Había una vez un barril….

   Hace unos días cumplí oficialmente con mi labor de cartera, entregué en su destino la postal que traje con mis manos desde la oficina de correos que hay en Isla Floreana. Una abuela chilena la había escrito para sus nietos, contándoles lo maravillosas que eran las Galápagos y que esperaba, ojalá, algún día conocieran dicho paraíso.

Se deben preguntar, queridos lectores, ¿por qué la abuela chilena utilizó un método tan original de envío? Pues la razón es linda y sencilla: el correo de  Isla Floreana funciona a la antigua basándose en la confianza entre los seres humanos. Así, los visitantes de la oficina de correos (como ven, es un barril en medio de la nada donde los miles de turistas dejan sus cartas) abren una pequeña puerta y dejan sus pensamientos para llevarse otros. Entonces  estás perpetuando una vieja tradición: llevar noticias por mano, eres la responsable de hacer feliz a un desconocido. 

   Hoy, en ese barril, hay cientos de postales que han depositado los visitantes de lugares tan disímiles como Alemania, Chile, Australia, Japón, Rusia y podría seguir. Todos entonces, potenciales carteros. A la usanza del pasado cuando no existían sellos, códigos postales ni menos aviones. 

     Imagínense, el marinero y los incontables balleneros (en esa época eran muy apetecidas las ballenas y también las tortugas) del siglo XIX que dejaban una carta contando  a sus queridos las penurias que habían pasado en alta mar, o de la cantidad de animales extraños que vieron o  de cómo más de alguno logró sortear alguna epidemia. Imagino, yo.  

     Volviendo a la postal de la abuela, mi misión era entregar rápidamente la misiva a los nietos chilenos. La calle con nombre mexicano me sonaba conocida (la mitad de mi niñez la viví en ese barrio) y cuando buscaba el número, noté la gran cantidad de edificios y las pocas casas que iban quedando. La idea era conocer a los destinatarios de la postal, pregunté por ellos y no estaban. Le dije al conserje que por favor, se asegurara de entregar por mano las palabras de la abuela, que había costado mucho, muchísimo traer el mensaje.

La tripulación del Lancaster en 1917

   Como ven los marineros del Lancaster también dejaron postales. Yo, aún espero y con paciencia, que algún día, ya sea este mes, el siguiente y quizá la otra década, alguien de buena voluntad traiga en sus manos mis postales. Con solo o lluvia, con calor o frío, algún día volverán a mí (como este tibio sol que hoy inunda la tarde de viernes en Santiago). 

Ten una lectura propia.

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