En el barrio Concha y Toro

 

¿Dónde queda esta maravillosa plaza? En pleno centro de Santiago en lo que se conoce como el barrio Concha y Toro (mapa de cómo llegar). Es un resabio de la urbanidad clásica, de una belleza importada de Europa y sólo a pasos de la Alameda. Me quise perder, conocer otra vez estas callejuelas (estoy leyendo un libro muy interesante sobre cómo ya somos incapaces de “perdernos”, de dejarnos ir, están  waze, google maps, los gps ). Recién había finalizado una reunión en Lom Ediciones y sin apuro fui descubriendo este nuevo Santiago. Me encontré con esta plazuela (creo que era un martes, cuando la mayoría de los chilenos están encerrados en una oficina, en un mall o un ascensor). Unos cuantos jóvenes estaban sentados en los bancos, el agua de la fuente caía con suavidad y como ven, limpio, sin ningún rastro de basura. ¡Un deleite!

Pero  miren, miren lo que me pasó unos minutos más tarde.

Los grafitis (hace un par de días los invité a mirar un documental de Banksy) estaban por doquier.

¿Lo ven? Ahí descansa el caballero, el encargado de borrar una y otra vez esos grafitis. ¿Qué sienten? Yo, rabia, enojo.

        Ten una lectura propia.

 

La mujer con aros de perla

Portada del libro escrito por Tracy Chevalier
Portada del libro escrito por Tracy Chevalier

 

   Una nueva integrante de unalecturapropia ( les recomiendo su blog dizzymagazinefb) identificó la pintura de grafiti que publiqué ayer.  Hace muchos años leí esta novela, me cautivaron las descripciones y la ambientación realizada por Chevalier. Recuerdo también, que fue una lectura lenta, casi tan enigmática como esta mujer con aros de perlas.

Ten una lectura propia.

Los grafitis y Banksy

Simplemente, un grafitti
Simplemente, un grafiti

    Les escribo desde un pequeño café en Vitacura (Factoría & Co y las campanas de la iglesia suenan, son pasadas las tres  de la tarde,  de este caluroso lunes de octubre), a lo lejos  diviso unos grafitis. Eso me hizo recordar  hace unos días cuando paseaba por el centro de Santiago (pronto les contaré sobre eso) y Banksy se me vino a la cabeza.

Hey, miren a Banksy y después conversamos

    ¿Qué creen? ¿Es arte? ¿ Cuándo lo es? ¿ Te enoja? Quizás debas investigar.

    Por eso te quiero regalar un buen documental. En unas horas más, cuando sea de noche podrás convertir este lunes en uno mágico  (el silencio te invitará a  descubrir otros horizontes) y con unos chocolates, popcorns (cabritas les decimos en Chile) o con el amor de tu vida,  mira Exit through the giftshop.

http://www.youtube.com/watch?v=eH6esq8FB_k

    Y te aseguro que tendrás una lectura propia de este arte callejero.

     Si te quedas con ganas , también anda al  website  de Banksy ( muy original).

Ten una lectura propia.

Mi hijo y yo (en la búsqueda de Piececitos de niño)

   Hace unos días, tuve el privilegio de sentarme a estudiar poesía con mi hijo menor. El sol de esa tarde de domingo ya se ocultaba y el cansancio de mi hijo, crecía.  Digo un privilegio porque por fin, descubrí la magia en versos.

   Sabía que en su clase de lenguaje estaban trabajando con el género lírico (me cuesta la poesía, por lo tanto, ya era un desafío adentrarme en ese camino). 

   Mi hijo y yo. 

    Cogí la Antología de Gabriela Mistral que publicó la RAE hace poco y  elegí Piececitos de niños.

   Con mi hijo fuimos leyéndola, despacio, con ritmo, como si cantáramos una melodía antigua. Él, mi niño, se sorprendió, por fin comprendió lo que era la poesía, lo que los poetas hacen, eso de trabajar con palabras y sentimientos, eso que nos permite vernos. (Yo en ese preciso instante, pensé en esos hogares donde no hay ni siquiera un libro, también me imaginé que mi niño vería de otra forma a esos que viven con menos, mucho menos). 

  Al son de mi voz, sentí cómo mi hijo iba entendiendo el texto, se le fue abriendo un nuevo mundo (y a mí también).  

  Casi cumplía con mi sueño de ser profesora; en el aire flotaban nuevas sensaciones. 

 Le propuse que investigáramos en youtube y ahí encontramos este vídeo. (A pesar de que estaba agotado, fue capaz de seguir en el mundo poético por unos cuantos minutos). 

  Me despido esta noche, con la luna que nos cuida e imagino, que mañana, cuando recorra las calles de mi ciudad pensaré en esos piececitos de niño. Y ¿tú?

Ten una lectura propia.

Había una vez un barril….

   Hace unos días cumplí oficialmente con mi labor de cartera, entregué en su destino la postal que traje con mis manos desde la oficina de correos que hay en Isla Floreana. Una abuela chilena la había escrito para sus nietos, contándoles lo maravillosas que eran las Galápagos y que esperaba, ojalá, algún día conocieran dicho paraíso.

Se deben preguntar, queridos lectores, ¿por qué la abuela chilena utilizó un método tan original de envío? Pues la razón es linda y sencilla: el correo de  Isla Floreana funciona a la antigua basándose en la confianza entre los seres humanos. Así, los visitantes de la oficina de correos (como ven, es un barril en medio de la nada donde los miles de turistas dejan sus cartas) abren una pequeña puerta y dejan sus pensamientos para llevarse otros. Entonces  estás perpetuando una vieja tradición: llevar noticias por mano, eres la responsable de hacer feliz a un desconocido. 

   Hoy, en ese barril, hay cientos de postales que han depositado los visitantes de lugares tan disímiles como Alemania, Chile, Australia, Japón, Rusia y podría seguir. Todos entonces, potenciales carteros. A la usanza del pasado cuando no existían sellos, códigos postales ni menos aviones. 

     Imagínense, el marinero y los incontables balleneros (en esa época eran muy apetecidas las ballenas y también las tortugas) del siglo XIX que dejaban una carta contando  a sus queridos las penurias que habían pasado en alta mar, o de la cantidad de animales extraños que vieron o  de cómo más de alguno logró sortear alguna epidemia. Imagino, yo.  

     Volviendo a la postal de la abuela, mi misión era entregar rápidamente la misiva a los nietos chilenos. La calle con nombre mexicano me sonaba conocida (la mitad de mi niñez la viví en ese barrio) y cuando buscaba el número, noté la gran cantidad de edificios y las pocas casas que iban quedando. La idea era conocer a los destinatarios de la postal, pregunté por ellos y no estaban. Le dije al conserje que por favor, se asegurara de entregar por mano las palabras de la abuela, que había costado mucho, muchísimo traer el mensaje.

La tripulación del Lancaster en 1917

   Como ven los marineros del Lancaster también dejaron postales. Yo, aún espero y con paciencia, que algún día, ya sea este mes, el siguiente y quizá la otra década, alguien de buena voluntad traiga en sus manos mis postales. Con solo o lluvia, con calor o frío, algún día volverán a mí (como este tibio sol que hoy inunda la tarde de viernes en Santiago). 

Ten una lectura propia.