Librería Ulises y La marca de Caín, un cuento

ulises    Adiós Ulises, adiós (como una Penélope yo estaré esperando el regreso), se cierra el local del Drugstore, el más emblemático de la cadena.

    ¿Cuál librería será la próxima en bajar la cortina? ¿cómo será la ciudad sin libros?

    Me consuelo leyendo el cuento La marca de Caín, de Luis Felipe Torres (escritor con dos novelas en el cuerpo: Dynamuss y El atolladero, además es historiador y candidato a Magíster en Literatura Comparada de la UAI).

    Este relato ganó el Concurso Literario Biblioteca UAI y vale la pena leerlo.

    Les doy un regalo  en este caluroso domingo aquí en Santiago.

   LA MARCA DE CAÍN

Luis Felipe Tores

    Afuera lloviznaba. María Alexandrovna no sabía si acudir o no.

   Las demás dormían pero ella no podía conciliar el sueño. El insomnio le brindaba una inédita determinación. Su cama estaba ubicada al fondo de la habitación, lejos de la puerta. Entre medio una fila doble, con ocho camas, donde descansaban las internas. Pese a que aún estaba oscuro, María Alexandrovna podía oír el graznido de algunos cuervos, que ya comenzaban a despertar. Algunos visos de luz se colaban entre las ventanas, descendiendo oblicuos hasta su rostro blanquecino. Sin darle más vueltas –ya lo había pensando durante horas–, se incorporó. Solo llevaba puesto un camisón, ya raído. A tientas, buscó sus pantuflas, se las ajustó y caminó en dirección a la puerta, intentando no hacer ruido. Pensó en su bata, doblada y guardada en alguna parte; se preguntó, además, dónde estaría el paraguas. Para no llamar la atención, decidió ir así, tal como se encontraba.

    La puerta estaba hecha de madera de roble, seguramente provendría de alguno de los bosques que circundaban el lago Baikal. La manilla estaba fría, pero no muy ajustada. María se recogió el pelo por detrás de la oreja, respiró profundo y se escabulló.

    El cierzo invernal cubría el patio.

    El monasterio estaba enquistado en los faldeos de Anik, uno de los pocos cerros que sin yacimientos carboníferos de interés; dispuesto de tal manera que la iglesia de dominara toda la panorámica de Dalnegorsk. Al otro lado de la cuenca, recortándose contra el horizonte y rivalizando con la cruz, se alzaban dos chimeneas de concreto, vestigios de una antigua central nuclear.

    El interior de la abadía estaba compuesto de una serie de patios, al estilo de un tablero de ajedrez; todos flanqueados por pasillos y una que otra gruta. Al fondo, entre paredes desmoronadas y briznas de hierba, se encontraban la plantación de tomates, el cementerio y un establo abandonado, habilitado para que las internas se pudieran duchar. La estructura completa databa de la época imperial, cuando a los misioneros todavía no se les prohibía ingresar al territorio nacional. Al menos eso le habían enseñado; María Alexandrovna, con sus catorce años, nunca había abandonado la comarca.

    Las campanadas aún no sonaban, reinaba el silencio. Era un silencio sinuoso, áspero, lleno de diminutos sonidos –un grillo ilocalizable, el siseo del viento o de una culebra, el chillido de una rata, una respiración lejana–. ¿Estaría ya despierta la hermana Faustina o, peor aún, la Madre Superiora? Se estremeció. Debió haber ensayado alguna excusa, no quería recibir otra paliza. María sintió una ráfaga de aire frío colarse por entre los pliegues interiores de su camisón.

    Caminó por los adoquines de piedra, dio con otro pasillo, uno más amplio y oscuro que el anterior. Llevaría un par de minutos a la intemperie, pero, para ella, cada segundo escondía un peso, uno que arrastraba silenciosamente. Los latidos de su corazón se aceleraban, no obstante, los dedos de sus pies casi no recibían sangre. Las mandíbulas le castañeaban. Un zumbido le invadía el interior de los oídos. Sentía el inicio de otra de sus migrañas. No encontraba el valor para avanzar, pero tampoco para retroceder. Paralizada, dejó a su mente divagar por los intersticios de su memoria. Recordó sus largas estancias en el confesionario, el olor a incienso, el murmullo cálido y alentador del sacerdote, la seguridad y calma que éste le brindaba. María estaba segura, quería asistir al encuentro. Ya más determinada, caminó rumbo a la residencia sacerdotal.

    Ésta no era más que una casa antigua, construida a un costado de la iglesia, que aún estaba en reparación. Los arquitectos, enviados desde Europa por la congregación, utilizaron las ruinas de una balaustrada de mármol y reciclaron un antiguo vitral. Éste, instalado solemnemente sobre la puerta, con su retrato de la Anunciación, dotaba a la casona de adobe de una suerte de magisterio sacro. María Alexandrovna palpó la chapa. Era fría y pesada, y tenía la forma de un animal. Por un momento rogó que estuviera pasado el cerrojo. Sin embargo, al girar la manilla, se dio cuenta que estaba sin pestillo, el padre Vladimiro había cumplido con lo prometido. Ya en el corredor, María descubrió sus temores se habían disipado. Entre las penumbras distinguió un largo corredor y varias puertas. Un haz de luz provenía desde la rendija de una de ellas.

    Entró. La habitación era amplia y desordenada; contaba con un catre antiguo, unas sillas, un baúl de ébano barnizado, un perchero (del que colgaba un abrigo), un escritorio y un ropero. A un costado de la cama, en el suelo, había un brasero y un cenicero con algunas colillas de cigarrillo. Una amplia variedad de íconos, que representaban las distintas etapas de la vida de Jesucristo, colgaban de las paredes. La silueta del padre Vladimiro se recortaba contra la pared. Bordearía los cuarenta años, y era dueño de una sonrisa cordial y una mirada diáfana.

    El sacerdote la contempló en silencio. María, por su parte, daba muestras de tensión: su respiración rápida, su palidez hialina, sus manos frías. Pensó regresar a su cama, apostar a no toparse con nadie y orar para que Dios la perdonara. Pero Vladimiro, entendiendo todo, la confortó. Le aseguró que estaban a solas con Dios, que podía desprenderse de sus miedos y que, en todo caso, hasta la casa parroquial nunca llegaban las monjas. Luego, advirtiendo que María estaba entumida, le sugirió que se sacará las pantuflas y las pusiera a secar junto al brasero. Ella asintió con un gesto. Enseguida, el padre Vladimiro se incorporó y caminó hacia el perchero. Descolgó abrigo, lo sacudió para quitarle el polvo, y se lo ofreció.

    Ella accedió, como ensimismada.

–Es paño importado, del bueno –oyó que le decía.

    Le quedaba grande, sería una o dos tallas más que la suya. De entre las costuras se desprendía un olor que le era, a la vez, familiar y ajeno. Una esencia masculina, del sacerdote, oculta por el olor a tabaco y naftalina. Sin darse cuenta, quizás de puro nervio, María sumergió las manos en los bolsillos, sus dedos se agitaron en el interior, como si buscaran algo. Solo hallaron unas cuantas pelusas, un denario y una moneda de diez rublos, que palpó con la yema de sus dedos sin atreverse a guardarla.

    Sin darse cuenta, dejó de tiritar.

–Viniste, por fin –escuchó decir al sacerdote.

    María asintió con un leve movimiento de mentón, como las monjas le habían enseñado.  Pausadamente, caminó hasta el alfeizar de la ventana, ofreciendo sus curvas a lo que quedaba de la noche. Atisbó por entre las cortinas. Montañas sin árboles, estepas, ese páramo lóbrego, y unas pocas casas que constituían el poblado de Dalnegorsk. Se preguntó por qué estaría confinada allí, donde morían los valles, donde nacían los hielos.

    El padre Vladimiro la contemplaba absorto.

–Dame un minuto –dijo como si recibiera un chispazo y abandonó la habitación.

    Una vez más el silencio, pensó María. No obstante, Dios era testigo, era un silencio distinto; compuesto por el brasero, su crepitar y por el padre Vladimiro, que en la habitación contigua lidiaba con el samovar. Cuando regresó, el sacerdote portaba dos tazones de porcelana. Le entregó uno a ella, guardando el otro para él. María Alexandrovna inspeccionó el contenido; era una bebida prohibida: té.

–Es de Ceylán –dijo él.

    Ella sonrió.

    Vladimiro, por su parte, registró sus bolsillos, profirió un leve insulto en latín y, después de un breve lapso, extrajo un manojo de llaves. Las puso cerca de la luz, buscando la adecuada y, tras dar con ésta, atravesó la habitación de un par de zancadas, en dirección al baúl. Se arrodilló, despejó su superficie y lo abrió. A María la sobresaltó el crujido. El sacerdote permanecía de espaldas, ella no podía ver el interior. En cambio, reparó en el diseño de su superficie: un mosaico dorado recorría los bordes de la madera. De pronto, Vladimiro cerró el baúl, se incorporó y caminó en dirección al escritorio. Llevaba un envoltorio entre sus manos. Era aproximadamente del tamaño de un puño. Estaba envuelto en papel de estraza y anudado con un cordón amarillento.

     María siguió el envoltorio con su mirada.

–¿Quieres saber qué es? –dijo el sacerdote.

    En principio, María pensó en decir que no, que no era asunto suyo; pronto reparó en que estaría mintiendo y que mentir, especialmente a un sacerdote, era pecado.

–Sí, quiero –dijo.

    El padre Vladimiro le hizo un gesto para que se acercara.

–Toma –dijo cuando ya la tenía a su lado.

    El rostro de María pareció resplandecer. Con el mismo cuidado con que maniobraba el telar de la abadía, desplegó el paquete sobre el escritorio. Era una cruz tallada en ébano, en el centro, encapsulada en un cristal, una esquirla blanca.

–Una reliquia, de San Nicolás –explicó el sacerdote.

    María sintió que los ojos le ardían. Un par de lágrimas descendieron por sus mejillas.

–Quiero confesarme –dijo ella, con súbita determinación.

    El padre Vladimiro la miró a los ojos. Eran vastos y profundos, sus pupilas estaban dilatadas y el iris cubierto por una fina película acuosa. Pequeños capilares rojos se ramificaban por sobre sus escleróticas.

    Vladimiro se persignó.

–Ven conmigo –dijo después de unos momentos.

–De acuerdo, padre.

–Aquí, por favor, dime Vladimiro.

    Ella se ruborizó.

–De acuerdo, Vladimiro –corrigió.

     Él la condujo hasta la cama. Ella obedeció como una sonámbula. Le dijo que se sentara. Luego se ubicó a su lado. Ella notó que, a lo lejos, las campanas ya estaban sonando, las internas notarían su ausencia. Él le dijo que no prestara atención. Le palpó los contornos de su rostro y le expresó lo hermosa que era. María sintió cómo los latidos de su corazón se aceleraban. De súbito, sus manos se entrelazaron, cerraron los ojos y comenzaron a rezar el Padrenuestro.

–Y cuénteme, María Alexandrovna ¿qué es lo que desea confesar?

    La joven inhaló una bocanada de aire. Le habló de lo usual. De los golpes que esa semana había recibido y también de los que había dado. Después Vladimiro la bendijo y la absolvió. Ella le preguntó cuál sería su penitencia. Vladimiro lo meditó durante un instante. Luego mencionó al arcángel Gabriel: una noche “similar a esta” había visitado a la madre de Nuestro Señor Jesucristo, a quien “vaya coincidencia” también llamaban María.

–La maternidad es una penitencia y una bendición –dijo.

–¿Estás seguro? –preguntó María Alexandrovna.

    En su voz no quedaba rastro de inocencia.

    Él asintió.

–De acuerdo –dijo ella.

    La última de las campanadas aún retumbaba entre los patios del convento, las internas ya estarían desayunando.

 

Ten una lectura propia.

Lolita y Lolita

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     Lolita, la nueva librería de Francisco Mouat, queda a unos pasos de Pocuro, en pleno barrio de las flores en Providencia. Algunos pensarán que el nombre hace honor a la novela de Vladimir Nabokov, pero Lolita se llamaba la pastora alemana de Mouat; una perrita que ha acompañado al escritor chileno a lo largo de su de su vida, en sus relatos, en sus emprendimientos.

    Junto a la librería hay un café y un pequeño supermercado. Hay onda, como se dice.  Me alegra escribirlo.

    Y eso que vivo en otro sector de la ciudad.

    Aplaudo las iniciativas románticas, alejadas de los parámetros de la lógica, de lo que debería ser, quiero seguir creyendo en esa loca idea de que seguirán vivas las librerías (como dijo Jorge Carrión hace unas semanas en una charla en la Adolfo Ibáñez, de nosotros depende que sigan existiendo las Lolitas).

    Quedamos nosotros, estos locos que nos gusta deambular por los pasillos, invertir y perder el tiempo, quizás algunos consideren que perdemos también dinero y energía. Quedamos, nosotros, los románticos capaces de atravesar varias comunas de la capital para conocer una nueva librería, un nuevo autor, una nueva poesía. Quedamos nosotros, por fin.

    Quizás que Nabokov cuando creó a Lolita estaba igual de loco e imaginó así el amor pecaminoso:

    Lolita, Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, alma mía y pecado mía.

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    Ella, Lolita se ha convertido en mucho más que un personaje, es un mundo, es una forma de transgresión.

    Y en la apuesta de Mouat vemos otra transgresión, porque cuando todos pensaban en que la ultra usada Lolita de Nabokov ya nada nuevo nos podía arrojar, el escritor chileno la unió al destino de su perra y cuando todos creyeron que las librerías cerrarían, él abrió una en pleno Providencia.

    Como ven, hay Lolitas y Lolitas. Y recuerda las palabras de Nabokov

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Ten una lectura propia.