Coloane’. Yo te voy a decir por qué: cuando cumplí cincuenta años, hace bastante rato, fui a una casa que tenía Enrique Lafourcade, por Pedro de Valdivia Norte, y llegó Pancho Coloane y me abrió la mano, y me metió dentro un animalito vivo que era un escarabajo que me había comprado en honor a mis antepasados marineros, mira qué cosa divertida”.

—Jorge, hablemos de tu biblioteca: ¿cómo la organizas? Sé que donaste una parte a la Universidad Adolfo Ibáñez.

“Claro. Mira, yo no tengo las condiciones para tener una biblioteca, no tengo el espacio, ni el personal, ni nada. Yo tengo libros, tengo que decir que tengo libros. Tú vienes a ver y te muestro los libros. Estaba en la casa de un gran escritor francés una vez, y había puros libros en el suelo que llegaban a la altura de una persona, y entonces, había senderos, él tenía unos senderos y entre esos senderos se podía llegar hasta su cama. Imagínate. Mi casa no es tanto como eso porque es más organizada. En el salón tengo una estantería muy bonita que me la hizo un maestro carpintero muy bueno. Entonces, por ejemplo, la parte del medio la tengo dedicada a los franceses clásicos, a La Pléyade, a los grandes escritores, ahí está Pontus de Tyard, Honoré de Balzac, etcétera”.

—¿Te gusta leer franceses más que americanos?

“No. Después, la segunda parte de mi casa es mi antiguo escritorio, que antes fue un dormitorio, y ahí tengo cosas chilenas, mucha cosa latinoamericana, dedicadas; por ejemplo, de Mario Vargas Llosa. Y después, en mi dormitorio tengo poesía, fíjate. Y tenía mucha cosa dedicada por Neruda, pero el último poeta que me dedicó cosas fue Anguita. Neruda, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn, Jorge Teillier, todos están muertos, hay mucha gente muerta, tú sabes. He tenido libros raros, he tenido primeras ediciones de Neruda, una primera edición de Stendhal. ¿Tú sabes quién es Stendhal?

—Sí, sí.

“Bueno, tuve ‘Promenades dans Rome’, el ‘Paseo por Roma’ de Stendhal, que es muy bonito porque describe todos los monumentos, los cuadros. Soy tan stendhaliano que llegué hasta Grenoble, que es la ciudad donde él nació, en un cerro, en los Alpes suizos, hasta ahí subí, pero no a pie, subí en auto. En fin, tengo mucha historia. Podemos hablar días de libros porque yo me he dedicado demasiado a los libros, creo que exageré”.

—¿Exageraste en horas de lecturas, en atesorarlos?

“Exageré en atesorar, y en horas de lectura, y en horas de escritura, te fijas tú; es demasiado. Aquí estoy mirando, frente a mí tengo una edición rara de ‘Las confesiones’, de Rousseau, y tengo un Balzac completo, y un Proust completo, pero están todos pasados, porque ahora se han hecho ediciones nuevas, con nuevas notas y todo”.

—¿Qué dejaste de hacer, frente a ese tiempo que invertiste en atesorar, leer y escribir libros?

“Fíjate, tengo una edición en miniatura, muy bonita, de Casanova, ‘Las memorias’ de Casanova, las tengo completas, en francés, no en italiano, me gustaría mucho tenerlas en italiano. Te puedo decir una cosa, como línea general, en mi vida me tocó mucho de Francia, porque mi mamá leía francés, había vivido en París; mi padre hablaba mejor francés que inglés, fíjate, siendo bisnieto o tataranieto de ingleses, pero leía más francés. Pero él se empeñó en que yo estudiara inglés, y bueno, tengo buen inglés. Casi me eligieron presidente del Consejo Ejecutivo de la Unesco, pero porque yo, en mis intervenciones hablaba bien inglés y en francés, y además castellano lo habló más o menos”.

—¿Cuántas horas lees al día?

“Entre veinticuatro, treinta y cincuenta”.

—Jajaja. Y de todos los libros que has escrito, que son tantos, ¿cuál es el que mejor lo has pasado escribiendo?

“Qué buena pregunta. En realidad, uno no se acuerda porque la buena escritura es muy rítmica, es como la pulsación de la sangre, y es bueno olvidarse. Pero yo tengo aquí una edición de ‘El Patio’, mi primer libro, y ese libro yo lo escribía siempre en la clase de Derecho Procesal de don Ramiro Méndez, de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Como don Ramiro era bastante aburrido, yo podía escribir y él estaba feliz porque pensaba que yo estaba tomando apuntes de lo que el decía. Espero que haya muerto feliz pensando eso”.

—¿Hay algún libro que quisieras escribir? ¿Una idea que todavía te esté dando vueltas?

“Sí, tengo montones de ideas en mi cabeza, pero no las voy a escribir nunca. Escribí ahora una novelita, que tiene la siguiente característica: no hay ficción en ninguna parte, sino que es el recuerdo de algo que yo desarrollé, desde los orígenes de ese episodio, hasta un final que le inventé, se llama ‘El perro de mi tía Fanny’”.

—Está bueno el nombre, me encantó.

“¿Te gustó el nombre?”.

—Sí, muchísimo; me gustaría leerlo.

“Bueno mira, por ahí está, y se lo voy a entregar a los editores que quieren hacer mis memorias, pero son tan raros; los editores son gente muy rara, entonces a lo mejor no lo quieren. Pero es muy divertido, porque yo tenía una tía abuela, que era casada con el cónsul de Chile en París, vivió como treinta años en París, y de repente supimos que llegaban los dos, y fuimos a Valparaíso toda la familia. La vi bajar por la escalerita del barco donde venían, y adelante de mí un perro negro enorme que venía con ella. Después se les hizo una fiesta de recepción a estos tíos abuelos, en una parcela por aquí cerca, y los niños, yo era uno de los niños, queríamos tanto al perro, estábamos tan impresionados con el perro, que le llevábamos comida todo el tiempo, y el perro se murió esa noche de tanto comer”.

—¡Oh, no!

“Entonces yo describo la muerte del perro y llego hasta el final de la vida del chico que le daba la comida, es una novela bien divertida. Yo creo que la voy a entregar, pero no sé a quién todavía, ya no tengo editores en realidad, sabes tú, tengo amigos editores, que es otra cosa. Yo fui muy amigo de Carlos Barral, que era un editor medio ‘locateli’, pero no te puedo hablar más porque me tengo que poner a trabajar y va a venir alguien”.

—Una pregunta más, ¿la tía se llamaba Fanny?

“Se llamaba Fanny”.

—¿Y como se llamaba el perro?

“No sé, nunca supimos. Fíjate, qué buena tu pregunta porque creo que no le pusimos nombre al perro, se nos olvidó el pobre perro. Estoy mirando en este momento un cuadro de mi abuela Laura Lira, segundo apellido Herlz, esa era una rama de un judío de Budapest que se vino a Chile y que era el abuelo de mi tía abuela. Fíjate la Fanny era la hermana de mi abuela materna, era preciosa, era una de las mujeres más bonitas, yo recuerdo de mi niñez una cara preciosa, y era la mejor cocinera del mundo porque le gustaba la comida francesa, la había estudiado bien. Pero no te puedo hablar más, ahora te corto”.

—La última: ¿escribes a mano? ¿en computador? ¿Cómo escribes las memorias hoy?

“Las escribo en un computador, y a veces, hago apuntes a mano, así es la cosa”.

—Y la biblioteca que donaste: ¿porqué elegiste esa universidad?

“Porque una amiga tenía un trabajo y una relación con la gente de esa universidad, y porque me impresionó, desde el punto de vista arquitectónico, el campus que tiene en Peñalolén, que es fenomenal, y porque el arquitecto de la biblioteca es un amigo mío que se llama Pepe Cruz, entonces me dio la garantía de que iba a hacer un espacio bonito para mis libros.

—¿Qué estás leyendo hoy?

“Es divertido, fíjate; estoy leyendo ‘La isla del tesoro’, de Stevenson. Es un gran libro, porque la escritura de Stevenson es maravillosa. Estoy leyendo eso, porque estoy contando una historia: que en esa fiesta de cumpleaños, que cumplía yo cincuenta años, llegó Pancho Coloane, el escritor del sur y del mar, y me puso en la mano una cosa que me empezó a picar, y yo abrí la mano y era un escarabajito vivo, y corrió a esconderse debajo de todos los muebles de la casa donde estábamos en la fiesta, y toda la fiesta terminó en torno al cangrejito, todo el mundo agachado buscando al cangrejito, y yo me imaginé que ese cangrejito termina su vida en el barco de Stevenson, que va en dirección a la isla del tesoro, eso es todo”.

Puedes revisar la entrevista en: https://merreader.emol.cl/2020/06/08/A/BH3Q7986/light?gt=050002

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